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Orar

Lunes, 21 de diciembre de 2026

San Pedro Canisio, presbítero y doctor de la Iglesia

Adviento · Morado

LAUDES

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de Laudes cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Pedro Canisio, presbítero y doctor de la Iglesia.

El 24 de diciembre tiene antífonas propias en Laudes.

Cantad al Señor un cántico nuevo, llegue su alabanza hasta el confín de la tierra.

Himno

La pena que la tierra soportaba

a causa del pecado, se ha trocado

en canto que brota jubiloso

en labios de María pronunciado.

El sí de las promesas ha llegado,

la alianza se cumple, poderosa,

el Verbo eterno de los cielos

con nuestra débil carne se desposa.

Misterio que sólo la fe alcanza,

María es nuevo templo de la gloria,

rocío matinal, nube que pasa,

luz nueva en presencia misteriosa.

A Dios sea la gloria eternamente,

al Hijo suyo amado Jesucristo,

que quiso nacer para nosotros

y darnos su Espíritu divino. Amén.

Que viene Cristo repiten

con su clamor los profetas

previniendo que la gracia

de la redención se acerca.

Se anuncia nuestro mañana,

los corazones se alegran,

anunciadores de gloria

miles de voces resuenan.

Fue el primer advenimiento

no de castigo ni de pena,

sino por curar heridas

salvando a quien pereciera.

Mas que ha de venir de nuevo,

su venida nos alerta,

a coronar a los justos

y a darles la recompensa.

Luz perenne se nos brinda,

la salvación centellea,

y un resplandor nos convoca

a las mansiones etéreas.

Oh Cristo, anhelamos verte

cual Dios en visión perpetua,

porque este gozo será

bienaventuranza eterna. Amén.

Salmodia

Mirad, vendrá el Señor, príncipe de los reyes de la tierra; ¡dichosos los que están preparados para salir a su encuentro!

Salmo 89

Para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. (2Pe 3, 8)

Señor, tú has sido nuestro refugio

de generación en generación.

Antes que naciesen los montes

o fuera engendrado el orbe de la tierra,

desde siempre y por siempre tú eres Dios.

Tú reduces el hombre a polvo,

diciendo: «Retornad, hijos de Adán.»

Mil años en tu presencia

son un ayer, que pasó;

una vigilia nocturna.

Los siembras año por año,

como hierba que se renueva:

que florece y se renueva por la mañana,

y por la tarde la siegan y se seca.

¡Cómo nos ha consumido tu cólera

y nos ha trastornado tu indignación!

Pusiste nuestras culpas ante ti,

nuestros secretos ante la luz de tu mirada:

y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera,

y nuestros años se acabaron como un suspiro.

Aunque uno viva setenta años,

y el más robusto hasta ochenta,

la mayor parte son fatiga inútil,

porque pasan aprisa y vuelan.

¿Quién conoce la vehemencia de tu ira,

quién ha sentido el peso de tu cólera?

Enséñanos a calcular nuestros años,

para que adquiramos un corazón sensato.

Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?

Ten compasión de tus siervos;

por la mañana sácianos de tu misericordia,

y toda nuestra vida será alegría y júbilo.

Danos alegría, por los días en que nos afligiste,

por los años en que sufrimos desdichas.

Que tus siervos vean tu acción,

y sus hijos tu gloria.

Baje a nosotros la bondad del Señor

y haga prósperas las obras de nuestras manos.

Mirad, vendrá el Señor, príncipe de los reyes de la tierra; ¡dichosos los que están preparados para salir a su encuentro!

Cantad al Señor un cántico nuevo, llegue su alabanza hasta el confín de la tierra. †

CÁNTICO NUEVO AL DIOS VENCEDOR Y SALVADOR · Is 42, 10-16

Cantaban un cántico nuevo ante el trono de Dios. (Ap 14, 3)

Cantad al Señor un cántico nuevo,

llegue su alabanza hasta el confín de la tierra;

† muja el mar y lo que contiene,

las islas y sus habitantes;

alégrese el desierto con sus tiendas, los cercados que habita Cadar;

exulten los habitantes de Petra,

clamen desde la cumbre de las montañas;

den gloria al Señor,

anuncien su alabanza en las islas.

El Señor sale como un héroe,

excita su ardor como un guerrero,

lanza el alarido,

mostrándose valiente frente al enemigo.

«Desde antiguo guardé silencio,

me callaba y aguantaba;

mas ahora grito como la mujer cuando da a luz,

jadeo y resuello.

Agostaré montes y collados,

secaré toda su hierba,

convertiré los ríos en yermo,

desecaré los estanques;

conduciré a los ciegos

por el camino que no conocen,

los guiaré por senderos que ignoran.

Ante ellos convertiré la tiniebla en luz,

lo escabroso en llano.»

Cantad al Señor un cántico nuevo, llegue su alabanza hasta el confín de la tierra. †

Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?

Salmo 134 · 134, 1-12

Vosotros sois… un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa. (1Pe 2, 9)

Alabad el nombre del Señor,

alabadlo, siervos del Señor,

que estáis en la casa del Señor,

en los atrios de la casa de nuestro Dios.

Alabad al Señor porque es bueno,

tañed para su nombre, que es amable.

Porque él se escogió a Jacob,

a Israel en posesión suya.

Yo sé que el Señor es grande,

nuestro dueño más que todos los dioses.

El Señor todo lo que quiere lo hace:

en el cielo y en la tierra,

en los mares y en los océanos.

Hace subir las nubes desde el horizonte,

con los relámpagos desata la lluvia,

suelta a los vientos de sus silos.

Él hirió a los primogénitos de Egipto,

desde los hombres hasta los animales.

Envió signos y prodigios

—en medio de ti, Egipto—

contra el Faraón y sus ministros.

Hirió de muerte a pueblos numerosos,

mató a reyes poderosos:

a Sijón, rey de los amorreos;

a Hog, rey de Basán,

y a todos los reyes de Canaán.

Y dio su tierra en heredad,

en heredad a Israel, su pueblo.

Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?

LECTURA BREVE

Is 7, 14b-15

Mirad: la Virgen ha concebido y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel: «Dios-con-nosotros». Éste comerá requesón y miel, hasta que aprenda a rechazar el mal y a escoger el bien.

R. Sobre ti, Jerusalén, amanecerá el Señor.
V. Sobre ti, Jerusalén, amanecerá el Señor.

R. Amanecerá el Señor.
V. Su gloria aparecerá sobre ti.

R. Sobre ti, Jerusalén, amanecerá el Señor.
V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Benedictus

No temáis, dentro de cinco días vendrá a vosotros el Señor, nuestro Dios.

Cántico de Zacarías Lc 1, 68-79

EL MESÍAS Y SU PRECURSOR

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo,

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abraham.

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tiniebla

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

No temáis, dentro de cinco días vendrá a vosotros el Señor, nuestro Dios.

Preces

Oremos, hermanos, a nuestro Señor Jesucristo, que en su misericordia nos visita, y digámosle con insistencia:

Ven, Señor Jesús.

Tú que viniste del seno del Padre para revestirte de nuestra carne mortal, — libra de toda corrupción a nuestra naturaleza caída.

Tú que cuando vengas al final de los tiempos aparecerás glorioso ante tus elegidos, — al venir ahora muéstrate clemente y compasivo con los pecadores.

Nuestra gloria, oh Cristo, es alabarte — visítanos, pues, con tu salvación.

Tú que por la fe nos has llevado a la luz, — haz que te agrademos también con nuestras obras.

Oración

Señor, acoge benignamente las plegarias de tu pueblo, que se alegra por la venida de tu Hijo en nuestra carne mortal; concédele que, cuando vuelva él revestido de gloria y majestad, pueda también alegrarse al recibir de sus manos la recompensa de la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.