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Orar

Jueves, 31 de diciembre de 2026

San Silvestre I, papa

Tiempo de Navidad · Blanco

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Silvestre I, papa.

V. En estos tiempos, que son los últimos, nos ha hablado Dios por medio de su Hijo. R. Por quien creó los mundos.

Himno

Alégrese tierra y cielo,

pues el Verbo que ha nacido

viene, siendo Dios, vestido

de carne en humano velo.

De la raíz de Jesé

salió la graciosa vara

de más frescor y más clara

que en jamás será ni fue.

Della hizo el Verbo cielo,

y fue tan esclarecido,

que sale de allí vestido

de carne en humano velo.

La nieve siente y el hielo,

aunque es Dios de Dios venido,

porque Dios está vestido

de carne en humano velo.

En traje de humanidad

nace el Verbo con cuidado

por destruir el pecado

y dar a Dios su heredad.

Quiere dar al hombre el cielo

por ser su amor tan subido;

y, ansí, se muestra vestido

de carne en humano velo.

A la Santa Trinidad

que nos dio la redención,

gloria, honor y bendición

por toda la eternidad. Amén.

Salmodia

Alégrese el cielo, goce la tierra, delante del Señor, que ya llega.

Salmo 95

Cantaban un cántico nuevo ante el trono, en presencia del Cordero. (Cf. Ap 14, 3)

Cantad al Señor un cántico nuevo,

cantad al Señor, toda la tierra;

cantad al Señor, bendecid su nombre,

proclamad día tras día su victoria.

Contad a los pueblos su gloria,

sus maravillas a todas las naciones;

porque es grande el Señor,

y muy digno de alabanza,

más temible que todos los dioses.

Pues los dioses de los gentiles son apariencia,

mientras que el Señor ha hecho el cielo;

honor y majestad lo preceden,

fuerza y esplendor están en su templo.

Familias de los pueblos, aclamad al Señor,

aclamad la gloria y el poder del Señor,

aclamad la gloria del nombre del Señor,

entrad en sus atrios trayéndole ofrendas.

Postraos ante el Señor en el atrio sagrado,

tiemble en su presencia la tierra toda,

decid a los pueblos: «El Señor es rey,

él afianzó el orbe, y no se moverá;

él gobierna a los pueblos rectamente.»

Alégrese el cielo, goce la tierra,

retumbe el mar y cuanto lo llena;

vitoreen los campos y cuanto hay en ellos,

aclamen los árboles del bosque,

delante del Señor, que ya llega,

ya llega a regir la tierra:

regirá el orbe con justicia

y los pueblos con fidelidad.

Alégrese el cielo, goce la tierra, delante del Señor, que ya llega.

Amanece la luz para el justo, y la alegría para los rectos de corazón. Aleluya.

Salmo 96

Este salmo canta la salvación del mundo y la conversión de todos los pueblos. (S. Atanasio)

El Señor reina, la tierra goza,

se alegran las islas innumerables.

Tiniebla y nube lo rodean,

justicia y derecho sostienen su trono.

Delante de él avanza fuego

abrasando en torno a los enemigos;

sus relámpagos deslumbran el orbe,

y, viéndolos, la tierra se estremece.

Los montes se derriten como cera

ante el dueño de toda la tierra;

los cielos pregonan su justicia,

y todos los pueblos contemplan su gloria.

Los que adoran estatuas se sonrojan,

los que ponen su orgullo en los ídolos;

ante él se postran todos los dioses.

Lo oye Sión y se alegra,

se regocijan las ciudades de Judá

por tus sentencias, Señor;

porque tú eres, Señor,

altísimo sobre toda la tierra,

encumbrado sobre todos los dioses.

El Señor ama al que aborrece el mal,

protege la vida de sus fieles

y los libra de los malvados.

Amanece la luz para el justo,

y la alegría para los rectos de corazón.

Alegraos, justos, con el Señor,

celebrad su santo nombre.

Amanece la luz para el justo, y la alegría para los rectos de corazón. Aleluya.

El Señor da a conocer su victoria. Aleluya.

Salmo 97

Este salmo canta la primera venida del Señor y la conversión de los paganos. (S. Atanasio)

Cantad al Señor un cántico nuevo,

porque ha hecho maravillas:

su diestra le ha dado la victoria,

su santo brazo.

El Señor da a conocer su victoria,

revela a las naciones su justicia:

se acordó de su misericordia y su fidelidad

en favor de la casa de Israel.

Los confines de la tierra han contemplado

la victoria de nuestro Dios.

Aclama al Señor, tierra entera;

gritad, vitoread, tocad:

tocad la cítara para el Señor,

suenen los instrumentos:

con clarines y al son de trompetas

aclamad al Rey y Señor.

Retumbe el mar y cuanto contiene,

la tierra y cuantos la habitan;

aplaudan los ríos, aclamen los montes

al Señor, que llega para regir la tierra.

Regirá el orbe con justicia

y los pueblos con rectitud.

El Señor da a conocer su victoria. Aleluya.

SEGUNDA LECTURA

De la Historia eclesiástica de Eusebio de Cesarea, obispo

A Dios todopoderoso y rey del universo, gracias por todas las cosas; y también gracias plenas a Jesucristo salvador y redentor de nuestras almas, por quien rogamos que se conserve perfectamente nuestra paz firme y estable, libre de los peligros exteriores y de todas las perturbaciones y adversas disposiciones del espíritu.

El día sereno y claro, no oscurecido por ninguna nube, iluminaba, con su luz celeste, las Iglesias de Cristo, difundidas por todo el mundo. Incluso aquellos que no participaban en nuestra comunión gozaban, si no tan plenamente como nosotros, al menos de algún modo, de los bienes que Dios nos había concedido.

Para nosotros, los que hemos colocado nuestra esperanza en Cristo, una alegría indescriptible y un gozo divino iluminaba nuestros rostros, al contemplar cómo todos aquellos lugares que habían sido arrasados por la impiedad de los tiranos revivían como si resurgieran de una larga y mortal devastación. Veíamos los templos levantarse de sus ruinas hasta una altura infinita y resplandecer con un culto y un esplendor mucho mayor que el de aquellos que habían sido destruidos.

Además, se nos ofrecía el espectáculo, deseado y anhelado, de las fiestas de dedicación en todas las ciudades y de consagración de iglesias recientemente construidas.

Para estas festividades, concurrían numerosos obispos y peregrinos innumerables, venidos de todas partes, incluso de las más lejanas regiones; se manifestaban los sentimientos de amistad y caridad de unos pueblos con otros. Ya que todos los miembros del cuerpo de Cristo se unían en una idéntica armonía.

Era el cumplimiento del anuncio profético, que, con antelación y de una manera recóndita, predecía lo que había de suceder: Los huesos se juntaron hueso con hueso, y también de otras muchas palabras proféticas oscuramente enigmáticas.

La misma fuerza del Espíritu divino circulaba por todos los miembros; todos pensaban y sentían lo mismo; idéntico ardor en la fe, y única la armonía para glorificar a Dios.

Los obispos celebraban solemnes ceremonias, y los sacerdotes ofrecían los puros sacrificios, conforme a los augustos ritos de la Iglesia; se cantaban los salmos, se escuchaban las palabras que Dios nos ha transmitido, se ejecutaban los divinos y arcanos ministerios, y se comunicaban los místicos símbolos de la pasión salvadora.

Una festiva multitud de gente de toda edad y sexo glorificaba a Dios, autor de todos los bienes, con oraciones y acciones de gracias.

R. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón: a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo; y vivid siempre agradecidos, * pues todos sois uno en Cristo Jesús.
V. Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de los fieles.

TE DEUM

Señor, Dios eterno, alegres te cantamos,

a ti nuestra alabanza,

a ti, Padre del cielo, te aclama la creación.

Postrados ante ti, los ángeles te adoran

y cantan sin cesar:

Santo, santo, santo es el Señor,

Dios del universo;

llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles,

la multitud de los profetas te enaltece,

y el ejército glorioso de los mártires te aclama.

A ti la Iglesia santa,

por todos los confines extendida,

con júbilo te adora y canta tu grandeza:

Padre, infinitamente santo,

Hijo eterno, unigénito de Dios,

Santo Espíritu de amor y de consuelo.

Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria,

tú el Hijo y Palabra del Padre,

tú el Rey de toda la creación.

Tú, para salvar al hombre,

tomaste la condición de esclavo

en el seno de una virgen.

Tú destruiste la muerte

y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.

Tú vives ahora,

inmortal y glorioso, en el reino del Padre.

Tú vendrás algún día,

como juez universal.

Muéstrate, pues, amigo y defensor

de los hombres que salvaste.

Y recíbelos por siempre allá en tu reino,

con tus santos y elegidos.

La parte que sigue puede omitirse, si se cree oportuno.

Salva a tu pueblo, Señor,

y bendice a tu heredad.

Sé su pastor,

y guíalos por siempre.

Día tras día te bendeciremos

y alabaremos tu nombre por siempre jamás.

Dígnate, Señor,

guardarnos de pecado en este día.

Ten piedad de nosotros, Señor,

ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,

como lo esperamos de ti.

A ti, Señor, me acojo,

no quede yo nunca defraudado.

Oración

Dios todopoderoso y eterno, que en el nacimiento de tu Hijo nos has dado la fuente y la cumbre de toda religión, concédenos contarnos siempre en el rebaño de aquel en quien está la salvación de todo el género humano. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.