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Orar

Jueves, 16 de diciembre de 2027

Jueves de la 3ª semana de Adviento

Adviento · Morado

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Escuchad, naciones, la palabra del Señor. R. Y proclamadla en todos los confines de la tierra.

Himno

Verbo que del cielo bajas,

Luz del Padre que, naciendo,

socorres al mundo mísero

con el correr de los tiempos.

Ilumina el corazón,

quema de amor nuestro pecho,

y borren tus enseñanzas

tantos deslices y yerros,

para que, cuando regreses

como juez de nuestros hechos,

castigues el mal oculto

y corones a los buenos.

Que la maldad no nos lance

por nuestras culpas al fuego,

mas felices moradores

nos veamos en tu reino.

A Dios Padre y a su Hijo

gloria y honor tributemos,

y al Espíritu Paráclito,

por los siglos sempiternos. Amén.

Salmodia

Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.

Salmo 88 · 88, 39-53

Nos ha suscitado una fuerza de salvación en la casa de David. (Lc 1, 69)

Tú, encolerizado con tu Ungido,

lo has rechazado y desechado;

has roto la alianza con tu siervo

y has profanado hasta el suelo su corona;

has derribado sus murallas

v derrocado sus fortalezas;

todo viandante lo saquea,

y es la burla de sus vecinos;

has sostenido la diestra de sus enemigos

y has dado el triunfo a sus adversarios;

pero a él le has embotado la espada

y no lo has confortado en la pelea;

has quebrado su cetro glorioso

y has derribado su trono;

has acortado los días de su juventud

y lo has cubierto de ignominia.

Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.

Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre.

Salmo 89

Para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. (2Pe 3, 8)

Señor, tú has sido nuestro refugio

de generación en generación.

Antes que naciesen los montes

o fuera engendrado el orbe de la tierra,

desde siempre y por siempre tú eres Dios.

Tú reduces el hombre a polvo,

diciendo: «Retornad, hijos de Adán.»

Mil años en tu presencia

son un ayer, que pasó;

una vigilia nocturna.

Los siembras año por año,

como hierba que se renueva:

que florece y se renueva por la mañana,

y por la tarde la siegan y se seca.

¡Cómo nos ha consumido tu cólera

y nos ha trastornado tu indignación!

Pusiste nuestras culpas ante ti,

nuestros secretos ante la luz de tu mirada:

y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera,

y nuestros años se acabaron como un suspiro.

Aunque uno viva setenta años,

y el más robusto hasta ochenta,

la mayor parte son fatiga inútil,

porque pasan aprisa y vuelan.

¿Quién conoce la vehemencia de tu ira,

quién ha sentido el peso de tu cólera?

Enséñanos a calcular nuestros años,

para que adquiramos un corazón sensato.

Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?

Ten compasión de tus siervos;

por la mañana sácianos de tu misericordia,

y toda nuestra vida será alegría y júbilo.

Danos alegría, por los días en que nos afligiste,

por los años en que sufrimos desdichas.

Que tus siervos vean tu acción,

y sus hijos tu gloria.

Baje a nosotros la bondad del Señor

y haga prósperas las obras de nuestras manos.

Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del libro del profeta Miqueas · (7, 7-13)

Yo miro atento al Señor, espero en Dios, mi salvador: mi Dios me escuchará.

No te alegres de mi desgracia, enemiga mía, pues si caí me levantaré; y si me siento en tinieblas el Señor es mi luz. Soportaré la ira del Señor, pues pequé contra él, en tanto juzga mi causa y me hace justicia; él me conducirá a la luz y veré su justicia. Mi enemiga lo verá y se cubrirá de vergüenza; la que me decía: «¿Dónde está el Señor, tu Dios?» Mis ojos la verán entonces pisoteada como lodo de la calle.

Esto dice el Señor:

«Llega el día de reconstruir tus muros, de ensanchar tus linderos. Aquel día, acudirán a ti desde Asiria hasta Egipto, desde el Nilo hasta el Éufrates, de mar a mar, de monte a monte. Y la tierra será desolada con sus habitantes, en pago de sus malas obras.»

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro del profeta Isaías · (32, 15-33, 6)

En aquellos días, cuando se derrame sobre nosotros un espíritu de lo alto, el desierto será un vergel, el vergel parecerá una selva; en el desierto morará la justicia y en el vergel habitará el derecho: el fruto de la justicia será la paz y el fruto del derecho la seguridad para siempre.

Mi pueblo habitará dehesas de paz, en moradas tranquilas, en mansiones sosegadas. Aunque sea abatida la selva, aunque sea humillada la ciudad, dichosos vosotros que sembraréis junto al agua, dejando sueltos al asno y al buey.

¡Ay de ti, devastador, nunca devastado! ¡Ay de ti, saqueador, nunca saqueado! Cuando acabes de devastar, te devastarán a ti; cuando termines de saquear, te saquearán a ti.

Ten misericordia de nosotros, Señor, que esperamos en ti; sé nuestro brazo por la mañana y nuestra salvación en el peligro.

A tu voz potente huyeron los pueblos, al levantarte tú se dispersaron las naciones. Se recogía botín como se recoge la langosta: se abalanzaban sobre él como se abalanza el saltamontes.

El Señor es excelso, porque habita en la altura; él llenará a Sión de justicia y derecho. La fidelidad será su adorno, la sabiduría y el saber serán su refugio salvador, el temor del Señor será su tesoro.

SEGUNDA LECTURA

De la Constitución dogmática Dei Verbum, sobre la divina revelación, del Concilio Vaticano segundo.

Dios, al crear y conservar por medio del Verbo todas las cosas, da a los hombres un primer testimonio perenne de sí mismo en las cosas creadas; pero, queriendo también abrir a la humanidad el camino de una salvación sobrenatural, se manifestó además personalmente, ya desde el principio, a nuestros primeros padres.

Después de su caída, con la promesa de la redención les dio la esperanza de la salvación y, luego, incesantemente manifestó su solicitud por el género humano, a fin de dar la vida eterna a todos los que, perseverando en la práctica de las buenas obras, buscan la salvación.

A su tiempo también llamó a Abraham, para hacer de él una gran nación; después de los patriarcas, educó a su pueblo por medio de Moisés y los profetas, para que lo conocieran a él como el único Dios vivo y verdadero, Padre providente y Juez justo, y esperaran al Salvador prometido, y así, a lo largo de los siglos, fue preparando el camino del Evangelio; y, después que a través de muchas etapas y de muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros antepasados por ministerio de los profetas, en estos tiempos, que son los últimos, nos ha hablado por medio de su Hijo.

Envió a su Hijo, es decir, el Verbo eterno que ilumina a todos los hombres, a fin de que habitara entre ellos y les revelara los secretos de Dios.

Así, pues, Jesucristo, el Verbo hecho carne, «hombre enviado a los hombres», habla las palabras de Dios y lleva a cabo la obra salvífica que el Padre le ha encomendado. Por eso Jesucristo —ver al cual es ver al Padre—, por toda su presencia y por todo lo que manifiesta de sí mismo, por sus palabras y obras, señales y milagros, pero principalmente por su muerte y gloriosa resurrección de entre los muertos y finalmente por el envío del Espíritu Santo, lleva a término y confirma, con testimonio divino, la revelación de que Dios está con nosotros, para librarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y resucitarnos para la vida eterna.

Por tanto, la economía cristiana, que es alianza eterna y definitiva, no pasará jamás, y ya no hay que esperar una nueva revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo.

R. Yo miro atento al Señor, * espero en Dios, mi salvador.
V. Espero tu salvación, Señor.

R. Mi pueblo habitará en dehesas de paz, en moradas tranquilas: * el fruto de la justicia será la paz.
V. Mi paz os doy, no se turbe vuestro corazón ni se deje arrastrar por el temor.

R. Tus ojos verán a tu maestro * y tus oídos oirán detrás de ti estas palabras: «Éste es el camino, caminad por él.»
V. El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta de en medio de ti, de entre tus hermanos.

Oración

Señor, que la venida salvadora de tu Hijo alegre a tus siervos, a quienes ahora entristece el peso de sus culpas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.