OFICIO DE LECTURA
Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.
V. Convertíos al Señor, vuestro Dios. R. Porque es compasivo y misericordioso.
Himno
¡Oh Redentor, oh Cristo,
Señor del universo,
víctima y sacerdote,
sacerdote y cordero!
Para pagar la deuda
que nos cerraba el cielo,
tomaste entre tus manos
la hostia de tu cuerpo
y ofreciste tu sangre
en el cáliz del pecho:
altar blando, tu carne;
altar duro, un madero.
¡Oh Cristo Sacerdote,
hostia a la vez y templo!
Nunca estuvo la vida
de la muerte tan dentro,
nunca abrió tan terribles
el amor sus veneros.
El pecado del hombre,
tan huérfano del cielo,
se hizo perdón de sangre
y gracia de tu cuerpo. Amén.
Salmodia
Nuestros padres nos contaron el poder del Señor y las maravillas que realizó.
Salmo 77 · 77, 1-39
Estas cosas sucedieron en figura para vosotros. (1Co 10, 6)
Escucha, pueblo mío, mi enseñanza,
inclina el oído a las palabras de mi boca:
que voy a abrir mi boca a las sentencias,
para que broten los enigmas del pasado.
Lo que oímos y aprendimos,
lo que nuestros padres nos contaron,
no lo ocultaremos a sus hijos,
lo contaremos a la próxima generación:
las alabanzas del Señor,
su poder, las maravillas que realizó:
porque él estableció una norma para Jacob,
dio una ley a Israel.
Él mandó a nuestros padres
que lo enseñaran a sus hijos,
para que lo supiera la generación siguiente:
los hijos que nacieran después.
Que surjan y le cuenten a sus hijos,
para que pongan en Dios su confianza
y no olviden las acciones de Dios,
sino que guarden sus mandamientos;
para que no imiten a sus padres,
generación rebelde y pertinaz;
generación de corazón inconstante,
de espíritu infiel a Dios.
Los arqueros de la tribu de Efraím
volvieron la espalda en la batalla;
no guardaron la alianza de Dios,
se negaron a seguir su ley,
echando en olvido sus acciones,
las maravillas que les había mostrado,
cuando hizo portentos a vista de sus padres,
en el país de Egipto, en el campo de Soán:
hendió el mar para abrirles paso,
sujetando a las aguas como muros;
los guiaba de día con una nube,
de noche con el resplandor del fuego;
hendió la roca en el desierto,
y les dio a beber raudales de agua;
sacó arroyos de la peña,
hizo correr las aguas como ríos.
Nuestros padres nos contaron el poder del Señor y las maravillas que realizó.
Los hijos comieron el maná y bebieron de la roca espiritual que los seguía.
Salmo 77 · 77, 1-39
Estas cosas sucedieron en figura para vosotros. (1Co 10, 6)
Pero ellos volvieron a pecar contra él,
y en el desierto se rebelaron contra el Altísimo:
tentaron a Dios en sus corazones,
pidiendo una comida a su gusto;
hablaron contra Dios: «¿Podrá Dios
preparar una mesa en el desierto?
Él hirió la roca, brotó agua
y desbordaron los torrentes;
pero ¿podrá también darnos pan,
proveer de carne a su pueblo?»
Lo oyó el Señor, y se indignó;
un fuego se encendió contra Jacob,
hervía su cólera contra Israel,
porque no tenían fe en Dios
ni confiaban en su auxilio.
Pero dio orden a las altas nubes,
abrió las compuertas del cielo:
hizo llover sobre ellos maná,
les dio un trigo celeste;
y el hombre comió pan de ángeles,
les mandó provisiones hasta la hartura.
Hizo soplar desde el cielo el levante,
y dirigió con su fuerza el viento sur;
hizo llover carne como una polvareda,
y volátiles como arena del mar;
los hizo caer en mitad del campamento,
alrededor de sus tiendas.
Ellos comieron y se hartaron,
así satisfizo su avidez;
pero con la avidez recién saciada,
con la comida aún en la boca,
la ira de Dios hirvió contra ellos:
mató a los más robustos,
doblegó a la flor de Israel.
Los hijos comieron el maná y bebieron de la roca espiritual que los seguía.
Se acordaron de que Dios era su roca y su redentor.
Salmo 77 · 77, 1-39
Estas cosas sucedieron en figura para vosotros. (1Co 10, 6)
Y con todo, volvieron a pecar,
y no dieron fe a sus milagros:
entonces consumió sus días en un soplo,
sus años en un momento;
y, cuando los hacía morir, lo buscaban,
y madrugaban para volverse hacia Dios;
se acordaban de que Dios era su roca,
el Dios Altísimo, su redentor.
Lo adulaban con sus bocas,
pero sus lenguas mentían:
su corazón no era sincero con él,
ni eran fieles a su alianza.
Él, en cambio, sentía lástima,
perdonaba la culpa y no los destruía:
una y otra vez reprimió su cólera,
y no despertaba todo su furor;
acordándose que eran de carne,
un aliento fugaz que no torna.
Se acordaron de que Dios era su roca y su redentor.
PRIMERA LECTURA (Año I)
Del libro del Deuteronomio · 4, 1-8. 32-40
En aquellos días, dijo Moisés al pueblo estas palabras:
«Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo te enseño, para que los pongáis en práctica: así viviréis y entraréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar. No añadáis nada a lo que os mando, ni suprimáis nada, sino cumplid los preceptos del Señor, vuestro Dios, tal como yo os los prescribo hoy.
Vuestros ojos han visto lo que hizo el Señor a Baal Fegor, cómo el Señor, vuestro Dios, exterminó en medio de vosotros a todos los que se fueron detrás de Baal Fegor, mientras que los que fuisteis fieles al Señor seguís hoy con vida.
Mirad: yo os enseño mandatos y decretos, como me ordenó el Señor, mi Dios, para que los pongáis en práctica en la tierra en que vais a entrar para tomarla en posesión. Guardadlos y cumplidlos, porque ellos son vuestra sabiduría y vuestra prudencia a los ojos de los pueblos, los cuales, al oír estos mandatos, dirán: “Cierto, es un pueblo sabio y prudente esta gran nación,” Porque ¿cuál de las naciones grandes tiene unos dioses tan cercanos como el Señor, nuestro Dios, siempre que lo invocamos? O ¿qué nación tan grande tiene unos mandatos y decretos tan justos como toda esta ley que hoy os promulgo?
Pregunta a los tiempos remotos que te han precedido, desde el día en que el Señor creó al hombre en la tierra, si ha sucedido jamás algo tan grande o se ha oído cosa semejante desde un extremo a otro del cielo, ¿Escuchó algún pueblo la voz de un Dios hablándole desde el fuego, como tú la escuchaste, y salió con vida? ¿Se ha atrevido algún Dios a venir a sacar para sí un pueblo de en medio de otro pueblo, con pruebas, signos y prodigios, en son de guerra, con mano fuerte y brazo extendido, con terribles portentos, como hizo el Señor, vuestro Dios, con vosotros en Egipto, ante vuestros mismos ojos? A ti se te ha concedido ver todo esto, para que reconozcas que el Señor es Dios y que no hay otro fuera de él.
Desde el cielo hizo resonar su voz para enseñarte, en la tierra te mostró aquel gran fuego, y oíste sus palabras que salían del fuego. Porque amó a tus padres y después eligió a su descendencia, él en persona te sacó de Egipto con gran fuerza, para desposeer ante ti a pueblos más grandes y fuertes que tú, para traerte y darte sus tierras en heredad; como ocurre hoy.
Así has de reconocer hoy y recordar que el Señor es Dios, en lo alto del cielo y abajo en la tierra, y que no hay otro. Guarda los mandatos y preceptos que te voy a dar hoy, y así os irá bien a ti y a los hijos que te sucedan, y alargarás tus años sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar para toda la vida.
PRIMERA LECTURA (Año II)
Del libro del Éxodo · 2, 1-22
En aquellos días, un hombre de la tribu de Leví se casó con una mujer de la misma tribu; ella concibió y dio a luz un niño. Viendo que era muy hermoso, lo tuvo escondido tres meses. Mas, no pudiendo tenerlo escondido por más tiempo, tomó una cesta de mimbre, la embadurnó de barro y pez, colocó en ella a la criatura y la depositó entre los juncos, junto a la orilla del Nilo. Una hermana del niño observaba a distancia, para ver en qué paraba aquello.
La hija del Faraón bajó a bañarse en el Nilo, mientras sus criadas la seguían por la orilla. Al descubrir la cesta entre los juncos, mandó a una criada a recogerla. La abrió, miró dentro y encontró un niño llorando. Conmovida, comentó:
«Es un niño de los hebreos.»
Entonces la hermana del niño dijo a la hija del Faraón:
«¿Quieres que vaya a buscarle una nodriza hebrea que críe al niño?» Respondió la hija del Faraón:
«Sí, anda.»
La muchacha fue y llamó a la madre del niño. La hija del Faraón le dijo:
«Llévate al niño y críamelo, y yo te pagaré.»
La mujer tomó al niño y lo crió. Cuando creció el muchacho, se lo llevó a la hija del Faraón, que lo adoptó como hijo y lo llamó Moisés, diciendo: «Lo he sacado del agua.»
Pasaron los años, Moisés creció, fue adonde estaban sus hermanos y los encontró transportando cargas. Y vio cómo un egipcio maltrataba a un hebreo, uno de sus hermanos. Miró a un lado y a otro y, viendo que no había nadie, mató al egipcio y lo enterró en la arena. Al día siguiente salió y encontró a dos hebreos riñendo y dijo al culpable:
«¿Por qué golpeas a tu compañero?
Él le contestó:
«¿Quién te ha nombrado jefe y juez nuestro? ¿Es que pretendes matarme como mataste al egipcio?» Moisés se asustó, pensando: «La cosa se ha sabido.»
Cuando el Faraón se enteró del hecho, buscó a Moisés para darle muerte; pero Moisés huyó del Faraón y se refugió en el país de Madián. Allí se sentó junto a un pozo. El sacerdote de Madián tenía siete hijas, que salían a sacar agua y a llenar los abrevaderos para abrevar el rebaño de su padre. Llegaron unos pastores e intentaron echarlas. Entonces Moisés se levantó, defendió a las muchachas y abrevó su rebaño. Ellas volvieron a casa de Reuel, su padre, y él les preguntó:
«¿Cómo es que venís hoy tan pronto de vuelta?» Contestaron:
«Un egipcio nos ha librado de los pastores, nos ha sacado agua y ha abrevado el rebaño.»
Replicó el padre:
«¿Dónde está? ¿Cómo es que lo habéis dejado marchar? LIamadlo para que venga a comer.»
Moisés accedió a vivir con él y éste le dio a su hija Séfora por esposa. Ella dio a luz un niño y Moisés lo llamó Guersón, diciendo: «Soy forastero en tierra extranjera.»
Y dio ella a luz otro hijo a quien Moisés llamó Eliezer, pues dijo: «“El Dios de mi padre es mi protección”, él me ha librado de la mano del Faraón.»
SEGUNDA LECTURA
De las Homilías de san Juan Crisóstomo, obispo
Nada hay mejor que la oración y coloquio con Dios, ya que por ella nos ponemos en contacto inmediato con él; y, del mismo modo que nuestros ojos corporales son iluminados al recibir la luz, así también nuestro espíritu, al fijar su atención en Dios, es iluminado con su luz inefable. Me refiero, claro está, a aquella oración que no se hace por rutina, sino de corazón; que no queda circunscrita a unos determinados momentos, sino que se prolonga sin cesar día y noche.
Conviene, en efecto, que la atención de nuestra mente no se limite a concentrarse en Dios de modo repentino, en el momento en que nos decidimos a orar, sino que hay que procurar también que cuando está ocupada en otros menesteres, como el cuidado de los pobres o las obras útiles de beneficencia u otros cuidados cualesquiera, no prescinda del deseo y el recuerdo de Dios, de modo que nuestras obras, como condimentadas con la sal del amor de Dios, se conviertan en un manjar suavísimo para el Señor de todas las cosas. Y también nosotros podremos gozar, en todo momento de nuestra vida, de las ventajas que de ahí resultan, si dedicamos mucho tiempo al Señor.
La oración es luz del alma, verdadero conocimiento de Dios, mediadora entre Dios y los hombres. Por ella nuestro espíritu, elevado hasta el cielo, abraza a Dios con abrazos inefables, deseando la leche divina, como un niño que, llorando, llama a su madre; por ella nuestro espíritu espera el cumplimiento de sus propios anhelos y recibe unos bienes que superan todo lo natural y visible.
La oración viene a ser una venerable mensajera nuestra ante Dios, alegra nuestro espíritu, aquieta nuestro ánimo. Me refiero, en efecto, a aquella oración que no consiste en palabras, sino más bien en el deseo de Dios, en una piedad inefable, que no procede de los hombres, sino de la gracia divina, acerca de la cual dice el Apóstol: Nosotros no sabemos pedir como conviene, pero el Espíritu mismo aboga por nosotros con gemidos que no pueden ser expresados en palabras.
Semejante oración, si nos la concede Dios, es de gran valor y no ha de ser despreciada; es un manjar celestial que satisface al alma; el que lo ha gustado, se inflama en el deseo eterno de Dios, como en un fuego ardentísimo que inflama su espíritu.
Para que alcance en ti su perfección, pinta tu casa interior con la moderación y la humildad, hazla resplandeciente con la luz de la justicia, adórnala con buenas obras, como con excelentes láminas de metal, y decórala con la fe y la grandeza de ánimo, a manera de paredes y mosaicos; por encima de todo coloca la oración, como el techo que corona y pone fin al edificio, para disponer así una mansión acabada para el Señor y poderlo recibir como en una casa regia y espléndida, poseyéndolo por la gracia como una imagen colocada en el templo del alma.
R. Escucha, Israel, los mandamientos del Señor y escríbelos en tu corazón como en un libro; * y te daré una tierra que mana leche y miel.
V. Escucha, pueblo mío, doy testimonio contra ti; ¡ojalá me escuchases, Israel!
R. Por la fe Moisés, siendo ya adulto, rehusó ser llamado hijo de una hija del Faraón, y prefirió sufrir males con el pueblo de Dios a disfrutar de las ventajas pasajeras del pecado; * pues tenía la mirada puesta en la recompensa.
V. Tuvo por mayor riqueza el oprobio de Cristo que los tesoros de Egipto, y así, por la fe, abandonó Egipto.
R. ¿Porqué has de olvidarnos para siempre? ¿Porqué toda la vida abandonarnos? * Haz que volvamos a ti, Señor, y volveremos.
V. ¡Señor, sálvanos, que perecemos.
Oración
Te pedimos, Señor, que nos ayudes a continuar animosos estos días de penitencia que acabamos de empezar y que nuestras prácticas externas de penitencia estén siempre acompañadas por la sinceridad de un corazón que desea convertirse. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
