Saltar al contenido

Orar

Miércoles, 9 de junio de 2027

San Efrén de Siria, Diácono y doctor de la Iglesia

Tiempo Ordinario · Verde · Año impar (I)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Efrén de Siria, Diácono y doctor de la Iglesia.

V. Mi alma espera en el Señor. R. Espera en su palabra.

Himno

Pues busco, debo encontrar;

pues llamo, débenme abrir;

pues pido, me deben dar;

pues amo, débeme amar

aquel que me hizo vivir.

¿Calla? Un día me hablará.

¿Pasa? No lejos irá.

¿Me pone a prueba? Soy fiel.

¿Pasa? No lejos irá:

pues tiene alas mi alma, y va

volando detrás de él.

Es poderoso, mas no

podrá mi amor esquivar;

invisible se volvió,

mas ojos de lince yo

tengo y le habré de mirar.

Alma, sigue hasta el final

en pos del Bien de los bienes,

y consuélate en tu mal

pensando con fe total:

¿Le buscas? ¡Es que lo tienes! Amén.

Salmodia

También nosotros gemimos en nuestro interior, aguardando la redención de nuestro cuerpo.

Salmo 38

La creación fue sometida a la frustración…, pero con la esperanza de verse liberada. (Rm 8, 20)

Yo me dije: vigilaré mi proceder,

para que no se me vaya la lengua;

pondré una mordaza a mi boca

mientras el impío esté presente.

Guardé silencio resignado,

no hablé con ligereza;

pero mi herida empeoró,

y el corazón me ardía por dentro;

pensándolo me requemaba,

hasta que solté la lengua.

Señor, dame a conocer mi fin

y cuál es la medida de mis años,

para que comprenda lo caduco que soy.

Me concediste un palmo de vida,

mis días son nada ante ti;

el hombre no dura más que un soplo,

el hombre pasa como pura sombra,

por un soplo se afana,

atesora sin saber para quién.

También nosotros gemimos en nuestro interior, aguardando la redención de nuestro cuerpo.

Escucha, Señor, mi oración: no seas sordo a mi llanto.

Salmo 38

La creación fue sometida a la frustración…, pero con la esperanza de verse liberada. (Rm 8, 20)

Y ahora, Señor, ¿qué esperanza me queda?

Tú eres mi confianza.

Líbrame de mis iniquidades,

no me hagas la burla de los necios.

Enmudezco, no abro la boca,

porque eres tú quien lo ha hecho.

Aparta de mí tus golpes,

que el ímpetu de tu mano me acaba.

Escarmientas al hombre

castigando su culpa;

como una polilla roes sus tesoros;

el hombre no es más que un soplo.

Escucha, Señor, mi oración,

haz caso de mis gritos,

no seas sordo a mi llanto;

porque yo soy huésped tuyo,

forastero como todos mis padres.

Aplaca tu ira, dame respiro,

antes de que pase y no exista.

Escucha, Señor, mi oración: no seas sordo a mi llanto.

Yo confío en la misericordia del Señor por siempre jamás.

Salmo 51

El que se gloría, que se gloríe en el Señor. (1Co 1, 31)

¿Por qué te glorías de la maldad

y te envalentonas contra el piadoso?

Estás todo el día maquinando injusticias

tu lengua es navaja afilada,

autor de fraudes;

prefieres el mal al bien,

la mentira a la honradez;

prefieres las palabras corrosivas,

lengua embustera.

Pues Dios te destruirá para siempre,

te abatirá y te barrerá de tu tienda;

arrancará tus raíces

del suelo vital.

Lo verán los justos, y temerán,

y se reirán de él:

«Mirad al valiente

que no puso en Dios su apoyo,

confió en sus muchas riquezas,

se insolentó en sus crímenes.»

Pero yo, como verde olivo,

en la casa de Dios,

confío en su misericordia

por siempre jamás.

Te daré siempre gracias

porque has actuado;

proclamaré delante de tus fieles:

«Tu nombre es bueno.»

Yo confío en la misericordia del Señor por siempre jamás.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del libro de Josué · 3, 1-17; 4, 14-19; 5, 10-12

Cierto día, Josué, al levantarse por la mañana, ordenó levantar el campamento. Él y todos los israelitas partieron de Sittim y llegaron hasta el Jordán. Pernoctaron ahí tres días, al cabo de los cuales, los escribas pasaron por medio del campamento y dieron al pueblo esta orden:

«Cuando veáis el arca de la alianza del Señor vuestro Dios y a los sacerdotes levitas que la llevan, partiréis del sitio donde estáis e iréis tras ella, para que sepáis qué camino habéis de seguir, pues no habéis pasado nunca hasta ahora por este camino. Pero que haya entre vosotros y el arca una distancia de unos dos mil codos: no os acerquéis.»

Josué dijo al pueblo:

«Purificaos para mañana, porque mañana el Señor va a obrar maravillas en medio de vosotros.»

Y dijo Josué a los sacerdotes:

«Tomad el arca de la alianza y pasad al frente del pueblo.»

Ellos tomaron el arca de la alianza y fueron delante del pueblo.

El Señor dijo a Josué:

«Hoy mismo voy a empezar a engrandecerte a los ojos de todo Israel, para que sepan que, lo mismo que estuve con Moisés, estoy contigo. Tú darás esta orden a los sacerdotes que llevan el arca de la alianza: “En cuanto lleguéis a la orilla del agua del Jordán, os pararéis en el Jordán.”»

Josué dijo a los israelitas:

«Acercaos y escuchad las palabras del Señor vuestro Dios.»

Y dijo Josué:

«En esto conoceréis que el Dios vivo está en medio de vosotros y que arrojará ciertamente de delante de vosotros al cananeo, al hitita, al jiveo, al fereceo, al guirgaseo, al amorreo y al yebuseo. He aquí que el arca de la alianza del Señor de toda la tierra va a pasar el Jordán delante de vosotros. En cuanto las plantas de los pies de los sacerdotes que llevan el arca de la alianza del Señor de toda la tierra pisen las aguas del Jordán, las aguas del Jordán que vienen de arriba quedarán cortadas y se pararán formando un solo bloque.»

Efectivamente, cuando el pueblo partió de sus tiendas para pasar el Jordán y los sacerdotes llevaron el arca de la alianza a la cabeza del pueblo, en cuanto los que llevaban el arca llegaron al Jordán y los pies de los sacerdotes que llevaban el arca tocaron la orilla de las aguas (y el Jordán baja crecido hasta los bordes todo el tiempo de la siega), las aguas que bajaban de arriba se detuvieron y formaron un solo bloque en una gran extensión —desde Adam hasta la fortaleza de Sartán—, mientras que las que bajaban hacia el mar de la Arabá, o mar de la Sal, desaparecieron por completo, y el pueblo lo pasó frente a Jericó. Los sacerdotes que llevaban el arca de la alianza del Señor se estuvieron a pie firme, en seco, en medio del Jordán, mientras que todo Israel pasaba en seco, hasta que acabó de pasar el Jordán todo el pueblo. Aquel día el Señor engrandeció a Josué delante de todo Israel, y le miraron a él como habían mirado a Moisés durante toda su vida.

El Señor dijo a Josué:

«Manda a los sacerdotes que llevan el arca del testimonio que salgan del Jordán.»

Josué mandó a los sacerdotes:

«Salid del Jordán.»

Cuando los sacerdotes portadores del arca de la alianza del Señor salieron del Jordán, apenas las plantas de sus pies tocaron la orilla, las aguas del Jordán siguieron por su cauce y empezaron a correr como antes, por todas sus riberas.

El pueblo salió del Jordán el día diez del mes primero, y acamparon en Guilgal, al oriente de Jericó, y celebraron allí la Pascua en la tarde del día catorce del mes, en los llanos de Jericó. El día mismo de la fiesta comieron panes ázimos y espigas tostadas, pero al día siguiente de la Pascua comieron ya de los frutos del país.

Y el maná cesó desde entonces, desde que empezaron a comer los productos del país. Los israelitas no volvieron a tener maná, y se alimentaron ya aquel año de los productos de la tierra de Canaán.

SEGUNDA LECTURA

De los sermones de san Efrén, diácono

Señor, con la meridiana luz de tu sabiduría disipa las tinieblas nocturnas de nuestra mente, para que, iluminada, te sirva en la renovación de nuestra vida purificada. La salida del sol señala el comienzo de las obras de los mortales; prepara tú en nuestros corazones una mansión para aquel día que no tiene ocaso. Concédenos que en nuestra persona lleguemos a ver la vida resucitada y que nada aparte nuestras mentes de tus delicias. Imprime en nuestros corazones, por nuestra asidua búsqueda de ti, el sello de ese día sin fin que no comienza con el movimiento y el curso del sol.

A diario te abrazamos en tus sacramentos y te recibimos en nuestro cuerpo. Haznos dignos de sentir en nuestra persona la resurrección que esperamos. Con la gracia del bautismo hemos escondido tu tesoro en nuestros corazones; este mismo tesoro se acrecienta en la mesa de tus sacramentos; concédenos el gozo de tu gracia. Poseemos, Señor, en nuestra propia persona, tu memorial, tomado en la mesa espiritual; haz que lleguemos a poseerlo en toda su realidad en la renovación futura.

Que seamos capaces de comprender la belleza de nuestra condición mediante esa belleza espiritual que crea tu voluntad inmortal en las mismas criaturas mortales.

La crucifixión fue, Señor, el término de tu vida corporal; concédenos que nuestra mente quede también crucificada figuradamente en nuestra vida espiritual. Que tu resurrección, oh Jesús, preste su grandeza a nuestro hombre espiritual; que la contemplación de tus misterios nos sirva de espejo para conocerla.

Tus designios divinos, oh Salvador nuestro, son figura del mundo espiritual; concédenos la gracia de correr en él como corresponde al hombre espiritual.

No prives a nuestra mente de tu manifestación espiritual, ni apartes de nuestros miembros el calor de tu suavidad. La mortalidad latente en nuestro cuerpo nos lleva a la corrupción; que la difusión de tu amor espiritual repare sus efectos en nuestro corazón.

Concédenos, Señor, llegar cuanto antes a nuestra ciudad y, al igual que Moisés desde la cumbre del monte, poseerla ya por tu revelación.

R. Con todo su corazón amó a su Creador, entonándole himnos cada día; * trajo instrumentos musicales para servicio del altar y, con su acompañamiento, dio dulzura a los cantos. Aleluya.
V. Para alabar el nombre santo del Señor, haciendo resonar desde la aurora el santuario.

Oración

Señor, tú que, con la luz del Espíritu Santo, inspiraste himnos admirables a san Efrén, diácono, para cantar los santos misterios y, con la fuerza de este mismo espíritu, lo llevaste a entregar su vida a tu servicio, llénanos también a nosotros con la luz del Espíritu Santo, para que nuestra alma proclame tu grandeza y nuestro espíritu se alegre, cantándote a ti, nuestro Salvador. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.