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Orar

Jueves, 3 de junio de 2027

Santos Carlos Luanga y compañeros, mártires

Tiempo Ordinario · Rojo · Año impar (I)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Ábreme, Señor, los ojos. R. Y contemplaré las maravillas de tu voluntad

Himno

Con gozo el corazón cante la vida,

presencia y maravilla del Señor,

de luz y de color bella armonía,

sinfónica cadencia de su amor.

Palabra esplendorosa de su Verbo,

cascada luminosa de verdad,

que fluye en todo ser que en él fue hecho

imagen de su ser y de su amor.

La fe cante al Señor, y su alabanza,

palabra mensajera del amor,

responda con ternura a su llamada

en himno agradecido a su gran don.

Dejemos que su amor nos llene el alma

en íntimo diálogo con Dios,

en puras claridades cara a cara,

bañadas por los rayos de su sol.

Al Padre subirá nuestra alabanza

por Cristo, nuestro vivo intercesor,

en alas de su Espíritu que inflama

en todo corazón su gran amor. Amén.

Salmodia

La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen.

Salmo 17 · 17, 31-51

Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (Rm 8, 31)

Perfecto es el camino de Dios,

acendrada es la promesa del Señor;

él es escudo para los que a él se acogen.

¿Quién es dios fuera del Señor?

¿Qué roca hay fuera de nuestro Dios?

Dios me ciñe de valor

y me enseña un camino perfecto;

él me da pies de ciervo

y me coloca en las alturas;

él adiestra mis manos para la guerra,

y mis brazos para tensar la ballesta.

La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen.

PRIMERA LECTURA (Año I)

De la carta del apóstol Santiago · 4, 1-13a

Queridos hermanos: ¿De dónde provienen las guerras y de dónde las batallas entre vosotros? ¿De dónde sino de las pasiones que luchan en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y envidiáis, y no podéis alcanzar nada. Lucháis y hacéis la guerra. No tenéis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, sólo para dar satisfacción a vuestras pasiones. Adúlteros, ¿no sabéis que la amistad del mundo es enemistad con Dios?

Quien pretende ser amigo del mundo se hace enemigo de Dios. ¿O pensáis que la Escritura dice sin razón: «Con celos ama el espíritu que él hizo que habitase en nosotros»? Pero él da una gracia mayor. Por eso dice: «Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes.»

Vivid, pues, sometidos a Dios. Resistid al diablo, y huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores, lavaos las manos; purificad vuestros corazones, gente que obráis con doblez. Reconoced vuestra miseria. Llorad y lamentaos. Que vuestra risa se torne en llanto, y vuestra alegría en tristeza. Humillaos en la presencia del Señor, y él os ensalzará.

No habléis mal unos de otros, hermanos. El que habla mal de un hermano, o juzga a un hermano, habla mal de la ley y juzga a la ley. Y si juzgas a la ley no eres cumplidor de la ley, sino su juez. Uno es el legislador y juez: el que puede salvar o perder. Pero tú, ¿quién eres para juzgar al prójimo?

SEGUNDA LECTURA

De la homilía pronunciada por el papa Pablo sexto en la canonización de los mártires de Uganda

Estos mártires africanos vienen a añadir a este catálogo de vencedores, que es el martirologio, una página trágica y magnífica, verdaderamente digna de sumarse a aquellasmaravillosas de la antigua África, que nosotros, modernos hombres de poca fe, creíamos que no podrían tener jamás adecuada continuación.

¿Quién podría suponer, por ejemplo, que a las emocionantísimas historias de losmártires escilitanos, de los cartagineses, de los mártires de la «blanca multitud» de Útica, de quienes san Agustín y Prudencio nos han dejado el recuerdo, de los mártires de Egipto, cuyo elogio trazó san Juan Crisóstomo, de los mártires de la persecución de los vándalos, hubieran venido a añadirse nuevos episodios no menos heroicos, no menos espléndidos, en nuestros días?

¿Quién podía prever que, a las grandes figuras históricas de los santos mártires y confesores africanos, como Cipriano, Felicidad y Perpetua, y al gran Agustín, habríamos de asociar un día los nombres queridos de Carlos Luanga y de Matías Mulumba Kalemba, con sus veinte compañeros? Y no queremos olvidar tampoco a aquellos otros que, perteneciendo a la confesión anglicana, afrontaron la muerte por el nombre de Cristo.

Estos mártires africanos abren una nueva época, quiera Dios que no sea de persecuciones y de luchas religiosas, sino de regeneración cristiana y civil.

El África, bañada por la sangre de estos mártires, los primeros de la nueva era —y Dios quiera que sean los últimos, pues tan precioso y tan grande fue su holocausto—, resurge libre y dueña de sí misma.

La tragedia que los devoró fue tan inaudita y expresiva que ofrece elementos representativos suficientes para la formación moral de un pueblo nuevo, para la fundación de una nueva tradición espiritual, para simbolizar y promover el paso desde una civilización primitiva —no desprovista de magníficos valores humanos, pero contaminada y enferma, como esclava de sí misma— hacia una civilización abierta a las expresiones superiores del espíritu y a las formas superiores de la vida social.

R. Dios nos contempla, Cristo y sus ángeles nos miran, mientras luchamos por la fe. * Qué dignidad tan grande, qué felicidad tan plena es luchar bajo la mirada de Dios y ser coronados por Cristo. Aleluya.
V. Revistámonos de fuerza y preparémonos para la lucha con un espíritu indoblegable, con una fe sincera, con una total entrega.

Oración

Señor Dios, que has querido que la sangre de los mártires sea semilla de nuevos cristianos, haz que el campo de tu Iglesia, regado con la sangre de san Carlos Lwanga y de sus compañeros mártires, produzca abundante cosecha para tu reino. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.