OFICIO DE LECTURA
Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.
Hoy la memoria es libre
Puede rezarse el oficio de la feria o el de Dedicación de la Basílica de Santa María Mayor.
V. Señor, ¿a quién vamos a ir? R. Tú tienes palabras de vida eterna.
Himno
Señor, ¿a quién iremos,
si tú eres la Palabra?
A la voz de tu aliento
se estremeció la nada:
la hermosura brilló
y amaneció la gracia.
Señor, ¿a quién iremos,
si tu voz no nos habla?
Nos hablas en las voces
de tu voz semejanza:
en los goces pequeños
y en las angustias largas.
Señor, ¿a quién iremos,
si tú eres la Palabra?
En los silencios íntimos
donde se siente el alma,
tu clara voz creadora
despierta la nostalgia.
¿A quién iremos, Verbo,
entre tantas palabras?
Al golpe de la vida,
perdemos la esperanza;
hemos roto el camino
y el roce de tu planta.
¿A dónde iremos, dinos,
Señor, si no nos hablas?
¡Verbo del Padre, Verbo
de todas las mañanas,
de las tardes serenas,
de las noches cansadas!
¿A dónde iremos, Verbo,
si tú eres la Palabra? Amén.
Salmodia
Nos diste, Señor, la victoria sobre el enemigo; por eso damos gracias a tu nombre.
Salmo 43
En todo vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. (Rm 8, 37)
¡Oh Dios!, nuestros oídos lo oyeron,
nuestros padres nos lo han contado:
la obra que realizaste en sus días,
en los años remotos.
Tú mismo, con tu mano, desposeíste a los gentiles
y los plantaste a ellos;
trituraste a las naciones,
y los hiciste crecer a ellos.
Porque no fue su espada la que ocupó la tierra,
ni su brazo el que les dio la victoria;
sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro,
porque tú los amabas.
Mi rey y mi Dios eres tú,
que das la victoria a Jacob:
con tu auxilio embestimos al enemigo,
en tu nombre pisoteamos al agresor.
Pues yo no confío en mi arco,
ni mi espada me da la victoria;
tú nos das la victoria sobre el enemigo
y derrotas a nuestros adversarios.
Dios ha sido siempre nuestro orgullo,
y siempre damos gracias a tu nombre.
Nos diste, Señor, la victoria sobre el enemigo; por eso damos gracias a tu nombre.
Perdónanos, Señor, y no entregues tu heredad al oprobio.
Salmo 43
En todo vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. (Rm 8, 37)
Ahora, en cambio,
nos rechazas y nos avergüenzas,
y ya no sales, Señor, con nuestras tropas:
nos haces retroceder ante el enemigo,
y nuestro adversario nos saquea.
Nos entregas como ovejas a la matanza
y nos has dispersado por las naciones;
vendes a tu pueblo por nada,
no lo tasas muy alto.
Nos haces el escarnio de nuestros vecinos,
irrisión y burla de los que nos rodean;
nos has hecho el refrán de los gentiles,
nos hacen muecas las naciones.
Tengo siempre delante mi deshonra,
y la vergüenza me cubre la cara
al oír insultos e injurias,
al ver a mi rival y a mi enemigo.
Perdónanos, Señor, y no entregues tu heredad al oprobio.
Levántate, Señor, y redímenos por tu misericordia.
Salmo 43
En todo vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. (Rm 8, 37)
Todo esto nos viene encima,
sin haberte olvidado
ni haber violado tu alianza,
sin que se volviera atrás nuestro corazón
ni se desviaran de tu camino nuestros pasos;
y tú nos arrojaste a un lugar de chacales
y nos cubriste de tinieblas.
Si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios
y extendido las manos a un dios extraño,
el Señor lo habría averiguado,
pues él penetra los secretos del corazón.
Por tu causa nos degüellan cada día,
nos tratan como a ovejas de matanza.
Despierta, Señor, ¿por qué duermes?
Levántate, no nos rechaces más.
¿Por qué nos escondes tu rostro
y olvidas nuestra desgracia y opresión?
Nuestro aliento se hunde en el polvo,
nuestro vientre está pegado al suelo.
Levántate a socorrernos,
redímenos por tu misericordia.
Levántate, Señor, y redímenos por tu misericordia.
PRIMERA LECTURA (Año I)
Del segundo libro de los Reyes · 2, 1-15
Esto pasó cuando el Señor arrebató a Elías en el torbellino al cielo. Elías y Eliseo partieron de Guilgal.
Dijo Elías a Eliseo:
«Quédate aquí, porque el Señor me envía a Betel.» Eliseo dijo:
«Vive el Señor y vive tu alma que no te dejaré.»
Y bajaron a Betel. Salió la comunidad de los profetas que había en Betel al encuentro de Elíseo y le dijeron: «¿No sabes que el Señor arrebatará a tu señor por encima de tu cabeza?»
Respondió:
«También yo lo sé. ¡Callad!» Elías dijo a Elíseo:
«Quédate aquí, porque el Señor me envía a Jericó.» Pero él respondió:
«Vive el Señor y vive tu alma que no te dejaré.»
Y siguieron hacia Jericó. Se acercó a Elíseo la comunidad de los profetas que había en Jericó y le dijeron: «¿No sabes que el Señor arrebatará hoy a tu señor por encima de tu cabeza?»
Respondió:
«También yo lo sé. ¡Callad!» Le dijo Elías:
«Quédate aquí, porque el Señor me envía al Jordán.» Respondió:
«Vive el Señor y vive tu alma que no te dejaré.»
Y fueron los dos. Cincuenta hombres de la comunidad de los profetas vinieron y se quedaron enfrente, a cierta distancia; ellos dos se detuvieron junto al Jordán. Tomó Elías su manto, lo enrolló y golpeó las aguas, que se dividieron de un lado y de otro, y pasaron ambos a pie enjuto. Cuando hubieron pasado, dijo Elías a Elíseo:
«Pídeme lo que quieras que haga por ti antes de ser arrebatado de tu lado.»
Dijo Elíseo:
«Que tenga doble porción de tu espíritu.» Respondió Elías:
«Pides una cosa difícil; si alcanzas a verme cuando sea llevado de tu lado, lo tendrás; si no, no 'o tendrás.»
Iban caminando mientras hablaban, cuando un carro de fuego con caballos de fuego se interpu:;o entre ellos; y Elías subió al cielo en un torbellino. Eliseo lo veía y clamaba:
«¡Padre mío, padre mío! ¡Carro y caballos de Israel! ¡Auriga suyo!»
Y no lo vio más. Asió sus vestidos y los desgarró en dos. Recogió el manto que se le había caído a Elías y se volvió, parándose en la orilla del Jordán. Tomó el manto de Elías y golpeó las aguas, diciendo:
«¿Dónde está el Señor, el Dios de Elías?»
Golpeó las aguas, que se dividieron de un lado y de otro, y pasó Eliseo. Habiéndole visto, la comunidad de los profetas que estaban enfrente, dijeron:
«El espíritu de Elías reposa sobre Eliseo.»
Fueron a su encuentro y se postraron ante él en tierra.
SEGUNDA LECTURA
De la homilía de san Cirilo de Alejandría, obispo, pronunciada en el Concilio de Éfeso
Tengo ante mis ojos la asamblea de los santos padres que, llenos de gozo y fervor, han acudido aquí, respondiendo con prontitud a la invitación de la santa Madre de Dios, la siempre Virgen María. Este espectáculo ha trocado en gozo la gran tristeza que antes me oprimía. Vemos realizadas en esta reunión aquellas hermosas palabras de David, el salmista: Ved qué dulzura, qué delicia; convivir los hermanos unidos.
Te saludamos, santa y misteriosa Trinidad, que nos has convocado a todos nosotros en esta iglesia de santa María, Madre de Dios.
Te saludamos, María, Madre de Dios, tesoro digno de ser venerado por todo el orbe, lámpara inextinguible, corona de la virginidad, trono de la recta doctrina, templo indestructible, lugar propio de aquel que no puede ser contenido en lugar alguno, madre y virgen, por quien es llamado bendito, en los santos evangelios, el que viene en nombre del Señor.
Te saludamos, a ti, que encerraste en tu seno virginal a aquel que es inmenso e inabarcable; a ti, por quien la santa Trinidad es adorada y glorificada; por quien la cruz preciosa es celebrada y adorada en todo el orbe; por quien exulta el cielo; por quien se alegran los ángeles y arcángeles; por quien son puestos en fuga los demonios; por quien el diablo tentador cayó del cielo; por quien la criatura, caída en el pecado, es elevada al cielo; por quien la creación, sujeta a la insensatez de la idolatría, llega al conocimiento de la verdad; por quien los creyentes obtienen la gracia del bautismo y el aceite de la alegría; por quien han sido fundamentadas las Iglesias en el orbe de la tierra; por quien todos los hombres son llamados a la conversión.
Y ¿qué más diré? Por ti, el Hijo unigénito de Dios ha iluminado a los que vivían en tinieblas y en sombra de muerte; por ti, los profetas anunciaron las cosas futuras; por ti, los apóstoles predicaron la salvación a los gentiles; por ti, los muertos resucitan; por ti, reinan los reyes, por la santísima Trinidad.
¿Quién habrá que sea capaz de cantar como es debido las alabanzas de María? Ella es madre y virgen a la vez; ¡qué cosa tan admirable! Es una maravilla que me llena de estupor. ¿Quién ha oído jamás decir que le esté prohibido al constructor habitar en el mismo templo que él ha construido? ¿Quién podrá tachar de ignominia el hecho de que la sirviente sea adoptada como madre?
Mirad: hoy todo el mundo se alegra; quiera Dios que todos nosotros reverenciemos y adoremos la unidad, que rindamos un culto impregnado de santo temor a la Trinidad indivisa, al celebrar, con nuestras alabanzas, a María siempre Virgen, el templo santo de Dios, y a su Hijo y esposo inmaculado: porque a él pertenece la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
R. Felicitadme, todos los que amáis al Señor; porque, siendo pequeña, agradé al Altísimo, * y de mis entrañas engendré al Dios-Hombre.
V. Me felicitarán todas las generaciones, porque Dios puso sus ojos en su humilde esclava.
Oración
Perdona, Señor, las culpas de tus fieles y haz que quienes no logramos agradarte con nuestros actos seamos salvados por la intercesión de la Madre de tu Hijo. Que vive y reina contigo.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
