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Orar

Lunes, 24 de mayo de 2027

Lunes de la 8ª semana del Tiempo Ordinario

Tiempo Ordinario · Verde · Año impar (I)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Qué dulce al paladar tu promesa, Señor. R. Más que miel en la boca.

Himno

En el principio, tu Palabra.

Antes que el sol ardiera,

antes del mar y las montañas,

antes de las constelaciones,

nos amó tu Palabra.

Desde tu seno, Padre,

era sonrisa su mirada,

era ternura su sonrisa,

era calor de brasa.

En el principio, tu Palabra.

Todo se hizo de nuevo,

todo salió sin mancha,

desde el arrullo del río

hasta el rocío y la escarcha;

nuevo el canto de los pájaros,

porque habló tu Palabra.

Y nos sigues hablando todo el día,

aunque matemos la mañana

y desperdiciemos la tarde,

y asesinemos la alborada.

Como una espada de fuego,

en el principio, tu Palabra.

Llénanos de tu presencia, Padre;

Espíritu, satúranos de tu fragancia;

danos palabras para responderte,

Hijo, eterna Palabra. Amén.

Salmodia

Qué bueno es el Dios de Israel para los justos.

Salmo 72

¡Dichoso el que no se siente defraudado por mí! (Mt 11, 6)

¡Qué bueno es Dios para el justo,

el Señor para los limpios de corazón!

Pero yo por poco doy un mal paso,

casi resbalaron mis pisadas:

porque envidiaba a los perversos,

viendo prosperar a los malvados.

Para ellos no hay sinsabores,

están sanos y engreídos;

no pasan las fatigas humanas

ni sufren como los demás.

Por eso su collar es el orgullo,

y los cubre un vestido de violencia;

de las carnes les rezuma la maldad,

el corazón les rebosa de malas ideas.

Insultan y hablan mal,

y desde lo alto amenazan con la opresión.

Su boca se atreve con el cielo,

y su lengua recorre la tierra.

Por eso mi pueblo se vuelve a ellos

y se bebe sus palabras.

Ellos dicen: «¿Es que Dios lo va a saber,

se va a enterar el Altísimo?»

Así son los malvados:

siempre seguros, acumulan riquezas.

Qué bueno es el Dios de Israel para los justos.

Su risa se convertirá en llanto, y su alegría en tristeza.

Salmo 72

¡Dichoso el que no se siente defraudado por mí! (Mt 11, 6)

Entonces, ¿para qué he limpiado yo mi corazón

y he lavado en la inocencia mis manos?

¿Para qué aguanto yo todo el día

y me corrijo cada mañana?

Si yo dijera: «Voy a hablar como ellos»,

renegaría de la estirpe de tus hijos.

Meditaba yo para entenderlo,

pero me resultaba muy difícil;

hasta que entré en el misterio de Dios,

y comprendí el destino de ellos.

Es verdad: los pones en el resbaladero,

los precipitas en la ruina;

en un momento causan horror,

y acaban consumidos de espanto.

Como un sueño al despertar, Señor,

al despertarte desprecias sus sombras.

Su risa se convertirá en llanto, y su alegría en tristeza.

Para mí lo bueno es estar junto a Dios, pues los que se alejan de ti se pierden.

Salmo 72

¡Dichoso el que no se siente defraudado por mí! (Mt 11, 6)

Cuando mi corazón se agriaba

y me punzaba mi interior,

yo era un necio y un ignorante,

yo era un animal ante ti.

Pero yo siempre estaré contigo,

tú tomas mi mano derecha,

me guías según tus planes,

y me llevas a un destino glorioso.

¿No te tengo a ti en el cielo?;

y contigo, ¿qué me importa la tierra?

Se consumen mi corazón y mi carne

por Dios, mi herencia eterna.

Sí: los que se alejan de ti se pierden;

tú destruyes a los que te son infieles.

Para mí lo bueno es estar junto a Dios,

hacer del Señor mi refugio,

y proclamar todas tus acciones

en las puertas de Sión.

Para mí lo bueno es estar junto a Dios, pues los que se alejan de ti se pierden.

PRIMERA LECTURA (Año I)

De la primera carta a los Corintios · 15, 1-19

Hermanos: Os quiero traer a la memoria el mensaje evangélico que os prediqué; el que abrazasteis, el mismo en que os mantenéis firmes todavía y por el que estáis en camino de salvación, si, como supongo, lo retenéis tal como yo os lo prediqué. De lo contrario, abrazasteis inútilmente la fe.

En primer lugar, os comuniqué el mensaje que yo mismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras, y fue sepultado; resucitó al tercer día y vive, según lo anunciaron también las Escrituras. Que se apareció a Cefas y luego a los Doce. Después se dejó ver de más de quinientos hermanos a la vez, la mayoría de los cuales viven todavía, aunque algunos han muerto. Después se apareció a Santiago, y luego a todos los apóstoles.

Por último, se apareció también a mí, como a un aborto. Yo soy el menor de los apóstoles, indigno del nombre de apóstol, pues perseguí a la Iglesia de Dios. Mas, por la gracia de Dios, soy lo que soy; y la gracia que él me concedió no quedó infecunda en mí. He trabajado con más afán que todos ellos, aunque no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo. -En conclusión: Tanto yo como ellos predicamos así; y ésta es la fe que abrazasteis.

Ahora bien, si anunciamos que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo es que decía alguno que los muertos no resucitan? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe. Y somos convictos de falsos testigos de Dios porque hemos atestiguado contra Dios que resucitó a Cristo, a quien no resucitó, si es que los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís con vuestros pecados; y los que murieron con Cristo se han perdido. Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desdichados.

SEGUNDA LECTURA

De las Homilías de San Bernardo Abad.

María es llamada estrella del mar. Efectivamente, con sumo acierto se la compara a una estrella, porque así como el astro sin alterar su naturaleza difunde sus rayos, así, sin menoscabar su cuerpo, la Virgen dio a luz al Hijo de Dios. Y como el rayo no quita a la estrella su esplendor, el Hijo no mengua en la Virgen su integridad. Ella es, pues, la noble estrella de la Casa de Jacob: su luz ilumina todo el mundo, su fulgor resplandece en los cielos y penetra en los abismos; colma también la tierra y esclareciendo las almas más que los cuerpos, facilita la conquista de las virtudes y destruye los vicios. Ella, además, es la fulgente y sublime estrella que, necesariamente elevada sobre el vasto y espacioso mar de la vida, resplandece por sus méritos e ilumina con sus ejemplos.

Tú, quienquiera que seas, si entre las olas del mar de este mundo te sientes arrastrado por violentas borrascas que te impiden alcanzar la orilla y quieres salvarte de la tempestad, no quites tus ojos del resplandor de esta estrella. Si te vieras envuelto por el huracán de las tentaciones y te sintieras golpeado entre los escollos de la tribulación, mira la estrella, invoca a María. Si fueras alcanzado por las ondas de la soberbia, de la ambición, de la calumnia, de la envidia, mira la estrella, invoca a María. Si la ira, la avaricia o la seducción de la carne golpean la navecilla de tu voluntad, mira la estrella, invoca a María. Si, conturbado por la gravedad de los pecados, confundido por la propia indignidad o sobrecogido por el temor del juicio, comenzaras a sumergirte en el abismo de la tristeza o desesperación, piensa en María, invoca a María. En los peligros, en las dificultades, en las dudas, piensa en María, invoca a María. Su nombre esté siempre en tus labios, su amor colme tu corazón y, para asegurarte la eficacia de su plegaria, no olvides los ejemplos de su vida. Siguiéndola no te desviarás del recto sendero; invocándola no podrás desesperar; pensando en Ella no errarás. Si Ella te sostiene, no caerás; si te protege, nada podrás temer; si Ella te guía, no sentirás el cansancio del camino; si Ella te ampara, llegarás a la meta.

R. Bendita tú, Madre de Cristo; has engendrado al que es tu Señor. Fulgente estrella del mar, guía y salva a tus fieles. * Tú, ensalzada por los coros de los ángeles. (T. P. Aleluya.)
V. Ruega por nosotros, dulce Virgen María.

Oración

Señor, que hiciste a la Virgen María madre y auxilio de los cristianos, fortalece a tu Iglesia con su intercesión, para que pueda soportar con paciencia y vencer con amor las opresiones interiores y externas, y así manifestar abiertamente a los hombres el misterio de Cristo. Que vive y reina contigo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.