OFICIO DE LECTURA
Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.
V. Hijo mío, haz caso a mis palabras. R. Presta oído a mis consejos.
Himno
Primicias son del sol de su Palabra
las luces fulgurantes de este día;
despierte el corazón, que es Dios quien llama,
y su presencia es la que ilumina.
Jesús es el que viene y el que pasa
en Pascua permanente entre los hombres,
resuena en cada hermano su palabra,
revive en cada vida sus amores.
Abrid el corazón, es él quien llama
con voces apremiantes de ternura;
venid: habla, Señor, que tu palabra
es vida y salvación de quien la escucha.
El día del Señor, eterna Pascua,
que nuestro corazón inquieto espera,
en ágape de amor ya nos alcanza,
solemne memorial en toda fiesta.
Honor y gloria al Padre que nos ama,
y al Hijo que preside esta asamblea,
cenáculo de amor le sea el alma,
su Espíritu por siempre sea en ella. Amén.
Salmodia
Día tras día te bendeciré, Señor. Aleluya.
Salmo 144
Justo eres tú, Señor, el que es y el que era, el Santo. (Ap 16, 5)
Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.
Día tras día te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza;
una generación pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.
Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas;
encarecen ellos tus temibles proezas,
y yo narro tus grandes acciones;
difunden la memoria de tu inmensa bondad,
y aclaman tus victorias.
El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus creaturas.
Día tras día te bendeciré, Señor. Aleluya.
Tu reinado, Señor, es un reinado perpetuo. Aleluya.
Salmo 144
Justo eres tú, Señor, el que es y el que era, el Santo. (Ap 16, 5)
Que todas tus creaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas;
explicando tus proezas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad.
Tu reinado, Señor, es un reinado perpetuo. Aleluya.
El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. Aleluya.
Salmo 144
Justo eres tú, Señor, el que es y el que era, el Santo. (Ap 16, 5)
El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan.
Los ojos de todos te están aguardando,
tú les das la comida a su tiempo;
abres tú la mano,
y sacias de favores a todo viviente.
El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones;
cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente.
Satisface los deseos de sus fieles,
escucha sus gritos, y los salva.
El Señor guarda a los que lo aman,
pero destruye a los malvados.
Pronuncie mi boca la alabanza del Señor,
todo viviente bendiga su santo nombre
por siempre jamás.
El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. Aleluya.
PRIMERA LECTURA (Año I)
Del libro de Josué · 24, 1-7. 13-28
En aquellos días, reunió Josué a todas las tribus de Israel en Siquem; llamó a los ancianos de Israel, a sus jefes, jueces y escribas, que se situaron en presencia de Dios. Josué dijo a todo el pueblo:
«Esto dice el Señor, Dios de Israel: “Al otro lado del Río habitaban antaño vuestros antepasados, Teraj, padre de Abraham y de Najor, y servían a otros dioses. Yo tomé a vuestro padre Abraham del otro lado del Río y le hice recorrer toda la tierra de Canaán, multipliqué su descendencia y le di por hijo a Isaac. A Isaac le di por hijos a Jacob y Esaú. A Esaú le di en propiedad la montaña de Seír. Jacob y sus hijos bajaron a Egipto. Envié después a Moisés y a Aarón y herí a Egipto con los prodigios que obré en medio de él. Luego os saqué de allí. Saqué a vuestros padres de Egipto y llegasteis al mar. Los egipcios persiguieron a vuestros padres con sus carros y guerreros hasta el mar de las Cañas. Clamaron entonces ellos al Señor, el cual tendió una densa niebla entre vosotros y los egipcios, e hizo volver sobre ellos el mar, que los cubrió. Visteis con vuestros propios ojos lo que hice con Egipto; luego habitasteis largo tiempo en el desierto. Os he dado una tierra que no os ha costado fatigas, unas ciudades que no habéis construido y en las que, sin embargo, habitáis; os he dado viñas y olivares que no habéis plantado y de las que os alimentáis.”
Ahora, pues, temed al Señor y servidlo perfectamente con fidelidad; apartaos de los dioses a los que sirvieron vuestros padres más allá del Río y en Egipto, y servid al Señor. Pero, si no os parece bien servir al Señor, elegid hoy a quién habéis de servir: si a los dioses a quienes servían vuestros padres más allá del Río o a los dioses de los amorreos, en cuyo país habitáis ahora. Que yo y mi familia serviremos al Señor.»
El pueblo respondió:
«Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses. Porque el Señor nuestro Dios es el que nos sacó de la tierra de Egipto, a nosotros y a nuestros padres, y el que obró tan grandes señales ante nuestros ojos y nos guardó por todo el camino que recorrimos y en todos los pueblos que pasamos. Él ha expulsado delante de nosotros a todos esos pueblos y a los amorreos que habitaban en el país. También nosotros serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios.»
Entonces Josué dijo al pueblo:
«No podréis servir al Señor, porque él es un Dios santo, un Dios celoso, que no perdonará vuestras rebeldías ni vuestros pecados. Si abandonáis al Señor para servir a los dioses extranjeros, él a su vez traerá el mal sobre vosotros, después de haberos hecho tanto bien.»
El pueblo respondió a Josué:
«¡No! Nosotros serviremos al Señor.» Entonces Josué les dijo:
«Vosotros sois testigos contra vosotros mismos de que habéis elegido al Señor para servirlo.» Respondieron ellos:
«Testigos somos.»
Josué les dijo:
«Entonces, apartad los dioses extranjeros que hay en medio de vosotros e inclinad vuestro corazón hacia el Señor, Dios de Israel.»
El pueblo respondió a Josué:
«Al Señor nuestro Dios serviremos, y a su voz atenderemos.»
Aquel día, Josué pactó una alianza para el pueblo; le impuso decretos y normas en Siquem. Josué escribió estas palabras en el libro de la ley de Dios. Tomó luego una gran piedra y la plantó allí, al pie de la encina que hay en el santuario del Señor. Josué dijo a todo el pueblo:
«Mirad, esta piedra será testigo contra nosotros, pues ha oído todas las palabras que el Señor ha hablado con vosotros; ella será testigo contra vosotros, para que no reneguéis de vuestro Dios.»
Por fin, Josué despidió al pueblo, y cada uno volvió a su heredad.
SEGUNDA LECTURA
De los sermones de san Antonio de Padua, presbítero (I, 226)
El que está lleno del Espíritu Santo habla diversas lenguas. Estas diversas lenguas son los diversos testimonios que da de Cristo, como por ejemplo la humildad, la pobreza, la paciencia y la obediencia, que son las palabras con que hablamos cuando los demás pueden verlas reflejadas en nuestra conducta. La palabra tiene fuerza cuando va acompañada de las obras. Cesen, por favor, las palabras y sean las obras quienes hablen. Estamos repletos de palabras, pero vacíos de obras, y, por esto, el Señor maldice como maldijo aquella higuera en la que no halló fruto sino hojas tan sólo. «La norma del predicador —dice san Gregorio— es poner por obra lo que predica.» En vano se esfuerza en propagar la doctrina cristiana el que la contradice con sus obras.
Pero los apóstoles hablaban según el Espíritu les sugería. ¡Dichoso el que habla según le sugiere el Espíritu Santo y no según su propio sentir! Porque hay algunos que hablan movidos por su propio espíritu, roban las palabras de los demás y las proponen como suyas, atribuyéndoselas a sí mismos. De estos tales y de otros semejantes dice el Señor por boca de Jeremías: Aquí estoy yo contra los profetas que se roban mis palabras uno a otro. Aquí estoy yo contra los profetas —oráculo del Señor— que manejan la lengua para echar oráculos. Aquí estoy yo contra los profetas de sueños falsos —oráculo del Señor—, que los cuentan para extraviar a mi pueblo, con sus embustes y jactancias. Yo no los mandé ni los envié, por eso, son inútiles a mi pueblo —oráculo del Señor—.
Hablemos, pues, según nos sugiera el Espíritu Santo, pidiéndole con humildad y devoción que infunda en nosotros su gracia, para que completemos el significado quincuagenario del día de Pentecostés, mediante el perfeccionamiento de nuestros cinco sentidos y la observancia de los diez mandamientos, y para que nos llenemos de la ráfaga de viento de la contrición, de manera que, encendidos e iluminados por los sagrados esplendores, podamos llegar a la contemplación del Dios uno y trino.
R. El justo florecerá como un lirio * y se alegrará eternamente ante el Señor.
V. En medio de su pueblo se gloría.
TE DEUM
Señor, Dios eterno, alegres te cantamos,
a ti nuestra alabanza,
a ti, Padre del cielo, te aclama la creación.
Postrados ante ti, los ángeles te adoran
y cantan sin cesar:
Santo, santo, santo es el Señor,
Dios del universo;
llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles,
la multitud de los profetas te enaltece,
y el ejército glorioso de los mártires te aclama.
A ti la Iglesia santa,
por todos los confines extendida,
con júbilo te adora y canta tu grandeza:
Padre, infinitamente santo,
Hijo eterno, unigénito de Dios,
Santo Espíritu de amor y de consuelo.
Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria,
tú el Hijo y Palabra del Padre,
tú el Rey de toda la creación.
Tú, para salvar al hombre,
tomaste la condición de esclavo
en el seno de una virgen.
Tú destruiste la muerte
y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.
Tú vives ahora,
inmortal y glorioso, en el reino del Padre.
Tú vendrás algún día,
como juez universal.
Muéstrate, pues, amigo y defensor
de los hombres que salvaste.
Y recíbelos por siempre allá en tu reino,
con tus santos y elegidos.
La parte que sigue puede omitirse, si se cree oportuno.
Salva a tu pueblo, Señor,
y bendice a tu heredad.
Sé su pastor,
y guíalos por siempre.
Día tras día te bendeciremos
y alabaremos tu nombre por siempre jamás.
Dígnate, Señor,
guardarnos de pecado en este día.
Ten piedad de nosotros, Señor,
ten piedad de nosotros.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.
A ti, Señor, me acojo,
no quede yo nunca defraudado.
Oración
Dios todopoderoso y eterno, que diste a tu pueblo un predicador insigne del Evangelio en san Antonio de Padua, y un intercesor eficaz que lo asistiera en sus dificultades, concédenos, por su intercesión, que seamos fieles a las enseñanzas del Evangelio y que contemos con tu ayuda en todas las adversidades. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
