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Orar

Lunes, 21 de junio de 2027

San Luis Gonzaga, religioso

Tiempo Ordinario · Blanco · Año impar (I)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Qué dulce al paladar tu promesa, Señor. R. Más que miel en la boca.

Himno

En el principio, tu Palabra.

Antes que el sol ardiera,

antes del mar y las montañas,

antes de las constelaciones,

nos amó tu Palabra.

Desde tu seno, Padre,

era sonrisa su mirada,

era ternura su sonrisa,

era calor de brasa.

En el principio, tu Palabra.

Todo se hizo de nuevo,

todo salió sin mancha,

desde el arrullo del río

hasta el rocío y la escarcha;

nuevo el canto de los pájaros,

porque habló tu Palabra.

Y nos sigues hablando todo el día,

aunque matemos la mañana

y desperdiciemos la tarde,

y asesinemos la alborada.

Como una espada de fuego,

en el principio, tu Palabra.

Llénanos de tu presencia, Padre;

Espíritu, satúranos de tu fragancia;

danos palabras para responderte,

Hijo, eterna Palabra. Amén.

Salmodia

Qué bueno es el Dios de Israel para los justos.

Salmo 72

¡Dichoso el que no se siente defraudado por mí! (Mt 11, 6)

¡Qué bueno es Dios para el justo,

el Señor para los limpios de corazón!

Pero yo por poco doy un mal paso,

casi resbalaron mis pisadas:

porque envidiaba a los perversos,

viendo prosperar a los malvados.

Para ellos no hay sinsabores,

están sanos y engreídos;

no pasan las fatigas humanas

ni sufren como los demás.

Por eso su collar es el orgullo,

y los cubre un vestido de violencia;

de las carnes les rezuma la maldad,

el corazón les rebosa de malas ideas.

Insultan y hablan mal,

y desde lo alto amenazan con la opresión.

Su boca se atreve con el cielo,

y su lengua recorre la tierra.

Por eso mi pueblo se vuelve a ellos

y se bebe sus palabras.

Ellos dicen: «¿Es que Dios lo va a saber,

se va a enterar el Altísimo?»

Así son los malvados:

siempre seguros, acumulan riquezas.

Qué bueno es el Dios de Israel para los justos.

Su risa se convertirá en llanto, y su alegría en tristeza.

Salmo 72

¡Dichoso el que no se siente defraudado por mí! (Mt 11, 6)

Entonces, ¿para qué he limpiado yo mi corazón

y he lavado en la inocencia mis manos?

¿Para qué aguanto yo todo el día

y me corrijo cada mañana?

Si yo dijera: «Voy a hablar como ellos»,

renegaría de la estirpe de tus hijos.

Meditaba yo para entenderlo,

pero me resultaba muy difícil;

hasta que entré en el misterio de Dios,

y comprendí el destino de ellos.

Es verdad: los pones en el resbaladero,

los precipitas en la ruina;

en un momento causan horror,

y acaban consumidos de espanto.

Como un sueño al despertar, Señor,

al despertarte desprecias sus sombras.

Su risa se convertirá en llanto, y su alegría en tristeza.

Para mí lo bueno es estar junto a Dios, pues los que se alejan de ti se pierden.

Salmo 72

¡Dichoso el que no se siente defraudado por mí! (Mt 11, 6)

Cuando mi corazón se agriaba

y me punzaba mi interior,

yo era un necio y un ignorante,

yo era un animal ante ti.

Pero yo siempre estaré contigo,

tú tomas mi mano derecha,

me guías según tus planes,

y me llevas a un destino glorioso.

¿No te tengo a ti en el cielo?;

y contigo, ¿qué me importa la tierra?

Se consumen mi corazón y mi carne

por Dios, mi herencia eterna.

Sí: los que se alejan de ti se pierden;

tú destruyes a los que te son infieles.

Para mí lo bueno es estar junto a Dios,

hacer del Señor mi refugio,

y proclamar todas tus acciones

en las puertas de Sión.

Para mí lo bueno es estar junto a Dios, pues los que se alejan de ti se pierden.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del libro de los Jueces · 16, 4-6. 16-31

En aquellos días, se enamoró Sansón de una mujer del valle de Soreq, que se llamaba Dalila. Los jefes de los filisteos fueron con ella y le dijeron:

«Sedúcelo y entérate de dónde le viene esa fuerza tan enorme y cómo podríamos dominarlo para amarrarlo y tenerlo sujeto. Nosotros te daremos cada uno mil cien siclos de plata.»

Dalila dijo a Sansón:

«Dime de dónde te viene esa fuerza tan grande y con qué habría que atarte para tenerte sujeto.»

Y como todos los días lo asediaba y lo importunaba tanto, hasta hacerle pesada la vida, Sansón le abrió todo su corazón y le dijo:

«La navaja no ha pasado jamás por mi cabeza, porque soy nazir de Dios desde el vientre de mi madre. Si me rasuraran, mi fuerza se retiraría de mí, me debilitaría y sería como un hombre cualquiera.»

Dalila comprendió que le había abierto todo su corazón, mandó llamar a los jefes de los filisteos y les dijo:

«Venid, pues me ha abierto todo su corazón.»

Y los príncipes de los filisteos vinieron hacia ella con el dinero en la mano.

Ella hizo dormir a Sansón sobre sus rodillas y llamó a un hombre que le cortó las siete trenzas de su cabeza. Entonces comenzó a debilitarse y se retiró de él su vigor. Ella gritó:

«Sansón, los filisteos contra ti.»

Él se despertó de su sueño y se dijo:

«Saldré como otras veces y me las arreglaré.»

Pero no sabía que el Señor se había apartado de él. Los filisteos le echaron mano, le sacaron los ojos y lo bajaron a Gaza. Allí lo ataron con una doble cadena de bronce y lo pusieron a dar vueltas a la piedra del molino en la cárcel. Pero el pelo de su cabeza, después de rapado, comenzó a crecer de nuevo.

Los jefes de los filisteos se reunieron para ofrecer un gran sacrificio a su dios Dagón y hacer gran fiesta. Y decían:

«Nuestro dios ha puesto en nuestras manos a Sansón, nuestro enemigo.»

Y la gente, al verlo, alababa a su dios, diciendo:

«Nuestro dios ha puesto en nuestras manos a Sansón, nuestro enemigo, el que devastaba nuestro país y multiplicaba nuestras víctimas.»

Y como su corazón estaba alegre, dijeron:

«Llamad a Sansón, para que nos divierta.»

Trajeron, pues, a Sansón de la cárcel y él los estuvo divirtiendo, haciendo algunos juegos ante ellos; luego lo pusieron de pie entre las columnas. Sansón dijo entonces al muchacho que lo llevaba de la mano:

«Ponme donde pueda tocar las columnas en las que descansa la casa, para que pueda apoyarme en ellas.»

La casa estaba llena de hombres y mujeres. Estaban dentro todos los príncipes de los filisteos y, en el terrado, unos tres mil hombres y mujeres, contemplando los juegos de Sansón. Sansón invocó al Señor, diciendo:

«Señor, dígnate acordarte de mí, dame fuerzas nada más por esta vez, para que de un golpe me vengue de los filisteos por mis dos ojos.»

Sansón palpó las dos columnas centrales sobre las que descansaba la casa y se apoyó contra ellas, en una con el brazo derecho, en la otra con el izquierdo, y

gritó:

«¡Muera yo con los filisteos!»

Hizo presión con todas sus fuerzas y la casa se derrumbó sobre los jefes y sobre toda la gente ahí reunida. Los que hizo morir con su muerte fueron más que todos los que había matado en vida.

Sus hermanos y toda la casa de su padre bajaron y se lo llevaron. Lo subieron y sepultaron entre Sorá y Estaol, en el sepulcro de su padre Manóaj. Había sido juez en Israel por espacio de veinte años.

SEGUNDA LECTURA

De una carta de san Luis Gonzaga, dirigida a su madre

Pido para ti, ilustre señora, que goces siempre de la gracia y del consuelo del Espíritu Santo. Al llegar tu carta, me encuentro todavía en esta región de los muertos. Pero un día u otro ha de llegar el momento de volar al cielo, para alabar al Dios eterno en la tierra de los que viven. Yo esperaba poco ha que habría realizado ya este viaje antes de ahora. Si la caridad consiste, como dice san Pablo, en estar alegres con los que ríen y llorar con los que lloran, ha de ser inmensa tu alegría, madre ilustre, al pensar que Dios me llama a la verdadera alegría, que pronto poseeré con la seguridad de no perderla jamás.

Te he de confesar, ilustre señora, que, al sumergir mi pensamiento en la consideración de la divina bondad, que es como un mar sin fondo ni litoral, no me siento digno de su inmensidad, ya que él, a cambio de un trabajo tan breve y exiguo, me invita al descanso eterno y me llama desde el cielo a la suprema felicidad, que con tanta negligencia he buscado, y me promete el premio de unas lágrimas, que tan parcamente he derramado.

Considéralo una y otra vez, ilustre señora, y guárdate de menospreciar esa infinita benignidad de Dios, que es lo que harías si lloraras como muerto al que vive en la presencia de Dios y que, con su intercesión, puede ayudarte en tus asuntos mucho más que cuando vivía en este mundo. Esta separación no será muy larga; volveremos a vernos en el cielo, y todos juntos, unidos a nuestro Salvador, lo alabaremos con toda la fuerza de nuestro espíritu y cantaremos eternamente sus misericordias, gozando de una felicidad sin fin. Al morir, nos quita lo que nos había prestado, con el solo fin de guardarlo en un lugar más inmune y seguro, para enriquecernos con unos bienes que superan nuestros deseos.

Todo esto lo digo solamente para expresar mi deseo de que tú, ilustre señora, así como los demás miembros de mi familia, consideréis mi partida de este mundo como un motivo de gozo, y para que no me falte su bendición materna en el momento de atravesar este mar hasta llegar a la orilla en donde tengo puestas todas mis esperanzas. Así te escribo porque estoy convencido de que esta es la mejor manera de demostrarte el amor y respeto que te debo como hijo.

R. Has conservado mi inocencia, Señor, * tú me mantienes siempre en tu presencia.
V. Prefiero el umbral de la casa de Dios a vivir con los malvados.

Oración

Dios nuestro, fuente y origen de todos los dones celestiales, tú que uniste en san Luis Gonzaga una admirable pureza de vida con la práctica de la penitencia, concédenos, por sus méritos e intercesión, que los que no hemos podido imitarlo en la inocencia de su vida lo imitemos en su espíritu de penitencia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.