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Orar

Lunes, 2 de agosto de 2027

San Eusebio de Vercelli, obispo

Tiempo Ordinario · Verde · Año impar (I)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Eusebio de Vercelli, obispo.

V. Enséñame, Señor, a caminar con lealtad. R. Porque tú eres mi Dios y Salvador.

Himno

En el principio, tu Palabra.

Antes que el sol ardiera,

antes del mar y las montañas,

antes de las constelaciones,

nos amó tu Palabra.

Desde tu seno, Padre,

era sonrisa su mirada,

era ternura su sonrisa,

era calor de brasa.

En el principio, tu Palabra.

Todo se hizo de nuevo,

todo salió sin mancha,

desde el arrullo del río

hasta el rocío y la escarcha;

nuevo el canto de los pájaros,

porque habló tu Palabra.

Y nos sigues hablando todo el día,

aunque matemos la mañana

y desperdiciemos la tarde,

y asesinemos la alborada.

Como una espada de fuego,

en el principio, tu Palabra.

Llénanos de tu presencia, Padre;

Espíritu, satúranos de tu fragancia;

danos palabras para responderte,

Hijo, eterna Palabra. Amén.

Salmodia

Inclina, Señor, tu oído hacia mí; ven a librarme.

Salmo 30 · 30, 2-17. 20-25

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. (Lc 23, 46)

A ti, Señor, me acojo:

no quede yo nunca defraudado;

tú, que eres justo, ponme a salvo,

inclina tu oído hacia mí;

ven aprisa a librarme,

sé la roca de mi refugio,

un baluarte donde me salve,

tú que eres mi roca y mi baluarte;

por tu nombre dirígeme y guíame:

sácame de la red que me han tendido,

porque tú eres mi amparo.

En tus manos encomiendo mi espíritu:

tú, el Dios leal, me librarás;

tú aborreces a los que veneran ídolos inertes,

pero yo confío en el Señor;

tu misericordia sea mi gozo y mi alegría.

Te has fijado en mi aflicción,

velas por mi vida en peligro;

no me has entregado en manos del enemigo,

has puesto mis pies en un camino ancho.

Inclina, Señor, tu oído hacia mí; ven a librarme.

Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo.

Salmo 30 · 30, 2-17. 20-25

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. (Lc 23, 46)

Piedad, Señor, que estoy en peligro:

se consumen de dolor mis ojos,

mi garganta y mis entrañas.

Mi vida se gasta en el dolor;

mis años, en los gemidos;

mi vigor decae con las penas,

mis huesos se consumen.

Soy la burla de todos mis enemigos,

la irrisión de mis vecinos,

el espanto de mis conocidos:

me ven por la calle y escapan de mí.

Me han olvidado como a un muerto,

me han desechado como a un cacharro inútil.

Oigo las burlas de la gente,

y todo me da miedo;

se conjuran contra mí

y traman quitarme la vida.

Pero yo confío en ti, Señor,

te digo: «Tú eres mi Dios.»

En tu mano está mi destino:

líbrame de los enemigos que me persiguen;

haz brillar tu rostro sobre tu siervo,

sálvame por tu misericordia.

Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo.

Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí prodigios de misericordia.

Salmo 30 · 30, 2-17. 20-25

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. (Lc 23, 46)

¡Qué bondad tan grande, Señor,

reservas para tus fieles,

y concedes a los que a ti se acogen

a la vista de todos!

En el asilo de tu presencia los escondes

de las conjuras humanas;

los ocultas en tu tabernáculo,

frente a las lenguas pendencieras.

Bendito el Señor, que ha hecho por mí

prodigios de misericordia

en la ciudad amurallada.

Yo decía en mi ansiedad:

«Me has arrojado de tu vista»;

pero tú escuchaste mi voz suplicante

cuando yo te gritaba.

Amad al Señor, fieles suyos;

el Señor guarda a sus leales,

y a los soberbios les paga con creces.

Sed fuertes y valientes de corazón

los que esperáis en el Señor.

Bendito sea el Señor, que ha hecho por mí prodigios de misericordia.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del primer libro de los Reyes · 21, 1-21. 27-29

En aquel tiempo, Nabot de Yizreel tenía una viña junto al palacio de Ajab, rey de Samaria, y Ajab habló a Nabot, diciendo:

«Dame tu viña para que me sirva de huerto para hortalizas, ya que está contigua a mi casa, y yo te daré por ella una viña mejor que ésta, o si parece bien a tus ojos te daré su precio en dinero.»

Respondió Nabot a Ajab:

«Líbreme el Señor de darte la herencia de mis padres.»

Se fue Ajab a su casa triste e irritado por la palabra que le dijo Nabot de Yizreel:

«No te daré la heredad de mis padres.»

Se acostó en su lecho, volvió su rostro y no quiso comer. Vino hacia él su mujer, Jezabel, y le habló:

¿Porqué está triste tu espíritu y por qué no quieres comer?»

El le respondió:

«Porque he hablado con Nabot de Yizreel y le he dicho: “Dame tu viña por dinero o, si lo prefieres, te daré una viña a cambio”, y me dijo: “No te daré mi viña.”»

Su mujer, Jezabel, le dijo:

«¿Y eres tú el que ejerces la realeza en Israel? Levántate, come y alégrate. Yo te daré la viña de Nabot de Yizreel.»

Entonces ella escribió cartas en nombre de Ajab y las selló con su sello, y envió las cartas a los ancianos y notables que vivían junto a Nabot. En las cartas había escrito:

«Proclamad un ayuno y haced sentar a Nabot a la cabeza del pueblo. Haced que se sienten frente a él dos malvados que lo acusarán diciendo: “Has maldecido a Dios y al rey”, y lo sacaréis y lo apedrearéis para que muera.»

Los hombres de la ciudad, los ancianos y notables que vivían junto a Nabot en su ciudad, hicieron lo que Jezabel les había mandado, de acuerdo con lo escrito en las cartas que les había remitido. Proclamaron un ayuno e hicieron sentar a Nabot a la cabeza del pueblo. Llegaron los dos malvados, se sentaron frente a él y lo acusaron delante del pueblo, diciendo:

«Nabot ha maldecido a Dios y al rey.»

Lo sacaron fuera de la ciudad, lo apedrearon y murió. En seguida enviaron a decir a Jezabel:

«Nabot ha sido apedreado y ha muerto.»

Cuando Jezabel oyó que Nabot había sido apedreado y muerto, dijo a Ajab:

«Levántate, toma posesión de la viña de Nabot, el de Yizreel, el que se negó a dártela por dinero, pues Nabot ya no vive, ha muerto.»

Apenas oyó Ajab que Nabot había muerto, se levantó y bajó a la viña de Nabot, el de Yizreel, para tomar posesión de ella. Entonces fue dirigida la palabra del Señor a Elías tesbita, de esta manera:

«Levántate, baja al encuentro de Ajab, rey de Israel, que está en Samaria. Está en la viña de Nabot, a donde ha bajado para apropiársela. Le hablarás de esta manera: “Así habla el Señor: Has asesinado ¿y además usurpas?” Luego le dirás: “Por esto, así habla el Señor: En el mismo lugar en que los perros han lamido la sangre de Nabot, lamerán también los perros tu propia sangre.”»

Ajab dijo a Elías:

«Has vuelto a encontrarme, enemigo mío.» Respondió:

«Te he vuelto a encontrar porque te has vendido para hacer el mal a los ojos del Señor. Yo mismo voy a traer el mal sobre ti y voy a barrer tu posteridad y a exterminar todo varón de los de Ajab, libre o esclavo, en Israel.»

Cuando Ajab oyó estas palabras desgarró sus vestidos y se puso un saco sobre su carne, ayunó y se acostaba con el cilicio puesto; y caminaba abatido. Entonces fue dirigida la palabra del Señor a Elías tesbita, diciéndole:

«¿Has visto cómo Ajab se ha humillado en mi presencia? Por haberse humillado en mi presencia, no traeré el mal en vida suya; en vida de su hijo traeré el mal sobre su casa.»

SEGUNDA LECTURA

De las cartas de san Eusebio de Vercelli, obispo

He tenido noticias de vosotros, hermanos muy amados, y he sabido que estáis bien, como era mi deseo, y he tenido de pronto la sensación de que, atravesando la gran distancia que nos separa, me encontraba entre vosotros, igual como sucedió con Habacuc, que fue llevado por un ángel a la presencia de Daniel. Al recibir cada una de vuestras cartas y al leer en ellas vuestras santas disposiciones de ánimo y vuestro amor, las lágrimas se mezclaban con mi gozo y refrenaban mi avidez de leer; y era necesaria esta alternancia de sentimientos, ya que, en su mutuo afán de adelantarse el uno al otro, contribuían a una más plena manifestación de la intensidad de mi amor. Así, ocupado un día tras otro en esta lectura, me imaginaba que estaba hablando con vosotros y me olvidaba de los sufrimientos pasados; así, me sentía inundado de gozo al considerar vuestra fe, vuestro amor y los frutos que de ellos se derivan, a tal punto que, al sentirme tan feliz, era como si de repente no me hallara en el destierro, sino entre vosotros.

Por tanto, hermanos muy amados, me alegro de vuestra fe, me alegro de la salvación, que es consecuencia de esta fe, me alegro del fruto que producís, el cual redunda en provecho no sólo de los que están entre vosotros, sino también de los que viven lejos; y, así como el agricultor se dedica al cultivo del árbol que da fruto y que, por lo tanto, no está destinado a ser talado y echado al fuego, así también yo quiero y deseo emplearme, en cuerpo y alma, en vuestro servicio, con miras a vuestra salvación.

Por lo demás, esta carta he tenido que escribirla a duras penas y como he podido, rogando continuamente a Dios que sujetase por un tiempo a mis guardianes y me hiciese la merced de un diácono que, más que llevaros noticias de mis sufrimientos, os transmitiese mi carta de saludo, tal cual la he escrito. Por todo ello, os ruego encarecidamente que pongáis todo vuestro empeño en mantener la integridad de la fe, en guardar la concordia, en dedicaros a la oración, en acordaros constantemente de mí, para que el Señor se digne dar la libertad a su Iglesia, que en todo el mundo trabaja esforzadamente; y para que yo, que ahora estoy postergado, pueda, una vez liberado, alegrarme con vosotros.

También pido y os ruego, por la misericordia de Dios, que cada uno de vosotros quiera ver en esta carta un saludo personal, ya que las circunstancias me impiden escribiros a cada uno personalmente como solía; por ello, en esta carta, me dirijo a todos vosotros, hermanos y santas hermanas, hijos e hijas, de cualquier sexo y edad, rogándoos que os conforméis con este saludo y que me hagáis el favor de transmitirlo también a los que, aun estando ausentes, se dignan favorecerme con su afecto.

R. Estén ceñidos vuestros lomos, y encendidas vuestras lámparas; * así seréis como los siervos que están esperando a su amo de regreso de las bodas.
V. Velad, porque no sabéis cuándo vendrá vuestro Señor.

Oración

Concédenos, Señor, imitar la firmeza con que el obispo san Eusebio proclamó siempre la divinidad de Jesucristo, para que, manteniéndonos firmes en la fe que él enseñó, merezcamos participar de la misma vida de tu Hijo. Que vive y reina contigo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.