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Domingo, 29 de agosto de 2027

22º domingo del Tiempo Ordinario

Tiempo Ordinario · Verde · Ciclo B

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Dichosos vuestros ojos porque ven. R. Y vuestros oídos porque oyen.

El Señor saca pan de los campos y vino para alegrar el corazón del hombre. Aleluya.

Himno

Profeta de soledades,

labio hiciste de tus iras

para fustigar mentiras

y para gritar verdades.

Sacudiste el azote

ante el poder soberbio;

y ante el Sol que nacía

se apagó tu lucero.

Por fin, en un banquete

y en el placer de un ebrio,

el vino de tu sangre

santificó el desierto.

Profeta de soledades,

labio hiciste de tus iras

para fustigar mentiras

y para gritar verdades. Amén.

Salmodia

Señor, Dios mío, te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto. Aleluya.

Salmo 103

El que es de Cristo es una creatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. (2Co 5, 17)

Bendice, alma mía, al Señor:

¡Dios mío, qué grande eres!

Te vistes de belleza y majestad,

la luz te envuelve como un manto.

Extiendes los cielos como una tienda,

construyes tu morada sobre las aguas;

las nubes te sirven de carroza,

avanzas en las alas del viento;

los vientos te sirven de mensajeros;

el fuego llameante, de ministro.

Asentaste la tierra sobre sus cimientos,

y no vacilará jamás;

la cubriste con el manto del océano,

y las aguas se posaron sobre las montañas;

pero a tu bramido huyeron,

al fragor de tu trueno se precipitaron,

mientras subían los montes y bajaban los valles:

cada cual al puesto asignado.

Trazaste una frontera que no traspasarán,

y no volverán a cubrir la tierra.

De los manantiales sacas los ríos,

para que fluyan entre los montes;

en ellos beben las fieras de los campos,

el asno salvaje apaga su sed;

junto a ellos habitan las aves del cielo,

y entre las frondas se oye su canto.

Señor, Dios mío, te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto. Aleluya.

El Señor saca pan de los campos y alegrar el corazón del hombre. Aleluya.

Salmo 103

El que es de Cristo es una creatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. (2Co 5, 17)

Desde tu morada riegas los montes,

y la tierra se sacia de tu acción fecunda;

haces brotar hierba para los ganados,

y forraje para los que sirven al hombre.

Él saca pan de los campos,

y vino que le alegra el corazón;

y aceite que da brillo a su rostro,

y alimento que le da fuerzas.

Se llenan de savia los árboles del Señor,

los cedros del Líbano que él plantó:

allí anidan los pájaros,

en su cima pone casa la cigüeña.

Los riscos son para las cabras,

las peñas son madriguera de erizos.

Hiciste la luna con sus fases,

el sol conoce su ocaso.

Pones las tinieblas y viene la noche

y rondan las fieras de la selva;

los cachorros rugen por la presa,

reclamando a Dios su comida.

Cuando brilla el sol, se retiran,

y se tumban en sus guaridas;

el hombre sale a sus faenas,

a su labranza hasta el atardecer.

El Señor saca pan de los campos y alegrar el corazón del hombre. Aleluya.

Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno. Aleluya.

Salmo 103

El que es de Cristo es una creatura nueva: lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. (2Co 5, 17)

¡Cuántas son tus obras, Señor,

y todas las hiciste con sabiduría!;

la tierra está llena de tus creaturas.

Ahí está el mar: ancho y dilatado,

en él bullen, sin número,

animales pequeños y grandes;

lo surcan las naves, y el Leviatán

que modelaste para que retoce.

Todos ellos aguardan

a que les eches comida a su tiempo:

se la echas, y la atrapan;

abres tu mano, y se sacian de bienes;

escondes tu rostro, y se espantan;

les retiras el aliento, y expiran

y vuelven a ser polvo;

envías tu aliento, y los creas,

y repueblas la faz de la tierra.

Gloria a Dios para siempre,

goce el Señor con sus obras.

Cuando él mira la tierra, ella tiembla;

cuando toca los montes, humean.

Cantaré al Señor mientras viva,

tocaré para mi Dios mientras exista:

que le sea agradable mi poema,

y yo me alegraré con el Señor.

Que se acaben los pecadores en la tierra,

que los malvados no existan más.

¡Bendice, alma mía, al Señor!

Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno. Aleluya.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del segundo libro de los Reyes · 14, 1-27

Amasías, hijo de Joás, subió al trono de Judá el año segundo del reinado de Joás de Israel, hijo de Joacaz. Cuando subió al trono, tenía veinticinco -años, y reinó en Jerusalén veintinueve años. Su madre se llamaba Yehoadayán, natural de Jerusalén. Hizo lo que el Señor aprueba, aunque no como su antepasado David; se portó como su padre, Joás, pero no desaparecieron las ermitas de los altozanos: allí seguía la gente sacrificando y quemando incienso. Cuando se afianzó en el poder, mató a los ministros que habían asesinado a su padre. Pero, siguiendo la que dice el libro de la ley de Moisés, promulgada por el Señor: «No serán ejecutados los padres por las culpas de los hijos ni los hijos por las culpas de los padres; cada uno morirá por su propio pecado», no mató a los hijos de los asesinos.

Amasías derrotó en Vallelasal a los idumeos, en número de diez mil, y tomó al asalto la ciudad de Petra, llamándola Yoctael, nombre que conserva hasta hoy. Entonces, mandó una embajada a Joás, hijo de Joacaz, hijo de Jehú, rey de Israel, con este mensaje:

«¡Sal, que nos veamos las caras!»

Pero Joás de Israel le envió esta respuesta:

«El cardo del Líbano mandó a decir al cedro del Líbano: “Dame a tu hija por esposa de mi hijo.” Pero pasaron las fieras del Líbano y pisotearon el cardo. Tú has derrotado a Edom y te has engreído. ¡Disfruta de tu gloria quedándote en tu casa! ¿Por qué quieres meterte en una guerra catastrófica, provocando tu caída y la de Judá?»

Pero Amasías no hizo caso. Entonces, Joás de Israel subió a vérselas con Amasías de Judá en Casalsol de Judá. Israel derrotó a los judíos, que huyeron a la desbandada. En Casalsol, apresó Joás de Israel a Amasías de Judá, hijo de Joacaz, hijo de Ocozías, y se lo llevó a Jerusalén. En la muralla de Jerusalén abrió una brecha de doscientos metros, desde la puerta de Efraím hasta la puerta del Ángulo; se apoderó del oro, la plata, los utensilios que había en el templo y en el tesoro de palacio, tomó rehenes v se volvió a Samaría.

Para más datos sobre Joás y sus hazañas militares en la guerra contra Amasías de Judá, véanse los Anales del reino de Israel. Joás murió, y lo enterraron en Samaria, con los reyes de Israel. Su hijo Jeroboam le sucedió en el trono.

Amasías de Judá, hijo de Joás, sobrevivió quince años a Joás de Israel, hijo de Joacaz. Para más datos sobre Amasías, véanse los Anales del reino de Judá.

En Jerusalén, le tramaron una conspiración; huyó a Laquis, pero lo persiguieron hasta Laquis y allí lo mataron. Lo cargaron sobre unos caballos y lo enterraron en Jerusalén, con sus antepasados, en la Ciudad de David. Entonces, Judá en pleno tomó a Azarías, de dieciséis años, y lo nombraron rey, sucesor de su padre, Amasías. Después que murió el rey, reconstruyó Eilat, devolviéndola a Judá.

Jeroboam, hijo de Joás, subió al trono en Samaria el año quince del reinado de Amasías de Judá, hijo; de Joás. Reinó cuarenta y un años. Hizo lo que el Señor reprueba, repitiendo los pecados que Jeroboam, hijo de Nabat, hizo cometer a Israel. Restableció la frontera de Israel desde el Paso de Jamat hasta el Mar Muerto, como el Señor, Dios de Israel, había dicho por su siervo el profeta Jonás, hijo de Amitay, natural de Gatjéfer; porque el Señor se fijó en la terrible desgracia de Israel: no había esclavo, ni libre, ni quien ayudase a Israel. El Señor no había decidido borrar el nombre de Israel bajo el cielo, y lo salvó por medio de Jeroboam, hijo de Joás.

SEGUNDA LECTURA

De las homilías de san Beda el Venerable, presbítero

El santo Precursor del nacimiento, de la predicación y de la muerte del Señor mostró en el momento de la lucha suprema una fortaleza digna de atraer la mirada de Dios ya que, como dice la Escritura, la gente pensaba que cumplía una pena, pero él esperaba de lleno la inmortalidad. Con razón celebramos su día natalicio, que él ha solemnizado con su martirio y adornado con el fulgor purpúreo de su sangre; con razón veneramos con gozo espiritual la memoria de aquel que selló con su martirio el testimonio que había dado del Señor.

No debemos poner en duda que san Juan sufrió la cárcel y las cadenas y dio su vida en testimonio de nuestro Redentor, de quien fue precursor, ya que, si bien su perseguidor no lo forzó a que negara a Cristo, sí trató de obligarlo a que callara la verdad; ello es suficiente para afirmar que murió por Cristo.

Cristo, en efecto, dice: Yo soy la verdad; por consiguiente, si Juan derramó su sangre por la verdad, la derramó por Cristo; y él, que precedió a Cristo en su nacimiento, en su predicación y en su bautismo, anunció también con su martirio, anterior al de Cristo, la pasión futura del Señor.

Este hombre tan eximio terminó, pues, su vida derramando su sangre, después de unlargo y penoso cautiverio. Él que había evangelizado la libertad de una paz que viene de arriba, fue encarcelado por unos hombres malvados; fue encerrado en la oscuridad de un calabozo aquel que vino a dar testimonio de la luz y a quien Cristo, la luz en persona, dio el título de «lámpara que arde y brilla»; fue bautizado en su propia sangre aquel a quien fue dado bautizar al Redentor del mundo, oír la voz del Padre que resonaba sobre Cristo y ver la gracia del Espíritu Santo que descendía sobre él. Mas, a él, todos aquellos tormentos temporales no le resultaban penosos, sino más bien leves y agradables, ya que los sufría por causa de la verdad y sabía que habían de merecerle un premio y un gozo sin fin.

La muerte —que de todas maneras había de acaecerle por ley natural— era para él algo apetecible, teniendo en cuenta que la sufría por la confesión del nombre de Cristo y que con ella alcanzaría la palma de la vida eterna. Bien lo dice el Apóstol: A vosotros se os ha concedido la gracia de estar del lado de Cristo, no sólo creyendo en él, sino sufriendo por él. El mismo Apóstol explica, en otro lugar, por qué sea un don el hecho de sufrir por Cristo: Los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá.

R. Herodes había mandado prender a Juan y, cargándolo de cadenas, lo metió en la cárcel, * por instigación de Herodías, la mujer de su hermano, con la cual se había casado.
V. Y envió a uno de sus guardias, que lo decapitó en la cárcel.

TE DEUM

Señor, Dios eterno, alegres te cantamos,

a ti nuestra alabanza,

a ti, Padre del cielo, te aclama la creación.

Postrados ante ti, los ángeles te adoran

y cantan sin cesar:

Santo, santo, santo es el Señor,

Dios del universo;

llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles,

la multitud de los profetas te enaltece,

y el ejército glorioso de los mártires te aclama.

A ti la Iglesia santa,

por todos los confines extendida,

con júbilo te adora y canta tu grandeza:

Padre, infinitamente santo,

Hijo eterno, unigénito de Dios,

Santo Espíritu de amor y de consuelo.

Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria,

tú el Hijo y Palabra del Padre,

tú el Rey de toda la creación.

Tú, para salvar al hombre,

tomaste la condición de esclavo

en el seno de una virgen.

Tú destruiste la muerte

y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.

Tú vives ahora,

inmortal y glorioso, en el reino del Padre.

Tú vendrás algún día,

como juez universal.

Muéstrate, pues, amigo y defensor

de los hombres que salvaste.

Y recíbelos por siempre allá en tu reino,

con tus santos y elegidos.

La parte que sigue puede omitirse, si se cree oportuno.

Salva a tu pueblo, Señor,

y bendice a tu heredad.

Sé su pastor,

y guíalos por siempre.

Día tras día te bendeciremos

y alabaremos tu nombre por siempre jamás.

Dígnate, Señor,

guardarnos de pecado en este día.

Ten piedad de nosotros, Señor,

ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,

como lo esperamos de ti.

A ti, Señor, me acojo,

no quede yo nunca defraudado.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.