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Orar

Sábado, 9 de octubre de 2027

Santos Dionisio, obispo, y compañeros, mártires

Tiempo Ordinario · Verde · Año impar (I)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de Santos Dionisio, obispo, y compañeros, mártires.

V. Tu fidelidad, Señor, llega hasta las nubes. R. Tus sentencias son como el océano inmenso.

Himno

Señor, tu que llamaste

del fondo del no ser todos los seres,

prodigios del cincel de tu palabra,

imágenes de ti resplandecientes;

Señor, tú que creaste

la bella nave azul en que navegan

los hijos de los hombres, entre espacios

repletos de misterio y luz de estrellas;

Señor, tú que nos diste

la inmensa dignidad de ser tus hijos,

no dejes que el pecado y que la muerte

destruyan en el hombre el ser divino.

Señor, tú que salvaste

al hombre de caer en el vacío,

recréanos de nuevo en tu Palabra

y llámanos de nuevo al paraíso.

Oh Padre, tú que enviaste

al mundo de los hombres a tu Hijo,

no dejes que se apague en nuestras almas

la luz esplendorosa de tu Espíritu. Amén.

Salmodia

Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres.

Salmo 106

Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo. (Hch 10, 36)

Dad gracias al Señor porque es bueno,

porque es eterna su misericordia.

Que lo confiesen los redimidos por el Señor,

los que él rescató de la mano del enemigo,

los que reunió de todos los países:

norte y sur, oriente y occidente.

Erraban por un desierto solitario,

no encontraban el camino de ciudad habitada;

pasaban hambre y sed,

se les iba agotando la vida;

pero gritaron al Señor en su angustia,

y los arrancó de la tribulación.

Los guió por un camino derecho,

para que llegaran a ciudad habitada.

Den gracias al Señor por su misericordia,

por las maravillas que hace con los hombres.

Calmó el ansia de los sedientos,

y a los hambrientos los colmó de bienes.

Yacían en oscuridad y tinieblas,

cautivos de hierros y miserias;

por haberse rebelado contra los mandamientos,

despreciando el plan del Altísimo.

Él humilló su corazón con trabajos,

sucumbían y nadie los socorría.

Pero gritaron al Señor en su angustia,

y los arrancó de la tribulación.

Los sacó de las sombrías tinieblas,

arrancó sus cadenas.

Den gracias al Señor por su misericordia,

por las maravillas que hace con los hombres.

Destrozó las puertas de bronce,

quebró los cerrojos de hierro.

Estaban enfermos, por sus maldades,

por sus culpas eran afligidos;

aborrecían todos los manjares,

y ya tocaban las puertas de la muerte.

Pero gritaron al Señor en su angustia,

y los arrancó de la tribulación.

Envió su palabra, para curarlos,

para salvarlos de la perdición.

Den gracias al Señor por su misericordia,

por las maravillas que hace con los hombres.

Ofrézcanle sacrificios de alabanza,

y cuenten con entusiasmo sus acciones.

Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres.

Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas.

Salmo 106

Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo. (Hch 10, 36)

Entraron en naves por el mar,

comerciando por las aguas inmensas.

Contemplaron las obras de Dios,

sus maravillas en el océano.

Él habló y levantó un viento tormentoso,

que alzaba las olas a lo alto:

subían al cielo, bajaban al abismo,

su vida se marchitaba por el mareo,

rodaban, se tambaleaban como ebrios,

y no les valía su pericia.

Pero gritaron al Señor en su angustia,

y los arrancó de la tribulación.

Apaciguó la tormenta en suave brisa,

y enmudecieron las olas del mar.

Se alegraron de aquella bonanza,

y él los condujo al ansiado puerto.

Den gracias al Señor por su misericordia,

por las maravillas que hace con los hombres.

Aclámenlo en la asamblea del pueblo,

alábenlo en el consejo de los ancianos.

Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas.

Los rectos lo ven y se alegran y comprenden la misericordia del Señor.

Salmo 106

Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo. (Hch 10, 36)

El transforma los ríos en desierto,

los manantiales de agua en aridez;

la tierra fértil en marismas,

por la depravación de sus habitantes.

Transforma el desierto en estanques,

el erial en manantiales de agua.

Coloca allí a los hambrientos,

y fundan una ciudad para habitar.

Siembran campos, plantan huertos,

recogen cosechas.

Los bendice, y se multiplican,

y no les escatima el ganado.

Si menguan, abatidos por el peso

de infortunios y desgracias,

el mismo que arroja desprecio sobre los príncipes

y los descarría por una soledad sin caminos

levanta a los pobres de la miseria

y multiplica sus familias como rebaños.

Los rectos lo ven y se alegran,

a la maldad se le tapa la boca.

El que sea sabio, que recoja estos hechos

y comprenda la misericordia del Señor.

Los rectos lo ven y se alegran y comprenden la misericordia del Señor.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Comienza el libro del profeta Sofonías · 1, 2-7. 14-2, 3

Palabra del Señor que fue dirigida a Sofonías, hijo de Cusí, en tiempo de Josías, hijo de Amón, rey de Judá:

«Arrebataré todo de la superficie de la tierra, arrebataré hombres y animales, arrebataré aves del cielo y peces del mar; haré caer a los idólatras; exterminaré a los hombres de la superficie de la tierra —oráculo del Señor—.

Tenderé: mi mano contra Judá, contra los habitantes de Jerusalén, exterminaré de este lugar el resto de los Baales, el nombre de sus sacerdotes y adivinos; a los que adoran sobre las terrazas al ejército de los astros, a los que adoran al Señor y juran por su nombre, y al mismo tiempo juran por Milcom; a los que apostatan del Señor, a los que no lo buscan ni consultan.

¡Silencio delante del Señor!, que se acerca el día del Señor: el Señor ha preparado un sacrificio y ha santificado a sus invitados. Se acerca el día grande del Señor, se acerca con gran rapidez: el día del Señor es más ligero que un fugitivo, más rápido que un soldado. Será un día de cólera, día de angustia y aflicción, día de turbación y espanto, día de oscuridad y tinieblas, día de nublado y sombra, día de trompetas y alaridos, contra las ciudades fortificadas, contra las altas almenas.

Aterraré a los hombres para que caminen como ciegos, porque pecaron contra el Señor; su sangre será arrojada como polvo, sus entrañas como excremento. Ni su plata ni su oro podrán salvarlos en el día de la cólera del Señor; la tierra entera será consumida en el fuego de su venganza, porque llega la destrucción aterradora para todos los habitantes de la tierra.

Agrupaos, congregaos, pueblo despreciable, antes de que seáis arrebatados como el tamo que se disipa en un día. Antes de, que os, alcance el incendio de la ira del Señor, antes de que os alcance el día de su ira, buscad al Señor, vosotros, los humildes que cumplís sus mandamientos; buscad la justicia, buscad la humildad, quizá podáis quedar seguros el día de la ira del Señor.»

SEGUNDA LECTURA

Del comentario de san Ambrosio, obispo, sobre el salmo ciento dieciocho

Como hay muchas clases de persecución, así también hay muchas clases de martirio. Cada día eres testigo de Cristo.

Te tienta el espíritu de fornicación, pero, movido por el temor del futuro juicio de Cristo, conservas incontaminada la castidad de la mente y del cuerpo: eres mártir de Cristo. Te tienta el espíritu de avaricia y te impele a apoderarte de los bienes del más débil o a violar los derechos de una viuda indefensa, mas, por la contemplación de los preceptos celestiales, juzgas preferible dar ayuda que inferir injuria: eres testigo de Cristo. Tales son los testigos que quiere Cristo, según está escrito: Defended al huérfano, proteged a la viuda; entonces, venid, y litigaremos —dice el Señor—. Te tienta el espíritu de soberbia, pero, viendo al pobre y al desvalido, te compadeces de ellos, prefiriendo la humildad a la arrogancia: eres testigo de Cristo. Has dado el testimonio no sólo de tus palabras, sino de tus obras, que es lo que más cuenta.

¿Cuál es el testigo más fidedigno sino el que confiesa a Jesucristo venido en carne, y guarda los preceptos evangélicos. Porque el que escucha pero no pone por obra niega a Cristo; aunque lo confiese de palabra, lo niega con sus obras. Muchos serán los que dirán: Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre, y en tu nombre echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros? Y a éstos les responderá el Señor en aquel día: Alejaos de mi; malvados. El verdadero testigo es el que con sus obras sale fiador de los preceptos del Señor Jesús.

¡Cuántos son los que practican cada día este martirio oculto y confiesan al Señor Jesús! También el Apóstol sabe de este martirio y de este testimonio fiel de Cristo, pues dice: Si de algo podemos preciarnos es del testimonio de nuestra conciencia. ¡Cuántos hay que niegan por dentro lo que confiesan por fuera! No os fiéis —dice la Escritura— de cualquier espíritu, sino que por sus frutos conoceréis de cuáles debéis fiaros. Por tanto, en las persecuciones interiores, sé fiel y valeroso, para que seas aprobado en aquellas persecuciones exteriores. También en las persecuciones interiores hay reyes y gobernantes, jueces terribles por su poder. Tienes un ejemplo de ello en la tentación que sufrió el Señor.

Y en otro lugar leemos: Que el pecado no siga dominando vuestro cuerpo mortal. Ya ves, oh hombre, cuáles son los reyes y gobernantes de pecado ante los cuales has de comparecer, si dejas que la culpa reine en ti. Cuantos sean los pecados y vicios, tantos son los reyes ante los cuales somos llevados y comparecemos. También estos reyes tienen establecido su tribunal en la mente de muchos. Pero el que confiesa a Cristo hace, al momento, que aquel rey se convierta en cautivo y lo arroja del trono de su mente. En efecto, ¿cómo podrá permanecer el tribunal del demonio en aquel en quien se levanta el tribunal de Cristo?

R. Los santos de Dios libraron un gran combate, pasaron por el fuego y por el agua y se salvaron; * y recibieron del Señor, nuestro Dios, la corona del triunfo.
V. Éstos son los santos que para dar testimonio de Dios entregaron sus cuerpos al martirio.

Oración

Dios nuestro, que enviaste a san Dionisio y a compañeros a anunciar el Evangelio a pueblos que no te conocían y les concediste una gran fortaleza en su martirio, haz que también nosotros, siguiendo, su ejemplo, tengamos en menos los favores de este mundo y no temamos nunca sus desprecios. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.