OFICIO DE LECTURA
Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.
Hoy la memoria es libre
Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Alberto Magno, obispo y doctor de la Iglesia.
V. Enséñame a cumplir tu voluntad. R. Y a guardarla de todo corazón.
Himno
Dios de la tierra y del cielo,
que, por dejarlas más claras,
las grandes aguas separas,
pones un límite al cielo.
Tú que das cauce al riachuelo
y alzas la nube a la altura,
tú que, en cristal de frescura,
sueltas las aguas del río
sobre las tierras de estío,
sanando su quemadura,
danos tu gracia, piadoso,
para que el viejo pecado
no lleve al hombre engañado
a sucumbir a su acoso.
Hazlo en la fe luminoso,
alegre en la austeridad,
y hágalo tu claridad
salir de sus vanidades;
dale, Verdad de verdades,
el amor a tu verdad. Amén.
Salmodia
Sálvame, Señor, por tu misericordia.
Salmo 6
Ahora mi alma está agitada… Padre, líbrame de esta hora. (Jn 12, 27)
Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera.
Misericordia, Señor, que desfallezco;
cura, Señor, mis huesos dislocados.
Tengo el alma en delirio,
y tú, Señor, ¿hasta cuándo?
Vuélvete, Señor, liberta mi alma,
sálvame por tu misericordia.
Porque en el reino de la muerte nadie te invoca,
y en el abismo, ¿quién te alabará?
Estoy agotado de gemir:
de noche lloro sobre el lecho,
riego mi cama con lágrimas.
Mis ojos se consumen irritados,
envejecen por tantas contradicciones.
Apartaos de mí los malvados,
porque el Señor ha escuchado mis sollozos;
el Señor ha escuchado mi súplica,
el Señor ha aceptado mi oración.
Que la vergüenza abrume a mis enemigos,
que avergonzados huyan al momento.
Sálvame, Señor, por tu misericordia.
El Señor es el refugio del oprimido en los momentos de peligro.
Salmo 9 A
De nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos.
Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
proclamando todas tus maravillas;
me alegro y exulto contigo
y toco en honor de tu nombre, ¡oh Altísimo!
Porque mis enemigos retrocedieron,
cayeron y perecieron ante tu rostro.
Defendiste mi causa y mi derecho
sentado en tu trono como juez justo.
Reprendiste a los pueblos, destruiste al impío
y borraste para siempre su apellido.
El enemigo acabó en ruina perpetua,
arrasaste sus ciudades y se perdió su nombre.
Dios está sentado por siempre
en el trono que ha colocado para juzgar.
Él juzgará el orbe con justicia
y regirá las naciones con rectitud.
Él será refugio del oprimido,
su refugio en los momentos de peligro.
Confiarán en ti los que conocen tu nombre,
porque no abandonas a los que te buscan.
El Señor es el refugio del oprimido en los momentos de peligro.
Narraré tus hazañas en las puertas de Sión.
Salmo 9 A
De nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos.
Tañed en honor del Señor, que reside en Sión;
narrad sus hazañas a los pueblos;
él venga la sangre, él recuerda,
y no olvida los gritos de los humildes.
Piedad, Señor;
mira cómo me afligen mis enemigos;
levántame del umbral de la muerte,
para que pueda proclamar tus alabanzas
y gozar de tu salvación en las puertas de Sión.
Los pueblos se han hundido
en la fosa que hicieron,
su pie quedó prendido en la red que escondieron.
El Señor apareció para hacer justicia,
y se enredó el malvado en sus propias acciones.
Vuelvan al abismo los malvados,
los pueblos que olvidan a Dios.
El no olvida jamás al pobre,
ni la esperanza del humilde perecerá.
Levántate, Señor, que el hombre no triunfe:
sean juzgados los gentiles en tu presencia.
Señor, infúndeles terror,
y aprendan los pueblos que no son más que hombres.
Narraré tus hazañas en las puertas de Sión.
PRIMERA LECTURA (Año I)
Del libro del profeta Ezequiel · 17, 3-15. 19-24
Esto dice el Señor:
«El águila gigante, de gigantescas alas, de gran envergadura, de plumaje tupido, de color abigarrado, voló al Líbano; cogió el cogollo del cedro, arrancó su pimpollo cimero y se lo llevó a un país de mercaderes, plantándolo en una ciudad de traficantes. Después cogió simiente de la tierra y la echó en terreno sembradío. La sembró ribereña, junto a aguas abundantes, para que germinara y se hiciera vid aparrada, achaparrada, para que orientara hacia ella los sarmientos, y le sometiera las raíces. Y se hizo vid, echó pámpanos y se puso frondosa.
Vino después otra águila gigante, de gigantescas alas y de espeso plumaje, y entonces nuestra vid, aunque estaba plantada en buen terreno, junto a aguas abundantes, sesgó sus raíces hacia ella y orientó hacia ella sus sarmientos, para recibir más riego que en el bancal donde estaba plantada, y así echar ramas y dar fruto y hacerse vid espléndida.
Di: Esto dice el Señor: “¿Le saldrá bien? ¿O la desceparán y se malogrará su fruto y se marchitarán sus renuevos? No hará falta un brazo robusto ni mucha gente para desceparla. Mirad, ya está plantada: ¿prosperará tal vez? ¿O se agostará cuando la azote el viento solano, en el bancal donde germinó se agostará?”»
Me vino esta palabra del Señor:
«Dile a la Casa Rebelde: “¿No entendéis lo que esto significa?” Di: Mirad, el rey de Babilonia fue a Jerusalén y, cogiendo a su rey y a sus príncipes, se los llevó a Babilonia. Tomando a uno de linaje real, hizo con él un pacto y le comprometió con juramento, llevándose a los nobles del país, para que fuera un reino humilde que no se ensoberbeciera y observara fielmente el pacto. Pero se rebeló contra él y envió mensajeros a Egipto pidiendo caballos y tropas numerosas. ¿Tendrá éxito? ¿Escapará con vida el que hizo esto? El que violó el pacto, ¿escapará con vida?
Por tanto, así dice el Señor: “Juro por mi vida que lo castigaré por haber menospreciado mi juramento y por haber violado mi pacto. Tenderé mi red sobre él, y lo cazaré en mi trampa; lo llevaré a Babilonia para juzgarlo allí, por haberme traicionado. Todas sus huestes caerán a espada y los supervivientes se dispersarán a todos los vientos, y sabréis que yo, el Señor, he hablado.”»
Esto dice el Señor: «Cogeré una guía del cogollo del cedro alto y encumbrado; del vástago cimero arrancaré un esqueje y yo lo plantaré en un monte elevado y señero, lo plantaré en el monte encumbrado de Israel. Echará ramas, se pondrá frondoso y llegará a ser un cedro magnífico; anidarán en él todos los pájaros, a la sombra de su ramaje anidarán todas las aves. Y sabrán todos los árboles del campo que yo, el Señor, humillo al árbol elevado y elevo al árbol humilde, seco el árbol verde y reverdezco el árbol seco.»
SEGUNDA LECTURA
Del comentario de san Alberto Magno, obispo, sobre el evangelio de san Lucas
Haced esto en conmemoración mía. Dos cosas hay que destacar en estas palabras. La primera es el mandato de celebrar este sacramento, mandato expresado en las palabras: Haced esto. La segunda es que se trata del memorial de la muerte que sufrió el Señor por nosotros.
Dice, pues: Haced esto. No podríamos imaginarnos un mandato más provechoso, más dulce, más saludable, más amable, más parecido a la vida eterna. Esto es lo que vamos a demostrar punto por punto.
Lo más provechoso en nuestra vida es lo que nos sirve para el perdón de los pecados yla plenitud de la gracia. Él, el Padre de los espíritus, nos instruye en lo que es provechoso para recibir su santificación. Su santificación consiste en su sacrificio, esto es, en su ofrecimiento sacramental, cuando se ofrece al Padre por nosotros y se ofrece a nosotros para nuestro provecho. Por ellos me consagro yo. Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo.
Es también lo más dulce que podemos hacer. ¿Qué puede haber más dulce que aquello en que Dios nos muestra toda su dulzura? A tu pueblo lo alimentaste con manjar de ángeles, proporcionándole gratuitamente, desde el cielo, pan a punto, de mil sabores, a gusto de todos; este sustento tuyo demostraba a tus hijos tu dulzura, pues servia al deseo de quien lo tomaba y se convertía en lo que uno quería.
Es lo más saludable que se nos podía mandar. Este sacramento es el fruto del árbol de la vida, y el que lo come con la devoción de una fe sincera no gustará jamás la muerte. Es árbol de vida para los que la cogen, son dichosos los que la retienen. El que me come vivirá por mí. Es lo más amable que se nos podía mandar. Este sacramento, en efecto, es causa de amor y de unión. La máxima prueba de amor es darse uno mismo como alimento. Los hombres de mi campamento dijeron: «¡Ojalá nos dejen saciarnos de su carne!»; que es como si dijera: «Tanto los amo yo a ellos y ellos a mí, que yo deseo estar en sus entrañas y ellos desean comerme, para, incorporados a mí convertirse en miembros de mi cuerpo. Era imposible un modo de unión más íntimo y verdadero entre ellos y yo.»
Y es lo más parecido a la vida eterna que se nos podía mandar. La vida eterna viene a ser una continuación de este sacramento, en cuanto que Dios penetra con su dulzura en los que gozan de la vida bienaventurada.
R. Yo os transmito el reino como me lo transmitió mi Padre a mí: * Comeréis y beberéis a mi mesa en mi reino.
V. Soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto.
Oración
Tú has querido, Señor, que el obispo san Alberto mereciera el título de Grande por su extraordinaria capacidad para conciliar la fe con la sabiduría humana; concédenos que, siguiendo sus enseñanzas, a través del progreso de las ciencias, lleguemos a conocerte y amarte más profundamente. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
