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Orar

Miércoles, 24 de febrero de 2027

Miércoles de la 2ª semana de Cuaresma

Cuaresma · Morado

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Convertíos y haced penitencia. R. Haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo.

Himno

Levántame Señor, que estoy caído,

sin amor, sin temor, sin fe, sin miedo;

quiérome levantar, y estoyme quedo;

yo propio lo deseo, y yo lo impido.

Estoy, siendo uno solo, dividido:

a un tiempo muerto y vivo, triste y ledo;

lo que puedo hacer, eso no puedo;

huyo del mal y estoy en él metido.

Tan obstinado estoy en mi porfía,

que el temor de perderme y de perderte

jamás de mi mal uso me desvía.

Tu poder y bondad truequen mi suerte:

que en otros veo enmienda cada día,

y en mí nuevos deseos de ofenderte. Amén.

Salmodia

También nosotros gemimos en nuestro interior, aguardando la redención de nuestro cuerpo.

Salmo 38

La creación fue sometida a la frustración…, pero con la esperanza de verse liberada. (Rm 8, 20)

Yo me dije: vigilaré mi proceder,

para que no se me vaya la lengua;

pondré una mordaza a mi boca

mientras el impío esté presente.

Guardé silencio resignado,

no hablé con ligereza;

pero mi herida empeoró,

y el corazón me ardía por dentro;

pensándolo me requemaba,

hasta que solté la lengua.

Señor, dame a conocer mi fin

y cuál es la medida de mis años,

para que comprenda lo caduco que soy.

Me concediste un palmo de vida,

mis días son nada ante ti;

el hombre no dura más que un soplo,

el hombre pasa como pura sombra,

por un soplo se afana,

atesora sin saber para quién.

También nosotros gemimos en nuestro interior, aguardando la redención de nuestro cuerpo.

Escucha, Señor, mi oración: no seas sordo a mi llanto.

Salmo 38

La creación fue sometida a la frustración…, pero con la esperanza de verse liberada. (Rm 8, 20)

Y ahora, Señor, ¿qué esperanza me queda?

Tú eres mi confianza.

Líbrame de mis iniquidades,

no me hagas la burla de los necios.

Enmudezco, no abro la boca,

porque eres tú quien lo ha hecho.

Aparta de mí tus golpes,

que el ímpetu de tu mano me acaba.

Escarmientas al hombre

castigando su culpa;

como una polilla roes sus tesoros;

el hombre no es más que un soplo.

Escucha, Señor, mi oración,

haz caso de mis gritos,

no seas sordo a mi llanto;

porque yo soy huésped tuyo,

forastero como todos mis padres.

Aplaca tu ira, dame respiro,

antes de que pase y no exista.

Escucha, Señor, mi oración: no seas sordo a mi llanto.

Yo confío en la misericordia del Señor por siempre jamás.

Salmo 51

El que se gloría, que se gloríe en el Señor. (1Co 1, 31)

¿Por qué te glorías de la maldad

y te envalentonas contra el piadoso?

Estás todo el día maquinando injusticias

tu lengua es navaja afilada,

autor de fraudes;

prefieres el mal al bien,

la mentira a la honradez;

prefieres las palabras corrosivas,

lengua embustera.

Pues Dios te destruirá para siempre,

te abatirá y te barrerá de tu tienda;

arrancará tus raíces

del suelo vital.

Lo verán los justos, y temerán,

y se reirán de él:

«Mirad al valiente

que no puso en Dios su apoyo,

confió en sus muchas riquezas,

se insolentó en sus crímenes.»

Pero yo, como verde olivo,

en la casa de Dios,

confío en su misericordia

por siempre jamás.

Te daré siempre gracias

porque has actuado;

proclamaré delante de tus fieles:

«Tu nombre es bueno.»

Yo confío en la misericordia del Señor por siempre jamás.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del libro del Deuteronomio · 29, 2-6. 10-29

En aquellos días, Moisés convocó a todo Israel y le dijo:

«Vosotros sois testigos de todo lo que el Señor hizo en Egipto contra el Faraón, sus ministros y todo su país: aquellas grandes pruebas, que vieron vuestros ojos, aquellos grandes signos y prodigios; pero el Señor no os había dado inteligencia para entender, ni ojos para ver, ni oídos para escuchar, hasta hoy:

“Yo os he hecho caminar cuarenta años en el desierto: no se os gastaron los vestidos que llevabais, ni envejecieron las sandalias de vuestros pies; no comisteis pan, ni bebisteis vino ni licor, para que reconozcáis que yo, el Señor, soy vuestro Dios.”

Vosotros os habéis colocado hoy en presencia del Señor, vuestro Dios —vuestros jefes de tribu, ancianos y magistrados, y todos los hombres de Israel; vuestros niños y mujeres, y los forasteros que están en el campamento (tus aguadores y leñadores)—, para entrar en alianza con el Señor, tu Dios, y aceptar el pacto que el Señor, tu Dios, concluye contigo hoy: en virtud de él te constituye pueblo suyo, y él será tu Dios, como te dijo y como había jurado a tus padres, a Abraham, Isaac y Jacob. No sólo con vosotros concluyo esta alianza y este pacto: lo concluyo tanto con el que está hoy aquí con nosotros, en presencia del Señor, como también con el que no lo está.

Vosotros sabéis que habitamos en Egipto, y que cruzamos por en medio de todos aquellos pueblos que atravesamos, vimos sus ídolos monstruosos, piedra y leño, plata y oro: que no haya nadie entre vosotros, hombre o mujer, familia o tribu, cuyo corazón se aparte hoy del Señor, vuestro Dios, yendo a dar culto a los dioses de estos pueblos; que no arraiguen en vosotros plantas amargas y venenosas. Si alguien, al escuchar los términos de este pacto, se felicita diciendo por dentro: “Tendré paz, aunque siga en mi obstinación”, entonces la riada arrastrará el terreno de regadío juntamente con el de secano, pues el Señor no estará dispuesto a perdonarlo: su ira y su cero se encenderán contra ese hombre, se asentará sobre él la maldición de este código, y el Señor borrará su nombre bajo el cielo; el Señor lo apartará, para su perdición, de todas las tribus de Israel, según las maldiciones que sancionan la alianza, escritas en este código.

Las generaciones venideras, los hijos que os sucedan y los extranjeros que vengan de lejanas tierras, cuando vean las plagas de esta tierra, las enfermedades con que Dios la castigará, no podrán menos que exclamar:

“Azufre y sal, tierra calcinada, donde se siembra y no brota ni crece la hierba, catástrofe como la de Sodoma y Gomorra, Adamá y Seboín, arrasadas por la ira y la cólera del Señor.” y todos esos pueblos se preguntarán: “¿Por qué trató el Señor así a esta tierra? ¿Qué significa esta cólera tan terrible?”

Y les responderán:

“Porque abandonaron la alianza del Señor, el Dios de sus padres, el pacto que hizo con ellos al sacarlos de Egipto; porque fueron a dar culto a dioses extranjeros, postrándose ante ellos —dioses que no conocían, dioses que no formaban parte de su heredad—; por eso la ira del Señor se encendió contra esta tierra, haciendo recaer sobre ella todas las maldiciones escritas en este código; por eso el Señor los arrancó de su suelo, con ira, furor e indignación, y los arrojó a una tierra extraña, en donde están ahora.”

Las cosas ocultas pertenecen al Señor, nuestro Dios, pero las revelaciones son para nosotros y nuestros hijos para siempre: a fin de que pongamos en práctica todas las palabras de esta ley.»

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro del Éxodo · 17, 1-16

En aquellos días, la comunidad de Israel se marchó del desierto de Sin por etapas, según las órdenes del Señor, y acamparon en Refidim, donde el pueblo no encontró agua de beber. El pueblo riñó con Moisés, diciendo:

«Danos agua de beber.» Él les respondió:

«¿Por qué me reñís a mí y tentáis al Señor?» Pero el pueblo, sediento, murmuró de Moisés, diciendo:

«¿Por qué nos has sacado de Egipto para matamos de sed a nosotros, a nuestros hijos y al ganado?» Moisés clamó al Señor:

«¿Qué hago con este pueblo? Por poco me apedrean.»

El Señor respondió a Moisés:

«Preséntate al pueblo, acompañado de los ancianos de Israel, y empuñando el cayado con el que golpeaste el Nilo; ve, que yo estaré frente a ti junto a la roca de Horeb. Golpea la roca y saldrá agua para que beba el pueblo.»

Así lo hizo Moisés ante los ancianos de Israel. Y llamó a aquel lugar Masá y Meribá, por haber reñido allí el pueblo y tentado al Señor, preguntando: «¿Está el Señor entre nosotros o no?»

Después de esto sucedió que vinieron los amalecitas y atacaron a los hijos de Israel en Refidim. Moisés dijo a Josué:

«Escoge unos cuantos hombres, haz una salida y ataca a Amalec. Mañana yo estaré de pie en la cima del monte con el cayado maravilloso de Dios en la mano.»

Hizo Josué lo que le decía Moisés y atacó a Amalec, mientras Moisés, Aarón y Jur subían a la cima del monte. Y aconteció que mientras Moisés tenía en alto las manos vencía Israel, pero cuando las bajaba vencía Amalec. Y, como se le cansaban las manos, tomaron una piedra e hicieron que se sentase en ella, mientras que Aarón y Jur le sostenían los brazos, mío a cada lado. Así pudo Moisés sostener en alto las manos hasta la puesta del sol. Josué derrotó a Amalec y a su tropa a filo de espada. El Señor dijo a Moisés:

«Escribe esto en un libro de memorias y haz saber a Josué que yo borraré la memoria de Amalec bajo el cielo,» Moisés levantó un altar y lo llamó Yahvéh Nissí, que significa: «El Señor es mi estandarte», pues dijo:

«El estandarte del Señor en la mano, el Señor está en guerra con Amalec de generación en generación,»

SEGUNDA LECTURA

Del Tratado de san Ireneo, obispo, Contra las herejías

En el principio, Dios modeló al hombre, movido por su munificencia; a los patriarcas los eligió con miras a su salvación; iba formando a su pueblo, enseñándole a seguir a Dios, a pesar de su rebeldía; preparaba a los profetas, haciendo que el hombre se fuera acostumbrando, aquí en la tierra, a ser portador de su Espíritu ya' gozar de la comunión con Dios; él, que de nadie necesita, hacía entrar en su comunión a los que de él necesitan. Y, a la manera de un arquitecto, iba esbozando, en favor de los que lo complacían, el edificio de la salvación: él mismo se constituyó en guía de los que en Egipto no veían, dio una ley perfectamente ajustada a los que en el desierto estaban inquietos, otorgó en herencia la tierra prometida a los que llegaron a entrar en ella, mata el novillo cebado para los que vuelven al Padre y los viste con la túnica más rica. Haciendo así que el género humano, de diversas maneras, vaya sintonizando con la salvación futura.

Por esto Juan, en el Apocalipsis, dice: Su voz era como el estruendo de muchas aguas. Realmente, son muchas las aguas del Espíritu de Dios, ya que es mucha la riqueza y grandeza del Padre. Y, con su acción sobre todos los hombres, el Verbo comunicaba con liberalidad sus favores a los que se le sometían, dictando una ley apta y adecuada a cualquier condición.

Mediante esta ley, ordenaba al pueblo la construcción del tabernáculo, la edificación del templo, la designación de los levitas, los sacrificios y oblaciones, las abluciones y todo el servicio cultual.

Él, ciertamente, no tenía necesidad de ninguna de estas cosas, ya que goza de la plenitud de todo bien y, aun antes de que Moisés existiera, contenía en sí mismo todo olor de suavidad y toda exhalación de agradable aroma; pero todo aquello era una constante llamada al pueblo, inclinado siempre a la idolatría, para exhortarlo a la perseverancia y al servicio de Dios; por las cosas secundarias lo llamaba a las cosas principales, es decir: por las cosas figuradas lo conducía a las verdaderas, por las cosas temporales lo conducía a las eternas, por las cosas carnales lo conducía a las espirituales, por las cosas terrenales lo conducía a las celestiales; como le fue dicho a Moisés:Te ajustarás al modelo que te fue mostrado en la montaña.

Durante cuarenta días, en efecto, aprendió a retener las palabras de Dios, los caracteres celestiales, las imágenes espirituales y las figuras proféticas del futuro, como dice el apóstol san Pablo: Bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo. Y añade también, refiriéndose a las antedichas prescripciones de la ley: Todas estas cosas les acontecían en figura y fueron escritas para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades.

Así, pues, a través de estas figuras, aprendían a temer a Dios y a perseverar en su servicio. De este modo, la leyera para ellos norma de vida y, al mismo tiempo, profecía de las cosas venideras.

R. Cristo se hizo maldición por nosotros, a fin de que la bendición de Abraham alcanzara a todas las naciones, * para que recibiéramos por la fe el Espíritu prometido por Dios.
V. Dios nos sacó de la tierra de Egipto y de la casa de esclavitud.

R. Sacaréis agua con gozo de las fuentes de la salvación, * y aquel día diréis: «Dad gracias al Señor, invocad su nombre.»
V. El agua que yo os daré se convertirá en vosotros en manantial, cuyas aguas brotan para comunicar vida eterna.

R. La ley fue nuestro ayo para llevamos a Cristo, a fin de ser justificados por la fe. * Pero, una vez llegada la era de la fe, no estamos más bajo la potestad del ayo.
V. Antes de venir la economía de la fe, estábamos encerrados bajo la custodia de la ley, en espera de la fe que había de revelarse.

Oración

Señor, haz que tu pueblo persevere siempre en el camino del bien que tú le has enseñado; protégelo en sus necesidades temporales, para que, sin angustia, pueda tender a los bienes eternos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.