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Orar

Lunes, 4 de octubre de 2027

San Francisco de Asís

Tiempo Ordinario · Blanco · Año impar (I)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Hijo mío, haz caso a mis palabras. R. Presta oído a mis consejos.

Himno

Dios de la tierra y del cielo,

que, por dejarlas más claras,

las grandes aguas separas,

pones un límite al cielo.

Tú que das cauce al riachuelo

y alzas la nube a la altura,

tú que, en cristal de frescura,

sueltas las aguas del río

sobre las tierras de estío,

sanando su quemadura,

danos tu gracia, piadoso,

para que el viejo pecado

no lleve al hombre engañado

a sucumbir a su acoso.

Hazlo en la fe luminoso,

alegre en la austeridad,

y hágalo tu claridad

salir de sus vanidades;

dale, Verdad de verdades,

el amor a tu verdad. Amén.

Salmodia

Vendrá el Señor y no callará.

Salmo 49

No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud. (Mt 5, 17)

El Dios de los dioses, el Señor, habla:

convoca la tierra de oriente a occidente.

Desde Sión, la hermosa, Dios resplandece:

viene nuestro Dios, y no callará.

Lo precede fuego voraz,

lo rodea tempestad violenta.

Desde lo alto convoca cielo y tierra,

para juzgar a su pueblo:

«Congregadme a mis fieles,

que sellaron mi pacto con un sacrificio.»

Proclame el cielo su justicia;

Dios en persona va a juzgar.

Vendrá el Señor y no callará.

Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza.

Salmo 49

No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud. (Mt 5, 17)

«Escucha, pueblo mío, que voy a hablarte;

Israel, voy a dar testimonio contra ti;

—yo, el Señor, tu Dios—

No te reprocho tus sacrificios,

pues siempre están tus holocaustos ante mí.

Pero no aceptaré un becerro de tu casa,

ni un cabrito de tus rebaños;

pues las fieras de la selva son mías,

y hay miles de bestias en mis montes;

conozco todos los pájaros del cielo,

tengo a mano cuanto se agita en los campos.

Si tuviera hambre, no te lo diría;

pues el orbe y cuanto lo llena es mío.

¿Comeré yo carne de toros,

beberé sangre de cabritos?

Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza,

cumple tus votos al Altísimo

e invócame el día del peligro:

yo te libraré, y tú me darás gloria.»

Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza.

Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos.

Salmo 49

No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud. (Mt 5, 17)

Dios dice al pecador:

«¿Por qué recitas mis preceptos

y tienes siempre en la boca mi alianza,

tú que detestas mi enseñanza

y te echas a la espalda mis mandatos?

Cuando ves un ladrón, corres con él;

te mezclas con los adúlteros;

sueltas tu lengua para el mal,

tu boca urde el engaño;

te sientas a hablar contra tu hermano,

deshonras al hijo de tu madre;

esto haces, ¿y me voy a callar?

¿Crees que soy como tú?

Te acusaré, te lo echaré en cara.»

Atención los que olvidáis a Dios,

no sea que os destroce sin remedio.

El que me ofrece acción de gracias,

ése me honra;

al que sigue buen camino

le haré ver la salvación de Dios.

Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del libro del profeta Isaías · 30, 1-18

Esto dice el Señor:

«¡Ay de los hijos rebeldes que hacen planes sin contar conmigo, que firman pactos, mas no según mi espíritu, añadiendo pecado a pecado; que bajan a Egipto sin consultar mi oráculo, para buscar la protección del Faraón, y refugiarse a la sombra de Egipto! La protección del Faraón será su deshonra, y el refugio a la sombra de Egipto; su oprobio. Cuando estén sus magnates en Soán y lleguen sus mensajeros a Hanés, todos se avergonzarán de un pueblo impotente, que no puede auxiliar ni servir si no es de deshonra y afrenta.»

Oráculo sobre la Bestia del Negueb. Por tierra siniestra y temible de leones y leonas rugientes, de víboras y áspides voladores, llevan sus riquezas a lomo de asno y sus tesoros a giba de camellos, a un pueblo sin provecho, a Egipto, cuyo auxilio es inútil y nulo; por eso lo llamo así: «Rahab la perezosa».

Ahora ve y escríbelo en una tablilla, grábalo en el bronce, que sirva para el futuro de testimonio perpetuo:

«Es un pueblo rebelde, hijos renegados, hijos que no quieren escuchar la ley del Señor; que dicen a los videntes: “No veáis”, y a los profetas: “No profeticéis sinceramente, decidnos cosas halagüeñas, profetizad ilusiones; apartaos del camino, retiraos de la senda, dejad de ponernos delante al Santo de Israel.” Por eso, así dice el Santo de Israel: Puesto que rechazáis esta palabra y confiáis en la opresión y la perversidad, y os apoyáis en ellas; por eso esa culpa será para vosotros como una grieta que baja en una alta muralla y la abomba, hasta que de repente, de un golpe, se desmorona; como se rompe una vasija de barro, hecha añicos sin piedad, hasta no quedar entre sus añicos ni un trozo con que se puedan sacar brasas del brasero, con que se pueda sacar agua del aljibe.»

Así dice el Señor, el Santo de Israel: Vuestra salvación está en convertiros y en tener calma; vuestra fuerza está en confiar y estar tranquilos; pero no quisisteis, dijisteis: «No, huiremos a caballo.» Está bien, tendréis que huir. «Correremos al galope.» Más correrán los que os persiguen. Huirán mil ante el reto de uno solo, huiréis ante el reto de cinco; hasta que quedéis como mástil en la cumbre de un monte, como enseña sobre una colina.

Sin embargo, el Señor espera para apiadarse, aguarda para compadecerse; porque el Señor es un Dios recto: dichosos los que esperan en él.

SEGUNDA LECTURA

De la carta de san Francisco de Asís, dirigida a todos los fieles (Opúsculos, edición Quaracchi, Florencia) 1949, 87-94)

La venida al mundo del Verbo del Padre, tan digno, tan santo y tan glorioso, fue anunciada por el Padre altísimo, por boca de su santo arcángel Gabriel, a la santa y gloriosa Virgen María, de cuyo seno recibió una auténtica naturaleza humana, frágil como la nuestra. Él, siendo rico sobre toda ponderación, quiso elegir la pobreza, junto con su santísima madre. Y, al acercarse su pasión, celebró la Pascua con sus discípulos. Luego oró al Padre, diciendo: Padre mío, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz.

Sin embargo, sometió su voluntad a la del Padre. Y la voluntad del Padre fue que su Hijo bendito y glorioso, a quien entregó por nosotros y que nació por nosotros, se ofreciese a sí mismo como sacrificio y víctima en el ara de la cruz, con su propia sangre, no por sí mismo, por quien han sido hechas todas las cosas, sino por nuestros pecados dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Y quiere que todos nos salvemos por él y lo recibamos con puro corazón y cuerpo casto.

¡Qué dichosos y benditos son los que aman al Señor y cumplen lo que dice el mismo Señor en el Evangelio: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, y al prójimo como a ti mismo! Amemos, pues, a Dios y adorémoslo con puro corazón y con mente pura, ya que él nos hace saber cuál es su mayor deseo, cuando dice: Los que quieran dar culto verdadero adorarán al verdadero padre en espíritu y verdad. Porque todos los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y verdad. Y dirijámosle día y noche nuestra alabanza y oración, diciendo: Padre nuestro, que estás en los cielos; porque debemos orar siempre sin desanimarnos.

Procuremos, además, dar frutos de verdadero arrepentimiento. Y amemos al prójimo como a nosotros mismos. Tengamos caridad y humildad y demos limosna, ya que ésta lava las almas de la inmundicia del pecado. En efecto, los hombres pierden todo lo que dejan en este mundo tan sólo se llevan consigo el premio de su caridad y las limosnas que practicaron, por las cuales recibirán del Señor la recompensa y una digna remuneración.

No debemos ser sabios y prudentes según la carne, sino más bien sencillos, humildes y puros. Nunca debemos desear estar por encima de los demás, sino, al contrario; debemos, a ejemplo del Señor, vivir como servidores y sumisos a toda humana criatura, movidos por el amor de Dios. El Espíritu del Señor reposará sobre los que así obren y perseveren hasta el fin, y los convertirá en el lugar de su estancia y su morada, y serán hijos del Padre celestial, cuyas obras imitan; ellos son los esposos, los hermanos y las madres de nuestro Señor Jesucristo.

R. Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. * Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.
V. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.