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Orar

Miércoles, 27 de octubre de 2027

Miércoles de la 30ª semana del Tiempo Ordinario

Tiempo Ordinario · Verde · Año impar (I)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Mi alma espera en el Señor. R. Espera en su palabra.

Himno

Pues busco, debo encontrar;

pues llamo, débenme abrir;

pues pido, me deben dar;

pues amo, débeme amar

aquel que me hizo vivir.

¿Calla? Un día me hablará.

¿Pasa? No lejos irá.

¿Me pone a prueba? Soy fiel.

¿Pasa? No lejos irá:

pues tiene alas mi alma, y va

volando detrás de él.

Es poderoso, mas no

podrá mi amor esquivar;

invisible se volvió,

mas ojos de lince yo

tengo y le habré de mirar.

Alma, sigue hasta el final

en pos del Bien de los bienes,

y consuélate en tu mal

pensando con fe total:

¿Le buscas? ¡Es que lo tienes! Amén.

Salmodia

También nosotros gemimos en nuestro interior, aguardando la redención de nuestro cuerpo.

Salmo 38

La creación fue sometida a la frustración…, pero con la esperanza de verse liberada. (Rm 8, 20)

Yo me dije: vigilaré mi proceder,

para que no se me vaya la lengua;

pondré una mordaza a mi boca

mientras el impío esté presente.

Guardé silencio resignado,

no hablé con ligereza;

pero mi herida empeoró,

y el corazón me ardía por dentro;

pensándolo me requemaba,

hasta que solté la lengua.

Señor, dame a conocer mi fin

y cuál es la medida de mis años,

para que comprenda lo caduco que soy.

Me concediste un palmo de vida,

mis días son nada ante ti;

el hombre no dura más que un soplo,

el hombre pasa como pura sombra,

por un soplo se afana,

atesora sin saber para quién.

También nosotros gemimos en nuestro interior, aguardando la redención de nuestro cuerpo.

Escucha, Señor, mi oración: no seas sordo a mi llanto.

Salmo 38

La creación fue sometida a la frustración…, pero con la esperanza de verse liberada. (Rm 8, 20)

Y ahora, Señor, ¿qué esperanza me queda?

Tú eres mi confianza.

Líbrame de mis iniquidades,

no me hagas la burla de los necios.

Enmudezco, no abro la boca,

porque eres tú quien lo ha hecho.

Aparta de mí tus golpes,

que el ímpetu de tu mano me acaba.

Escarmientas al hombre

castigando su culpa;

como una polilla roes sus tesoros;

el hombre no es más que un soplo.

Escucha, Señor, mi oración,

haz caso de mis gritos,

no seas sordo a mi llanto;

porque yo soy huésped tuyo,

forastero como todos mis padres.

Aplaca tu ira, dame respiro,

antes de que pase y no exista.

Escucha, Señor, mi oración: no seas sordo a mi llanto.

Yo confío en la misericordia del Señor por siempre jamás.

Salmo 51

El que se gloría, que se gloríe en el Señor. (1Co 1, 31)

¿Por qué te glorías de la maldad

y te envalentonas contra el piadoso?

Estás todo el día maquinando injusticias

tu lengua es navaja afilada,

autor de fraudes;

prefieres el mal al bien,

la mentira a la honradez;

prefieres las palabras corrosivas,

lengua embustera.

Pues Dios te destruirá para siempre,

te abatirá y te barrerá de tu tienda;

arrancará tus raíces

del suelo vital.

Lo verán los justos, y temerán,

y se reirán de él:

«Mirad al valiente

que no puso en Dios su apoyo,

confió en sus muchas riquezas,

se insolentó en sus crímenes.»

Pero yo, como verde olivo,

en la casa de Dios,

confío en su misericordia

por siempre jamás.

Te daré siempre gracias

porque has actuado;

proclamaré delante de tus fieles:

«Tu nombre es bueno.»

Yo confío en la misericordia del Señor por siempre jamás.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del libro del profeta Jeremías · 24, 1-10

En aquellos días, el Señor me mostró dos cestas de higos colocadas delante del templo del Señor. (Era después que Nabucodonosor, rey de Babilonia, desterró a Jeconías, hijo de Joaquín, rey de Judá, y a los príncipes de Judá, a los artesanos y maestros de Jerusalén, y se los llevó a Babilonia.) Una de las cestas tenía higos excelentes, como higos tempranos; la otra cesta tenía higos malísimos, que no se podían comer. El Señor me dijo:

«¿Qué ves, Jeremías?»

Yo contesté:

«Veo higos: unos son excelentes, otros son pésimos y no se pueden comer.»

Y me vino la palabra del Señor:

«Así dice el Señor, Dios de Israel: A los desterrados de Judá, a quienes expulsé de este lugar al país de los caldeos, los considero buenos, como estos higos buenos. Los miraré benévolamente, los haré volver a esta tierra; los construiré y no los destruiré, los plantaré y no los arrancaré. Les daré inteligencia para que conozcan que yo soy el Señor; ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios, cuando vuelvan a mí de todo corazón.

Pero a Sedecías, rey de Judá, y a sus príncipes, al resto de Jerusalén que se quede en esta tierra y a los que residen en Egipto, los trataré como a esos higos malos que no se pueden comer. Serán terrible escarmiento para todos los reinos de la tierra, objeto de oprobio y sátira, de burla y maldición, en todos los países adonde los dispersé. Les enviaré la espada, el hambre y la peste, hasta consumirlos en la tierra que les di a ellos y a sus padres.»

SEGUNDA LECTURA

De la carta de san Clemente primero, papa, a los Corintios

Revistámonos de concordia, manteniéndonos en la humildad y en la continencia, apartándonos de toda murmuración y de toda crítica y manifestando nuestra justicia más por medio de nuestras obras que con nuestras palabras. Porque está escrito: ¿Va a quedar sin respuesta tal palabrería?, ¿va a tener razón el charlatán?

Es necesario, por tanto, que estemos siempre dispuestos a obrar el bien, pues todo cuanto poseemos nos lo ha dado Dios. Él, en efecto, ya nos ha prevenido diciendo: Mirad, el Señor Dios llega con poder, y con él viene su salario y su recompensa lo precede y paga a cada hombre según sus acciones. De esta forma, pues, nos exhorta a nosotros, que creemos en él con todo nuestro corazón, a que, sin pereza ni desidia, nos entreguemos al ejercicio de las buenas obras. Nuestra gloria y nuestra confianza estén siempre en él; vivamos siempre sumisos a su voluntad y pensemos en la multitud de ángeles que están en su presencia, siempre dispuestos a cumplir sus órdenes. Dice, en efecto, la Escritura: Miles de millares le servían, miríadas de miríadas estaban en pie delante de él y gritaban, diciendo: «¡Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos, llena está la tierra de su gloria!»

Nosotros, pues, también con un solo corazón y con una sola voz, elevemos el canto de nuestra común fidelidad, aclamando sin cesar al Señor, a fin de tener también nuestra parte en sus grandes y maravillosas promesas. Porque él ha dicho: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que lo aman.

¡Qué grandes y maravillosos son, amados hermanos, los dones de Dios! La vida en la inmortalidad, el esplendor en la justicia, la verdad en la libertad, la fe en la confianza, la templanza en la santidad; y todos estos dones son los que están va desde ahora al alcance de nuestro conocimiento. ¿Y cuáles serán, pues, los bienes que están preparados para los que lo aman? Solamente los conoce el Artífice supremo, el Padre de los siglos; sólo él sabe su número y su belleza.

Nosotros, pues, si deseamos alcanzar estos dones procuremos, con todo ahínco, ser contados entre aquellos que esperan su llegada. ¿Y cómo podremos lograrlo, amados hermanos? Uniendo a Dios nuestra alma con toda nuestra fe, buscando siempre con diligencia lo que es grato y acepto a sus ojos, realizando lo que está de acuerdo con su santa voluntad, siguiendo la senda de la verdad y rechazando de nuestra vida toda injusticia.

R. Los miraré benévolamente, los haré volver a esta tierra, * los plantaré y no los arrancaré.
V. Vendrán con aclamaciones a la altura de Sión, afluirán hacia los bienes del Señor.

R. Más vale ser virtuoso, aunque sin hijos; * la virtud, la conocen Dios y los hombres.
V. La religión pura ante Dios, nuestro Padre, consiste en esto: en conservarse limpio de toda mancha en este mundo.

R. Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; * enséñame, por qué tú eres mi Dios y Salvador, y todo el día te estoy esperando.
V. Mírame y ten piedad de mí, que estoy solo y afligido.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.