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Orar

Viernes, 29 de enero de 2027

Viernes de la 3ª semana del Tiempo Ordinario

Tiempo Ordinario · Verde · Año impar (I)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. El Señor nos instruirá en sus caminos. R. Y marcharemos por sus sendas.

Himno

Delante de tus ojos

ya no enrojecemos

a causa del antiguo

pecado de tu pueblo.

Arrancarás de cuajo

el corazón soberbio

y harás un pueblo humilde

de corazón sincero.

En medio de los pueblos

nos guardas como un resto,

para cantar tus obras

y adelantar tu reino.

Seremos raza nueva

para los cielos nuevos;

sacerdotal estirpe,

según tu Primogénito.

Caerán los opresores

y exultarán los siervos;

los hijos del oprobio

serán tus herederos.

Señalarás entonces

el día del regreso

para los que comían

su pan en el destierro.

¡Exulten mis entrañas!

¡Alégrese mi pueblo!

Porque el Señor, que es justo,

revoca sus decretos:

la salvación se anuncia

donde acechó el infierno,

porque el Señor habita

en medio de su pueblo. Amén.

Salmodia

Estoy agotado de gritar y de tanto aguardar a mi Dios.

Salmo 68 · 68, 2-22. 30-37

Le dieron a beber vino mezclado con hiel. (Mt 27, 34)

Dios mío, sálvame,

que me llega el agua al cuello:

me estoy hundiendo en un cieno profundo

y no puedo hacer pie;

he entrado en la hondura del agua,

me arrastra la corriente.

Estoy agotado de gritar,

tengo ronca la garganta;

se me nublan los ojos

de tanto aguardar a mi Dios.

Más que los cabellos de mi cabeza

son los que me odian sin razón;

más duros que mis huesos,

los que me atacan injustamente.

¿Es que voy a devolver

lo que no he robado?

Dios mío, tú conoces mi ignorancia,

no se te ocultan mis delitos.

Que por mi causa no queden defraudados

los que esperan en ti, Señor de los ejércitos.

Que por mi causa no se avergüencen

los que te buscan, Dios de Israel.

Por ti he aguantado afrentas,

la vergüenza cubrió mi rostro.

Soy un extraño para mis hermanos,

un extranjero para los hijos de mi madre;

porque me devora el celo de tu templo,

y las afrentas conque te afrentan caen sobre mí.

Cuando me aflijo con ayunos, se burlan de mí;

cuando me visto de saco, se ríen de mí;

sentados a la puerta murmuran,

mientras beben vino me cantan burlas.

Estoy agotado de gritar y de tanto aguardar a mi Dios.

En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.

Salmo 68 · 68, 2-22. 30-37

Le dieron a beber vino mezclado con hiel. (Mt 27, 34)

Pero mi oración se dirige a ti,

Dios mío, el día de tu favor;

que me escuche tu gran bondad,

que tu fidelidad me ayude:

arráncame del cieno, que no me hunda;

líbrame de los que me aborrecen,

y de las aguas sin fondo.

Que no me arrastre la corriente,

que no me trague el torbellino,

que no se cierre la poza sobre mí.

Respóndeme, Señor, con la bondad de tu gracia,

por tu gran compasión vuélvete hacia mí;

no escondas tu rostro a tu siervo:

estoy en peligro, respóndeme en seguida.

Acércate a mí, rescátame,

líbrame de mis enemigos:

estás viendo mi afrenta,

mi vergüenza y mi deshonra;

a tu vista están los que me acosan.

La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco.

Espero compasión, y no la hay;

consoladores, y no los encuentro.

En mi comida me echaron hiel,

para mi sed me dieron vinagre.

En mi comida me echaron hiel, para mi sed me dieron vinagre.

Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.

Salmo 68 · 68, 2-22. 30-37

Le dieron a beber vino mezclado con hiel. (Mt 27, 34)

Yo soy un pobre malherido;

Dios mío, tu salvación me levante.

Alabaré el nombre de Dios con cantos,

proclamaré su grandeza con acción de gracias;

le agradará a Dios más que un toro,

más que un novillo con cuernos y pezuñas.

Miradlo los humildes, y alegraos,

buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.

Que el Señor escucha a sus pobres,

no desprecia a sus cautivos.

Alábenlo el cielo y la tierra,

las aguas y cuanto bulle en ellas.

El Señor salvará a Sión,

reconstruirá las ciudades de Judá,

y las habitarán en posesión.

La estirpe de sus siervos la heredará,

los que aman su nombre vivirán en ella.

Buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.

PRIMERA LECTURA (Año I)

De la carta a los Romanos · 11, 1-12

Hermanos: Pregunto yo: ¿Pero es que Dios ha rechazado a su pueblo? De ninguna manera. Que también yo soy israelita, del linaje de Abraham, de la tribu de Benimín. Dios no ha rechazado a su pueblo, al que desde un principio escogió. ¿No sabéis lo que dice la Escritura en la historia de Elías? Éste interpela así a Dios en contra de Israel: «Señor, han dado muerte a tus profetas, han derribado tus altares; me he quedado yo solo, y me persiguen de muerte.» Pero, ¿qué le responde la voz divina? «Me he reservado siete mil hombres, que no han doblado la rodilla ante la estatua de Baal.»

Así también ha quedado en nuestros tiempos un resto escogido de Dios por pura gracia. Y, si lo es por gracia, ya no es por las obras de la ley. De otra manera la gracia ya no sería tal gracia. ¿Qué quiere decir esto? Que Israel no ha logrado lo que pretendía, mientras que lo ha conseguido el grupo de los elegidos. Aquéllos se encerraron en su obstinación, como dice la Escritura: «Dios les ha dado espíritu insensible, ojos que no contemplan y oídos que no oyen hasta el día de hoy.» Y también dice David: «Conviértase su mesa en lazo y trampa, en ocasión de ruina y en castigo. Queden sin luz sus ojos, y que no vean más. Y, tú, agobia sus espaldas sin cesar.»

Y ahora pregunto: Pero, ¿es que han caído para no levantarse? Nada de eso. Sino que, por el traspiés que han dado, ha venido la salvación a los gentiles; y así Dios los provoca a emulación. Y, si su caída supone riquezas para el mundo, y su mengua, tesoros para los gentiles, ¿qué no supondrá la plenitud de su conversión?

SEGUNDA LECTURA

Del Comentario de san Juan Fisher, obispo y mártir, sobre los salmos

Primero Dios liberó al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto, con grandes portentos y prodigios; los hizo pasar el mar Rojo a pie enjuto; en el desierto los alimentó con manjar llovido del cielo, el maná y las codornices; cuando padecían sed hizo salir de la piedra durísima un perenne manantial de agua; les concedió la victoria sobre todos los que guerreaban contra ellos; por un tiempo detuvo de su curso natural las aguas del Jordán; les repartió por suertes la tierra prometida, según sus tribus y familias. Pero aquellos hombres ingratos, olvidándose del amor y munificencia con que les había otorgado tales cosas, abandonaron el culto del Dios verdadero y se entregaron, una y otra vez, al crimen abominable de la idolatría.

Después, también a nosotros, que, cuando éramos gentiles, nos dejábamos arrebatar a los pies de los ídolos mudos, como si fuésemos arrastrados por ellos, Dios nos arrancó del olivo silvestre de la gentilidad, al que pertenecíamos por naturaleza, nos injertó en el verdadero olivo del pueblo judío, desgajando para ello algunas de sus ramas naturales, y nos hizo partícipes de la raíz de su gracia y de la rica sustancia del olivo. Finalmente, no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros, como oblación de suave fragancia, para redimirnos de toda iniquidad y para reservarse para sí, como posesión propia, un pueblo purificado.

Todo ello, más que argumentos, son signos evidentes inmenso amor y bondad de Dios para con nosotros; y, sin embargo, nosotros, sumamente ingratos, más aún, traspasando todos los límites de la ingratitud, no tenemos en cuenta su amor ni reconocemos la magnitud de sus beneficios, sino que menospreciamos y tenemos casi en nada al autor y dador de tan grandes bienes; ni tan siquiera la extraordinaria misericordia de que usa continuamente con los pecadores nos mueve a ordenar nuestra vida y conducta conforme a sus mandamientos.

Ciertamente es digno todo ello de que sea escrito las generaciones futuras, para memoria perpetua, de que todos los que en el futuro han de llamarse paganos reconozcan la inmensa benignidad de Dios con nosotros y no dejen nunca de cantar sus alabanzas.

R. Ha quedado un resto en Israel escogido por pura gracia, mientras que los demás se encerraron en su obstinación; * si su caída supone riquezas para el mundo, ¿qué no supondrá la plenitud de su conversión?
V. Israel no ha logrado lo que pretendía, mientras que lo ha conseguido el grupo de los elegidos.

R. Levántate, amada mía, y ven; déjame escuchar tu voz, * porque es muy dulce tu hablar y gracioso tu semblante.
V. Isaac introdujo a Rebeca en la tienda de su madre, la tomó por esposa y la amó.

R. En el bullicio de la fiesta bendecid a Dios, * bendecid al Señor, estirpe de Israel.
V. Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.