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Orar

Viernes, 22 de enero de 2027

San Vicente de Zaragoza, diácono y mártir

Tiempo Ordinario · Verde · Año impar (I)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Vicente de Zaragoza, diácono y mártir.

V. Mis ojos se consumen aguardando tu salvación. R. Y tu promesa de justicia.

Himno

¡Qué hermosos son los pies

del que anuncia la paz a sus hermanos!

¡Y qué hermosas las manos

maduras en el surco y en la mies!

Grita lleno de gozo,

pregonero, que traes noticias buenas:

se rompen las cadenas,

y el sol de Cristo brilla esplendoroso.

Grita sin miedo, grita,

y denuncia a mi pueblo sus pecados;

vivimos engañados,

pues la belleza humana se marchita.

Toda yerba es fugaz,

la flor del campo pierde sus colores;

levanta sin temores,

pregonero, tu voz dulce y tenaz.

Si dejas los pedazos

de tu alma enamorada en el sendero,

¡qué dulces, mensajero,

qué hermosos, qué divinos son tus pasos! Amén.

Salmodia

Señor, no me castigues con cólera.

Salmo 37

Todos sus conocidos se mantenían a distancia. (Lc 23, 49)

Señor, no me corrijas con ira,

no me castigues con cólera;

tus flechas se me han clavado,

tu mano pesa sobre mí;

no hay parte ilesa en mi carne

a causa de tu furor,

no tienen descanso mis huesos

a causa de mis pecados;

mis culpas sobrepasan mi cabeza,

son un peso superior a mis fuerzas.

Señor, no me castigues con cólera.

Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

Salmo 37

Todos sus conocidos se mantenían a distancia. (Lc 23, 49)

Mis llagas están podridas y supuran

por causa de mi insensatez;

voy encorvado y encogido,

todo el día camino sombrío;

tengo las espaldas ardiendo,

no hay parte ilesa en mi carne;

estoy agotado, deshecho del todo;

rujo con más fuerza que un león.

Señor mío, todas mis ansias están en tu presencia,

no se te ocultan mis gemidos;

siento palpitar mi corazón,

me abandonan las fuerzas,

y me falta hasta la luz de los ojos.

Mis amigos y compañeros se alejan de mí,

mis parientes se quedan a distancia;

me tienden lazos los que atentan contra mí,

los que desean mi daño me amenazan de muerte,

todo el día murmuran traiciones.

Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.

Salmo 37

Todos sus conocidos se mantenían a distancia. (Lc 23, 49)

Pero yo, como un sordo, no oigo;

como un mudo, no abro la boca;

soy como uno que no oye

y no puede replicar.

En ti, Señor, espero,

y tú me escucharás, Señor, Dios mío;

esto pido: que no se alegren por mi causa,

que, cuando resbale mi pie, no canten triunfo.

Porque yo estoy a punto de caer,

y mi pena no se aparta de mí:

yo confieso mi culpa,

me aflige mi pecado.

Mis enemigos mortales son poderosos,

son muchos los que me aborrecen sin razón,

los que me pagan males por bienes,

los que me atacan cuando procuro el bien.

No me abandones, Señor,

Dios mío, no te quedes lejos;

ven aprisa a socorrerme,

Señor mío, mi salvación.

Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.

PRIMERA LECTURA (Año I)

De la carta a los Romanos · 7, 1-13

¿No sabéis, hermanos —hablo a quienes conocen la ley—, que la ley obliga al hombre sólo durante el tiempo de su vida? Así, por ejemplo, la mujer casada está sometida por la ley al marido, mientras éste vive; pero, si muere él, ella queda libre de la ley que la sometía al marido.

Por consiguiente, será tenida por adúltera, si se une a otro hombre en vida del marido; pero, muerto el marido, queda ella libre de la ley; y no será adúltera en el caso de unirse a otro hombre.

Del mismo modo, hermanos, también vosotros habéis muerto a la ley por vuestra unión al cuerpo de Cristo. Así podéis pertenecer a otro, a aquel que fue resucitado de entre los muertos, para que demos fruto según Dios.

De hecho, cuando vivíamos nuestra vida de orden puramente natural, las pasiones pecaminosas, instigadas por la ley, actuaban en nuestros miembros y daban frutos de muerte; pero ahora nos hemos desprendido de la ley, muriendo para aquello en que estábamos presos; sirvamos, pues, a Dios en la novedad del espíritu y no en la vejez de la letra.

Pero, vamos a ver, ¿se sigue de esto que la ley es pecado? ¡De ninguna manera! Pero, sin embargo, yo no tuve conciencia del pecado sino por la ley; y no hubiese tenido conciencia de la codicia, por ejemplo, si la ley no dijese: «No codiciarás.» Y el pecado, instigado por este precepto, obró en mí toda clase de concupiscencias. Sin la ley, el pecado es cosa muerta. Un tiempo vivía yo sin estar sometido a la ley; sobreviniendo luego el precepto, tomó vida el pecado, y yo incurrí en muerte; me encontré con que el precepto, que debía llevarme a la vida, me había llevado a la muerte.

En efecto, el pecado, instigado por el precepto, me sedujo; y por él me dio la muerte.

En resumen, quedamos en que la ley es santa y el precepto santo, justo y bueno. Pero, ¿voy a sacar en conclusión que lo que era bueno llegó a ser muerte para mí? Nada de eso. Sino que el pecado, para mostrarse verdaderamente tal, sirviéndose de lo que era bueno, me causó la muerte. Así el pecado, al servirse del precepto, aumentó su malicia sobre toda medida.

SEGUNDA LECTURA

De los sermones de san Agustín, obispo

A vosotros se os ha concedido la gracia —dice el Apóstol— de estar del lado de Cristo, no sólo creyendo en él, sino sufriendo por él.

Una y otra gracia había recibido el diácono Vicente, las había recibido y, por esto, las tenía. Si no las hubiese recibido, ¿cómo hubiera podido tenerlas? En sus palabras tenía la fe, en sus sufrimientos la paciencia.

Nadie confíe en sí mismo al hablar; nadie confíe en sus propias fuerzas al sufrir la prueba, ya que, si hablamos con rectitud y prudencia, nuestra sabiduría proviene de Dios y, si sufrimos los males con fortaleza, nuestra paciencia es también don suyo.

Recordad qué advertencias da a los suyos Cristo, el Señor, en el Evangelio; recordad que el Rey de los mártires es quien equipa a sus huestes con las armas espirituales, quien les enseña el modo de luchar, quien les suministra su ayuda, quien les promete el remedio, quien, habiendo dicho a sus discípulos: En el mundo tendréis luchas, añade inmediatamente, para consolarlos y ayudarlos a vencer el temor: Pero tened valor: yo he vencido al mundo.

¿Por qué admirarnos, pues, amadísimos hermanos, de que Vicente venciera en aquel por quien había sido vencido el mundo? En el mundo —dice— tendréis luchas; se lo dice para que estas luchas no los abrumen, para que en el combate no sean vencidos. De dos maneras ataca el mundo a los soldados de Cristo: los halaga para seducirlos, los atemoriza para doblegarlos. No dejemos que nos domine el propio placer, no dejemos que nos atemorice la ajena crueldad, y habremos vencido al mundo.

En uno y otro ataque sale al encuentro Cristo, para que el cristiano no sea vencido. La constancia en el sufrimiento que contemplamos en el martirio que hoy conmemoramos es humanamente incomprensible, pero la vemos como algo natural si en este martirio reconocemos el poder divino.

Era tan grande la crueldad que se ejercitaba en el cuerpo del mártir y tan grande la tranquilidad con que él hablaba, era tan grande la dureza con que eran tratados sus miembros y tan grande la seguridad con que sonaban sus palabras, que parecía como si el Vicente que hablaba no fuera el mismo que sufría el tormento.

Es que, en realidad, hermanos, así era: era otro el que hablaba. Así lo había prometido Cristo a sus testigos, en el Evangelio, al prepararlos para semejante lucha. Había dicho, en efecto: No os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis. No seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros.

Era, pues, el cuerpo de Vicente el que sufría, pero era el Espíritu quien hablaba, y, por estas palabras del Espíritu, no sólo era redargüida la impiedad, sino también confortada la debilidad.

R. Me ha probado el Señor como el oro en el crisol; * mis pies pisaban sus huellas, seguían su camino sin desviarse.
V. Lo perdí todo a fin de tener una íntima experiencia de Cristo y de la comunión con sus padecimientos.

R. Me ha probado el Señor como el oro en el crisol; * mis pies pisaban sus huellas, seguían su camino sin desviarse.
V. Lo perdí todo a fin de tener una íntima experiencia de Cristo y de la comunión con sus padecimientos.

Oración

Señor Dios, fuente y origen de todos los dones, infunde en nuestros corazones el fuego de tu Espíritu, para que nos sintamos llenos de aquella misma fuerza de amor que hizo a san Vicente invencible en medio de sus tormentos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.