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Martes, 19 de octubre de 2027

Santos Juan de Brébeuf e Isaac Jogues, presbíteros, y compañeros, mártires

Tiempo Ordinario · Verde · Año impar (I)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de Santos Juan de Brébeuf e Isaac Jogues, presbíteros, y compañeros, mártires.

V. El Señor hace caminar a los humildes con rectitud. R. Enseña su camino a los humildes.

Himno

Alabemos a Dios que, en su Palabra,

nos revela el designio salvador,

y digamos en súplica confiada:

«Renuévame por dentro, mi Señor.»

No cerremos el alma a su llamada

ni dejemos que arraigue el desamor;

aunque dura es la lucha, su palabra

será bálsamo suave en el dolor.

Caminemos los días de esta vida

como tiempo de Dios y de oración;

él es fiel a la alianza prometida:

«Si eres mi pueblo, yo seré tu Dios.»

Tú dijiste, Jesús, que eras camino

para llegar al Padre sin temor;

concédenos la gracia de tu Espíritu

que nos lleve al encuentro del Señor. Amén.

Salmodia

El Señor hará justicia a los pobres.

SALMO 9 B

Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. (Lc 6, 20)

¿Por qué te quedas lejos, Señor,

y te escondes en el momento del aprieto?

La soberbia del impío oprime al infeliz

y lo enreda en las intrigas que ha tramado.

El malvado se gloría de su ambición,

el codicioso blasfema y desprecia al Señor.

El malvado dice con insolencia:

«No hay Dios que me pida cuentas.»

La intriga vicia siempre su conducta,

aleja de su mente tus juicios

y desafía a sus rivales.

Piensa: «No vacilaré,

nunca jamás seré desgraciado.»

Su boca está llena de maldiciones,

de engaños y de fraudes;

su lengua encubre maldad y opresión;

en el zaguán se sienta al acecho

para matar a escondidas al inocente.

Sus ojos espían al pobre;

acecha en su escondrijo como león en su guarida,

acecha al desgraciado para robarle,

arrastrándolo a sus redes;

se agacha y se encoge

y con violencia cae sobre el indefenso.

Piensa: «Dios lo olvida,

se tapa la cara para no enterarse.»

El Señor hará justicia a los pobres.

Tú, Señor, ves las penas y los trabajos.

SALMO 9 B

Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. (Lc 6, 20)

Levántate, Señor, extiende tu mano,

no te olvides de los humildes;

¿por qué ha de despreciar a Dios el malvado,

pensando que no le pedirá cuentas?

Pero tú ves las penas y los trabajos,

tú miras y los tomas en tus manos.

A ti se encomienda el pobre,

tú socorres al huérfano.

Rómpele el brazo al malvado,

pídele cuentas de su maldad, y que desaparezca.

El Señor reinará eternamente

y los gentiles desaparecerán de su tierra.

Señor, tú escuchas los deseos de los humildes,

les prestas oído y los animas;

tú defiendes al huérfano y al desvalido:

que el hombre hecho de tierra

no vuelva a sembrar su terror.

Tú, Señor, ves las penas y los trabajos.

Las palabras del Señor son palabras sinceras, como plata refinada siete veces.

Salmo 11

Porque éramos pobres, el Padre nos ha mandado a su Hijo. (San Agustín)

Sálvanos, Señor, que se acaban los buenos,

que desaparece la lealtad entre los hombres:

no hacen más que mentir a su prójimo,

hablan con labios embusteros

y con doblez de corazón.

Extirpe el Señor los labios embusteros

y la lengua orgullosa

de los que dicen: «La lengua es nuestra fuerza,

nuestros labios nos defienden,

¿quién será nuestro amo?»

El Señor responde: «Por la opresión del humilde,

por el gemido del pobre, yo me levantaré,

y pondré a salvo al que lo ansía.»

Las palabras del Señor son palabras sinceras,

como plata limpia de escoria,

refinada siete veces.

Tú nos guardarás, Señor,

nos librarás para siempre de esa gente:

de los malvados que merodean

para chupar como sanguijuelas sangre humana.

Las palabras del Señor son palabras sinceras, como plata refinada siete veces.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del segundo libro de las Crónicas · 35, 20—36, 12

En aquellos días, bastante después de que Josías restaurase el templo, el rey de Egipto, Necó, se dirigió a Cárquemis, junto al Eufrates, para entablar batalla. Josías salió a hacerle frente. Entonces, Necó le envió este mensaje:

«No te metas en mis asuntos, rey de Judá. No vengo contra ti, sino contra la dinastía que me hace la guerra. Dios me ha dicho que me dé prisa. Deja de oponerte a Dios, que está conmigo, no sea que él te destruya.»

Pero Josías, en vez de dejarle paso franco, se empeñó en combatir. Desatendiendo lo que Dios le decía por medio de Necó, entabló batalla en la llanura de Meguidó. Los arqueros dispararon contra el rey Josías, y éste dijo a sus servidores:

«Sacadme del combate, porque estoy gravemente herido.»

Sus servidores lo sacaron del carro, lo trasladaron al otro que poseía y lo llevaron a Jerusalén, donde murió. Lo enterraron en las tumbas de sus antepasados. Todo Judá y Jerusalén hizo duelo por Josías. Jeremías compuso una elegía en su honor, y todos los cantores y cantoras siguen recordándolo en sus elegías. Se han hecho tradicionales en Israel; pueden verse en las Lamentaciones. Para más datos sobre Josías, las obras de piedad que hizo de acuerdo con la ley del Señor y todas sus gestas, de las primeras a las últimas, véase el libro de los reyes de Israel y Judá.

La gente tomó a Joacaz, hijo de Josías, y lo nombraron, rey sucesor en Jerusalén. Cuando Joacaz subió al trono tenía veintitrés años, y reinó tres meses en Jerusalén. El rey de Egipto lo destronó, impuso al país un tributo de cien pesos de plata y un peso de oro, y nombró rey de Judá y Jerusalén a su hermano Eliacim, cambiándole el nombre por el de Joaquín. A su hermano Joacaz se lo llevó Necó a Egipto.

Cuando Joaquín subió al trono tenía veinticinco años, y reinó en Jerusalén once años. Hizo lo que el Señor, su Dios, reprueba. Nabucodonosor de Babilonia subió contra él y lo condujo a Babilonia atado con cadenas de bronce. También se llevó algunos objetos del templo y los colocó en su palacio de Babilonia. Para más datos sobre Joaquín, las iniquidades que cometió y todo lo que le sucedió, véase el libro de los reyes de Israel y Judá. Su hijo Jeconías le sucedió en el trono.

Cuando Jeconías subió al trono tenía ocho años, y reinó en Jerusalén tres meses y diez días. Hizo lo que el Señor reprueba. A principios de año, el rey Nabucodonosor envió a por él y lo llevaron a Babilonia, junto con los objetos de valor del templo. Nombró rey de Judá y Jerusalén a su hermano Sedecías.

Cuando Sedecías subió al trono tenía veintiún años, y reinó en Jerusalén once años. Hizo lo que el Señor, su Dios, reprueba; no se humilló ante el profeta Jeremías, que le hablaba en nombre de Dios.

SEGUNDA LECTURA

De los apuntes espirituales de san Juan de Brébeuf, presbítero y mártir

Durante dos años he sentido un continuo e intenso deseo del martirio y de sufrir todos los tormentos por que han pasado los mártires.

Mi Señor y Salvador Jesús, ¿cómo podría pagarte todos tus beneficios? Recibiré de tu mano la copa de tus dolores, invocando tu nombre. Prometo ante tu eterno Padre y el Espíritu Santo, ante tu santísima Madre y su castísimo esposo, ante los ángeles, los apóstoles y los mártires y mi bienaventurado padre Ignacio y el bienaventurado Francisco Javier, y te prometo a ti, mi Salvador Jesús, que nunca me sustraeré, en lo que de mi dependa, a la gracia del martirio, si alguna vez, por tu misericordia infinita me la ofreces a mí, indignísimo siervo tuyo.

Me obligo así, por lo que me queda de vida, a no tener por lícito o libre el declinar las ocasiones de morir y derramar por ti mi sangre, a no ser que juzgue en algún caso ser más conveniente para tu gloria lo contrario. Me comprometo además a recibir de tu mano el golpe mortal, cuando llegue el momento, con el máximo contento y alegría; por eso, mi amantísimo Jesús, movido por la vehemencia de mi gozo, te ofrezco ya ahora mi sangre, mi cuerpo y mi vida, para que no muera sino por ti, si me concedes esta gracia, ya que tú te dignaste morir por mí. Haz que viva de tal modo, que merezca alcanzar de ti el don de esta muerte tan deseable. Así, Dios y Salvador mío, recibiré de tu mano la copa de tu pasión, invocando tu nombre: ¡Jesús, Jesús, Jesús!

Dios mío, ¡cuánto me duele el que no seas conocido, el que esta región extranjera no se haya aún convertido enteramente a ti, el hecho de que el pecado no haya sido aún exterminado de ella! Sí, Dios mío, si han de caer sobre mí todos los tormentos que han de sufrir, con toda su ferocidad y crueldad, los cautivos en esta región, de buena gana me ofrezco a soportarlos yo solo.

R. Los santos, por medio de la fe, subyugaron reinos, practicaron la justicia, obtuvieron promesas, fueron valientes en la guerra; * todos éstos fueron acreditados por su fe.
V. Dios los puso a prueba y los halló dignos de sí.

Oración

Dios nuestro, que consagraste las primicias de la fe en las regiones de la América del Norte con la predicación y la sangre de los santos Juan de Brébeuf, Isaac Jogues y compañeros, mártires, haz que, por su intercesión, vaya floreciendo y fructificando día a día en todo el mundo una abundante cosecha de nuevos cristianos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.