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Orar

Jueves, 27 de mayo de 2027

San Agustín de Canterbury, obispo

Tiempo Ordinario · Verde · Año impar (I)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Agustín de Canterbury, obispo.

V. Haz brillar tu rostro, Señor, sobre tu siervo. R. Enséñame tus leyes.

Himno

Señor, ¿a quién iremos,

si tú eres la Palabra?

A la voz de tu aliento

se estremeció la nada:

la hermosura brilló

y amaneció la gracia.

Señor, ¿a quién iremos,

si tu voz no nos habla?

Nos hablas en las voces

de tu voz semejanza:

en los goces pequeños

y en las angustias largas.

Señor, ¿a quién iremos,

si tú eres la Palabra?

En los silencios íntimos

donde se siente el alma,

tu clara voz creadora

despierta la nostalgia.

¿A quién iremos, Verbo,

entre tantas palabras?

Al golpe de la vida,

perdemos la esperanza;

hemos roto el camino

y el roce de tu planta.

¿A dónde iremos, dinos,

Señor, si no nos hablas?

¡Verbo del Padre, Verbo

de todas las mañanas,

de las tardes serenas,

de las noches cansadas!

¿A dónde iremos, Verbo,

si tú eres la Palabra? Amén.

Salmodia

No fue su brazo el que les dio la victoria, sino tu diestra y la luz de tu rostro.

Salmo 43

En todo vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. (Rm 8, 37)

¡Oh Dios!, nuestros oídos lo oyeron,

nuestros padres nos lo han contado:

la obra que realizaste en sus días,

en los años remotos.

Tú mismo, con tu mano, desposeíste a los gentiles,

y los plantaste a ellos;

trituraste a las naciones,

y los hiciste crecer a ellos.

Porque no fue su espada la que ocupó la tierra,

ni su brazo el que les dio la victoria;

sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro,

porque tú los amabas.

Mi rey y mi Dios eres tú,

que das la victoria a Jacob:

con tu auxilio embestimos al enemigo,

en tu nombre pisoteamos al agresor.

Pues yo no confío en mi arco,

ni mi espada me da la victoria;

tú nos das la victoria sobre el enemigo

y derrotas a nuestros adversarios.

Dios ha sido siempre nuestro orgullo,

y siempre damos gracias a tu nombre.

No fue su brazo el que les dio la victoria, sino tu diestra y la luz de tu rostro.

No apartará el Señor su rostro de vosotros, si os convertís a él.

Salmo 43

En todo vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. (Rm 8, 37)

Ahora, en cambio,

nos rechazas y nos avergüenzas,

y ya no sales, Señor, con nuestras tropas:

nos haces retroceder ante el enemigo,

y nuestro adversario nos saquea.

Nos entregas como ovejas a la matanza

y nos has dispersado por las naciones;

vendes a tu pueblo por nada,

no lo tasas muy alto.

Nos haces el escarnio de nuestros vecinos,

irrisión y burla de los que nos rodean;

nos has hecho el refrán de los gentiles,

nos hacen muecas las naciones.

Tengo siempre delante mi deshonra,

y la vergüenza me cubre la cara

al oír insultos e injurias,

al ver a mi rival y a mi enemigo.

No apartará el Señor su rostro de vosotros, si os convertís a él.

Levántate, Señor, no nos rechaces más.

Salmo 43

En todo vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. (Rm 8, 37)

Todo esto nos viene encima,

sin haberte olvidado

ni haber violado tu alianza,

sin que se volviera atrás nuestro corazón

ni se desviaran de tu camino nuestros pasos;

y tú nos arrojaste a un lugar de chacales

y nos cubriste de tinieblas.

Si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios

y extendido las manos a un dios extraño,

el Señor lo habría averiguado,

pues él penetra los secretos del corazón.

Por tu causa nos degüellan cada día,

nos tratan como a ovejas de matanza.

Despierta, Señor, ¿por qué duermes?

Levántate, no nos rechaces más.

¿Por qué nos escondes tu rostro

y olvidas nuestra desgracia y opresión?

Nuestro aliento se hunde en el polvo,

nuestro vientre está pegado al suelo.

Levántate a socorrernos,

redímenos por tu misericordia.

Levántate, Señor, no nos rechaces más.

PRIMERA LECTURA (Año I)

De la primera carta a los Corintios · 16, 1-24

Hermanos: Por lo que se refiere a la colecta en favor de los fieles de Jerusalén, seguid las normas que di a las Iglesias de Galacia. El día primero de cada semana, vaya separando y reuniendo cada uno en privado la cantidad que buenamente pueda ahorrar, de modo que no se hagan colectas cuando yo vaya.

Una vez que me presente yo ahí, enviaré, con cartas de recomendación, a los que comisionéis al efecto, para que lleven el obsequio de vuestra caridad a Jerusalén. Y, si pareciere conveniente que vaya yo también, harán conmigo el viaje.

Yo iré a ésa, después de recorrer Macedonia, pues tengo el propósito de recorrerla. Y a lo mejor me detendré y puede que hasta pase el invierno entre vosotros. Así, provisto ahí de lo necesario, podré ponerme en camino para los viajes que emprenda. No quiero veros ahora solamente de paso; espero permanecer algún tiempo en vuestra compañía, si Dios quiere. Me quedaré en Efeso hasta Pentecostés, porque se me presenta una ocasión muy favorable y llena de esperanzas; y los enemigos son muchos.

Si llega ahí Timoteo, procurad que no tenga miedo alguno en vuestra compañía, porque trabaja en el servicio del Señor, lo mismo que yo. Que nadie, pues, lo tenga en menos. Proveedle de lo necesario, deseándole un feliz viaje, para que venga a mí, porque lo espero junto con los hermanos. Cuanto al hermano Apolo, le rogué encarecidamente que se llegara a vosotros con los hermanos; pero no quiere de ninguna manera venir ahora; irá cuando tenga oportunidad.

Estad en vela y manteneos firmes en la fe, portaos varonilmente y con toda fortaleza. Hacedlo todo con espíritu de caridad. Quiero pediros un favor, hermanos. Conocéis la familia de Estéfana, primicias de la fe en Acaya, y que se han consagrado al servicio de los fieles. Tened deferencia con ellos, como con todos cuantos van cooperando y afanándose con nosotros. Estoy muy contento con la presencia de Estéfana, de Fortunato y de Acaico, porque ellos han compensado vuestra ausencia, tranquilizando mi espíritu y el vuestro. Quedadles, pues, muy reconocidos.

Os, saludan las Iglesias del Asia Menor. Os envían muchos saludos, en el nombre del Señor, Aquila y Prisca y los fieles que se reúnen en su casa. Saludos de parte de todos los hermanos. Saludaos mutuamente con el ósculo santo.

Aquí va el saludo de mi puño y letra: Pablo. Quien no ame al Señor, sea anatema. Marana tha. Señor nuestro, ven. La gracia de Jesús, el Señor, sea con vosotros. Os amo a todos en Cristo Jesús.

SEGUNDA LECTURA

De las cartas de san Gregorio Magno, papa

Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor, porque el grano de trigo caído en tierra murió, para no reinar él solo en el cielo; por su muerte vivimos, su debilidad nos conforta, su pasión nos libera de la nuestra, su amor nos hace buscar en las Islas Británicas hermanos a quienes no conocemos, y su don nos hace encontrar a quienes buscábamos sin conocerlos.

¿Quién será capaz de relatar la alegría nacida en el corazón de todos los fieles al tener noticias de que los ingleses, por obra de la gracia de Dios y con tu colaboración, expulsadas las tinieblas de sus errores, han sido revestidos por la luz de la santa fe; de que con espíritu fidelísimo pisotean los ídolos a los que antes estaban sometidos por un temor tirano; de que con puro corazón se someten al Dios omnipotente; de que abandonando sus malas acciones siguen las normas de la predicación; de que se someten a los preceptos divinos y se eleva su inteligencia; de que se humillan en oración hasta la tierra para que su mente no quede en la tierra? ¿Quién ha podido realizar todo esto sino aquel que dijo: Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo?

Para demostrar que no es la sabiduría humana, sino su propio poder el que convierte al mundo, eligió Dios como predicadores suyos a hombres incultos, y lo mismo ha hecho en Inglaterra, realizando obras grandes por medio de instrumentos débiles. Ante este don divino hay, hermano carísimo, mucho de qué alegrarse y mucho de qué temer.

Sé bien que el Dios todopoderoso, por tu amor, ha realizado grandes milagros entre esta gente que ha querido hacerse suya. Por ello, es preciso que este don del cielo sea para ti al mismo tiempo causa de gozo en el temor y de temor en el gozo. De gozo, ciertamente, pues ves cómo el alma de los ingleses es atraída a la gracia interior por obra de los milagros exteriores; de temor, también, para que tu debilidad no caiga en el orgullo al ver los milagros que se producen, y no vaya a suceder que, mientras se te rinde un honor externo, la vanagloria te pierda en tu interior.

Debemos recordar que, cuando los discípulos regresaban gozosos de su misión y dijeron al Señor: Hasta los demonios se nos someten en tu nombre, él les contestó: No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo.

R. Seguid mi ejemplo, hermanos, y fijaos en los que caminan según el modelo que tenéis en nosotros; * seguid practicando lo que habéis aprendido y recibido, lo que habéis oído y visto en mí, y el Dios de la paz estará con vosotros. (T. P. Aleluya.)
V. Os exhorto por el nombre de nuestro Señor Jesucristo a que tengáis todos unión y concordia.

Oración

Señor Dios, que por la predicación de tu obispo san Agustín de Cantorbery llevaste a los pueblos de Inglaterra la luz del Evangelio, concédenos que el fruto de su trabajo apostólico perdure en tu Iglesia con perenne fecundidad. Por nuestro Señor Jesucristo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.