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Orar

Miércoles, 3 de marzo de 2027

Miércoles de la 3ª semana de Cuaresma

Cuaresma · Morado

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Convertíos y haced penitencia. R. Haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo.

Himno

Levántame Señor, que estoy caído,

sin amor, sin temor, sin fe, sin miedo;

quiérome levantar, y estoyme quedo;

yo propio lo deseo, y yo lo impido.

Estoy, siendo uno solo, dividido:

a un tiempo muerto y vivo, triste y ledo;

lo que puedo hacer, eso no puedo;

huyo del mal y estoy en él metido.

Tan obstinado estoy en mi porfía,

que el temor de perderme y de perderte

jamás de mi mal uso me desvía.

Tu poder y bondad truequen mi suerte:

que en otros veo enmienda cada día,

y en mí nuevos deseos de ofenderte. Amén.

Salmodia

La misericordia y la fidelidad te preceden, Señor.

Salmo 88 · 88, 2-38

Según lo prometido, Dios sacó de la descendencia de David un Salvador, Jesús. (Hch 13, 22-23)

Cantaré eternamente las misericordias del Señor,

anunciaré tu fidelidad por todas las edades.

Pues dijiste: «Cimentado está por siempre mi amor,

asentada más que el cielo mi lealtad.»

Sellé una alianza con mi elegido,

jurando a David, mi siervo:

«Te fundaré un linaje perpetuo,

edificaré tu trono para todas las edades.»

El cielo proclama tus maravillas, Señor,

y tu fidelidad, en la asamblea de los ángeles.

¿Quién sobre las nubes se compara a Dios?

¿Quién como el Señor entre los seres divinos?

Dios es temible en el consejo de los ángeles,

es grande y terrible para toda su corte.

Señor de los ejércitos, ¿quién como tú?

El poder y la fidelidad te rodean.

Tú domeñas la soberbia del mar

y amansas la hinchazón del oleaje;

tú traspasaste y destrozaste a Rahab,

tu brazo potente desbarató al enemigo.

Tuyo es el cielo, tuya es la tierra;

tú cimentaste el orbe y cuanto contiene;

tú has creado el norte y el sur,

el Tabor y el Hermón aclaman tu nombre.

Tienes un brazo poderoso:

fuerte es tu izquierda y alta tu derecha.

Justicia y derecho sostienen tu trono,

misericordia y fidelidad te preceden.

Dichoso el pueblo que sabe aclamarte:

caminará, ¡oh Señor!, a la luz de tu rostro;

tu nombre es su gozo cada día,

tu justicia es su orgullo.

Porque tú eres su honor y su fuerza,

y con tu favor realzas nuestro poder.

Porque el Señor es nuestro escudo,

y el Santo de Israel nuestro rey.

La misericordia y la fidelidad te preceden, Señor.

El Hijo de Dios nació según la carne de la estirpe de David.

Salmo 88 · 88, 2-38

Según lo prometido, Dios sacó de la descendencia de David un Salvador, Jesús. (Hch 13, 22-23)

Un día hablaste en visión a tus amigos:

«He ceñido la corona a un héroe,

he levantado a un soldado sobre el pueblo.»

Encontré a David, mi siervo,

y lo he ungido con óleo sagrado;

para que mi mano esté siempre con él

y mi brazo lo haga valeroso;

no lo engañará el enemigo

ni los malvados lo humillarán;

ante él desharé a sus adversarios

y heriré a los que lo odian.

Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán,

por mi nombre crecerá su poder:

extenderé su izquierda hasta el mar,

y su derecha hasta el Gran Río.

Él me invocará: «Tú eres mi padre,

mi Dios, mi Roca salvadora»

y yo lo nombraré mi primogénito,

excelso entre los reyes de la tierra.

Le mantendré eternamente mi favor,

y mi alianza con él será estable;

le daré una posteridad perpetua

y un trono duradero como el cielo.

El Hijo de Dios nació según la carne de la estirpe de David.

Juré una vez a David, mi siervo: «Tu linaje será perpetuo.»

Salmo 88 · 88, 2-38

Según lo prometido, Dios sacó de la descendencia de David un Salvador, Jesús. (Hch 13, 22-23)

Si sus hijos abandonan mi ley

y no siguen mis mandamientos,

si profanan mis preceptos

y no guardan mis mandatos,

castigaré con la vara sus pecados

y a latigazos sus culpas;

pero no les retiraré mi favor

ni desmentiré mi fidelidad,

no violaré mi alianza

ni cambiaré mis promesas.

Una vez juré por mi santidad

no faltar a mi palabra con David:

«Su linaje será perpetuo,

y su trono como el sol en mi presencia,

como la luna, que siempre permanece:

su solio será más firme que el cielo.»

Juré una vez a David, mi siervo: «Tu linaje será perpetuo.»

PRIMERA LECTURA (Año I)

De la carta a los Hebreos · 4, 1-13

Hermanos: Temamos, no sea que, permaneciendo aún en vigor la promesa de entrar en su descanso, alguno de vosotros se encuentre con que ha llegado tarde. Pues, lo mismo que nuestros padres, también nosotros hemos recibido esta buena nueva; pero a ellos no les aprovechó la palabra oída, porque no se unieron por la fe a quienes la siguieron. De hecho, los que hemos creído entramos en el descanso, según lo que él dijo: «He jurado en mi cólera que no entrarán en mi descanso.»

Ciertamente que las obras de Dios estaban ya terminadas desde la creación del mundo, pues él ha dicho en cierto pasaje, refiriéndose al séptimo día: «y descansó Dios de todas sus obras el día séptimo.» Y ahora dice de nuevo en el pasaje citado: «No entrarán en mi descanso.» Así, pues, como consta, por una parte, que algunos han de entrar en él y, por otra, que los primeros en recibir la buena nueva no entraron a causa de su desobediencia, vuelve Dios a señalar un día, un «hoy», declarando después de tanto tiempo, por medio de David, lo que arriba queda dicho: «Hoy, si escucháis su voz, no endurezcáis el corazón.»

Si Josué hubiera introducido a los israelitas en el descanso, Dios, después de esto, no habría hablado de otro día. Por lo tanto, concluimos que queda reservado un descanso, el del séptimo día, para el pueblo de Dios. Y el que entra en el reposo de Dios descansa también de sus tareas, como Dios descansó de las suyas.

Apresurémonos, pues, a entrar en ese descanso, no sea que alguno caiga, imitando aquel ejemplo de desobediencia. Que la palabra de Dios es viva, eficaz y tajante más que espada de dos filos; penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las articulaciones y las médulas, y discierne los pensamientos y sentimientos del corazón. No hay cosa creada que se sustraiga a su presencia, y todo está desnudo y al descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro del Éxodo · 33, 7-11. 18-23; 34, 5-9. 29-35

En aquellos días, Moisés levantó la Tienda de Dios y la plantó fuera, a distancia del campamento; la llamó «Tienda de Reunión». El .que tenía que visitar al Señor salía fuera del campamento y se dirigía a la Tienda de Reunión. Cuando Moisés salía en dirección a la Tienda, todo el pueblo se levantaba y esperaba a la entrada de sus tiendas, mirando a Moisés hasta que éste entraba en la Tienda; en cuanto él entraba, la columna de nube bajaba y se quedaba a la entrada de la Tienda, mientras él hablaba con el Señor, y el Señor hablaba con Moisés.

Cuando el pueblo veía la columna de nube a la puerta de la Tienda, se levantaba y se prosternaba cada uno a la entrada de su tienda.

El Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con un amigo. Después él volvía al campamento, mientras Josué, su joven ayudante, permanecía sin apartarse de la Tienda. Un día Moisés dijo al Señor:

«Enséñame tu gloria.»

Y él respondió:

«Yo haré pasar ante ti toda mi bondad y pronunciaré ante ti el nombre del Señor, pues yo me compadezco de quien quiero y favorezco a quien quiero; pero mi rostro no lo puedes ver, porque nadie puede verlo y seguir viviendo.»

Y añadió:

«Ahí tienes un sitio donde puedes ponerte junto a la peña; cuando pase mi gloria ante ti, te pondré en una hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado; y, cuando retire la mano, podrás ver mi espalda, pero mi rostro no lo verás.»

Y el Señor bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés pronunció el nombre del Señor. El Señor pasó ante él proclamando:

«Yahvéh, Yahvéh, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en amor y fidelidad. Misericordioso hasta la milésima generación, que perdona culpa, delito y pecado, pero no deja impune y castiga la culpa de los padres en los hijos y nietos, hasta la tercera y cuarta generación.»

Moisés al momento se prosternó y se echó por tierra. Y le dijo:

«Si he obtenido tu favor, dígnese mi Señor venir con nosotros, aunque sea ése un pueblo de dura cerviz, perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya.»

Cuando Moisés volvió a bajar del monte Sinaí con las dos tablas de la alianza en la mano, no sabía que tenía radiante la piel de su rostro por haber hablado con el Señor. Pero Aarón y todos los israelitas vieron a Moisés con la piel de su rostro radiante, y no se atrevieron a acercarse a él. Cuando Moisés los llamó, se acercaron Aarón y los jefes de la comunidad, y Moisés les habló. Después se acercaron todos los israelitas, y Moisés les comunicó las órdenes que el Señor le había dado en el monte Sinaí. Y, cuando terminó de hablar con ellos, se echó un velo sobre el rostro.

Cuando entraba a la presencia del Señor para hablar con él, se quitaba el velo hasta la salida. Cuando salía comunicaba a los israelitas lo que el Señor le había mandado. Los israelitas veían la piel radiante de su rostro, y Moisés se volvía a echar el velo sobre la cara, hasta que volvía a hablar con Dios.

SEGUNDA LECTURA

Del Libro de san Teófilo de Antioquía, obispo, a Autólico

Si tú me dices: «Muéstrame a tu Dios», yo te responderé: «Muéstrame primero qué tal sea tu persona», y entonces te mostraré a mi Dios. Muéstrame primero los ojos de tu mente ven, si los oídos de tu corazón oyen.

Del mismo modo, en efecto, que los que gozan de la visión corporal perciben lo que sucede aquí en la tierra y examinan las cosas opuestas entre sí —como son la luz y las tinieblas, lo blanco y lo negro, lo deforme y lo hermoso, lo proporcionado y lo que no lo es, lo mesurado y lo desmesurado, lo que rebasa sus límites y lo que es incompleto—, y lo mismo podemos decir con respecto a lo que es objeto de audición —los sonidos agudos, graves, agradables—, así también acontece con los oídos del corazón y los ojos de la mente, con respecto a la visión de Dios.

Efectivamente, Dios se deja ver de los que son capaces de verlo, porque tienen abiertos los ojos de la mente. Porque todos tienen ojos, pero algunos los tienen bañados en tinieblas y no pueden ver la luz del sol. Y no porque los ciegos no la vean deja por eso de brillar la luz solar, sino que ha de atribuirse esta oscuridad a su defecto de visión. Así tú tienes los ojos entenebrecidos por tus pecados y malas acciones.

El alma del hombre debe ser nítida como un espejo reluciente. Cuando en un espejo hay herrumbre, no puede el hombre contemplar en él su rostro; del mismo modo, cuando hay pecado en el hombre, no puede éste ver a Dios. Pero, si quieres, puedes sanar; confíate al médico y él punzará los ojos de tu mente y de tu corazón. ¿Quién es este médico? Dios, que por su Palabra y sabiduría creó todas las cosas, ya que, como dice el salmo: La Palabra del Señor hizo el cielo; el Aliento de su boca, sus ejércitos. Eminente es su sabiduría. Con ella fundó Dios la tierra; con su inteligencia consolidó los cielos, con su ciencia brotaron los abismos y las nubes destilaron rocío.

Si eres capaz, oh hombre, de entender todo esto y procuras vivir de un modo puro, santo y piadoso, podrás ver a Dios; pero es condición previa que haya en tu corazón la fe y el temor de Dios, para llegar a entender estas cosas. Cuando te hayas despojado de tu condición mortal y hayas revestido la inmortalidad, entonces estarás en disposición de ver a Dios. Porque Dios resucitará tu cuerpo, haciéndolo inmortal como el alma, y entonces, hecho tú inmortal, podrás contemplar al que es inmortal, si ahora crees en él.

R. Bendijo Dios el día séptimo y lo consagró; * descansó de todo el trabajo que había hecho cuando creó.
V. El que entra en el reposo de Dios descansa también de sus tareas, como Dios descansó de las suyas.

R. Moisés ponía un velo sobre su rostro, para que no se fijasen los hijos de Israel en su resplandor.* Mas todos nosotros, reflejando como en un espejo en nuestro rostro descubierto la gloria del Señor, nos vamos transformando en su propia imagen, hacia una gloria cada vez mayor, por la acción del Señor, que es espíritu.
V. Hasta el día de hoy persiste un velo tendido sobre sus corazones.

R. Ahora es el tiempo propicio, ahora es el día de salvación: acreditémonos ante Dios * por nuestra constancia en las tribulaciones, por nuestros ayunos, por nuestra sed de ser justos.
V. Acreditémonos siempre en todo como verdaderos servidores de Dios.

Oración

Concédenos, Señor, que, purificados por las prácticas cuaresmales y alimentados con tu palabra, nos entreguemos completamente a ti por una santa moderación en el uso de las cosas terrenas y que perseveremos fraternalmente unidos en la oración. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.