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Orar

Sábado, 17 de abril de 2027

Sábado de la 3ª semana de Pascua

Tiempo Pascual · Blanco

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Dios nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva. Aleluya. R. Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos. Aleluya.

Himno

La tumba abierta dice al universo:

«¡Vive! ¡Gritad, oh fuego, luz y brisa,

corrientes primordiales, firme tierra,

al Nazareno, dueño de la vida.»

La tumba visitada está exultando:

«¡Vive! ¡Gritad, montañas y colinas!

Le disteis vuestra paz, vuestra hermosura,

para estar con el Padre en sus vigilias.»

La tumba perfumada lo proclama:

«¡Vive! ¡Gritad, las plantas y semillas:

le disteis la bebida y alimento

y él os lleva en su carne florecida!»

La tumba santa dice a las mujeres:

«¡Vive! ¡Gritad, creyentes matutinas,

la noticia feliz a los que esperan,

y colmad a los hombres de alegría!»

¡Vive el Señor Jesús, está delante,

está por dentro, está emanando vida!

¡Cante la vida el triunfo del Señor,

su gloria con nosotros compartida! Amén.

Salmodia

Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. Aleluya.

Salmo 106

Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo. (Hch 10, 36)

Dad gracias al Señor porque es bueno,

porque es eterna su misericordia.

Que lo confiesen los redimidos por el Señor,

los que él rescató de la mano del enemigo,

los que reunió de todos los países:

norte y sur, oriente y occidente.

Erraban por un desierto solitario,

no encontraban el camino de ciudad habitada;

pasaban hambre y sed,

se les iba agotando la vida;

pero gritaron al Señor en su angustia,

y los arrancó de la tribulación.

Los guió por un camino derecho,

para que llegaran a ciudad habitada.

Den gracias al Señor por su misericordia,

por las maravillas que hace con los hombres.

Calmó el ansia de los sedientos,

y a los hambrientos los colmó de bienes.

Yacían en oscuridad y tinieblas,

cautivos de hierros y miserias;

por haberse rebelado contra los mandamientos,

despreciando el plan del Altísimo.

Él humilló su corazón con trabajos,

sucumbían y nadie los socorría.

Pero gritaron al Señor en su angustia,

y los arrancó de la tribulación.

Los sacó de las sombrías tinieblas,

arrancó sus cadenas.

Den gracias al Señor por su misericordia,

por las maravillas que hace con los hombres.

Destrozó las puertas de bronce,

quebró los cerrojos de hierro.

Estaban enfermos, por sus maldades,

por sus culpas eran afligidos;

aborrecían todos los manjares,

y ya tocaban las puertas de la muerte.

Pero gritaron al Señor en su angustia,

y los arrancó de la tribulación.

Envió su palabra, para curarlos,

para salvarlos de la perdición.

Den gracias al Señor por su misericordia,

por las maravillas que hace con los hombres.

Ofrézcanle sacrificios de alabanza,

y cuenten con entusiasmo sus acciones.

Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. Aleluya.

Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas. Aleluya.

Salmo 106

Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo. (Hch 10, 36)

Entraron en naves por el mar,

comerciando por las aguas inmensas.

Contemplaron las obras de Dios,

sus maravillas en el océano.

Él habló y levantó un viento tormentoso,

que alzaba las olas a lo alto:

subían al cielo, bajaban al abismo,

su vida se marchitaba por el mareo,

rodaban, se tambaleaban como ebrios,

y no les valía su pericia.

Pero gritaron al Señor en su angustia,

y los arrancó de la tribulación.

Apaciguó la tormenta en suave brisa,

y enmudecieron las olas del mar.

Se alegraron de aquella bonanza,

y él los condujo al ansiado puerto.

Den gracias al Señor por su misericordia,

por las maravillas que hace con los hombres.

Aclámenlo en la asamblea del pueblo,

alábenlo en el consejo de los ancianos.

Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas. Aleluya.

Los rectos lo ven y se alegran y comprenden la misericordia del Señor. Aleluya.

Salmo 106

Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo. (Hch 10, 36)

El transforma los ríos en desierto,

los manantiales de agua en aridez;

la tierra fértil en marismas,

por la depravación de sus habitantes.

Transforma el desierto en estanques,

el erial en manantiales de agua.

Coloca allí a los hambrientos,

y fundan una ciudad para habitar.

Siembran campos, plantan huertos,

recogen cosechas.

Los bendice, y se multiplican,

y no les escatima el ganado.

Si menguan, abatidos por el peso

de infortunios y desgracias,

el mismo que arroja desprecio sobre los príncipes

y los descarría por una soledad sin caminos

levanta a los pobres de la miseria

y multiplica sus familias como rebaños.

Los rectos lo ven y se alegran,

a la maldad se le tapa la boca.

El que sea sabio, que recoja estos hechos

y comprenda la misericordia del Señor.

Los rectos lo ven y se alegran y comprenden la misericordia del Señor. Aleluya.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del libro del Apocalipsis del apóstol san Juan · 11, 1-19

A mí, Juan, me fue dada una caña parecida a una vara de medir, con esta orden:

«Levántate y mide el templo de Dios y el altar y a los que adoran en él. El atrio exterior del templo déjalo y no lo midas, porque ha sido entregado a los paganos, que hallarán la ciudad santa durante cuarenta y dos meses. Yo enviaré a mis dos testigos, para que, vestidos de saco, hablen en mi nombre durante mil doscientos sesenta días.

Éstos son los dos olivos y los dos candelabros, los que están en la presencia del Señor de la tierra. Si alguno quiere hacerles daño, saldrá fuego de sus bocas que devorará a sus enemigos. Y quien quisiese hacerles mal será muerto sin remisión. Ellos tienen el poder de cerrar el cielo, para que no caiga lluvia durante los días de su ministerio profético; y tienen poder sobre las aguas, para convertirlas en sangre, y para herir la tierra con toda clase de plagas cuantas veces quieran.

Cuando hayan acabado de dar su testimonio, la Bestia que sube del abismo hará guerra contra ellos y los vencerá y les quitará la vida. Sus cadáveres yacerán en la plaza de la gran ciudad, que simbólicamente se llama Sodoma y Egipto, allí donde fue crucificado su Señor. Gentes de diversos pueblos, tribus, lenguas y naciones contemplarán sus cadáveres durante tres días y medio, pues no se permitirá que sean puestos en el sepulcro. Los habitantes de la tierra se alegrarán y regocijarán por su muerte, y se enviarán mutuamente regalos, porque estos dos profetas eran el tormento de los moradores de la tierra.

Pero, después de los tres días y medio, un espíritu de vida, procedente de Dios, entró en ellos: se levantaron sobre sus pies: y un espanto terrible se apoderó de quienes los estaban contemplando. Y oí una potente voz del cielo que les decía:

«Subid acá.»

Y subieron al cielo en la nube, a la vista de sus enemigos.

En aquella hora ocurrió un violento terremoto: se derrumbó la décima parte de la ciudad, pereciendo en el terremoto siete mil personas: y los demás quedaron llenos de espanto y dieron gloria al Dios del cielo.

El segundo ¡ay! ya ha pasado. Pero llega en seguida el tercer ¡ay!

Tocó el séptimo ángel la trompeta; y se dejaron oír en el cielo grandes voces que decían:

«Ha llegado a este mundo el reino de nuestro Dios y de su Ungido, y reinará por los siglos de los siglos.»

Y los veinticuatro ancianos, los que estaban sentados en sus tronos en la presencia de Dios, cayeron sobre sus rostros y adoraron a Dios, diciendo:

«Gracias te damos, Señor Dios omnipotente, el que eres y el que eras, porque has asumido el gran poder y comenzaste a reinar. Se encolerizaron las naciones, llegó tu cólera, y el tiempo de que sean juzgados los muertos, y de dar el galardón a tus siervos los profetas, y a los santos y a los que temen tu nombre, y a los pequeños y a los grandes, y de arruinar a los Que arruinaron la tierra.

Entonces, se abrió el santuario de Dios en el cielo, y apareció el arca de su alianza en el santuario, y se produjeron relámpagos, fragor de truenos, temblor de tierra y fuerte granizada.

PRIMERA LECTURA (Año II)

De los Hechos de los apóstoles · 11, 19-30

En aquellos días, los fieles, que se habían dispersado con motivo de la persecución suscitada a la muerte de Esteban, llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, pero predicaban la palabra sólo a los judíos. Había, sin embargo, entre ellos algunos de Chipre y de Cirene, que al llegar a Antioquía comenzaron a predicar también a los griegos, anunciándoles la Buena Nueva de Jesús, el Señor. El poder del Señor los asistía, y, así, un crecido número de gente abrazó la fe y se convirtió al Señor. La noticia de estos sucesos llegó a oídos de la Iglesia de Jerusalén, y enviaron a Antioquía a Bernabé. Cuando éste llegó a Antioquía y vio la gracia de Dios, se llenó de júbilo, y exhortaba a todos a que con entera voluntad permaneciesen fieles al Señor. Era un hombre de gran virtud, lleno del Espíritu Santo y de una grande fe. Con esto, una gran multitud se agregó al Señor.

Partió luego Bernabé para Tarso en busca de Saulo y, así que lo encontró, lo llevó a Antioquía. Allí estuvieron los dos durante todo un año con la comunidad e instruyeron a muchísima gente. Fue allí, en Antioquía, donde por primera vez se dio a los discípulos el nombre de «cristianos».

Por aquellos días, unos profetas bajaron de Jerusalén a Antioquía. Uno de ellos, llamado Ágabo, inspirado por el Espíritu, profetizó que vendría una gran hambre sobre toda la tierra, como efectivamente sucedió bajo el emperador Claudio. Los discípulos resolvieron enviar socorros, cada uno según sus posibilidades, a los hermanos que vivían en Judea; así lo hicieron, y se los enviaron a los presbíteros por medio de Bernabé y de Saulo.

SEGUNDA LECTURA

Del Comentario de san Cirilo de Alejandría, obispo, sobre el evangelio de san Juan

«Muero por todos —dice el Señor—, para que todos tengan vida por mí, y con mi carne he redimido la carne de todos. Con mi muerte será destruida la muerte, y la naturaleza humana, derrumbada junto con la mía, resucitará. Por esto me he hecho como uno de vosotros, es decir, hombre de la descendencia de Abraham, para asemejar me en todo a mis hermanos.»

San Pablo, que había entendido bien esto, dice: Así pues, como los hijos participan de la carne y de la sangre, también él entró a participar de las mismas, para reducir a la impotencia, por su muerte, al que retenía el imperio de la muerte, es decir, al demonio.

Nunca hubiera podido ser destruido de otra manera el que retenía el imperio de la muerte, y por tanto la misma muerte, si Cristo no se hubiese entregado a sí mismo por nosotros, él solo en pago por todos; pues él estaba por encima de todos.

Por esto dice en el salmo, al ofrecerse a Dios Padre como víctima inmaculada: No quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no te complaciste en holocaustos ni en sacrificios por el pecado; entonces yo exclamé: «Ya estoy aqui.»

Fue crucificado por todos y en favor de todos, a fin de que, muriendo uno solo por todos, todos vivamos en él; pues no era posible que la vida estuviera sujeta a la muerte o que sucumbiera a la corrupción, según su propia naturaleza. Por sus mismas palabras sabemos que Cristo ofreció su carne por la vida del mundo, ya que dice: Padre santo, guárdalos. Y también: Yo por ellos me santifico (es decir: «Me ofrezco en sacrificio.»)

Al decir me santifico, quiere decir: «Me consagro y ofrezco como víctima en olor de suavidad»; ya que, según la ley antigua, era santificado o llamado santo lo que se ofrecía sobre el altar. Cristo, pues, entregó su cuerpo por la vida de todos los hombres y, por su mismo cuerpo, vuelve a introducir la vida en nosotros. Procuraré explicarlo en lo posible.

Después que la Palabra vivificante de Dios habitó en la carne, la restauró en aquello que es su bien propio, es decir, la vida, y, uniéndose a ella de un modo inefable, la hizo vivificante, como lo es él por naturaleza propia.

Por tanto, el cuerpo de Cristo vivifica a los que de él participan: aleja la muerte al hacerse presente en nosotros, sujetos a la muerte, y aparta la corrupción, ya que contiene en sí mismo la virtualidad necesaria para anularla totalmente.

R. Ha llegado a este mundo el reino de nuestro Dios y de su. Ungido, * y reinará por los siglos de los siglos. Aleluya.
V. Su reino es un reino eterno, y todos los imperios lo servirán y lo obedecerán.

R. Anunciaron la Buena Nueva de Jesús, el Señor, y el poder del Señor los asistía. * Un crecido número de gente abrazó la fe y se convirtió al Señor. Aleluya.
V. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor.

R. Yo soy el buen Pastor, y conozco a mis ovejas; * yo doy mi vida por mis ovejas. Aleluya.
V. Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia.

Oración

Dios nuestro, que en la fuente bautismal has infundido una vida nueva, a los que creen en ti, defiende con tu protección a los que han renacido en Cristo, para que venzan las insidias del mal y conserven los dones que de ti han recibido. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.