OFICIO DE LECTURA
Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.
Hoy la memoria es libre
Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Hilario de Poitiers, obispo y doctor de la Iglesia.
V. Todos quedaban maravillados. R. De las palabras que salían de la boca de Dios.
Himno
Con entrega, Señor, a ti venimos,
escuchar tu palabra deseamos;
que el Espíritu ponga en nuestros labios
la alabanza al Padre de los cielos.
Se convierta en nosotros la palabra
en la luz que a los hombres ilumina,
en la fuente que salta hasta la vida,
en el pan que repara nuestras fuerzas;
en el himno de amor y de alabanza
que se canta en el cielo eternamente,
y en la carne de Cristo se hizo canto
de la tierra y del cielo juntamente.
Gloria a ti, Padre nuestro, y a tu Hijo,
el Señor Jesucristo, nuestro hermano,
y al Espíritu Santo, que, en nosotros,
glorifica tu nombre por los siglos. Amén.
Salmodia
Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.
Salmo 17 · 17, 2-30
En aquella hora ocurrió un violento terremoto. (Ap 11, 13)
Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza;
Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.
Dios mío, mi escudo y peña en que me amparo,
mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza
y quedo libre de mis enemigos.
Me cercaban olas mortales,
torrentes destructores me aterraban,
me envolvían las redes del abismo,
me alcanzaban los lazos de la muerte.
En el peligro invoqué al Señor,
grité a mi Dios:
desde su templo él escuchó mi voz
y mi grito llegó a sus oídos.
Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.
El Señor me libró porque me amaba.
Salmo 17 · 17, 2-30
En aquella hora ocurrió un violento terremoto. (Ap 11, 13)
Entonces tembló y retembló la tierra,
vacilaron los cimientos de los montes,
sacudidos por su cólera;
de su rostro se alzaba una humareda,
de su boca un fuego voraz,
y lanzaba carbones ardiendo.
Inclinó el cielo y bajó
con nubarrones debajo de sus pies;
volaba sobre un querubín
cerniéndose sobre las alas del viento,
envuelto en un manto de oscuridad:
como un toldo, lo rodeaban
oscuro aguacero y nubes espesas;
al fulgor de su presencia, las nubes
se deshicieron en granizo y centellas;
y el Señor tronaba desde el cielo,
el Altísimo hacía oír su voz:
disparando sus saetas, los dispersaba,
y sus continuos relámpagos los enloquecían.
El fondo del mar apareció,
y se vieron los cimientos del orbe,
cuando tú, Señor, lanzaste el fragor de tu voz,
al soplo de tu ira.
Desde el cielo alargó la mano y me sostuvo,
me sacó de las aguas caudalosas,
me libró de un enemigo poderoso,
de adversarios más fuertes que yo.
Me acosaban el día funesto,
pero el Señor fue mi apoyo:
me sacó a un lugar espacioso,
me libró porque me amaba.
El Señor me libró porque me amaba.
Señor, tú eres mi lámpara, tú alumbras mis tinieblas.
Salmo 17 · 17, 2-30
En aquella hora ocurrió un violento terremoto. (Ap 11, 13)
El Señor retribuyó mi justicia,
retribuyó la pureza de mis manos,
porque seguí los caminos del Señor
y no me rebelé contra mi Dios;
porque tuve presentes sus mandamientos
y no me aparté de sus preceptos;
le fui enteramente fiel,
guardándome de toda culpa;
el Señor retribuyó mi justicia,
la pureza de mis manos en su presencia.
Con el fiel, tú eres fiel;
con el íntegro, tú eres íntegro;
con el sincero, tú eres sincero;
con el astuto, tú eres sagaz.
Tú salvas al pueblo afligido
y humillas los ojos soberbios.
Señor, tú eres mi lámpara;
Dios mío, tú alumbras mis tinieblas.
Fiado en ti, me meto en la refriega;
fiado en mi Dios, asalto la muralla.
Señor, tú eres mi lámpara, tú alumbras mis tinieblas.
PRIMERA LECTURA (Año I)
De la carta a los Romanos · 2, 1-16
No tienes ninguna excusa, tú, hombre, quienquiera que seas, que te haces el juez: en aquello mismo en que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque haces eso mismo que condenas. Por otra parte, sabemos que el juicio de Dios es según verdad contra los que cometen tales pecados. Y tú, que condenas a quienes tal hacen y, con todo, lo haces tú mismo, ¿piensas escapar del juicio de Dios? ¿O es que desprecias las riquezas de su bondad, de su paciencia y de su longanimidad, no reconociendo que esta bondad de Dios quiere llevarte al arrepentimiento?
Por tu obstinación y por la impenitencia de tu corazón, vas almacenando cólera divina para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios. Él dará a cada uno según sus obras: vida eterna a cuantos, perseverando en el bien obrar, buscan la gloria, el honor y la inmortalidad; pero ira e indignación a los contumaces que se rebelan contra la verdad y se someten al mal. Tribulación y angustia para cuantos obran la maldad, primero para el judío, luego para el gentil; pero gloria, honor y paz para todos cuantos obran el bien, primero para el judío, y luego para el gentil. En Dios no hay acepción de personas.
Todos los que pecaron sin conocer la ley perecerán sin la ley; y cuantos pecaron con conocimiento de la ley serán juzgados por la ley. Porque no los que escuchan la explicación de la ley son justos ante Dios; sino que serán justificados aquellos que la pongan en práctica. Y así es.
Los gentiles, que no tienen ley, cuando, guiados por la razón, cumplen los preceptos de la ley, ellos mismos, sin tenerla, son ley para sí: ellos mismos demuestran la realidad de la ley escrita en sus corazones, cuando su conciencia les da testimonio de ello, y cuando sus dictámenes van proponiendo censuras o hasta mutuos elogios.
Todo esto lo veremos el día en que Dios por medio de Jesucristo, conforme a mi mensaje evangélico, juzgue las acciones ocultas de los hombres.
SEGUNDA LECTURA
Del tratado de san Hilario, obispo, sobre la Trinidad
Yo tengo plena conciencia de que es a ti, Dios Padre omnipotente, a quien debo ofrecer la obra principal de mi vida, de tal suerte que todas mis palabras y pensamientos hablen de ti.
Y el mayor premio que puede reportarme esta facultad de hablar, que tú me has concedido, es el de servirte predicándote a ti y demostrando al mundo, que lo ignora, o a los herejes, que lo niegan, lo que tú eres en realidad: Padre; Padre, a saber, del Dios unigénito.
Y, aunque es ésta mi única intención, es necesario para ello invocar el auxilio de tu misericordia, para que hinches con el soplo de tu Espíritu las velas de nuestra fe y nuestra confesión, extendidas para ir hacia ti, y nos impulses así en el camino de la predicación que hemos emprendido. Porque merece toda confianza aquel que nos ha prometido: Pedid, y se os dará; buscad, y encontraréis; llamad, y se os abrirá.
Somos pobres y, por esto, pedimos que remedies nuestra indigencia; nosotros ponemos nuestro esfuerzo tenaz en penetrar las palabras de tus profetas y apóstoles y llamamos con insistencia para que se nos abran las puertas de la comprensión de tus misterios; pero el darnos lo que pedimos, el hacerte encontradizo cuando te buscamos y el abrir cuando llamamos, eso depende de ti.
Cuando se trata de comprender las cosas que se refieren a ti, nos vemos como frenados por la pereza y torpeza inherentes a nuestra naturaleza y nos sentimos limitados por nuestra inevitable ignorancia y debilidad; pero el estudio de tus enseñanzas nos dispone para captar el sentido de las cosas divinas, y la sumisión de nuestra fe nos hace superar nuestras culpas naturales.
Confiamos, pues, que tú harás progresar nuestro tímido esfuerzo inicial y que, a medida que vayamos progresando, lo afianzarás, y que nos llamarás a compartir el espíritu de los profetas y apóstoles; de este modo, entenderemos sus palabras en el mismo sentido en que ellos las pronunciaron y penetraremos en el verdadero significado de su mensaje.
Nos disponemos a hablar de lo que ellos anunciaron de un modo velado: que tú, el Dios eterno, eres el Padre del Dios eterno unigénito, que tú eres el único no engendrado y que el Señor Jesucristo es el único engendrado por ti desde toda la eternidad, sin negar, por esto, la unicidad divina, ni dejar de proclamar que el Hijo ha sido engendrado por ti, que eres un solo Dios, confesando, al mismo tiempo, que el que ha nacido de ti, Padre, Dios verdadero, es también Dios verdadero como tú.
Otórganos, pues, un modo de expresión adecuado y digno, ilumina nuestra inteligencia, haz que no nos apartemos de la verdad de la fe; haz también que nuestras palabras sean expresión de nuestra fe, es decir, que nosotros, que por los profetas y apóstoles te conocemos a ti, Dios Padre, y al único Señor Jesucristo, y que argumentamos ahora contra los herejes que esto niegan, podamos también celebrarte a ti como Dios en el que no hay unicidad de persona y confesar a tu Hijo, en todo igual a ti.
R. Todo espíritu que reconozca a Jesucristo, que ha venido en la carne, es de Dios; pero el espíritu que no reconozca a Jesús no es de Dios. * En eso distinguimos al espíritu de la verdad y al espíritu del error.
V. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios.
Oración
Señor, Padre todopoderoso, haz que tu pueblo penetre en el conocimiento de la divinidad de Jesucristo y la proclame con aquella misma valentía el obispo san Hilario la defendió durante toda su vida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
