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Orar

Domingo, 1 de agosto de 2027

18º domingo del Tiempo Ordinario

Tiempo Ordinario · Verde · Ciclo B

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Dichosos vuestros ojos porque ven. R. Y vuestros oídos porque oyen.

El Señor saca pan de los campos y vino para alegrar el corazón del hombre. Aleluya.

Himno

Que doblen las campanas jubilosas,

y proclamen el triunfo del amor,

y llenen nuestras almas de aleluyas,

de gozo y esperanza en el Señor.

Los sellos de la muerte han sido rotos,

la vida para siempre es libertad,

ni la muerte ni el mal son para el hombre

su destino, su última verdad.

Derrotados la muerte y el pecado,

es de Dios toda historia y su final;

esperad con confianza su venida:

no temáis, con vosotros él está.

Volverán encrespadas tempestades

para hundir vuestra fe y vuestra verdad,

es más fuerte que el mal y que su embate

el poder del Señor, que os salvará.

Aleluyas cantemos a Dios Padre,

aleluyas al Hijo salvador,

su Espíritu corone la alegría

que su amor derramó en el corazón. Amén.

Salmodia

Señor, Dios mío, te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto. Aleluya.

Salmo 103

El que es de Cristo es una creatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. (2Co 5, 17)

Bendice, alma mía, al Señor:

¡Dios mío, qué grande eres!

Te vistes de belleza y majestad,

la luz te envuelve como un manto.

Extiendes los cielos como una tienda,

construyes tu morada sobre las aguas;

las nubes te sirven de carroza,

avanzas en las alas del viento;

los vientos te sirven de mensajeros;

el fuego llameante, de ministro.

Asentaste la tierra sobre sus cimientos,

y no vacilará jamás;

la cubriste con el manto del océano,

y las aguas se posaron sobre las montañas;

pero a tu bramido huyeron,

al fragor de tu trueno se precipitaron,

mientras subían los montes y bajaban los valles:

cada cual al puesto asignado.

Trazaste una frontera que no traspasarán,

y no volverán a cubrir la tierra.

De los manantiales sacas los ríos,

para que fluyan entre los montes;

en ellos beben las fieras de los campos,

el asno salvaje apaga su sed;

junto a ellos habitan las aves del cielo,

y entre las frondas se oye su canto.

Señor, Dios mío, te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto. Aleluya.

El Señor saca pan de los campos y alegrar el corazón del hombre. Aleluya.

Salmo 103

El que es de Cristo es una creatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. (2Co 5, 17)

Desde tu morada riegas los montes,

y la tierra se sacia de tu acción fecunda;

haces brotar hierba para los ganados,

y forraje para los que sirven al hombre.

Él saca pan de los campos,

y vino que le alegra el corazón;

y aceite que da brillo a su rostro,

y alimento que le da fuerzas.

Se llenan de savia los árboles del Señor,

los cedros del Líbano que él plantó:

allí anidan los pájaros,

en su cima pone casa la cigüeña.

Los riscos son para las cabras,

las peñas son madriguera de erizos.

Hiciste la luna con sus fases,

el sol conoce su ocaso.

Pones las tinieblas y viene la noche

y rondan las fieras de la selva;

los cachorros rugen por la presa,

reclamando a Dios su comida.

Cuando brilla el sol, se retiran,

y se tumban en sus guaridas;

el hombre sale a sus faenas,

a su labranza hasta el atardecer.

El Señor saca pan de los campos y alegrar el corazón del hombre. Aleluya.

Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno. Aleluya.

Salmo 103

El que es de Cristo es una creatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. (2Co 5, 17)

¡Cuántas son tus obras, Señor,

y todas las hiciste con sabiduría!;

la tierra está llena de tus creaturas.

Ahí está el mar: ancho y dilatado,

en él bullen, sin número,

animales pequeños y grandes;

lo surcan las naves, y el Leviatán

que modelaste para que retoce.

Todos ellos aguardan

a que les eches comida a su tiempo:

se la echas, y la atrapan;

abres tu mano, y se sacian de bienes;

escondes tu rostro, y se espantan;

les retiras el aliento, y expiran

y vuelven a ser polvo;

envías tu aliento, y los creas,

y repueblas la faz de la tierra.

Gloria a Dios para siempre,

goce el Señor con sus obras.

Cuando él mira la tierra, ella tiembla;

cuando toca los montes, humean.

Cantaré al Señor mientras viva,

tocaré para mi Dios mientras exista:

que le sea agradable mi poema,

y yo me alegraré con el Señor.

Que se acaben los pecadores en la tierra,

que los malvados no existan más.

¡Bendice, alma mía, al Señor!

Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno. Aleluya.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del primer libro de los Reyes · 19, 1-9a. 11-21

En aquellos días, Ajab refirió a Jezabel cuanto había hecho Elías y cómo había pasado a cuchillo a todos los profetas. Envió Jezabel un mensajero a Elías, diciendo:

«Que los dioses me hagan esto y me añadan esto otro, si mañana a estas horas no te he puesto a ti como a uno de ellos.»

Él tuvo miedo, se levantó y se fue para salvar su vida. Llegó a Berseba de Judá y dejó allí a su criado. Él caminó por el desierto una jornada de camino, y fue a sentarse bajo una retama. Se deseó la muerte y dijo:

¡Basta ya, Señor! ¡Toma mi vida, porque no soy mejor que mis padres!»

Se acostó y se durmió bajo una retama, pero un ángel lo tocó y le dijo:

«Levántate y come.»

Miró y vio a su cabecera una torta cocida sobre piedras calientes y un jarro de agua. Comió y bebió y se volvió a acostar. Volvió por segunda vez el ángel del Señor, lo tocó y le dijo:

«Levántate y come, porque el camino que te queda por andar es demasiado largo.»

Se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb. Allí entró en una cueva, y pasó en ella la noche. Le fue dirigida la palabra del Señor, que le dijo:

«Sal y ponte en el monte ante el Señor.»

Y he aquí que el Señor pasaba. Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebrantaba las rocas ante el Señor; pero no estaba el Señor en el huracán. Después del huracán, sobrevino un temblor de tierra; pero no estaba el Señor en el terremoto. Después del temblor, vino fuego; pero no estaba el Señor en el fuego. Después del fuego, se percibió un murmullo ligero de una suave brisa. Al oírlo Elías cubrió su rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva. Le fue dirigida una voz que le dijo:

«¿Qué haces aquí, Elías?»

Él respondió:

«Ardo en celo por el Señor, Dios de los ejércitos, porque los hijos de Israel te han abandonado, han derribado tus altares y han pasado a espada a tus profetas; quedo yo solo y buscan mi vida para quitármela.»

El Señor le dijo:

«Anda, vuelve por tu camino hacia el desierto de Damasco. Vete y unge a Jazael como rey de Aram. Ungirás a Jehú, hijo de Nimsí, como rey de Israel, y a Eliseo, hijo de Safat, de Abel-Mejolá, lo ungirás como profeta en tu lugar. Al que escape a la espada de Jazael lo hará morir Jehú, y al que escape a la espada de Jehú lo hará morir Elíseo. Pero me reservaré siete mil en Israel; todas las rodillas que no se doblaron ante Baal, y todas las bocas que no lo besaron.»

Partió Elías de allí y encontró a Eliseo, hijo de Safat, que estaba arando. Había delante de él doce yuntas y él estaba con la duodécima. Pasó Elías jui to a él y le echó su manto encima. Eliseo abandonó los bueyes, corrió tras de Elías y le dijo:

«Déjame ir a besar a mi padre y a mi madre y te seguiré.»

Le respondió:

«Anda, vuélvete, pero mira lo que he hecho contigo.»

Volvió atrás Eliseo, tomó el par de bueyes y los sacrificó, asó su carne con el yugo de los bueyes y la repartió a sus gentes, que comieron. Después se levantó, se fue tras de Elías y entró a su servicio.

SEGUNDA LECTURA

De las obras de san Alfonso María de Ligorio, obispo

Toda la santidad y la perfección del alma consiste en el amor a Jesucristo; nuestro Dios, nuestro sumo bien y nuestro redentor. La caridad es la que da unidad y consistencia a todas las virtudes que hacen al hombre perfecto.

¿Por ventura Dios no merece todo nuestro amor? Él nos ha amado desde toda la eternidad. «Considera, oh hombre —así nos habla—, que yo he sido el primero en amarte. Aún no habías nacido, ni siquiera existía el mundo, y yo ya te amaba. Desde que existo, yo te amo.»

Dios, sabiendo que al hombre se lo gana con beneficios, quiso llenarlo de dones para que se sintiera obligado a amarlo: «Quiero atraer a los hombres a mi amor con los mismos lazos con que habitualmente se dejan seducir: con los vínculos del amor.» Y éste es el motivo de todos los dones que concedió al hombre. Además de haberle dado un alma dotada, a imagen suya, de memoria, entendimiento y voluntad; y un cuerpo con sus sentidos, no contento con esto, creó, en beneficio suyo, el cielo y la tierra y tanta abundancia de cosas, y todo ello por amor al hombre, para que todas aquellas criaturas estuvieran al servicio del hombre, y así el hombre lo amara a él en atención a tantos beneficios.

Y no sólo quiso darnos aquellas criaturas, con toda su hermosura, sino que además, con el objeto de conquistarse nuestro amor, llegó al extremo de darse a sí mismo por entero a nosotros. El Padre eterno llegó a darnos a su Hijo único. Viendo que todos nosotros estábamos muertos por el pecado y privados de su gracia, ¿qué es lo que hizo? Llevado por su amor inmenso, mejor aún, excesivo, como dice el Apóstol, nos envió a su Hijo amado para satisfacer por nuestros pecados y para restituirnos a la vida, que habíamos perdido por el pecado.

Dándonos al Hijo, al que no perdonó, para perdonarnos a nosotros, nos dio con él todo bien: la gracia, la caridad y el paraíso, ya que todas estas cosas son ciertamente menos que el Hijo: El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?

R. El Señor satisface los deseos de sus fieles, escucha sus gritos, y los salva. * El Señor guarda a los que lo aman.
V. Quien ha nacido de Dios no comete pecado, porque su germen permanece en él.

TE DEUM

Señor, Dios eterno, alegres te cantamos,

a ti nuestra alabanza,

a ti, Padre del cielo, te aclama la creación.

Postrados ante ti, los ángeles te adoran

y cantan sin cesar:

Santo, santo, santo es el Señor,

Dios del universo;

llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles,

la multitud de los profetas te enaltece,

y el ejército glorioso de los mártires te aclama.

A ti la Iglesia santa,

por todos los confines extendida,

con júbilo te adora y canta tu grandeza:

Padre, infinitamente santo,

Hijo eterno, unigénito de Dios,

Santo Espíritu de amor y de consuelo.

Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria,

tú el Hijo y Palabra del Padre,

tú el Rey de toda la creación.

Tú, para salvar al hombre,

tomaste la condición de esclavo

en el seno de una virgen.

Tú destruiste la muerte

y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.

Tú vives ahora,

inmortal y glorioso, en el reino del Padre.

Tú vendrás algún día,

como juez universal.

Muéstrate, pues, amigo y defensor

de los hombres que salvaste.

Y recíbelos por siempre allá en tu reino,

con tus santos y elegidos.

La parte que sigue puede omitirse, si se cree oportuno.

Salva a tu pueblo, Señor,

y bendice a tu heredad.

Sé su pastor,

y guíalos por siempre.

Día tras día te bendeciremos

y alabaremos tu nombre por siempre jamás.

Dígnate, Señor,

guardarnos de pecado en este día.

Ten piedad de nosotros, Señor,

ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,

como lo esperamos de ti.

A ti, Señor, me acojo,

no quede yo nunca defraudado.

Oración

Dios nuestro, que propones constantemente a tu Iglesia nuevos modelos de vida cristiana, apropiados a todas las circunstancias en que puedan vivir tus hijos, concédenos imitar el celo apostólico que desplegó el santo obispo Alfonso María de Ligorio por la salvación de sus hermanos, para que, como él, lleguemos también a recibir el premio reservado a tus servidores fieles. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.