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Orar

Viernes, 17 de septiembre de 2027

Santa Hildegarda de Bingen, abadesa y doctora de la Iglesia

Tiempo Ordinario · Verde · Año impar (I)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de Santa Hildegarda de Bingen, abadesa y doctora de la Iglesia.

V. Hijo mío, haz caso de mi sabiduría. R. Presta oído a mi inteligencia.

Himno

¡Qué hermosos son los pies

del que anuncia la paz a sus hermanos!

¡Y qué hermosas las manos

maduras en el surco y en la mies!

Grita lleno de gozo,

pregonero, que traes noticias buenas:

se rompen las cadenas,

y el sol de Cristo brilla esplendoroso.

Grita sin miedo, grita,

y denuncia a mi pueblo sus pecados;

vivimos engañados,

pues la belleza humana se marchita.

Toda yerba es fugaz,

la flor del campo pierde sus colores;

levanta sin temores,

pregonero, tu voz dulce y tenaz.

Si dejas los pedazos

de tu alma enamorada en el sendero,

¡qué dulces, mensajero,

qué hermosos, qué divinos son tus pasos! Amén.

Salmodia

Dios mío, no te cierres a mi súplica, pues me turba la voz del enemigo.

Salmo 54 · 54, 2-15. 17-24

Jesús empezó a sentir terror y angustia. (Mc 14, 33)

Dios mío, escucha mi oración,

no te cierres a mi súplica;

hazme caso y respóndeme,

me agitan mis ansiedades.

Me turba la voz del enemigo,

los gritos del malvado:

descargan sobre mí calamidades

y me atacan con furia.

Se estremece mi corazón,

me sobrecoge un pavor mortal,

me asalta el temor y el terror,

me cubre el espanto,

y pienso: «¡Quién me diera alas de paloma

para volar y posarme!

Emigraría lejos,

habitaría en el desierto,

me pondría en seguida a salvo de la tormenta,

del huracán que devora, Señor;

del torrente de sus lenguas.»

Dios mío, no te cierres a mi súplica, pues me turba la voz del enemigo.

El Señor nos librará del poder de nuestro enemigo y adversario.

Salmo 54 · 54, 2-15. 17-24

Jesús empezó a sentir terror y angustia. (Mc 14, 33)

Violencia y discordia veo en la ciudad:

día y noche hacen la ronda

sobre las murallas;

en su recinto, crimen e injusticia;

dentro de ella, calamidades;

no se apartan de su plaza

la crueldad y el engaño.

Si mi enemigo me injuriase,

lo aguantaría;

si mi adversario se alzase contra mí,

me escondería de él;

pero eres tú, mi compañero,

mi amigo y confidente,

a quien me unía una dulce intimidad:

juntos íbamos entre el bullicio

por la casa de Dios.

El Señor nos librará del poder de nuestro enemigo y adversario.

Encomienda a Dios tus afanes, que él te sustentará.

Salmo 54 · 54, 2-15. 17-24

Jesús empezó a sentir terror y angustia. (Mc 14, 33)

Pero yo invoco a Dios,

y el Señor me salva:

por la tarde, en la mañana, al mediodía,

me quejo gimiendo.

Dios escucha mi voz:

su paz rescata mi alma

de la guerra que me hacen,

porque son muchos contra mí.

Dios me escucha, los humilla

el que reina desde siempre,

porque no quieren enmendarse

ni temen a Dios.

Levantan la mano contra su aliado,

violando los pactos;

su boca es más blanda que la manteca,

pero desean la guerra;

sus palabras son más suaves que el aceite,

pero son puñales.

Encomienda a Dios tus afanes,

que él te sustentará;

no permitirá jamás

que el justo caiga.

Tú, Dios mío, los harás bajar a ellos

a la fosa profunda.

Los traidores y sanguinarios

no cumplirán ni la mitad de sus años.

Pero yo confío en ti.

Encomienda a Dios tus afanes, que él te sustentará.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del libro del profeta Oseas · 14, 2-10

Esto dice el Señor:

«Israel, conviértete al Señor tu Dios, pues por tu pecado has sucumbido. Preparad vuestro discurso, volved al Señor y decidle: “Perdona del todo la iniquidad, recibe benévolo el sacrificio de nuestros labios. No nos salvará Asiria, no montaremos ya a caballo, no volveremos a llamar Dios a la obra de nuestras manos. En ti encuentra piedad el huérfano.”

Yo curaré sus extravíos, los amaré con largueza, mi cólera se apartará de ellos. Seré para Israel como rocío, florecerá como azucena, arraigará sus raíces como el Líbano. Brotarán sus vástagos, será su esplendor como un olivo, su aroma como el Líbano. Volverán a descansar a mi sombra, harán brotar el trigo, florecerán como la viña; será su fama como la del vino del Líbano. Efraím, ¿qué te importan ya los ídolos? Yo lo atiendo y lo miro: yo soy como un ciprés siempre verde, de mí proceden tus frutos.

¿Quién es el sabio que lo comprenda, el prudente que lo entienda? Rectos son los caminos del Señor: los justos andan por ellos, mas los pecadores en ellos tropiezan.»

SEGUNDA LECTURA

Del tratado de san Roberto Belarmino, obispo, sobre la ascensión de la mente hacia Dios

Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia; ¿quién, que haya empezado a gustar, por poco que sea, la dulzura de tu dominio paternal, dejará de servirte con todo el corazón? ¿Qué es, Señor, lo que mandas a tus siervos? Cargad —nos dices— con mi yugo. ¿Y cómo es este yugo tuyo? Mi yugo —añades— es llevadero y mi carga ligera. ¿Quién no llevará de buena gana un yugo que no oprime, sino que halaga, y una carga que no pesa, sino que da nueva fuerza? Con razón añades: Y encontraréis vuestro descanso. ¿Y cuál es este yugo tuyo que no fatiga, sino que da reposo? Por supuesto aquel mandamiento, el primero y el más grande: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón. ¿Qué más fácil, más suave, más dulce que amar la bondad, la belleza y el amor, todo lo cual eres tú, Señor, Dios mío?

¿Acaso no prometes además un premio a los que guardan tus mandamientos, más preciosos que el oro fino, más dulces que la miel de un panal? Por cierto que sí, y un premio grandioso, como dice Santiago: La corona de la vida que el Señor ha prometido a los que lo aman. ¿Y qué es esta corona de la vida? Un bien superior a cuanto podamos pensar o desear, como dice san Pablo, citando al profeta Isaías: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman.

En verdad es muy grande el premio que proporciona la observancia de tus mandamientos. Y no sólo aquel mandamiento, el primero y el más grande, es provechoso para el hombre que lo cumple, no para Dios que lo impone, sino que también los demás mandamientos de Dios perfeccionan al que los cumple, lo embellecen, lo instruyen, lo ilustran, lo hacen en definitiva bueno y feliz. Por esto, si juzgas rectamente, comprenderás que has sido creado para la gloria de Dios y para tu eterna salvación, comprenderás que éste es tu fin, que éste es el objetivo de tu alma, el tesoro de tu corazón. Si llegas a este fin, serás dichoso; si no lo alcanzas, serás un desdichado.

Por consiguiente, debes considerar como realmente bueno lo que te lleva a tu fin, y como realmente malo lo que te aparta del mismo. Para el auténtico sabio, lo próspero y lo adverso, la riqueza y la pobreza, la salud y la enfermedad, los honores y los desprecios, la vida y la muerte son cosas que, de por sí, no son ni deseables ni aborrecibles. Si contribuyen a la gloria de Dios y a tu felicidad eterna, son cosas buenas y deseables; de lo contrario, son malas y aborrecibles.

R. Labios sacerdotales han de guardar el saber, y en su boca se busca la doctrina. * Porque es mensajero del Señor de los ejércitos.
V. El obispo debe actuar como administrador de Dios, para ser capaz de predicar una enseñanza sana.

Oración

Señor Dios, tú que, para defender la fe de la Iglesia y promover su renovación espiritual, diste a san Roberto Belarmino una ciencia y una fortaleza admirables, concédenos, por la intercesión de este insigne doctor de la Iglesia, conservar y vivir siempre en toda su integridad el mensaje evangélico al que él consagró toda su vida. Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.