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Orar

Martes, 7 de diciembre de 2027

San Ambrosio, obispo y doctor de la Iglesia

Adviento · Blanco

VÍSPERAS

Himno

Éste es el tiempo en que llegas,

Esposo, tan de repente,

que invitas a los que velan

y olvidas a los que duermen.

Salen cantando a tu encuentro

doncellas con ramos verdes

y lámparas que guardaron

copioso y claro el aceite.

¡Cómo golpean las necias

las puertas de tu banquete!

¡Y cómo lloran a oscuras

los ojos que no han de verte!

Mira que estamos alerta,

Esposo, por si vinieres,

y está el corazón velando

mientras los ojos se duermen.

Danos un puesto a tu mesa,

Amor que a la noche vienes,

antes que la noche acabe

y que la puerta se cierre. Amén.

Jesucristo, Palabra del Padre,

luz eterna de todo creyente:

ven, Señor, porque ya se hace tarde,

ven y escucha la súplica ardiente.

Cuando el mundo dormía en tinieblas,

en tu amor, tú quisiste ayudarlo

y trajiste, viniendo a la tierra,

esa vida que puede salvarlo.

Ya madura la historia en promesas,

sólo anhela tu pronto regreso;

si el silencio madura la espera,

el amor no soporta el silencio.

Con María, la Iglesia te aguarda

con anhelos de esposa y de madre

y reúne a sus hijos, los fieles,

para juntos poder esperarte.

Cuando vengas, Señor, en tu gloria,

que podamos salir a tu encuentro

y a tu lado vivamos por siempre,

dando gracias al Padre en el reino. Amén.

Salmodia

No podéis servir a Dios y al dinero.

Salmo 48

Es muy difícil que un rico entre en el reino de los cielos. (Mt 19, 23)

Oíd esto, todas las naciones,

escuchadlo, habitantes del orbe:

plebeyos y nobles, ricos y pobres;

mi boca hablará sabiamente,

y serán muy sensatas mis reflexiones;

prestaré oído al proverbio

y propondré mi problema al son de la cítara.

¿Por qué habré de temer los días aciagos,

cuando me cerquen y me acechen los malvados,

que confían en su opulencia

y se jactan de sus inmensas riquezas,

si nadie puede salvarse

ni dar a Dios un rescate?

Es tan caro el rescate de la vida,

que nunca les bastará

para vivir perpetuamente

sin bajar a la fosa.

Mirad: los sabios mueren,

lo mismo que perecen los ignorantes y necios,

y legan sus riquezas a extraños.

El sepulcro es su morada perpetua

y su casa de edad en edad,

aunque hayan dado nombre a países.

El hombre no perdura en la opulencia,

sino que perece como los animales.

No podéis servir a Dios y al dinero.

«Atesorad tesoros en el cielo», dice el Señor.

Salmo 48

Es muy difícil que un rico entre en el reino de los cielos. (Mt 19, 23)

Éste es el camino de los confiados,

el destino de los hombres satisfechos:

son un rebaño para el abismo,

la muerte es su pastor,

y bajan derechos a la tumba;

se desvanece su figura

y el abismo es su casa.

Pero a mí, Dios me salva,

me saca de las garras del abismo

y me lleva consigo.

No te preocupes si se enriquece un hombre

y aumenta el fasto de su casa:

cuando muera, no se llevará nada,

su fasto no bajará con él.

Aunque en vida se felicitaba:

«Ponderan lo bien que lo pasas»,

irá a reunirse con sus antepasados,

que no verán nunca la luz.

El hombre rico e inconsciente

es como un animal que perece.

«Atesorad tesoros en el cielo», dice el Señor.

Digno es el Cordero degollado de recibir el honor y la gloria.

Cántico · Ap 4, 11; 5, 9-10. 12

Eres digno, Señor Dios nuestro, de recibir la gloria,

el honor y el poder,

porque tú has creado el universo;

porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,

porque fuiste degollado

y por tu sangre compraste para Dios

hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;

y has hecho de ellos para nuestro Dios

un reino de sacerdotes

y reinan sobre la tierra.

Digno es el Cordero degollado

de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría,

la fuerza y el honor, la gloria y la alabanza.

Digno es el Cordero degollado de recibir el honor y la gloria.

LECTURA BREVE

Cf. 1Co 1, 7b-9

Esperamos vivamente la revelación de Jesucristo, Señor nuestro. Él nos fortalecerá hasta el fin, de modo que nos encontremos libres de culpa en el día de Jesucristo, nuestro Señor. Fiel es Dios, por quien hemos sido convocados a la unión con su Hijo.

R. Ven a salvarnos, Señor Dios de los ejércitos.
V. Ven a salvarnos, Señor Dios de los ejércitos.

R. Señor Dios de los ejércitos.
V. Que brille tu rostro y nos salve.

R. Ven a salvarnos, Señor Dios de los ejércitos.
V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Magnificat

Una voz clama en el desierto: «Preparad el camino del Señor, enderezad las sendas para nuestro Dios.»

Cántico de María Lc 1, 46-55

ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

—como lo había prometido a nuestros padres—

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Una voz clama en el desierto: «Preparad el camino del Señor, enderezad las sendas para nuestro Dios.»

Preces

Oremos, hermanos, a Cristo, nuestro Señor y redentor, que vendrá con gloria al fin de los tiempos, y digámosle:

Ven, Señor Jesús.

Señor y redentor nuestro, que al nacer en la carne nos libraste del yugo de la ley, — completa en nosotros los beneficios de tu amor.

Tú que tomaste de nuestra humanidad todo lo que no repugnaba a tu divinidad, — danos de tu naturaleza los dones de los que la nuestra está sedienta.

Con tu presencia da cumplimiento a nuestros deseos, — y con la fuerza de tu amor inflama nuestros corazones.

Danos la gracia de alegrarnos contigo en la gloria, — pues ya en este mundo nuestra fe sincera te confiesa.

Derrama, Señor, el rocío de tu amor — sobre las almas de todos los difuntos.

Oración

Dios nuestro, que has proclamado tu salvación a todos los confines de la tierra, concédenos esperar con alegría las fiestas del nacimiento del Salvador, Jesucristo, tu Hijo. Que vive y reina contigo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.