Saltar al contenido

Orar

Martes, 21 de diciembre de 2027

San Pedro Canisio, presbítero y doctor de la Iglesia

Adviento · Morado

VÍSPERAS

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Pedro Canisio, presbítero y doctor de la Iglesia.

Himno

Escucha, casa de David:

La Virgen pura se halla encinta;

Dios la acaricia y la fecunda

y la hace Madre de la vida.

La Virgen grávida nos lleva

en el secreto de su dicha;

la Virgen fiel nos abre ruta

por su obediencia de discípula.

Espera en calma la agraciada,

con ella el mundo se arrodilla;

levanta el pobre la mirada,

con ella pide la venida.

Nacido en tiempos sin aurora,

el Hijo espera con María.

¡Oh Dios de amor, nuestra esperanza,

cambia tu espera en parusía!

¡A ti, Jesús, Hijo esperado,

aparecido en nuestros días,

con santo júbilo cantamos!

¡Ven en tu reino, ven de prisa! Amén.

Ya muy cercano, Emmanuel,

hoy te presiente Israel,

que en triste exilio vive ahora

y redención de ti implora.

Ven ya, del cielo resplandor,

Sabiduría del Señor,

pues con tu luz, que el mundo ansía,

nos llegará nueva alegría.

Llegando estás, Dios y Señor,

del Sinaí legislador,

que la ley santa promulgaste

y tu poder allí mostraste.

Ven, Vara santa de Jesé,

contigo el pueblo a lo que fue

volver espera, pues aún gime

bajo el cruel yugo que lo oprime.

Ven, Llave de David, que al fin

el cielo abriste al pueblo ruin,

que hoy puede andar, libre su vía,

con la esperanza del gran día.

Aurora tú eres que, al nacer,

nos trae nuevo amanecer,

y con tu luz, viva esperanza

el corazón del hombre alcanza.

Rey de la gloria, tu poder

al enemigo ha de vencer,

y al ayudar nuestra flaqueza,

se manifiesta tu grandeza. Amén.

Salmodia

Saldrá el Señor de su santuario, y vendrá a salvar a su pueblo.

Salmo 136 · 136, 1-6

Este destierro y esclavitud material hay que tomarlo como símbolo de la esclavitud espiritual. (S. Hilario)

Junto a los canales de Babilonia

nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión;

en los sauces de sus orillas

colgábamos nuestras cítaras.

Allí los que nos deportaron

nos invitaban a cantar;

nuestros opresores, a divertirlos:

«Cantadnos un cantar de Sión.»

¡Cómo cantar un cántico del Señor

en tierra extranjera!

Si me olvido de ti, Jerusalén,

que se me paralice la mano derecha;

que se me pegue la lengua al paladar

si no me acuerdo de ti,

si no pongo a Jerusalén

en la cumbre de mis alegrías.

Saldrá el Señor de su santuario, y vendrá a salvar a su pueblo.

Tenemos en Sión una ciudad fuerte: el Salvador ha puesto en ella murallas y baluartes; abrid las puertas, que con nosotros, está Dios. Aleluya.

Salmo 137

Los reyes de la tierra irán a llevar su esplendor a la ciudad santa. (Cf. Ap 21, 24)

Te doy gracias, Señor, de todo corazón;

delante de los ángeles tañeré para ti,

me postraré hacia tu santuario,

daré gracias a tu nombre;

por tu misericordia y tu lealtad,

porque tu promesa supera a tu fama;

cuando te invoqué, me escuchaste,

acreciste el valor en mi alma.

Que te den gracias, Señor, los reyes de la tierra

al escuchar el oráculo de tu boca;

canten los caminos del Señor,

porque la gloria del Señor es grande.

El Señor es sublime, se fija en el humilde,

y de lejos conoce al soberbio.

Cuando camino entre peligros,

me conservas la vida;

extiendes tu izquierda contra la ira de mi enemigo,

y tu derecha me salva.

El Señor completará sus favores conmigo:

Señor, tu misericordia es eterna,

no abandones la obra de tus manos.

Tenemos en Sión una ciudad fuerte: el Salvador ha puesto en ella murallas y baluartes; abrid las puertas, que con nosotros, está Dios. Aleluya.

Conozca la tierra, Señor, tus caminos, todos los pueblos tu salvación.

Cántico · Ap 4, 11; 5, 9-10. 12

Eres digno, Señor Dios nuestro, de recibir la gloria,

el honor y el poder,

porque tú has creado el universo;

porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,

porque fuiste degollado

y por tu sangre compraste para Dios

hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;

y has hecho de ellos para nuestro Dios

un reino de sacerdotes

y reinan sobre la tierra.

Digno es el Cordero degollado

de recibir el poder, la riqueza y la sabiduría,

la fuerza y el honor, la gloria y la alabanza.

Conozca la tierra, Señor, tus caminos, todos los pueblos tu salvación.

LECTURA BREVE

1Co 4, 5

No juzguéis antes de tiempo; dejad que venga el Señor. Él sacará a la luz lo que está oculto en las tinieblas y pondrá al descubierto las intenciones del corazón. Entonces vendrá a cada uno su alabanza de parte de Dios.

R. Ven a salvarnos, Señor Dios de los ejércitos.
V. Ven a salvarnos, Señor Dios de los ejércitos.

R. Señor Dios de los ejércitos.
V. Que brille tu rostro y nos salve.

R. Ven a salvarnos, Señor Dios de los ejércitos.
V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Magnificat

Oh sol que naces de lo alto, resplandor de la luz eterna, sol de justicia, ven a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte.

Cántico de María Lc 1, 46-55

ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:

su nombre es santo

y su misericordia llega a sus fieles

de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo:

dispersa a los soberbios de corazón,

derriba del trono a los poderosos

y enaltece a los humildes,

a los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,

acordándose de su misericordia

—como lo había prometido a nuestros padres—

en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Oh sol que naces de lo alto, resplandor de la luz eterna, sol de justicia, ven a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte.

Preces

Roguemos, amados hermanos, a Jesucristo, que nos salvó de las tinieblas de nuestros pecados, y con humildad invoquémoslo, diciendo:

Ven, Señor Jesús.

Congrega, Señor, a todos los pueblos de la tierra — y establece con todos tu alianza eterna.

Cordero de Dios, que viniste para quitar el pecado del mundo, — purifícanos de nuestras faltas y pecados.

Tú que viniste a salvar lo que se había perdido, — ven de nuevo para que no perezcan los que salvaste.

Cuando vengas, danos parte en tu gozo eterno, — pues ya desde ahora hemos puesto nuestra fe en ti.

Tú que has de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, — recibe, entre tus elegidos, a nuestros hermanos difuntos.

Oración

Señor, acoge benignamente las plegarias de tu pueblo, que se alegra por la venida de tu Hijo en nuestra carne mortal; concédele que, cuando vuelva él revestido de gloria y majestad, pueda también alegrarse al recibir de sus manos la recompensa de la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.