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Orar

Sábado, 10 de julio de 2027

Sábado de la 14ª semana del Tiempo Ordinario

Tiempo Ordinario · Verde · Año impar (I)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Señor, enséñame tus caminos. R. Instrúyeme en tus sendas.

Himno

A caminar sin ti, Señor, no atino;

tu palabra de fuego es mi sendero;

me encontraste cansado y prisionero

del desierto, del cardo y del espino.

Descansa aquí conmigo del camino,

que en Emaús hay trigo en el granero,

hay un poco de vino y un alero

que cobije tu sueño, Peregrino.

Yo contigo, Señor, herido y ciego;

tú conmigo, Señor, enfebrecido,

el aire quieto, el corazón en fuego.

Y en diálogo sediento y torturado

se encontrarán en un solo latido,

cara a cara, tu amor y mi pecado. Amén.

Salmodia

Sólo el Señor hizo grandes maravillas: es eterna su misericordia.

Salmo 135

Alabar a Dios es narrar sus maravillas. (Casiodoro)

Dad gracias al Señor porque es bueno:

porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios de los dioses:

porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Señor de los señores:

porque es eterna su misericordia.

Sólo él hizo grandes maravillas:

porque es eterna su misericordia.

Él hizo sabiamente los cielos:

porque es eterna su misericordia.

El afianzó sobre las aguas la tierra:

porque es eterna su misericordia.

Él hizo lumbreras gigantes:

porque es eterna su misericordia.

El sol que gobierna el día:

porque es eterna su misericordia.

La luna que gobierna la noche:

porque es eterna su misericordia.

Sólo el Señor hizo grandes maravillas: es eterna su misericordia.

Con mano poderosa, con brazo extendido, sacó a Israel de Egipto.

Salmo 135

Alabar a Dios es narrar sus maravillas. (Casiodoro)

El hirió a Egipto en sus primogénitos:

porque es eterna su misericordia.

Y sacó a Israel de aquel país:

porque es eterna su misericordia.

Con mano poderosa, con brazo extendido:

porque es eterna su misericordia.

Él dividió en dos partes el mar Rojo:

porque es eterna su misericordia.

Y condujo por en medio a Israel:

porque es eterna su misericordia.

Arrojó en el mar Rojo al Faraón:

porque es eterna su misericordia.

Con mano poderosa, con brazo extendido, sacó a Israel de Egipto.

Dad gracias al Dios del cielo: él nos libró de nuestros opresores.

Salmo 135

Alabar a Dios es narrar sus maravillas. (Casiodoro)

Guió por el desierto a su pueblo:

porque es eterna su misericordia.

Él hirió a reyes famosos:

porque es eterna su misericordia.

Dio muerte a reyes poderosos:

porque es eterna su misericordia.

A Sijón, rey de los amorreos:

porque es eterna su misericordia.

Y a Hog, rey de Basán:

porque es eterna su misericordia.

Les dio su tierra en heredad:

porque es eterna su misericordia.

En heredad a Israel, su siervo:

porque es eterna su misericordia.

En nuestra humillación se acordó de nosotros:

porque es eterna su misericordia.

Y nos libró de nuestros opresores:

porque es eterna su misericordia.

Él da alimento a todo viviente:

porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios del cielo:

porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios del cielo: él nos libró de nuestros opresores.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del primer libro de Samuel · 28, 3-25

En aquellos días, Samuel había ya muerto y todo Israel lo había llorado, siendo sepultado en Ramá, su ciudad. Saúl había echado del país a los nigromantes y adivinos.

Habiéndose reunido los filisteos, vinieron a acampar en Sunam. Saúl reunió a todo Israel y acampó en Gelboé. Vio Saúl el campamento de los filisteos y sintió temor, temblando sobremanera su corazón. Consultó Saúl al Señor, pero el Señor no le respondió ni por sueños ni por los urim ni por los profetas. Dijo entonces Saúl a sus servidores:

«Buscadme una nigromante para que vaya a consultarla.»

Sus servidores le respondieron:

«Aquí en Endor hay una nigromante.»

Se disfrazó Saúl, poniéndose otras ropas, y fue con dos de sus hombres, y, llegando de noche a donde estaba la mujer, le dijo:

«Adivíname el futuro por medio del espíritu de un muerto y evócame al que yo te diga.»

La mujer le respondió:

«Bien sabes lo que hizo Saúl, que suprimió de esta tierra a los nigromantes y adivinos. ¿Por qué tiendes un lazo a mi vida para hacerme morir?»

Saúl juró por el Señor, diciendo:

«¡Vive el Señor!, que ningún castigo te vendrá por este hecho.»

La mujer dijo:

«¿A quién debo evocar?»

Saúl respondió:

«Evócame a Samuel.»

Vio entonces la mujer a Samuel y lanzó un grito, y dijo luego a Saúl:

«¿Por qué me has engañado? ¡Tú eres Saúl!» El rey le dijo:

«No temas, pero ¿qué has visto?»

La mujer respondió:

«Veo un espectro que sube de la tierra.» Saúl le preguntó:

«¿Qué aspecto tiene?»

Ella respondió:

«Es un hombre anciano que sube envuelto en su manto.»

Comprendió Saúl que era Samuel y, cayendo rostro en tierra, se postró. Samuel dijo a Saúl:

«¿Por qué me perturbas evocándome?» Respondió Saúl:

«Estoy en grande angustia: los filisteos mueven guerra contra mí, Dios se ha apartado de mí y ya no me responde ni por los profetas ni por sueños. Te he llamado para que me indiques lo que debo hacer.»

Dijo Samuel:

«¿Para qué me consultas, si el Señor se ha separado de ti y se ha pasado a otro? El Señor te ha cumplido lo que dijo por mi boca: ha arrancado el reino de tu mano y se lo ha dado a otro, a David, porque no escuchaste la voz del Señor y no llevaste a cabo la indignación de su ira contra Amalec. Por eso te trata hoy de esta manera. También a Israel entregará el Señor en manos de los filisteos. Mañana tú y tus hijos estaréis conmigo.»

Saúl, sobrecogido, cayó en tierra cuan largo era. Estaba aterrado por las palabras de Samuel; se hallaba, además, sin fuerzas, porque no había comido nada en todo el día y toda la noche. Acercóse la mujer a Saúl y, viendo que estaba tan conturbado, le dijo:

«Tu sierva ha escuchado tu voz y he puesto mi vida en peligro por obedecer las órdenes que me diste. Escucha, pues, tú también la voz de tu sierva y permíteme que te sirva un bocado de pan para que comas y tengas fuerzas para ponerte en camino.»

Saúl se negó, diciendo:

«No quiero comer.»

Pero sus servidores, a una con la mujer, le insistieron hasta que accedió. Se levantó del suelo y se sentó en el diván. Tenía la mujer en casa un ternero cebado y se apresuró a degollarlo. Tomó harina, la amasó y coció unos panes ázimos. Lo sirvió a Saúl y a sus servidores; comieron, se levantaron y partieron aquella misma noche.

SEGUNDA LECTURA

De la homilía del papa Juan Pablo II en la canonización de los bienaventurados mártires en China.

«Conságralos en la verdad; tu palabra es la verdad». Esta invocación, que reproduce lavoz de la oración sacerdotal de Cristo elevada al Padre en la Última Cena, parece subir de la muchedumbre de santos y bienaventurados que el Espíritu Santo suscita en su Iglesia a lo largo de los siglos. Dos mil años después del comienzo de la obra de la redención, hacemos nuestra esa invocación, con los ojos fijos en el ejemplo de santidad de Agustín Zhao Rong y sus ciento diecinueve compañeros mártires en China. Dios Padre los consagró en su amor, escuchando la oración de su Hijo que le adquirió un pueblo santo al extender sus brazos en la cruz para destruir la muerte y manifestar la resurrección.

La Iglesia da gracias al Señor porque la bendice y derrama en ella la luz con el resplandor de la santidad de estos hijos e hijas de China. La jovencita Ana Wang, de catorce años, resistió las amenazas del verdugo que la invitaba a apartarse de la fe de Cristo, diciendo mientras se preparaba con ánimo sereno a ser decapitada: «La puerta de los cielos ha sido abierta a todos», y con susurros invocó tres veces a Jesús; Xi Guizi, un joven de dieciocho años, dijo impávido a quienes le acababan de cortar el brazo derecho y se esforzaban por arrancarle la piel cuando todavía estaba vivo: «Cada trozo de mi carne, cada gota de mi sangre traerá a vuestra memoria que soy cristiano».

Con la misma fortaleza y alegría, otros ochenta y cinco chinos dieron testimonio, hombres y mujeres de toda edad y condición, sacerdotes, religiosas y laicos que, con la entrega de la vida, confirmaron su indefectible fidelidad a Cristo y a la Iglesia.

Esto sucedió en diversas épocas y tiempos difíciles y angustiosos de la historia de la Iglesia en China.

En esta multitud de mártires resplandecen también treinta y tres misioneros y misioneras que, dejando su patria, intentaron insertarse en las costumbres y mentalidad chinas, adoptando con gran amor las particularidades de aquellas tierras, seducidos por el deseo de anunciar a Cristo y de servir a ese pueblo.

Sus sepulcros todavía se conservan allí para mostrar que pertenecen a aquella patria a la que, a pesar de la flaqueza humana, amaron con sincero corazón, consagrando a ella todas sus energías.

«A nadie hemos perjudicado sino que hemos servido a muchos», dijo el obispo Francisco Fogolla al gobernador que se disponía a matarlo con su propia espada.

R. Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. * Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo.
V. Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.

Oración

Señor Dios, que por medio de la confesión de los santos mártires Agustín y sus compañeros, robusteciste a tu Iglesia con dones admirables, concede a tu pueblo crecer en la libertad que necesita para su misión y así pueda dar testimonio de la verdad en todas partes. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.