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Orar

Jueves, 12 de agosto de 2027

Santa Juana Francisca de Chantal, religiosa

Tiempo Ordinario · Verde · Año impar (I)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de Santa Juana Francisca de Chantal, religiosa.

V. En ti, Señor, está la fuente viva. R. Y tu luz nos hace ver la luz.

Himno

Con gozo el corazón cante la vida,

presencia y maravilla del Señor,

de luz y de color bella armonía,

sinfónica cadencia de su amor.

Palabra esplendorosa de su Verbo,

cascada luminosa de verdad,

que fluye en todo ser que en él fue hecho

imagen de su ser y de su amor.

La fe cante al Señor, y su alabanza,

palabra mensajera del amor,

responda con ternura a su llamada

en himno agradecido a su gran don.

Dejemos que su amor nos llene el alma

en íntimo diálogo con Dios,

en puras claridades cara a cara,

bañadas por los rayos de su sol.

Al Padre subirá nuestra alabanza

por Cristo, nuestro vivo intercesor,

en alas de su Espíritu que inflama

en todo corazón su gran amor. Amén.

Salmodia

Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.

Salmo 88 · 88, 39-53

Nos ha suscitado una fuerza de salvación en la casa de David. (Lc 1, 69)

Tú, encolerizado con tu Ungido,

lo has rechazado y desechado;

has roto la alianza con tu siervo

y has profanado hasta el suelo su corona;

has derribado sus murallas

v derrocado sus fortalezas;

todo viandante lo saquea,

y es la burla de sus vecinos;

has sostenido la diestra de sus enemigos

y has dado el triunfo a sus adversarios;

pero a él le has embotado la espada

y no lo has confortado en la pelea;

has quebrado su cetro glorioso

y has derribado su trono;

has acortado los días de su juventud

y lo has cubierto de ignominia.

Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.

Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre.

Salmo 89

Para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. (2Pe 3, 8)

Señor, tú has sido nuestro refugio

de generación en generación.

Antes que naciesen los montes

o fuera engendrado el orbe de la tierra,

desde siempre y por siempre tú eres Dios.

Tú reduces el hombre a polvo,

diciendo: «Retornad, hijos de Adán.»

Mil años en tu presencia

son un ayer, que pasó;

una vigilia nocturna.

Los siembras año por año,

como hierba que se renueva:

que florece y se renueva por la mañana,

y por la tarde la siegan y se seca.

¡Cómo nos ha consumido tu cólera

y nos ha trastornado tu indignación!

Pusiste nuestras culpas ante ti,

nuestros secretos ante la luz de tu mirada:

y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera,

y nuestros años se acabaron como un suspiro.

Aunque uno viva setenta años,

y el más robusto hasta ochenta,

la mayor parte son fatiga inútil,

porque pasan aprisa y vuelan.

¿Quién conoce la vehemencia de tu ira,

quién ha sentido el peso de tu cólera?

Enséñanos a calcular nuestros años,

para que adquiramos un corazón sensato.

Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?

Ten compasión de tus siervos;

por la mañana sácianos de tu misericordia,

y toda nuestra vida será alegría y júbilo.

Danos alegría, por los días en que nos afligiste,

por los años en que sufrimos desdichas.

Que tus siervos vean tu acción,

y sus hijos tu gloria.

Baje a nosotros la bondad del Señor

y haga prósperas las obras de nuestras manos.

Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del segundo libro de los Reyes · 9, 1-16. 21b-27

En aquellos días, el profeta Elíseo llamó a uno de la comunidad de profetas y le ordenó:

«Átate el cinturón, coge en la mano esta aceitera y vete a Ramot de Galaad. Cuando llegues, busca a Jehú, hijo de Josafat, hijo de Nimsí; entras, lo haces salir de entre sus camaradas y lo llevas a una habitación aparte. Coge la aceitera y derrámasela sobre la cabeza diciendo: “Así dice el Señor: te unjo rey de Israel.” Luego, abres la puerta y escapas sin más.»

El joven profeta marchó a Ramot de Galaad. Al llegar, encontró a los generales del ejército reunidos, y dijo:

«Te traigo un mensaje, mi general.»

Jehú preguntó:

«¿Para quién de nosotros?»

Respondió:

«Para ti, mi general.»

Jehú se levantó y entró en la casa. El profeta le derramó el aceite sobre la cabeza y le dijo:

«Así dice el Señor, Dios de Israel: “Te unjo rey de Israel, el pueblo del Señor. Derrotarás a la dinastía de Ajab, tu señor; en Jezabel, vengaré la sangre de mis siervos los profetas, la sangre de los siervos del Señor; perecerá toda la casa de Ajab; extirparé de Israel a todos los hombres de Ajab, a todos los hombres, esclavos o libres. Trataré a la casa de Ajab como a la de Jeroboam, hijo de Nabat, y como a la de Basá, hijo de Ajías. Y a Jezabel la comerán los perros en el campo de Yizreel, y nadie le dará sepultura.”»

Luego, abrió la puerta y escapó. Jehú salió a reunirse con los oficiales de su señor. Le preguntaron:

«¿Buenas noticias? ¿A qué ha venido a verte ese loco?» Les respondió:

«Ya conocéis a ese hombre y lo que anda hablando entre dientes.»

Le dijeron:

«¡Cuentos! Explícate.»

Jehú, entonces, les dijo:

«Me ha dicho a la letra: “Así dice el Señor: Te unjo rey de Israel.”»

Inmediatamente, cogió cada uno su manto y lo echó a los pies de Jehú sobre los escalones. Tocaron la trompa y aclamaron:

«¡Jehú es rey!»

Entonces, Jehú, hijo de Josafat, hijo de Nimsí, organizó una conspiración contra Jorán, de esta manera: Jorán estaba con todo el ejército israelita, defendiendo Ranot de Galaad contra Jazael, rey de Siria, pero se había, vuelto a Yizreel, para curarse las heridas recibidas de los sirios en la guerra contra Jazael de Siria. Jehú dijo:

«Si os parece bien, que no salga nadie de la ciudad a llevar la noticia a Yizreel.»

Montó y marchó a Yizreel, donde estaba Jorán en cama. Ocozías de Judá había ido a hacerle una visita. Jorán de Israel y Ocozías de Judá salieron, cada uno en su carro, al encuentro de Jehú. Lo alcanzaron junto a la heredad de Nabot, el de Yizreel. Jorán, al ver a Jehú, preguntó:

«¿Buenas noticias, Jehú?»

Jehú respondió:

«¿Cómo va a haber buenas noticias mientras Jezabel,

tu madre, siga con sus ídolos y brujerías?»

Jorán volvió grupas para escapar, diciendo a Ocozías: «¡Traición, Ocozías! »

Pero Jehú ya había tensado el arco, y asaeteó a Jorán por la espalda. La flecha le atravesó el corazón, y Jorán se dobló sobre el carro. Jehú ordenó a su asistente, Bidcar:

«Cógelo y tíralo a la heredad de Nabot, el de Yizreel; porque recuerda que cuando tú y yo cabalgábamos juntos siguiendo a su padre, Ajab, el Señor pronunció contra él este oráculo: “Ayer vi la sangre de Nabot y de sus hijos —oráculo del Señor—. Juro que en la misma heredad te daré tu merecido —oráculo del Señor—.” Así que, cógelo y tíralo a la heredad de Nabot, como dijo el Señor.»

Al ver esto, Ocozías de Judá tiró por el camino de Casalhuerto. Pero Jehú lo persiguió diciendo:

«¡También a él!»

Lo hirieron en su carro, por la cuesta de Gur, cerca de Yiblán. Pero logró huir a Meguidó, y allí murió.

SEGUNDA LECTURA

De las Memorias escritas por una religiosa, secretaria de santa Juana Francisca

Cierto día, la bienaventurada Juana dijo estas encendidas palabras, que fueron en seguida recogidas fielmente:

«Hijas queridísimas, muchos de nuestros santos Padres y columnas de la Iglesia no sufrieron el martirio; ¿por qué creéis que ocurrió esto?».

Después de haber respondido una por una, la bienaventurada madre dijo:

«Pues yo creo que esto es debido a que hay otro martirio, el del amor, con el cual Dios, manteniendo la vida de sus siervos y siervas, para que sigan trabajando por su gloria, los hace, al mismo tiempo, mártires y confesores. Creo que a las Hijas de la Visitación se les asigna este martirio, y algunas de ellas, si Dios así lo dispone, lo conseguirán si lo desean ardientemente.»

Una hermana preguntó cómo se realizaba dicho martirio. Juana contestó:

«Sed totalmente fieles a Dios, y lo experimentaréis. El amor divino hunde su espada en los reductos más secretos e íntimos de nuestras almas, y llega hasta separarnos de nosotros mismos. Conocí a un alma a quien el amor separó de todo lo que le agradaba, como si un tajo, dado por la espada del tirano, hubiera separado su espíritu de su cuerpo.»

Nos dimos cuenta de que estaba hablando de sí misma. Al preguntarle otra hermana sobre la duración de este martirio, dijo:

«Desde el momento en que nos entregamos a Dios sin reservas hasta el fin de la vida. Pero esto lo hace Dios sólo con los corazones magnánimos que, renunciando completamente a sí mismos, son completamente fieles al amor; a los débiles e inconstantes en el amor, no les lleva el Señor por el camino del martirio, y les deja continuar su vida mediocre, para que no se aparten de él, pues nunca violenta a la voluntad libre.»

Por último, se le preguntó, con insistencia, si este martirio de amor podría igualar al del cuerpo. Respondió la madre Juana:

«No nos preocupemos por la igualdad. De todos modos creo que no tiene menor mérito, pues es fuerte el amor como la muerte, y los mártires de amor sufren dolores mil veces más agudos en vida, para cumplir la voluntad de Dios, que si hubieran de dar mil vidas para testimoniar su fe, su caridad y su fidelidad.»

R. Todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, ponedlo por obra: * Y el Dios de la paz estará con vosotros.
V. Todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta.

Oración

Padre, que iluminaste a santa Juana Francisca para que peregrinara en este mundo por caminos de luz y santidad; concédenos, por su intercesión, que viviendo fielmente nuestra vocación, tendamos constantemente a las obras de la luz. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.