OFICIO DE LECTURA
Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.
Como hoy el Salmo 23 se dijo en el Invitatorio, aquí se dice en su lugar el Salmo 94.
V. Dios resucitó a Cristo de entre los muertos. Aleluya. R. Para que nuestra fe y esperanza se centren en Dios. Aleluya.
Himno
Que doblen las campanas jubilosas
y proclamen el triunfo del amor,
y llenen nuestras almas de aleluyas,
de gozo y esperanza en el Señor.
Los sellos de la muerte han sido rotos,
la vida para siempre es libertad,
ni la muerte ni el mal son para el hombre
su destino, su última verdad.
Derrotados la muerte y el pecado,
es de Dios toda historia y su final;
esperad con confianza su venida;
no temáis, con vosotros él está.
Volverán encrespadas tempestades
para hundir vuestra fe y vuestra verdad,
es más fuerte que el mal y que su embate
el poder del Señor, que os salvará.
Aleluyas cantemos a Dios Padre,
aleluyas al Hijo salvador,
su Espíritu corone la alegría
que su amor derramó en el corazón. Amén.
Salmodia
El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria. Aleluya.
Salmo 94
INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA
Animaos unos a otros, día tras día,
mientras perdura el «hoy». (Hb 3, 13)
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
† entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.
Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses,
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes.
Suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.
Venid, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía.
Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto:
cuando vuestros padres me pusieron a prueba,
y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.
Durante cuarenta años
aquella generación me repugnó, y dije:
“Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso”.»
Si para el Invitatorio se escoge el salmo 99, el 66 o el 23, y el salmo escogido formara ya parte de la salmodia del día, se diría entonces en su lugar, en la salmodia, el salmo 94.
El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria. Aleluya.
Bendecid, pueblos, a nuestro Dios, porque él me ha devuelto la vida. Aleluya.
Salmo 65
Este salmo habla de la resurrección de Cristo y de la conversión de los gentiles. (Hesiquio)
Aclama al Señor, tierra entera;
tocad en honor de su nombre,
cantad himnos a su gloria.
Decid a Dios: «¡Qué terribles son tus obras,
por tu inmenso poder tus enemigos se rinden!
Que se postre ante ti la tierra entera,
que toquen en tu honor,
que toquen para tu nombre.
Venid a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres:
transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.
Alegrémonos con Dios,
que con su poder gobierna eternamente;
sus ojos vigilan a las naciones,
para que no se subleven los rebeldes.
Bendecid, pueblos, a nuestro Dios,
haced resonar sus alabanzas,
porque él nos ha devuelto la vida
y no dejó que tropezaran nuestros pies.
¡Oh Dios!, nos pusiste a prueba,
nos refinaste como refinan la plata;
nos empujaste a la trampa,
nos echaste a cuestas un fardo:
sobre nuestro cuello cabalgaban,
pasamos por fuego y por agua,
pero nos has dado respiro.
Bendecid, pueblos, a nuestro Dios, porque él me ha devuelto la vida. Aleluya.
Venid a escuchar, os contaré lo que el Señor ha hecho conmigo. Aleluya.
Salmo 65
Este salmo habla de la resurrección de Cristo y de la conversión de los gentiles. (Hesiquio)
Entraré en tu casa con víctimas,
para cumplirte mis votos:
los que pronunciaron mis labios
y prometió mi boca en el peligro.
Te ofreceré víctimas cebadas,
te quemaré carneros,
inmolaré bueyes y cabras
.
Fieles de Dios, venid a escuchar,
os contaré lo que ha hecho conmigo:
a él gritó mi boca
y lo ensalzó mi lengua.
Si hubiera tenido yo mala intención,
el Señor no me habría escuchado;
pero Dios me escuchó,
y atendió a mi voz suplicante.
Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica
ni me retiró su favor.
Venid a escuchar, os contaré lo que el Señor ha hecho conmigo. Aleluya.
PRIMERA LECTURA (Año I)
De la primera carta del apóstol san Pedro · 1, 22—2, 10
Hermanos: Por la obediencia a la verdad habéis purificado vuestras almas para un amor fraternal no fingido; amaos, pues, con intensidad y muy cordialmente unos a otros, como quienes han sido engendrados no de semilla corruptible, sino incorruptible, por la palabra viva y permanente de Dios. Porque: «Todo hombre es como hierba, toda su gloria es como flor de heno: se seca el heno y cae la flor, mas la palabra del Señor permanece eternamente.» Y esta es la palabra: la Buena Noticia anunciada a vosotros.
Por lo tanto, después de haberos despojado de toda maldad y de toda falsedad, de las hipocresías y envidias, y de toda clase de murmuración, apeteced, como niños recién nacidos, la leche pura espiritual. Con ella podréis crecer hasta alcanzar la salvación, si es que realmente habéis saboreado lo bueno que es el Señor.
Acercándoos al Señor, la piedra viva, rechazada por los hombres, pero escogida y apreciada por Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo. Por eso se lee en la Escritura: «Ved que pongo en Sión una piedra angular escogida y preciosa. Y quien tenga fe en ella no será defraudado.» Por consiguiente, a vosotros, que tenéis fe, os corresponde el honor; mas, para los que no tienen fe, «la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular, y ha venido a ser piedra de tropiezo y roca de escándalo». Y tropiezan en ella porque no tienen fe en la palabra de Cristo, para la cual estaban destinados.
Vosotros, en cambio, sois «linaje escogido, sacerdocio regio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa». Vosotros, que en otro tiempo «no erais pueblo», sois ahora «pueblo di mas»; vosotros, que estabais «excluidos de la misericordia», sois ahora «objeto de la misericordia de Dios».
PRIMERA LECTURA (Año II)
De los Hechos de los apóstoles · 2, 1-21
Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar; de pronto, se oyó un estruendo que venía del cielo, como de un viento impetuoso que invadió toda la casa donde estaban reunidos. Y aparecieron unas como lenguas de fuego, que se repartieron y posaron sobre cada uno de ellos; todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según les hacía expresarse el Espíritu.
Vivían a la sazón en Jerusalén judíos, hombres piadosos, que pertenecían a todas las naciones que hay bajo el cielo. Al producirse aquel estruendo, acudió un gran gentío, y todos quedaban atónitos al oídos hablar cada uno en su propia lengua. Maravillados y llenos de estupor, exclamaban:
«Pero, ¿no son galileos todos estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros los estamos oyendo hablar nuestra lengua materna? Partos, medos, elamitas, los que vivimos en Mesopotamia, Judea y Capadocia, en el Ponto y en el Asia proconsular, en Frigia y Panfilia, en Egipto y tierras de Libia Cirenaica, forasteros romanos, tanto judíos de raza como prosélitos, cretenses y árabes, todos los estamos oyendo hablar en nuestras lenguas las grandezas de Dios.»
Perplejos y llenos de estupor, se preguntaban unos a otros:
«Pero ¿qué es esto?»
Otros se burlaban y decían:
«Están llenos de mosto.»
Pedro, acompañado de los Once, alzó entonces su voz y les dirigió este discurso:
«Judíos y moradores todos de Jerusalén, prestad atención a mis palabras y tenedlo bien entendido. No están éstos ebrios de vino, como vosotros pensáis, pues son todavía las nueve de la mañana. Lo que estáis viendo es el cumplimiento de esta profecía de Joel:
“En los últimos días —dice Dios—, derramaré mi espíritu sobre toda carne: profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas, vuestros jóvenes tendrán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños. Hasta sobre los siervos y las siervas derramaré mi espíritu en aquellos días. Haré prodigios arriba en el cielo y señales abajo en la tierra: sangre, fuego, columnas de humo. El sol se oscurecerá, la luna aparecerá sangrienta, antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible. Y cuantos invoquen el nombre del Señor se salvarán.”»
SEGUNDA LECTURA
De las Disertaciones de san Anastasio de Antioquía, obispo
Después que Cristo se había mostrado, a través de sus palabras y sus obras, como Dios verdadero y Señor del universo, decía a sus discípulos, a punto ya de subir a Jerusalén: Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los gentiles y a los sumos sacerdotes y a los escribas, para que lo azoten, hagan burla de él y lo crucifiquen. Esto que decía estaba de acuerdo con las predicciones de los profetas, que habían anunciado de antemano la muerte que había de padecer en Jerusalén. Las sagradas Escrituras habían profetizado desde el principio la muerte de Cristo y lodo lo que sufriría antes de su muerte; como también lo que había de suceder con su cuerpo, después de muerto; con ello predecían que este Dios, al que tales cosas acontecieron, era impasible e inmortal; y no podríamos tenerlo por Dios, si, al contemplar la realidad de su encarnación, no descubriésemos en ella el motivo justo y verdadero para profesar nuestra fe en ambos extremos, a saber, en su pasión y en su impasibilidad; tomó también el motivo por el cual el Verbo de Dios, por lo demás impasible, quiso sufrir la pasión: porque era el único modo como podía ser salvado el hombre. Cosas, todas éstas, que sólo las conoce él y aquellos a quienes él se las revela; él, en efecto, conoce todo lo que atañe al Padre, de la misma manera que el Espíritu penetra la profundidad de los misterios divinos.
El Mesías, pues, tenía que padecer, y su pasión era totalmente necesaria, como él mismo lo afirmó cuando calificó de hombres sin inteligencia y cortos de entendimiento a aquellos discípulos que ignoraban que el Mesías tenía que padecer para entrar en su gloria. Porque él, en verdad, vino para salvar a su pueblo, dejando aquella gloria que tenía junto al Padre antes que el mundo existiese; y esta salvación es aquella perfección que había de obtenerse por medio de la pasión, y que había de ser atribuida al que nos guiaba a la salvación, como nos enseña la carta a los Hebreos, cuando dice que él es el que nos guía a la salvación, perfeccionado por medio del sufrimiento.
Y vemos, en cierto modo, cómo aquella gloria que poseía como Unigénito, y a la que por nosotros había renunciado por un breve tiempo, le es restituida a través de la cruz en la misma carne que había asumido; dice, en efecto, san Juan, en su evangelio, al explicar en qué consiste aquella agua que dijo el Salvador que brotaría como un torrente del seno del que crea en él: Esto lo dijo del Espíritu Santo, que habían de recibir los que a él se unieran por la fe, pues aún no había sido dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado; aquí el evangelista identifica la gloria con la muerte en cruz. Por esto el Señor, en la oración que dirige al Padre antes de su pasión, le pide que lo glorifique con aquella gloria que tenía junto a él, antes que el mundo existiese.
R. Como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, * para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo. Aleluya.
V. Vosotros sois linaje escogido, sacerdocio regio, nación santa, pueblo adquirido por Dios.
R. Cuantos invoquen el nombre del Señor se salvarán. * No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos. Aleluya.
V. Jesús es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular; en ningún otro se encuentra la salud.
R. Como quisiese Dios, por quien y para quien son todas las cosas, llevar un gran número de hijos a la gloria, convenía ciertamente que perfeccionase por medio del sufrimiento al que iba a guiados a la salvación. * A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Aleluya.
V. El Mesías tenía que padecer, para así entrar en su gloria.
TE DEUM
Señor, Dios eterno, alegres te cantamos,
a ti nuestra alabanza,
a ti, Padre del cielo, te aclama la creación.
Postrados ante ti, los ángeles te adoran
y cantan sin cesar:
Santo, santo, santo es el Señor,
Dios del universo;
llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles,
la multitud de los profetas te enaltece,
y el ejército glorioso de los mártires te aclama.
A ti la Iglesia santa,
por todos los confines extendida,
con júbilo te adora y canta tu grandeza:
Padre, infinitamente santo,
Hijo eterno, unigénito de Dios,
Santo Espíritu de amor y de consuelo.
Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria,
tú el Hijo y Palabra del Padre,
tú el Rey de toda la creación.
Tú, para salvar al hombre,
tomaste la condición de esclavo
en el seno de una virgen.
Tú destruiste la muerte
y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.
Tú vives ahora,
inmortal y glorioso, en el reino del Padre.
Tú vendrás algún día,
como juez universal.
Muéstrate, pues, amigo y defensor
de los hombres que salvaste.
Y recíbelos por siempre allá en tu reino,
con tus santos y elegidos.
La parte que sigue puede omitirse, si se cree oportuno.
Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice a tu heredad.
Sé su pastor,
y guíalos por siempre.
Día tras día te bendeciremos
y alabaremos tu nombre por siempre jamás.
Dígnate, Señor,
guardarnos de pecado en este día.
Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.
A ti, Señor, me acojo,
no quede yo nunca defraudado.
Oración
Señor Dios, que nos has proporcionado el remedio de nuestros males por el misterio pascual, colma a tu pueblo de tus dones celestiales, para que alcance la perfecta libertad y llegue a gozar plenamente en el cielo de la alegría que ya ha comenzado a gustar en la tierra. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
