OFICIO DE LECTURA
Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.
Hoy la memoria es libre
Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Enrique.
V. La explicación de tus palabras ilumina. R. Da inteligencia a los ignorantes.
Himno
Con entrega, Señor, a ti venimos,
escuchar tu palabra deseamos;
que el Espíritu ponga en nuestros labios
la alabanza al Padre de los cielos.
Se convierta en nosotros la palabra
en la luz que a los hombres ilumina,
en la fuente que salta hasta la vida,
en el pan que repara nuestras fuerzas;
en el himno de amor y de alabanza
que se canta en el cielo eternamente,
y en la carne de Cristo se hizo canto
de la tierra y del cielo juntamente.
Gloria a ti, Padre nuestro, y a tu Hijo,
el Señor Jesucristo, nuestro hermano,
y al Espíritu Santo, que, en nosotros,
glorifica tu nombre por los siglos. Amén.
Salmodia
La misericordia y la fidelidad te preceden, Señor.
Salmo 88 · 88, 2-38
Según lo prometido, Dios sacó de la descendencia de David un Salvador, Jesús. (Hch 13, 22-23)
Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Pues dijiste:
«Cimentado está por siempre mi amor,
asentada más que el cielo mi lealtad.»
Sellé una alianza con mi elegido,
jurando a David, mi siervo:
«Te fundaré un linaje perpetuo,
edificaré tu trono para todas las edades.»
El cielo proclama tus maravillas, Señor,
y tu fidelidad, en la asamblea de los ángeles.
¿Quién sobre las nubes se compara a Dios?
¿Quién como el Señor entre los seres divinos?
Dios es temible en el consejo de los ángeles,
es grande y terrible para toda su corte.
Señor de los ejércitos, ¿quién como tú?
El poder y la fidelidad te rodean.
Tú domeñas la soberbia del mar
y amansas la hinchazón del oleaje;
tú traspasaste y destrozaste a Rahab,
tu brazo potente desbarató al enemigo.
Tuyo es el cielo, tuya es la tierra;
tú cimentaste el orbe y cuanto contiene;
tú has creado el norte y el sur,
el Tabor y el Hermón aclaman tu nombre.
Tienes un brazo poderoso:
fuerte es tu izquierda y alta tu derecha.
Justicia y derecho sostienen tu trono,
misericordia y fidelidad te preceden.
Dichoso el pueblo que sabe aclamarte:
caminará, ¡oh Señor!, a la luz de tu rostro;
tu nombre es su gozo cada día,
tu justicia es su orgullo.
Porque tú eres su honor y su fuerza,
y con tu favor realzas nuestro poder.
Porque el Señor es nuestro escudo,
y el Santo de Israel nuestro rey.
La misericordia y la fidelidad te preceden, Señor.
El Hijo de Dios nació según la carne de la estirpe de David.
Salmo 88 · 88, 2-38
Según lo prometido, Dios sacó de la descendencia de David un Salvador, Jesús. (Hch 13, 22-23)
Un día hablaste en visión a tus amigos:
«He ceñido la corona a un héroe,
he levantado a un soldado sobre el pueblo.»
Encontré a David, mi siervo,
y lo he ungido con óleo sagrado;
para que mi mano esté siempre con él
y mi brazo lo haga valeroso;
no lo engañará el enemigo
ni los malvados lo humillarán;
ante él desharé a sus adversarios
y heriré a los que lo odian.
Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán,
por mi nombre crecerá su poder:
extenderé su izquierda hasta el mar,
y su derecha hasta el Gran Río.
Él me invocará: «Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora»
y yo lo nombraré mi primogénito,
excelso entre los reyes de la tierra.
Le mantendré eternamente mi favor,
y mi alianza con él será estable;
le daré una posteridad perpetua
y un trono duradero como el cielo.
El Hijo de Dios nació según la carne de la estirpe de David.
Juré una vez a David, mi siervo: «Tu linaje será perpetuo.»
Salmo 88 · 88, 2-38
Según lo prometido, Dios sacó de la descendencia de David un Salvador, Jesús. (Hch 13, 22-23)
Si sus hijos abandonan mi ley
y no siguen mis mandamientos,
si profanan mis preceptos
y no guardan mis mandatos,
castigaré con la vara sus pecados
y a latigazos sus culpas;
pero no les retiraré mi favor
ni desmentiré mi fidelidad,
no violaré mi alianza
ni cambiaré mis promesas.
Una vez juré por mi santidad
no faltar a mi palabra con David:
«Su linaje será perpetuo,
y su trono como el sol en mi presencia,
como la luna, que siempre permanece:
su solio será más firme que el cielo.»
Juré una vez a David, mi siervo: «Tu linaje será perpetuo.»
PRIMERA LECTURA (Año I)
Del segundo libro de Samuel · 6, 1-23
En aquellos días, reunió de nuevo David a todo lo mejor de Israel, treinta mil hombres, se levantó y partió con todo el ejército a Baalá de Judá, para subir desde allí el arca de Dios que lleva el nombre del Señor de los ejércitos que se sienta sobre los querubines. Cargaron el arca de Dios en una carreta nueva y la llevaron de la casa de Abinadab que está en la loma. Uzzá y Ajyó, hijos de Abinadab, conducían la carreta con el arca de Dios. Uzzá caminaba al lado del arca de Dios y Ajyó iba delante de ella. David y toda la casa de Israel bailaban delante del Señor con todas sus fuerzas, cantando con cítaras, arpas, adufes, sistros y címbalos.
Al llegar a la era de Nakón, extendió Uzzá la mano hacia el arca de Dios y la sujetó porque los bueyes amenazaban volcarla. Entonces la ira del Señor se extendió contra Uzzá: allí mismo lo hirió Dios por este atrevimiento y murió allí junto al arca de Dios. David se afligió porque el Señor había castigado a Uzzá y se llamó aquel lugar Peres-Uzzá hasta el día de hoy. Aquel día David tuvo miedo del Señor y dijo:
«¿Cómo voy a llevar a mi casa el arca del Señor?»
Y no quiso llevar el arca del Señor junto a sí, a la ciudad de David, sino que la hizo llevar a casa de Obededom de Gat. El arca del Señor estuvo en casa de Obededom de Gat tres meses y el Señor bendijo a Obededom y a toda su casa. Se hizo saber al rey David:
«El Señor ha bendecido la casa de Obededom y todas sus cosas a causa del arca de Dios.»
Fue David y subió el arca de Dios de casa de Obededom a la ciudad de David, con gran alborozo. Cada seis pasos que avanzaban los portadores del arca del Señor, sacrificaba un buey y un carnero cebado. David danzaba con todas sus fuerzas ante el Señor, ceñido de un efod de lino. David y toda la casa de Israel subían el arca del Señor entre clamores y resonar de cuernos. Cuando el arca del Señor entró en la ciudad de David, Mikal, hija de Saúl, que estaba mirando por la ventana, vio al rey David saltando y danzando ante el Señor y lo despreció en su corazón.
Metieron el arca del Señor y la colocaron en su sitio, en_ medio de la tienda que David había hecho levantar, y David ofreció holocaustos y sacrificios de comunión en presencia del Señor. Cuando David hubo acabado de ofrecer los holocaustos y sacrificios de comunión, bendijo al pueblo en nombre del Señor de los ejércitos y repartió a todo el pueblo, a toda la muchedumbre de Israel, hombres y mujeres; una torta de pan, un pastel de dátiles y un pan de pasas, y se fue todo el pueblo cada uno a su casa.
Cuando -se volvía David para bendecir su casa, Mikal, hija de Saúl, le salió al encuentro y le dijo:
«¡Cómo se ha cubierto hoy de gloria el rey de Israel, descubriéndose hoy ante las criadas de sus servidores como se descubriría un cualquiera!»
Respondió David a Mikal:
«En presencia del Señor danzo yo. Vive el Señor, el que me ha preferido a tu padre y a toda su casa para constituirme caudillo de Israel, el pueblo del Señor, que yo danzaré ante él, y me haré más vil todavía; seré vil a tus ojos, pero seré honrado ante las criadas de que hablas.»
Y Mikal, hija de Saúl, no tuvo ya hijos hasta el día de su muerte.
SEGUNDA LECTURA
De la Vida de san Camilo, escrita por un colega suyo
Empezaré por la santa caridad, raíz y complemento de todas las virtudes, con la que Camilo estaba familiarizado más que con ninguna otra. Y, así, afirmo que nuestro santo estaba inflamado en el fuego de esta santa virtud, no sólo para con Dios, sino también para con el prójimo, en especial para con los enfermos; y esto en tal grado que la sola vista de los enfermos bastaba para enternecer y derretir su corazón y para hacerle olvidar completamente todas las delicias, deleites y afectos mundanos. Cuando servía a algún enfermo, lo hacía con un amor y compasión tan grandes que parecía como si en ello tuviera que agotar y consumir todas sus fuerzas. De buena gana hubiera tomado sobre sí todos los males y dolencias de los enfermos con tal de aliviar sus sufrimientos o curar sus enfermedades.
Descubría en ellos la persona de Cristo con una viveza tal, que muchas veces, mientras les daba de comer, se imaginaba que eran el mismo Cristo en persona y les pedía su gracia y el perdón de los pecados. Estaba ante ellos con un respeto tan grande como si real y verdaderamente estuviera en presencia del Señor. De nada hablaba con tanta frecuencia y con tanto fervor como de la santa caridad, y hubiera querido poderla infundir en el corazón de todos los mortales.
Deseoso de inflamar a sus hermanos de religión en esta virtud, la primera de todas, acostumbraba inculcarles aquellas dulcísimas palabras de Jesucristo: Estuve enfermo, y me visitasteis. Estas palabras parecía tenerlas realmente esculpidas en su corazón; tanta era la frecuencia con que las decía y repetía.
La caridad de Camilo era tan grande y tan amplia que tenían cabida en sus entrañas de piedad y benevolencia no sólo los enfermos y moribundos, sino toda clase de pobres y desventurados. Finalmente, era tan grande la piedad de su corazón para con los necesitados, que solía decir:
«Si no se hallaran pobres en el mundo, habría que dedicarse a buscarlos y sacarlos de bajo tierra, para ayudarlos y practicar con ellos la misericordia.»
R. Sostened a los débiles, esmeraos siempre en hacer el bien a todos: * Ésta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de nosotros.
V. Acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios.
Oración
Dios nuestro, que otorgaste al presbítero san Camilo de Lelis la gracia de una singular caridad hacia los enfermos, infunde en nosotros un gran amor hacia ti, para que te sirvamos en la persona de nuestros hermanos y podamos así, cuando salgamos de este mundo, presentarnos ante ti llenos de confianza. Por nuestro señor Jesucristo, tu Hijo.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
