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Orar

Martes, 20 de julio de 2027

San Apolinar, obispo y mártir

Tiempo Ordinario · Verde · Año impar (I)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Apolinar, obispo y mártir.

V. Escucha, pueblo mío, mi enseñanza. R. Inclina el oído a las palabras de mi boca.

Himno

¡Espada de dos filos

es, Señor, tu palabra!

Penetra como fuego

y divide la entraña.

¡Nada como tu voz,

es terrible tu espada!

¡Nada como tu aliento,

es dulce tu palabra!

Tenemos que vivir

encendida la lámpara,

que para virgen necia

no es posible la entrada.

No basta con gritar

sólo palabras vanas,

ni tocar a la puerta

cuando ya está cerrada.

Espada de dos filos

que me cercena el alma,

que hiere a sangre y fuego

esta carne mimada,

que mata los ardores

para encender la gracia.

Vivir de tus incendios,

luchar por tus batallas,

rumor de tus sandalias.

¡Espada de dos filos

es, Señor, tu palabra! Amén.

Salmodia

Mi grito, Señor, llegue hasta ti; no me escondas tu rostro.

Salmo 101

Dios nos consuela en todas nuestras luchas. (2Co 1, 4)

Señor, escucha mi oración,

que mi grito llegue hasta ti;

no me escondas tu rostro

el día de la desgracia.

Inclina tu oído hacia mí;

cuando te invoco, escúchame en seguida.

Que mis días se desvanecen como humo,

mis huesos queman como brasas;

mi corazón está agostado como hierba,

me olvido de comer mi pan;

con la violencia de mis quejidos,

se me pega la piel a los huesos.

Estoy como lechuza en la estepa,

como búho entre ruinas;

estoy desvelado, gimiendo,

como pájaro sin pareja en el tejado.

Mis enemigos me insultan sin descanso;

furiosos contra mí, me maldicen.

En vez de pan, como ceniza,

mezclo mi bebida con llanto,

por tu cólera y tu indignación,

porque me alzaste en vilo y me tiraste;

mis días son una sombra que se alarga,

me voy secando como la hierba.

Mi grito, Señor, llegue hasta ti; no me escondas tu rostro.

Escucha, Señor, las súplicas de los indefensos.

Salmo 101

Dios nos consuela en todas nuestras luchas. (2Co 1, 4)

Tú, en cambio, permaneces para siempre,

y tu nombre de generación en generación.

Levántate y ten misericordia de Sión,

que ya es hora y tiempo de misericordia.

Tus siervos aman sus piedras,

se compadecen de sus ruinas:

los gentiles temerán tu nombre,

los reyes del mundo, tu gloria.

Cuando el Señor reconstruya Sión,

y aparezca en su gloria,

y se vuelva a las súplicas de los indefensos,

y no desprecie sus peticiones,

quede esto escrito para la generación futura,

y el pueblo que será creado alabará al Señor:

Que el Señor ha mirado

desde su excelso santuario,

desde el cielo se ha fijado en la tierra,

para escuchar los gemidos de los cautivos

y librar a los condenados a muerte,

para anunciar en Sión el nombre del Señor,

y su alabanza en Jerusalén,

cuando se reúnan unánimes los pueblos

y los reyes para dar culto al Señor.

Escucha, Señor, las súplicas de los indefensos.

Tú, Señor, cimentaste la tierra, y el cielo es obra de tus manos.

Salmo 101

Dios nos consuela en todas nuestras luchas. (2Co 1, 4)

Él agotó mis fuerzas en el camino,

acortó mis días;

y yo dije: «Dios mío, no me arrebates

en la mitad de mis días.»

Tus años duran por todas las generaciones:

al principio cimentaste la tierra,

y el cielo es obra de tus manos.

Ellos perecerán, tú permaneces,

se gastarán como la ropa,

serán como un vestido que se muda.

Tú, en cambio, eres siempre el mismo,

tus años no se acabarán.

Los hijos de tus siervos vivirán seguros,

su linaje durará en tu presencia.

Tú, Señor, cimentaste la tierra, y el cielo es obra de tus manos.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del segundo libro de Samuel · 24, 1-4. 10-18. 24b-25

En aquellos días, se encendió de nuevo la ira del Señor contra los israelitas, e incitó a David contra ellos, diciendo:

«Anda, haz el censo de Israel y de Judá.»

El rey dijo a Joab y a los jefes del ejército que estaban con él:

«Recorre todas las tribus de Israel desde Dan hasta Berseba y, haz el censo para que yo sepa la cifra de la población.»

Joab respondió al rey:

«Que el Señor tu Dios multiplique el pueblo cien veces más de lo que es, y que los ojos de mi señor el rey lo vean. Mas ¿para qué quiere esto mi señor el rey?»

Pero prevaleció la orden del rey sobre Joab y los jefes del ejército, y salió Joab con los jefes del ejército de la presencia del rey para hacer el censo del pueblo de Israel. Después de haber hecho el censo del pueblo, le remordió a David el corazón y dijo David al Señor:

«He cometido un gran pecado. Pero ahora, Señor, perdona, te ruego, la falta de tu siervo, pues he sido muy necio.»

Cuando David se levantó por la mañana, había sido dirigida la palabra del Señor al profeta Gad, vidente de David, en estos términos:

«Anda y di a David: “Así dice el Señor: Tres cosas te propongo; elige una de ellas y la llevaré a cabo.”»

Llegó Gad a la presencia de David y le anunció:

«¿Qué quieres que te venga, tres años de gran hambre en tu país, tres meses de derrotas ante tus enemigos y que te persigan, o tres días de peste en tu tierra? Ahora piensa y mira qué debo responder al que me envía.»

David respondió a Gad:

«Estoy en grande angustia. Pero caigamos en manos del Señor que es grande en misericordia. No caiga yo en manos de los hombres.»

Y David eligió la peste. Eran los días de la recolección del trigo. Dios envió la peste a Israel desde la mañana hasta el tiempo señalado y murieron setenta mil hombres del pueblo, desde Dan hasta Berseba. El ángel extendió la mano hacia Jerusalén para destruirla, pero el Señor se arrepintió del estrago y dijo al ángel que exterminaba al pueblo:

« ¡Basta ya! Retira tu mano.»

El ángel del Señor estaba entonces junto a la era de Arauná, el yebuseo. Cuando David vio al ángel que hería al pueblo, dijo al Señor:

«Yo fui quien pequé, yo quien cometí el mal, pero estas ovejas ¿qué han hecho? Caiga, te suplico, tu mano sobre mí y sobre la casa de mi padre.»

Vino Gad aquel día hacia David y le dijo:

«Sube y levanta un altar al Señor en la era de Arauná, el yebuseo.»

Y David compró la era y los bueyes por cincuenta siclos de plata. Levantó allí David un altar al Señor y ofreció holocaustos y sacrificios de comunión. Entonces el Señor atendió a las súplicas en favor del país, y la peste se apartó de Israel.

SEGUNDA LECTURA

De los sermones de san Pedro Crisólogo, obispo

El bienaventurado Apolinar enriqueció a la Iglesia con el honor local y eximio del martirio. Hizo honor al nombre de Apolinar, porque perdió aquí su vida según el mandato de su Dios, para conquistarla en la vida eterna. Bienaventurado el que acabó su carrera y mantuvo la fe de tal manera que volvió a ser el primero de su iglesia para los que confiaban en él. Nadie crea, porque se le otorgue el título de confesor, que es inferior al mártir el que, por voluntad de Dios, piensa en el combate que se vuelve a entablar cada mañana de múltiples formas. Escucha lo que dice Pablo: «Muero cada día». Es poca cosa que muera una sola vez en el que a menudo puede ofrecer a su rey una gloriosa victoria sobre sus enemigos. Al mártir no lo hace tanto la muerte como la fe y la piedad: y como es propio del valor sucumbir en la batalla por amor al rey, así también es propio del valor perfecto combatir durante mucho tiempo. Fue mártir no porque le produjera la muerte, sino que reconoció al mártir porque no le arrancó la fe; el astuto enemigo lanzó todos los dardos que pudo y recurrió a todas sus clases de armas, pero no pudo mover la posición de aquel fortísimo jefe ni violar su constancia. Hermanos, si es necesario, es gran cosa despreciar la vida presente por el Señor, pero es hasta glorioso despreciar el mundo con la forma de vivir y pisotear a su príncipe.

Cristo corría al encuentro del mártir; el mártir corría al encuentro de su Rey. Lo hemos dichO bien: «corría», tal como dice el profeta: «Levántate para venir a mi encuentro y mira». Pero para conservar a quien la defendía luchando a favor de ella, la santa Iglesia corre apresuradamente al encuentro de Cristo para que reservase al vencedor la corona de la justicia y le procurase a ella la presencia de su combatiente en tiempo de guerra. El confesor derramaba sangre a menudo y daba testimonio de su Creador con sus heridas y con la fe de su mente. Levantando los ojos al cielo despreciaba la carne y la tierra. Pero la todavía tierna infancia de la Iglesia venció, resistió y consiguió con su deseo que el mártir fuese retardado. Hermanos, hablo de la infancia que siempre lo consigue todo, que combate más con las lágrimas que con las fuerzas. El rostro y el sudor de los fuertes no tienen el poder de las lágrimas de los niños, porque unos quebrantan los cuerpos, pero los otros quebrantan los corazones; en un caso apenas se mueven los juicios de la mente pero, en el otro, toda la piedad se abaja condescendiente.

Hermanos, ¿qué más se puede decir? La santa madre Iglesia procuró no ser separadade su obispo. Éste vive como el buen pastor que está en medio de su grey, y el que nos precedió corporalmente nunca se separó en cuanto al espíritu. Digo que nos precedió con su apariencia externa; por lo demás, la morada de su cuerpo descansa entre nosotros. El diablo desapareció; el perseguidor sucumbió; pero reina y vive el que deseó morir por su Rey.

R. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe * Pero ahora se me ha dado la corona de la justicia que en aquel día me restituirá el Señor, juez justo.
V. Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir.

Oración

Señor y Dios nuestro, dirige a tus fieles por el camino de la salvación eterna, que san Apolinar mostró con su doctrina y testimonió con su martirio, y ayúdanos, por su intercesión, a perseverar en la práctica de tus mandamientos para alcanzar la corona que él mereció. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.