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Orar

Martes, 29 de diciembre de 2026

San Tomás Becket, obispo y mártir

Tiempo de Navidad · Blanco

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Tomás Becket, obispo y mártir.

V. Cuando los pastores vieron al Niño. R. Dieron a conocer cuanto se les había dicho acerca de él.

Himno

Pues siendo tan gran señor,

tenéis corte en una aldea,

¿quién hay que claro no vea

que estáis herido de amor?

No es menos de que en el suelo

hay prendas que mucho amáis,

pues el temblor que le dais

jamás le disteis al cielo.

Y pues por darle favor

tenéis corte en una aldea,

¿quién hay que claro no vea

que estáis herido de amor?

Esas lágrimas tan puras

y ese grito enternecido,

¿qué son sino de un subido

amor regalo y dulzura?

Y pues ya, de amantes flor,

tenéis corte en una aldea,

¿quién hay que claro no vea

que estáis herido de amor?

Qué grande misterio encierra

Belén; cantadle, criaturas:

«Gloria a Dios en las alturas

y paz al hombre en la tierra.» Amén.

Salmodia

El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Salmo 45

Le pondrán por nombre Emmanuel, que significa «Dios-con-nosotros». (Mt 1, 23)

Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,

poderoso defensor en el peligro.

Por eso no tememos aunque tiemble la tierra

y los montes se desplomen en el mar.

Que hiervan y bramen sus olas,

que sacudan a los montes con su furia:

El Señor de los ejércitos está con nosotros,

nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios,

el Altísimo consagra su morada.

Teniendo a Dios en medio, no vacila;

Dios la socorre al despuntar la aurora.

Los pueblos se amotinan, los reyes se rebelan;

pero él lanza su trueno y se tambalea la tierra.

El Señor de los ejércitos está con nosotros,

nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Venid a ver las obras del Señor,

las maravillas que hace en la tierra:

Pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe,

rompe los arcos, quiebra las lanzas,

prende fuego a los escudos.

«Rendíos, reconoced que yo soy Dios:

más alto que los pueblos, más alto que la tierra.»

El Señor de los ejércitos está con nosotros,

nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

En los días del Señor florecerá la paz y él dominará.

Salmo 71

Abriendo sus cofres le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. (Mt 2, 11)

Dios mío, confía tu juicio al rey,

tu justicia al hijo de reyes,

para que rija a tu pueblo con justicia,

a tus humildes con rectitud.

Que los montes traigan paz,

y los collados justicia;

que él defienda a los humildes del pueblo,

socorra a los hijos del pobre

y quebrante al explotador.

Que dure tanto como el sol,

como la luna, de edad en edad;

que baje como lluvia sobre el césped,

como llovizna que empapa la tierra.

Que en sus días florezca la justicia

y la paz hasta que falte la luna.

Que domine de mar a mar,

del Gran Río al confín de la tierra.

Que en su presencia se inclinen sus rivales;

que sus enemigos muerdan el polvo;

que los reyes de Tarsis y de las islas

le paguen tributo.

Que los reyes de Saba y de Arabia

le ofrezcan sus dones;

que se postren ante él todos los reyes,

y que todos los pueblos le sirvan.

En los días del Señor florecerá la paz y él dominará.

El Señor salvará la vida de sus pobres.

Salmo 71

Abriendo sus cofres le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. (Mt 2, 11)

Él librará al pobre que clamaba,

al afligido que no tenía protector;

él se apiadará del pobre y del indigente,

y salvará la vida de los pobres;

él rescatará sus vidas de la violencia,

su sangre será preciosa a sus ojos.

Que viva y que le traigan el oro de Saba;

él intercederá por el pobre

y lo bendecirá.

Que haya trigo abundante en los campos,

y ondee en lo alto de los montes,

den fruto como el Líbano,

y broten las espigas como hierba del campo.

Que su nombre sea eterno,

y su fama dure como el sol;

que él sea la bendición de todos los pueblos,

y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

el único que hace maravillas;

bendito por siempre su nombre glorioso,

que su gloria llene la tierra.

¡Amén, amén!

El Señor salvará la vida de sus pobres.

SEGUNDA LECTURA

De las cartas de santo Tomás Becket, obispo y mártir

Si nos preocupamos por ser lo que decimos ser y queremos conocer la significación de nuestro nombre —nos designan obispos y pontífices—, es necesario que consideremos e imitemos con gran solicitud las huellas de aquel que, constituido por Dios Sumo Sacerdoteeterno, se ofreció por nosotros al Padre en el ara de la cruz. Él es el que, desde lo más alto de los cielos, observa atentamente todas las acciones y sus correspondientes intenciones para dar a cada uno según sus obras.

Nosotros hacemos su vez en la tierra, hemos conseguido la gloria del nombre y el honor de la dignidad, y poseemos temporalmente el fruto de los trabajos espirituales; sucedemos a los apóstoles y a los varones apostólicos en la más alta responsabilidad de las Iglesias, para que, por medio de nuestro ministerio, sea destruido el imperio del pecado y de la muerte, y el edificio de Cristo, ensamblado por la fe y el progreso de las virtudes, se levante hasta formar un templo consagrado al Señor.

Ciertamente que es grande el número de los obispos. En la consagración prometimos ser solícitos en el deber de enseñar, de gobernar y de ser más diligentes en el cumplimiento de nuestra obligación, y así lo profesamos cada día con nuestra boca; pero, ¡ojalá que la fe prometida se desarrolle por el testimonio de las obras! La mies es abundante y, para recogerla y almacenarla en el granero del Señor, no sería suficiente ni uno ni pocos obispos.

¿Quién se atreve a dudar de que la Iglesia de Roma es la cabeza de todas las Iglesias y la fuente de la doctrina católica? ¿Quién ignora que las llaves del reino de los cielos fueron entregadas a Pedro? ¿Acaso no se edifica toda la Iglesia sobre la fe y la doctrina de Pedro, hasta que lleguemos todos al hombre perfecto en la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios?

Es necesario, sin duda, que sean muchos los que planten, muchos los que rieguen, pues lo exige el avance de la predicación y el crecimiento de los pueblos. El mismo pueblo del antiguo Testamento, que tenía un solo altar necesitaba de muchos servidores; ahora, cuando han llegado los gentiles, a quienes no sería suficiente para sus inmolaciones toda la leña del Líbano y para sus holocaustos no sólo los animales del Líbano, sino, incluso, los de toda Judea, será mucho más necesario la pluralidad de ministros.

Sea quien fuere el que planta y el que riega, Dios no da crecimiento sino a aquel que planta y riega sobre la fe de Pedro y sigue su doctrina.

Pedro es quien ha de pronunciarse sobre las causas más graves, que deben ser examinadas por el pontífice romano, y por los magistrados de la santa madre Iglesia que él designa, ya que, en cuanto participan de su solicitud, ejercen la potestad que se les confía.

Recordad, finalmente, cómo se salvaron nuestros padres, cómo y en medio de cuántas tribulaciones fue creciendo la Iglesia; de qué tempestades salió incólume la nave de Pedro, que tiene a Cristo como timonel; cómo nuestros antepasados recibieron su galardón y cómo su fe se manifestó más brillante en medio de la tribulación.

Éste fue el destino de todos los santos, para que se cumpla aquello de que nadie recibe el premio si no compite conforme al reglamento.

R. El Señor te coronó con la corona de justicia: * te vistió con un vestido de gloria; en ti habita Dios, el Santo de Israel.
V. Has combatido bien tu combate, has corrido hasta la meta; ahora te aguarda la corona merecida.

TE DEUM

Señor, Dios eterno, alegres te cantamos,

a ti nuestra alabanza,

a ti, Padre del cielo, te aclama la creación.

Postrados ante ti, los ángeles te adoran

y cantan sin cesar:

Santo, santo, santo es el Señor,

Dios del universo;

llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles,

la multitud de los profetas te enaltece,

y el ejército glorioso de los mártires te aclama.

A ti la Iglesia santa,

por todos los confines extendida,

con júbilo te adora y canta tu grandeza:

Padre, infinitamente santo,

Hijo eterno, unigénito de Dios,

Santo Espíritu de amor y de consuelo.

Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria,

tú el Hijo y Palabra del Padre,

tú el Rey de toda la creación.

Tú, para salvar al hombre,

tomaste la condición de esclavo

en el seno de una virgen.

Tú destruiste la muerte

y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.

Tú vives ahora,

inmortal y glorioso, en el reino del Padre.

Tú vendrás algún día,

como juez universal.

Muéstrate, pues, amigo y defensor

de los hombres que salvaste.

Y recíbelos por siempre allá en tu reino,

con tus santos y elegidos.

La parte que sigue puede omitirse, si se cree oportuno.

Salva a tu pueblo, Señor,

y bendice a tu heredad.

Sé su pastor,

y guíalos por siempre.

Día tras día te bendeciremos

y alabaremos tu nombre por siempre jamás.

Dígnate, Señor,

guardarnos de pecado en este día.

Ten piedad de nosotros, Señor,

ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,

como lo esperamos de ti.

A ti, Señor, me acojo,

no quede yo nunca defraudado.

Oración

Señor, tú que concediste a tu santo obispo y mártir Tomás Becket una gran fortaleza de ánimo para que sacrificara su vida por defender la justicia y la libertad de la Iglesia, concédenos, por su intercesión, estar dispuestos a entregar nuestra vida por Cristo en este mundo, para que podamos volver a encontrarla para siempre en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.