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Orar

Sábado, 11 de septiembre de 2027

Sábado de la 23ª semana del Tiempo Ordinario

Tiempo Ordinario · Verde · Año impar (I)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Tu fidelidad, Señor, llega hasta las nubes. R. Tus sentencias son como el océano inmenso.

Himno

Señor, tu que llamaste

del fondo del no ser todos los seres,

prodigios del cincel de tu palabra,

imágenes de ti resplandecientes;

Señor, tú que creaste

la bella nave azul en que navegan

los hijos de los hombres, entre espacios

repletos de misterio y luz de estrellas;

Señor, tú que nos diste

la inmensa dignidad de ser tus hijos,

no dejes que el pecado y que la muerte

destruyan en el hombre el ser divino.

Señor, tú que salvaste

al hombre de caer en el vacío,

recréanos de nuevo en tu Palabra

y llámanos de nuevo al paraíso.

Oh Padre, tú que enviaste

al mundo de los hombres a tu Hijo,

no dejes que se apague en nuestras almas

la luz esplendorosa de tu Espíritu. Amén.

Salmodia

Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres.

Salmo 106

Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo. (Hch 10, 36)

Dad gracias al Señor porque es bueno,

porque es eterna su misericordia.

Que lo confiesen los redimidos por el Señor,

los que él rescató de la mano del enemigo,

los que reunió de todos los países:

norte y sur, oriente y occidente.

Erraban por un desierto solitario,

no encontraban el camino de ciudad habitada;

pasaban hambre y sed,

se les iba agotando la vida;

pero gritaron al Señor en su angustia,

y los arrancó de la tribulación.

Los guió por un camino derecho,

para que llegaran a ciudad habitada.

Den gracias al Señor por su misericordia,

por las maravillas que hace con los hombres.

Calmó el ansia de los sedientos,

y a los hambrientos los colmó de bienes.

Yacían en oscuridad y tinieblas,

cautivos de hierros y miserias;

por haberse rebelado contra los mandamientos,

despreciando el plan del Altísimo.

Él humilló su corazón con trabajos,

sucumbían y nadie los socorría.

Pero gritaron al Señor en su angustia,

y los arrancó de la tribulación.

Los sacó de las sombrías tinieblas,

arrancó sus cadenas.

Den gracias al Señor por su misericordia,

por las maravillas que hace con los hombres.

Destrozó las puertas de bronce,

quebró los cerrojos de hierro.

Estaban enfermos, por sus maldades,

por sus culpas eran afligidos;

aborrecían todos los manjares,

y ya tocaban las puertas de la muerte.

Pero gritaron al Señor en su angustia,

y los arrancó de la tribulación.

Envió su palabra, para curarlos,

para salvarlos de la perdición.

Den gracias al Señor por su misericordia,

por las maravillas que hace con los hombres.

Ofrézcanle sacrificios de alabanza,

y cuenten con entusiasmo sus acciones.

Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres.

Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas.

Salmo 106

Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo. (Hch 10, 36)

Entraron en naves por el mar,

comerciando por las aguas inmensas.

Contemplaron las obras de Dios,

sus maravillas en el océano.

Él habló y levantó un viento tormentoso,

que alzaba las olas a lo alto:

subían al cielo, bajaban al abismo,

su vida se marchitaba por el mareo,

rodaban, se tambaleaban como ebrios,

y no les valía su pericia.

Pero gritaron al Señor en su angustia,

y los arrancó de la tribulación.

Apaciguó la tormenta en suave brisa,

y enmudecieron las olas del mar.

Se alegraron de aquella bonanza,

y él los condujo al ansiado puerto.

Den gracias al Señor por su misericordia,

por las maravillas que hace con los hombres.

Aclámenlo en la asamblea del pueblo,

alábenlo en el consejo de los ancianos.

Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas.

Los rectos lo ven y se alegran y comprenden la misericordia del Señor.

Salmo 106

Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo. (Hch 10, 36)

El transforma los ríos en desierto,

los manantiales de agua en aridez;

la tierra fértil en marismas,

por la depravación de sus habitantes.

Transforma el desierto en estanques,

el erial en manantiales de agua.

Coloca allí a los hambrientos,

y fundan una ciudad para habitar.

Siembran campos, plantan huertos,

recogen cosechas.

Los bendice, y se multiplican,

y no les escatima el ganado.

Si menguan, abatidos por el peso

de infortunios y desgracias,

el mismo que arroja desprecio sobre los príncipes

y los descarría por una soledad sin caminos

levanta a los pobres de la miseria

y multiplica sus familias como rebaños.

Los rectos lo ven y se alegran,

a la maldad se le tapa la boca.

El que sea sabio, que recoja estos hechos

y comprenda la misericordia del Señor.

Los rectos lo ven y se alegran y comprenden la misericordia del Señor.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del libro del profeta Oseas · 6, 1-7, 2

Esto dice el Señor:

«En su aflicción me buscarán, diciendo: “Volvamos al Señor. Él, que nos despedazó, nos sanará; él, que nos hirió, nos vendará. En dos días nos sanará, y al tercero nos levantará, y viviremos en su presencia. Esforcémonos por conocer al Señor: su amanecer es como la aurora, y su sentencia surge como la luz. Bajará sobre nosotros como lluvia de primavera que empapa la tierra.”

¿Qué haré de ti, Efraím? ¿Qué haré de ti, Judá? Vuestro amor es como nube mañanera, como rocío de madrugada que se evapora. Por eso os herí por medio de los profetas, os condené con la palabra de mi boca. Porque yo quiero misericordia y no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos.

Ellos en la ciudad de Adam quebrantaron la alianza, se rebelaron contra mí. Galaad es ciudad malhechora, con huellas de sangre. Como bandas de salteadores se agrupan los sacerdotes, camino de Siquem asesinan, ejecutan sus malos pensamientos. En Betel he visto abominaciones, allí se prostituye Efraím, se mancha Israel.

Cuando yo intento sanar a Israel, se manifiesta el pecado de Efraím, las maldades de Samaria; obran con falsedad, entran como ladrón en las casas, y como bandidos asaltan por los caminos. No consideran en su corazón que yo recuerdo todas sus maldades; los envuelven sus, iniquidades, que están presentes ante mis ojos.»

SEGUNDA LECTURA

De las Disertaciones de san Atanasio, obispo

El Verbo eterno del Padre no abandonó la naturaleza humana que corría hacia su ruina, sino que con la oblación de su propio cuerpo destruyó la- muerte bajo cuyo dominio el hombre había sucumbido, con sus enseñanzas corrigió los errores humanos y con su poder restauró los bienes que el género humano había perdido.

Quienquiera que lea los escritos de los discípulos del Señor verá confirmado, con la autoridad de estos teólogos, lo que hemos afirmado. Leemos, en efecto, en estos escritos: El amor de Cristo nos apremia, al pensar que, si uno murió por todos, consiguientemente todos murieron en él; y murió por todos, para que los que viven no vivan ya para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos, nuestro Señor Jesucristo. Y en otro lugar dice: Vemos a Jesús, a quien Dios puso momentáneamente bajo los ángeles, coronado de gloria y de honor por haber padecido la muerte; así por amorosa dignación de Dios gustó la muerte en beneficio de todos.

La Escritura nos da la razón por la que fue precisamente el Verbo de Dios y no otro el que tenía que hacerse hombre: Era conveniente para Dios —dice—, para quien y por quien son todas las cosas, que, queriendo llevar una multitud de hijos a la gloria, consumase en la gloria, haciéndolo pasar por los sufrimientos, al jefe de la salud de todos ellos. Con estas palabras se nos significa que librar a los hombres de la corrupción corresponde únicamente al Verbo de Dios, por quien fueron creados en el principio.

La razón por la cual el Verbo quiso tomar carne y hacerse hombre no fue otra sino la de salvar a los hombres con quienes se había hecho semejante al asumir un cuerpo; así lo dice, en efecto, la Escritura: Como los hijos comparten carne y sangre, también él entró a participar de las mismas; así por su muerte reducía a la impotencia al que retenía el imperio de la muerte, es decir, al demonio; y libraba a los que por temor a la muerte vivían toda su vida sometidos a esclavitud. Así, al inmolar su propio cuerpo, destruyó la ley que había sido dada contra nosotros, y renovó nuestra vida, dándonos la esperanza de la resurrección.

Pues si la muerte penetró en la humanidad fue por culpa de los hombres, en cambio, fue gracias a la encarnación del Verbo de Dios que la muerte fue destruida y se recuperó la vida, como lo afirma aquel apóstol, cuyo vivir era Cristo: Porque, como por un hombre vino la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos; y, así como todos mueren, asociados a Adán, así todos revivirán, asociados a Cristo, y lo demás que sigue. Ya no morimos, pues, como unos condenados, sino que morimos con la esperanza de resucitar de entre los muertos en el día de la resurrección universal que Dios realizará cuando llegue el tiempo.

R. Id y aprended lo que quiere decir esto: * Yo quiero misericordia y no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos.
V. Vuestro amor es como nube mañanera, como rocío de madrugada que se evapora.

R. Desechando la impiedad y las ambiciones del mundo, vivamos con sensatez, justicia y religiosidad en esta vida; * aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo.
V. Miremos los unos por los otros, para a la caridad y a las buenas obras.

R. Todos los hombres pecaron y se hallan privados de la gloria de Dios; son justificados gratuitamente, mediante la gracia de Cristo, en virtud de la redención realizada en él; * a quien Dios ha propuesto como instrumento de propiciación, por su propia sangre y mediante la fe.
V. Así como todos mueren, asociados a Adán, así todos revivirán, asociados a Cristo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.