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Orar

Martes, 9 de noviembre de 2027

Dedicación de la basílica de Letrán

Tiempo Ordinario · Blanco

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Escucha, pueblo mío, mi enseñanza. R. Inclina el oído a las palabras de mi boca.

Himno

¡Espada de dos filos

es, Señor, tu palabra!

Penetra como fuego

y divide la entraña.

¡Nada como tu voz,

es terrible tu espada!

¡Nada como tu aliento,

es dulce tu palabra!

Tenemos que vivir

encendida la lámpara,

que para virgen necia

no es posible la entrada.

No basta con gritar

sólo palabras vanas,

ni tocar a la puerta

cuando ya está cerrada.

Espada de dos filos

que me cercena el alma,

que hiere a sangre y fuego

esta carne mimada,

que mata los ardores

para encender la gracia.

Vivir de tus incendios,

luchar por tus batallas,

rumor de tus sandalias.

¡Espada de dos filos

es, Señor, tu palabra! Amén.

Salmodia

Mi grito, Señor, llegue hasta ti; no me escondas tu rostro.

Salmo 101

Dios nos consuela en todas nuestras luchas. (2Co 1, 4)

Señor, escucha mi oración,

que mi grito llegue hasta ti;

no me escondas tu rostro

el día de la desgracia.

Inclina tu oído hacia mí;

cuando te invoco, escúchame en seguida.

Que mis días se desvanecen como humo,

mis huesos queman como brasas;

mi corazón está agostado como hierba,

me olvido de comer mi pan;

con la violencia de mis quejidos,

se me pega la piel a los huesos.

Estoy como lechuza en la estepa,

como búho entre ruinas;

estoy desvelado, gimiendo,

como pájaro sin pareja en el tejado.

Mis enemigos me insultan sin descanso;

furiosos contra mí, me maldicen.

En vez de pan, como ceniza,

mezclo mi bebida con llanto,

por tu cólera y tu indignación,

porque me alzaste en vilo y me tiraste;

mis días son una sombra que se alarga,

me voy secando como la hierba.

Mi grito, Señor, llegue hasta ti; no me escondas tu rostro.

Escucha, Señor, las súplicas de los indefensos.

Salmo 101

Dios nos consuela en todas nuestras luchas. (2Co 1, 4)

Tú, en cambio, permaneces para siempre,

y tu nombre de generación en generación.

Levántate y ten misericordia de Sión,

que ya es hora y tiempo de misericordia.

Tus siervos aman sus piedras,

se compadecen de sus ruinas:

los gentiles temerán tu nombre,

los reyes del mundo, tu gloria.

Cuando el Señor reconstruya Sión,

y aparezca en su gloria,

y se vuelva a las súplicas de los indefensos,

y no desprecie sus peticiones,

quede esto escrito para la generación futura,

y el pueblo que será creado alabará al Señor:

Que el Señor ha mirado

desde su excelso santuario,

desde el cielo se ha fijado en la tierra,

para escuchar los gemidos de los cautivos

y librar a los condenados a muerte,

para anunciar en Sión el nombre del Señor,

y su alabanza en Jerusalén,

cuando se reúnan unánimes los pueblos

y los reyes para dar culto al Señor.

Escucha, Señor, las súplicas de los indefensos.

Tú, Señor, cimentaste la tierra, y el cielo es obra de tus manos.

Salmo 101

Dios nos consuela en todas nuestras luchas. (2Co 1, 4)

Él agotó mis fuerzas en el camino,

acortó mis días;

y yo dije: «Dios mío, no me arrebates

en la mitad de mis días.»

Tus años duran por todas las generaciones:

al principio cimentaste la tierra,

y el cielo es obra de tus manos.

Ellos perecerán, tú permaneces,

se gastarán como la ropa,

serán como un vestido que se muda.

Tú, en cambio, eres siempre el mismo,

tus años no se acabarán.

Los hijos de tus siervos vivirán seguros,

su linaje durará en tu presencia.

Tú, Señor, cimentaste la tierra, y el cielo es obra de tus manos.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del libro del profeta Ezequiel · 8, 1-6. 16—9, 11

El año sexto, el día cinco del mes sexto, estaba yo sentado en mi casa y los ancianos de Judá estaban sentados frente a mí, cuando se posó sobre mí la mano del Señor. Vi una figura que parecía un hombre: desde lo que parecía ser su cintura para abajo, era de fuego; de su cintura para arriba, era algo así como un resplandor, semejante al fulgor del electro. Alargó algo así como una mano y me tomó por los cabellos; el espíritu me levantó en vilo y me llevó en éxtasis entre el cielo y la tierra a Jerusalén, junto a la puerta septentrional del atrio interior, donde estaba la estatua rival.

Allí estaba la gloria del Dios de Israel, como la había contemplado en la llanura. Me dijo:

«Hijo de hombre, dirige la vista hacia el norte.»

Dirigí la vista hacia el norte y vi al norte de la puerta del altar la estatua rival, la que está a la entrada. Añadió:

«Hijo de hombre, ¿no ves lo que están haciendo? Graves abominaciones comete aquí la casa de Israel, para que me aleje de mi santuario. Pero aún verás abominaciones mayores.»

Después me llevó al atrio interior de la casa del Señor. A la entrada del templo del Señor, entre el atrio y el altar, había unos veinticinco hombres, de espaldas al templo y mirando hacia el oriente: estaban adorando al sol. Me dijo:

«¿No ves, hijo de hombre? ¡Le parecen poco a la casa de Judá las abominaciones que aquí cometen, y colman al país de violencias, indignándome más y más! Pues también yo actuaré con cólera, no me apiadaré ni perdonaré; me invocarán a voz en grito, pero no los escucharé.»

Entonces lo oí llamar en voz alta:

«Acercaos, verdugos de la ciudad, empuñando cada uno su arma mortal.»

Entonces aparecieron seis hombres por el camino de la puerta de arriba, la que da al norte, empuñando mazas. En medio de ellos, un hombre vestido de lino, con los avíos de escribano a la cintura. Al llegar se detuvieron junto al altar de bronce. La gloria del Dios de Israel se había levantado de los querubines en que se apoyaba, yendo a posarse en el umbral del templo. Llamó al hombre vestido de lino, con los avíos de escribano a la cintura, y le dijo el Señor:

«Recorre la ciudad, atraviesa Jerusalén, y marca en la frente a los que gimen afligidos por las abominaciones que en ella se cometen.»

A los otros les dijo en mi presencia:

«Recorred la ciudad detrás de él, golpead sin compasión y sin piedad. A viejos, mozos y muchachas, a niños y mujeres, matadlos, acabad con ellos; pero a ninguno de los marcados toquéis. Empezad por mi santuario.»

Y empezaron por los ancianos que estaban frente al templo. Luego les dijo:

«Profanad el templo, llenando sus atrios de cadáveres, y salid a matar por la ciudad.»

Sólo yo quedé con vida. Mientras ellos mataban, caí rostro en tierra y grité:

«¡Ay Señor! ¿Vas a exterminar al resto de Israel, derramando tu cólera sobre Jerusalén?»

Me respondió:

«Grande, muy grande es el delito de la casa de Israel y de Judá; el país está lleno de crímenes, la ciudad colmada de injusticias; porque dicen: “El Señor ha abandonado el país, no lo ve el Señor.” Pues tampoco yo me apiadaré ni perdonaré; doy a cada uno su merecido.»

Entonces el hombre vestido de lino, con los avíos de escribano a la cintura, informó, diciendo:

«He cumplido lo que me ordenaste.»

SEGUNDA LECTURA

De los sermones de san Cesáreo de Arlés, obispo

Hoy, hermanos muy amados, celebramos con gozo y alegría, por la benignidad de Cristo, la dedicación de este templo; pero nosotros debemos ser el templo vivo y verdadero de Dios. Con razón, sin embargo, celebran los pueblos cristianos la solemnidad de la Iglesia madre, ya que son conscientes de que por ella han renacido espiritualmente. En efecto, nosotros, que por nuestro primer nacimiento fuimos objeto de la ira de Dios, por el segundo hemos llegado a ser objeto de su misericordia. El primer nacimiento fue para muerte; el segundo nos restituyó a la vida.

Todos nosotros, amadísimos, antes del bautismo, fuimos lugar en donde habitaba el demonio; después del bautismo, nos convertimos en templos de Cristo. Y, si pensamos con atención en lo que atañe a la salvación de nuestras almas, tomamos conciencia de nuestra condición de templos verdaderos y vivos de Dios. Dios habita no sólo en templos construidos por hombres ni en casas hechas de piedra y de madera, sino principalmente en el alma hecha a imagen de Dios y construida por él mismo, que es su arquitecto. Por esto, dice el apóstol Pablo: El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros.

Y, ya que Cristo, con su venida, arrojó de nuestros corazones al demonio para prepararse un templo en nosotros, esforcémonos al máximo, con su ayuda, para que Cristo no sea deshonrado en nosotros por nuestras malas obras. Porque todo el que obra mal deshonra a Cristo. Como antes he dicho, antes de que Cristo nos redimiera éramos casa del demonio; después hemos llegado a ser casa de Dios, ya que Dios se ha dignado hacer de nosotros una casa para sí.

Por esto, nosotros, carísimos, si queremos celebrar con alegría la dedicación del templo, no debemos destruir en nosotros, con nuestras malas obras, el templo vivo de Dios. Lo diré de una manera inteligible para todos: debemos disponer nuestras almas del mismo modo como deseamos encontrar dispuesta la iglesia cuando venimos a ella.

¿Deseas encontrar limpia la basílica? Pues no ensucies tu alma con el pecado. Si deseas que la basílica esté bien iluminada, Dios desea también que tu alma no esté en tinieblas, sino que sea verdad lo que dice el Señor: que brille en nosotros la luz de las buenas obras y sea glorificado aquel que está en los cielos. Del mismo modo que tú entras en esta iglesia, así quiere Dios entrar en tu alma como tiene prometido: Habitaré y caminaré con ellos.

R. Vi que manaba agua del lado derecho del templo. Aleluya. * Y habrá vida donde quiera que llegue la corriente, y cantarán: «Aleluya, aleluya.»
V. En la dedicación del templo, cantaba el pueblo alabanzas, y en la boca de todos resonaba una dulce canción.

TE DEUM

Señor, Dios eterno, alegres te cantamos,

a ti nuestra alabanza,

a ti, Padre del cielo, te aclama la creación.

Postrados ante ti, los ángeles te adoran

y cantan sin cesar:

Santo, santo, santo es el Señor,

Dios del universo;

llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles,

la multitud de los profetas te enaltece,

y el ejército glorioso de los mártires te aclama.

A ti la Iglesia santa,

por todos los confines extendida,

con júbilo te adora y canta tu grandeza:

Padre, infinitamente santo,

Hijo eterno, unigénito de Dios,

Santo Espíritu de amor y de consuelo.

Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria,

tú el Hijo y Palabra del Padre,

tú el Rey de toda la creación.

Tú, para salvar al hombre,

tomaste la condición de esclavo

en el seno de una virgen.

Tú destruiste la muerte

y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.

Tú vives ahora,

inmortal y glorioso, en el reino del Padre.

Tú vendrás algún día,

como juez universal.

Muéstrate, pues, amigo y defensor

de los hombres que salvaste.

Y recíbelos por siempre allá en tu reino,

con tus santos y elegidos.

La parte que sigue puede omitirse, si se cree oportuno.

Salva a tu pueblo, Señor,

y bendice a tu heredad.

Sé su pastor,

y guíalos por siempre.

Día tras día te bendeciremos

y alabaremos tu nombre por siempre jamás.

Dígnate, Señor,

guardarnos de pecado en este día.

Ten piedad de nosotros, Señor,

ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,

como lo esperamos de ti.

A ti, Señor, me acojo,

no quede yo nunca defraudado.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.