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Orar

Sábado, 25 de septiembre de 2027

Sábado de la 25ª semana del Tiempo Ordinario

Tiempo Ordinario · Verde · Año impar (I)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Venid a ver las obras del Señor. R. Las maravillas que hace en la tierra.

Himno

Señor, tú que llamaste

del fondo del no ser todos los seres,

prodigios del cincel de tu palabra,

imágenes de ti resplandecientes;

Señor, tú que creaste

la bella nave azul en que navegan

los hijos de los hombres, entre espacios

repletos de misterio y luz de estrellas;

Señor, tú que nos diste

la inmensa dignidad de ser tus hijos,

no dejes que el pecado y que la muerte

destruyan en el hombre el ser divino.

Señor, tú que salvaste

al hombre de caer en el vacío,

recréanos de nuevo en tu Palabra

y llámanos de nuevo al paraíso.

Oh Padre, tú que enviaste

al mundo de los hombres a tu Hijo,

no dejes que se apague en nuestras almas

la luz esplendorosa de tu Espíritu. Amén.

Salmodia

Quien se haga pequeño como un niño, ése es el más grande en el reino de los cielos.

Salmo 130

Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón. (Mt 11, 29)

Señor, mi corazón no es ambicioso,

ni mis ojos altaneros;

no pretendo grandezas

que superan mi capacidad;

sino que acallo y modero mis deseos,

como un niño en brazos de su madre.

Espere Israel en el Señor

ahora y por siempre.

Quien se haga pequeño como un niño, ése es el más grande en el reino de los cielos.

Dios mío, con alegre y sincero corazón te lo he entregado todo.

Salmo 131

El Señor Dios le dará el trono de David, su padre. (Lc 1, 32)

Señor, tenle en cuenta a David

todos sus afanes:

cómo juró al Señor

e hizo voto al Fuerte de Jacob:

«No entraré bajo el techo de mi casa,

no subiré al lecho de mi descanso,

no daré sueño a mis ojos,

ni reposo a mis párpados,

hasta que encuentre un lugar para el Señor,

una morada para el Fuerte de Jacob.»

Oímos que estaba en Efrata,

la encontramos en el Soto de Jaar:

entremos en su morada,

postrémonos ante el estrado de sus pies.

Levántate, Señor, ven a tu mansión,

ven con el arca de tu poder:

que tus sacerdotes se vistan de gala,

que tus fieles te aclamen.

Por amor a tu siervo David,

no niegues audiencia a tu Ungido.

Dios mío, con alegre y sincero corazón te lo he entregado todo.

El Señor ha jurado a David una promesa: «Tu reino permanecerá eternamente.»

Salmo 131

El Señor Dios le dará el trono de David, su padre. (Lc 1, 32)

El Señor ha jurado a David

una promesa que no retractará:

«A uno de tu linaje

pondré sobre tu trono.

Si tus hijos guardan mi alianza

y los mandatos que les enseño,

también sus hijos, por siempre,

se sentarán sobre tu trono.»

Porque el Señor ha elegido a Sión,

ha deseado vivir en ella:

«Ésta es mi mansión por siempre,

aquí viviré, porque la deseo.

Bendeciré sus provisiones,

a sus pobres los saciaré de pan;

vestiré a sus sacerdotes de gala,

y sus fieles aclamarán con vítores.

Haré germinar el vigor de David,

enciendo una lámpara para mi Ungido.

A sus enemigos los vestiré de ignominia,

sobre él brillará mi diadema.»

El Señor ha jurado a David una promesa: «Tu reino permanecerá eternamente.»

PRIMERA LECTURA (Año I)

Comienza el libro del profeta Miqueas · 1, 1-9; 2, 1-11

Palabra del Señor que recibió Miqueas, el morastita, durante los reinados de Yotán, Ajaz y Ezequías de Judá. Visión sobre Samaria y Jerusalén.

Escuchad, pueblos todos; atended, tierra y cuanto hay en ella; sea el Señor testigo contra vosotros, el Señor desde su santo templo. Mirad al Señor que sale de su morada y desciende, y camina sobre el dorso de, la tierra. Bajo él se derriten los montes, se hienden los valles, como cera junto al fuego, como, aguas precipitadas por la torrentera. Todo esto, por la culpa de Jacob, por el pecado de Israel.

¿Cuál es el pecado de Jacob?, ¿no es Samaría? ¿Cuál el altozano de ídolos de Judá?, ¿no es Jerusalén? Reduciré a Samaria a un montón de piedras, plantación de viñedo, arrastraré al valle sus piedras y desnudaré sus cimientos. Sus ídolos serán rotos y sus ofrendas quemadas, destruiré sus imágenes; los recibió como precio de prostitución, y otra vez serán precio de prostitución. Por eso gimo y me lamento, camino desnudo y descalzo, entono un lamento como de chacal, aúllo como crías de avestruz. Incurable es la herida que ha sufrido Judá, alcanzó la puerta de mi pueblo, hasta Jerusalén.

¡Ay de los que planean maldades y traman iniquidades en sus camas! Al amanecer las cumplen, porque tienen el poder. Codician los campos y los roban, las casas y se apoderan de ellas; oprimen al hombre y a su casa, al varón y a sus posesiones. Por eso, así dice el Señor: «Mirad, yo medito una desgracia contra esa familia. No lograréis apartar el cuello de ella; no podréis caminar erguidos, porque será un tiempo calamitoso.»

Aquel día entonarán contra vosotros una sátira, cantarán una elegía: «Han acabado con nosotros, venden la heredad de mi pueblo; nadie lo impedía, reparten a extraños nuestra tierra.» Nadie os sortea los lotes en la asamblea del Señor.

Dejad de babear profecías. ¿No acabarán con sus injurias? ¿Qué andan diciendo en la casa de Jacob? ¿Se ha terminado el espíritu del Señor o van a ser tales sus obras? «¿No son buenas mis palabras para el que anda rectamente? Desde hace tiempo se alza hostilmente mi pueblo, arrancáis la túnica y el manto a los que caminan confiados volviendo de la guerra. Sacáis de sus amadas casas a las mujeres de mi pueblo, y a los niños les quitáis para siempre mi honor. Levantaos y marchad, porque no habitaré aquí: que está profanado por pecados funestos. Si viniera un profeta de mentiras y engaños, invitándote al vino y al licor, sería un profeta digno de este pueblo.»

SEGUNDA LECTURA

De los Tratados de san Hilario, obispo, sobre los salmos

La acequia de Dios va llena de agua, preparas los trigales, riegas los surcos, tu llovizna los deja mullidos. No cabe duda alguna de cuál sea la acequia a la que se refiere nuestro texto, pues el profeta dice de ella: El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios. Y el mismo Señor afirma en el Evangelio. En aquel que beba del agua que yo le dé, se convertirá ésta en manantial, cuyas aguas brotan para comunicar vida eterna. Y también: Quien crea en mí, como ha dicho la Escritura, brotarán de su seno torrentes de agua viva. Esto lo dijo del Espíritu Santo, que habían de recibir los que a él se unieran por la fe. Esta acequia de Dios va, pues, llena de agua. En efecto, el Espíritu Santo nos inunda con sus dones y así, por obra suya, la acequia de Dios, brotando del manantial divino, derrama agua abundante sobre todos nosotros.

Y además, tenemos también un manjar. ¿De qué manjar se trata? De aquel, sin duda, que ya en este mundo nos dispone para gozar de la comunión de Dios, por medio de la comunión del cuerpo de Cristo, comunión que nos prepara para tener nuestra parte en aquel lugar donde reina ya este santísimo cuerpo. Esto es precisamente lo que significan las palabras del salmo que siguen a continuación: Preparas los trigales, y los valles se visten de mieses; porque en realidad, aunque ya estemos salvados desde ahora por este alimento, con todo, él nos prepara también para la vida futura.

Para quienes hemos renacido por medio del santo bautismo este alimento constituye nuestro mayor gozo, pues él nos aporta ya los primeros dones del Espíritu Santo, haciéndonos penetrar en la inteligencia de los misterios divinos y en el conocimiento de las profecías; este alimento nos hace hablar con sabiduría, nos da la firmeza de la esperanza y nos confiere el don de curaciones. Estos dones nos van penetrando, y son como las gotas de una lluvia que va cayendo poco a poco para que luego demos fruto abundante.

R. Escuchad, pueblos todos; atended, tierra y cuanto hay en ella. * Mirad al Señor que desciende y camina sobre el dorso de la tierra.
V. Todo esto, por la culpa de Jacob, por el pecado de Israel.

R. Buena es la oración con el ayuno, y la limosna generosa vale más que la riqueza adquirida injusta mente. * Porque la limosna libra de la muerte, hace alcanzar misericordia y obtiene la vida eterna.
V. Dad de limosna lo que poseéis, y con eso tendréis todo purificado.

R. Se sacian con la abundancia de tu casa, les das a beber del torrente de tus delicias: * porque en ti está la fuente de la vida, y tu luz nos hace ver la luz.
V. Nos saciaremos de los bienes de tu casa.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.