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Orar

Jueves, 1 de abril de 2027

Jueves día de la Octava de Pascua

Tiempo Pascual · Blanco · Ciclo B

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. En tu resurrección, oh Cristo. Aleluya. R. El cielo y la tierra se alegran. Aleluya.

Himno

Oh Rey perpetuo de los elegidos,

oh Creador que todo lo creaste,

oh Dios en quien el Hijo sempiterno

es desde antes del tiempo igual al Padre.

Oh tú que, sobre el mundo que nacía,

imprimiste en Adán tu eterna imagen,

confundiendo en su ser el noble espíritu

y el miserable lodo de la carne.

Oh tú que ayer naciste de la Virgen,

y hoy del fondo de la tumba naces;

oh tú que, resurgiendo de los muertos,

de entre los muertos resurgir nos haces.

Oh Jesucristo, libra de la muerte

a cuantos hoy reviven y renacen,

para que seas el perenne gozo

pascual de nuestras mentes inmortales.

Gloria al Padre celeste y gloria al Hijo,

que de la muerte resurgió triunfante,

y gloria con entrambos al divino Paracleto,

por siglos incesantes. Amén.

Salmodia

Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia. Aleluya.

Salmo 117

Jesús es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular. (Hch 4, 11)

Dad gracias al Señor porque es bueno,

porque es eterna su misericordia.

Diga la casa de Israel:

eterna es su misericordia.

Diga la casa de Aarón:

eterna es su misericordia.

Digan los fieles del Señor

eterna es su misericordia.

En el peligro grité al Señor,

y me escuchó, poniéndome a salvo.

El Señor está conmigo: no temo,

¿qué podrá hacerme el hombre?

El Señor está conmigo y me auxilia,

veré la derrota de mis adversarios.

Mejor es refugiarse en el Señor

que fiarse de los hombres,

mejor es refugiarse en el Señor

que confiar en los magnates.

Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia. Aleluya.

El Señor es mi salvación. Aleluya.

Salmo 117

Jesús es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular. (Hch 4, 11)

Todos los pueblos me rodeaban,

en el nombre del Señor los rechacé,

me rodeaban cerrando el cerco,

en el nombre del Señor los rechacé,

me rodeaban como avispas,

ardiendo como fuego en las zarzas,

en el nombre del Señor los rechacé.

Empujaban y empujaban para derribarme,

pero el Señor me ayudó;

el Señor es mi fuerza y mi energía,

él es mi salvación.

Escuchad: hay cantos de victoria

en las tiendas de los justos:

«La diestra del Señor es poderosa,

la diestra del Señor es excelsa,

la diestra del Señor es poderosa.»

No he de morir, viviré

para contar las hazañas del Señor.

Me castigó, me castigó el Señor,

pero no me entregó a la muerte.

El Señor es mi salvación. Aleluya.

Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. Aleluya.

Salmo 117

Jesús es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular. (Hch 4, 11)

Abridme las puertas del triunfo,

y entraré para dar gracias al Señor.

Esta es la puerta del Señor:

los vencedores entrarán por ella.

Te doy gracias porque me escuchaste

y fuiste mi salvación.

La piedra que desecharon los arquitectos

es ahora la piedra angular.

Es el Señor quien lo ha hecho,

ha sido un milagro patente.

Éste es el día en que actuó el Señor:

sea nuestra alegría y nuestro gozo.

Señor, danos la salvación;

Señor, danos prosperidad.

Bendito el que viene en nombre del Señor,

os bendecimos desde la casa del Señor;

el Señor es Dios: él nos ilumina.

Ordenad una procesión con ramos

hasta los ángulos del altar.

Tú eres mi Dios, te doy gracias;

Dios mío, yo te ensalzo.

Dad gracias al Señor porque es bueno,

porque es eterna su misericordia.

Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. Aleluya.

PRIMERA LECTURA (Año I)

De la primera carta del apóstol san Pedro · 3, 1-17

Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos para que, si incluso algunos no creen en la palabra, sean ganados no por palabras, sino por la conducta de sus mujeres, al considerar vuestra conducta casta y respetuosa.

Que vuestro adorno no esté en el exterior: en peinados, joyas y modas, sino en lo oculto del corazón, en la incorruptibilidad de un alma dulce y serena: esto es precioso ante Dios. Así se adornaban en otro tiempo las santas mujeres que esperaban en Dios, siendo sumisas a sus maridos; así obedeció Sara a Abraham, llamándole señor. De ella os hacéis hijas cuando obráis bien, sin tener ningún temor.

Maridos, en la vida común sed comprensivos con la mujer, que es un ser más frágil, tributándoles honor como coherederas que son también de la gracia de vida, para que vuestras oraciones no encuentren obstáculo.

En conclusión, procurad todos tener un mismo pensar y un mismo sentir: con afecto fraternal, con ternura, con humildad. No devolváis mal por malo insulto por insulto; al contrario, responded con una bendición, porque vuestra vocación mira a esto: a heredar una bendición.

«El que quiera amar la vida y ver días felices refrene su lengua del mal y sus labios de la falsedad; apártese del mal y obre el bien; busque la paz y corra tras ella. Porque los ojos del Señor se fijan en los justos y sus oídos atienden a sus ruegos; pero el Señor se enfrenta con los que hacen el mal.»

¿Quién os podrá hacer daño si os dedicáis al bien? Y si tuvierais que sufrir por ser honrados, ¡dichosos vosotros! No les tengáis miedo ni os asustéis; sino glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere; pero con mansedumbre y respeto y en buena conciencia, para que en aquello mismo en que sois calumniados queden confundidos los que denigran vuestra buena conducta en Cristo; que mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal.

PRIMERA LECTURA (Año II)

De los Hechos de los apóstoles · 2, 42—3, 11

En aquellos días, los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. Todo el mundo estaba impresionado por los muchos prodigios y signos que los apóstoles hacían en Jerusalén. Los creyentes vivían todos unidos, y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes, y lo repartían entre todos según la necesidad de cada uno. Cada día, llevados de un mismo afecto, se reunían en el templo; y, partiendo el pan en casa, tomaban juntos el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y gozaban de la simpatía general del pueblo. Día tras día iba el Señor incorporando a la comunidad a los que se iban a salvar.

A la hora de la oración de la tarde, a eso de las tres, subían Pedro y Juan al templo. Había allí un hombre, tullido de nacimiento, a quien todos los días llevaban y colocaban a la puerta llamada Hermosa, para que pidiese limosna a los que entraban en el templo. Este hombre, cuando vio a Pedro y Juan que estaban para entrar, les pidió limosna. Pedro y Juan, mirándolo fijamente, le dijeron:

«Míranos.»

Él estaba atento con la esperanza de recibir alguna cosa. Díjole entonces Pedro:

«No tengo oro ni plata; pero lo que tengo te lo doy: en el nombre de Jesucristo, el Nazareno, camina.»

Y, asiéndolo de la mano derecha, lo levantó. Al punto cobraron vigor sus pies y tobillos; de un salto se puso en pie y echó a andar, entrando con ellos en el templo por su propio pie; y saltaba y daba gracias a Dios. Toda la gente, que lo vio andar alabando a Dios, cayó en la cuenta de que era el mismo que se sentaba a pedir limosna en la puerta Hermosa del templo; y quedaron llenos de estupor y admiración ante lo ocurrido. Como él no se apartaba un momento de Pedro y de Juan, toda la gente, que no salía de su asombro, corrió al pórtico llamado de Salomón, donde ellos se encontraban.

SEGUNDA LECTURA

De las Catequesis de Jerusalén

Fuisteis conducidos a la sagrada piscina bautismal, del mismo modo que Cristo fue llevado desde la cruz al sepulcro preparado.

Y se os preguntó a cada uno personalmente si creíais en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Y, después de haber hecho esta saludable profesión de fe, fuisteis sumergidos por tres veces en el agua, y otras tantas sacados de ella; y con ello significasteis de un modo simbólico los tres días que estuvo Cristo en el sepulcro.

Porque, así como nuestro Salvador estuvo tres días con sus noches en el vientre de la tierra, así vosotros imitasteis con la primera emersión el primer día que estuvo Cristo en el sepulcro, y con la inmersión imitasteis la primera noche. Pues, del mismo modo que de noche no vemos nada y, en cambio, de día nos hallamos en plena luz, así también cuando estabais sumergidos nada veíais, como si fuera de noche, pero al salir del agua fue como si salierais a la luz del día. Y, así, en un mismo momento moristeis y nacisteis, y aquella agua salvadora fue para vosotros, a la vez, sepulcro y madre.

Y lo que Salomón decía, en otro orden de cosas, a vosotros os cuadra admirablemente; decía, en efecto: Tiene su tiempo el nacer y su tiempo el morir. Mas con vosotros sucedió al revés: tiempo de morir y tiempo de nacer; un mismo instante realizó en vosotros ambas cosas: la muerte y el nacimiento.

¡Oh nuevo e inaudito género de cosas! No hemos muerto ni hemos sido sepultados físicamente ni hemos resucitado después de ser crucificados en el sentido material de estas palabras, sino que hemos llevado a cabo unas acciones que eran imagen e imitación de estas cosas, obteniendo con ello una salvación real y verdadera.

Cristo verdaderamente fue crucificado, fue sepultado y resucitó; y todo esto se nos ha dado a nosotros como un don gratuito, para que, siendo por la imitación partícipes de sus dolores, adquiramos, de un modo real, nuestra salvación.

¡Oh exuberante amor para con los hombres! Cristo recibió los clavos en sus inmaculados pies y manos, y experimentó el dolor; y a mí, sin dolor ni esfuerzo alguno, se me da gratuitamente la salvación por la comunicación de sus dolores.

Nadie piense, pues, que el bautismo consiste únicamente en el perdón de los pecados y en la gracia de la adopción —como era el caso del bautismo de Juan, que confería tan sólo el perdón de los pecados—, sino que, como bien sabemos, el bautismo de Cristo no sólo nos purifica de nuestros pecados y nos otorga el don del Espíritu Santo, sino que también es tipo y signo sensible de su pasión, En este sentido exclamaba el apóstol Pablo: Cuantos en el bautismo fuimos sumergidos en Cristo Jesús fuimos sumergidos en su muerte. Por nuestro bautismo fuimos, pues, sepultados con él, para participar de su muerte.

R. Dichosos seréis cuando los hombres os aborrezcan y proscriban vuestro nombre como infame, a causa del Hijo del hombre; * alegraos entonces y saltad de gozo, porque será grande en el cielo vuestra recompensa. Aleluya.
V. Si tuvierais que sufrir por ser honrados, ¡dichosos vosotros!

R. Pedro, asiendo de la mano derecha al tullido, lo levantó; al punto cobraron vigor sus pies y tobillos; * de un salto se puso en pie y echó a andar. Aleluya.
V. Dios viene en persona y os salvará; entonces saltará como un ciervo el cojo.

R. Éstos son los corderos nuevos que han dado su testimonio. Aleluya. Han venido ya a la fuente del agua * y están llenos de luz. Aleluya.
V. Están delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos.

TE DEUM

Señor, Dios eterno, alegres te cantamos,

a ti nuestra alabanza,

a ti, Padre del cielo, te aclama la creación.

Postrados ante ti, los ángeles te adoran

y cantan sin cesar:

Santo, santo, santo es el Señor,

Dios del universo;

llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles,

la multitud de los profetas te enaltece,

y el ejército glorioso de los mártires te aclama.

A ti la Iglesia santa,

por todos los confines extendida,

con júbilo te adora y canta tu grandeza:

Padre, infinitamente santo,

Hijo eterno, unigénito de Dios,

Santo Espíritu de amor y de consuelo.

Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria,

tú el Hijo y Palabra del Padre,

tú el Rey de toda la creación.

Tú, para salvar al hombre,

tomaste la condición de esclavo

en el seno de una virgen.

Tú destruiste la muerte

y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.

Tú vives ahora,

inmortal y glorioso, en el reino del Padre.

Tú vendrás algún día,

como juez universal.

Muéstrate, pues, amigo y defensor

de los hombres que salvaste.

Y recíbelos por siempre allá en tu reino,

con tus santos y elegidos.

La parte que sigue puede omitirse, si se cree oportuno.

Salva a tu pueblo, Señor,

y bendice a tu heredad.

Sé su pastor,

y guíalos por siempre.

Día tras día te bendeciremos

y alabaremos tu nombre por siempre jamás.

Dígnate, Señor,

guardarnos de pecado en este día.

Ten piedad de nosotros, Señor,

ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,

como lo esperamos de ti.

A ti, Señor, me acojo,

no quede yo nunca defraudado.

Oración

Oh Dios, que has reunido a pueblos diversos en la confesión de tu nombre, concede a los que han renacido en la fuente bautismal una misma fe y una misma caridad en sus vidas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.