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Viernes, 24 de diciembre de 2027

24 de diciembre

Adviento · Morado

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Las antífonas y los salmos se toman del día correspondiente.

V. El Señor anuncia su palabra a Jacob. R. Sus decretos y mandatos a Israel.

Himno

Alegría de nieve

por los caminos.

Todo espera la gracia

del Bien Nacido.

Miserables los hombres,

dura la tierra.

Cuanta más nieve cae,

más cielo cerca.

La tierra tan dormida

ya se despierta.

Y hasta el hombre más muerto

se despereza.

Ya los montes se allanan

y las colinas,

y el corazón del hombre

vuelve a la vida.

Gloria al Padre y al Hijo,

gloria al Espíritu,

que han mirado a la tierra

compadecidos. Amén.

Salmodia

Nuestros padres nos contaron el poder del Señor y las maravillas que realizó.

Salmo 77 · 77, 1-39

Estas cosas sucedieron en figura para vosotros. (1Co 10, 6)

Escucha, pueblo mío, mi enseñanza,

inclina el oído a las palabras de mi boca:

que voy a abrir mi boca a las sentencias,

para que broten los enigmas del pasado.

Lo que oímos y aprendimos,

lo que nuestros padres nos contaron,

no lo ocultaremos a sus hijos,

lo contaremos a la próxima generación:

las alabanzas del Señor,

su poder, las maravillas que realizó:

porque él estableció una norma para Jacob,

dio una ley a Israel.

Él mandó a nuestros padres

que lo enseñaran a sus hijos,

para que lo supiera la generación siguiente:

los hijos que nacieran después.

Que surjan y le cuenten a sus hijos,

para que pongan en Dios su confianza

y no olviden las acciones de Dios,

sino que guarden sus mandamientos;

para que no imiten a sus padres,

generación rebelde y pertinaz;

generación de corazón inconstante,

de espíritu infiel a Dios.

Los arqueros de la tribu de Efraím

volvieron la espalda en la batalla;

no guardaron la alianza de Dios,

se negaron a seguir su ley,

echando en olvido sus acciones,

las maravillas que les había mostrado,

cuando hizo portentos a vista de sus padres,

en el país de Egipto, en el campo de Soán:

hendió el mar para abrirles paso,

sujetando a las aguas como muros;

los guiaba de día con una nube,

de noche con el resplandor del fuego;

hendió la roca en el desierto,

y les dio a beber raudales de agua;

sacó arroyos de la peña,

hizo correr las aguas como ríos.

Nuestros padres nos contaron el poder del Señor y las maravillas que realizó.

Los hijos comieron el maná y bebieron de la roca espiritual que los seguía.

Salmo 77 · 77, 1-39

Estas cosas sucedieron en figura para vosotros. (1Co 10, 6)

Pero ellos volvieron a pecar contra él,

y en el desierto se rebelaron contra el Altísimo:

tentaron a Dios en sus corazones,

pidiendo una comida a su gusto;

hablaron contra Dios: «¿Podrá Dios

preparar una mesa en el desierto?

Él hirió la roca, brotó agua

y desbordaron los torrentes;

pero ¿podrá también darnos pan,

proveer de carne a su pueblo?»

Lo oyó el Señor, y se indignó;

un fuego se encendió contra Jacob,

hervía su cólera contra Israel,

porque no tenían fe en Dios

ni confiaban en su auxilio.

Pero dio orden a las altas nubes,

abrió las compuertas del cielo:

hizo llover sobre ellos maná,

les dio un trigo celeste;

y el hombre comió pan de ángeles,

les mandó provisiones hasta la hartura.

Hizo soplar desde el cielo el levante,

y dirigió con su fuerza el viento sur;

hizo llover carne como una polvareda,

y volátiles como arena del mar;

los hizo caer en mitad del campamento,

alrededor de sus tiendas.

Ellos comieron y se hartaron,

así satisfizo su avidez;

pero con la avidez recién saciada,

con la comida aún en la boca,

la ira de Dios hirvió contra ellos:

mató a los más robustos,

doblegó a la flor de Israel.

Los hijos comieron el maná y bebieron de la roca espiritual que los seguía.

Se acordaron de que Dios era su roca y su redentor.

Salmo 77 · 77, 1-39

Estas cosas sucedieron en figura para vosotros. (1Co 10, 6)

Y con todo, volvieron a pecar,

y no dieron fe a sus milagros:

entonces consumió sus días en un soplo,

sus años en un momento;

y, cuando los hacía morir, lo buscaban,

y madrugaban para volverse hacia Dios;

se acordaban de que Dios era su roca,

el Dios Altísimo, su redentor.

Lo adulaban con sus bocas,

pero sus lenguas mentían:

su corazón no era sincero con él,

ni eran fieles a su alianza.

Él, en cambio, sentía lástima,

perdonaba la culpa y no los destruía:

una y otra vez reprimió su cólera,

y no despertaba todo su furor;

acordándose que eran de carne,

un aliento fugaz que no torna.

Se acordaron de que Dios era su roca y su redentor.

PRIMERA LECTURA (Año I)

Del libro del profeta Isaías · 44, 1-8. 21-23

Escucha, Jacob, siervo mío; Israel, mi elegido: Así dice el Señor que te hizo, que te formó en el seno y te auxilia:

«No temas, siervo mío, Jacob, mi amado, mi elegido; voy a derramar agua sobre lo sediento y torrentes en el páramo; voy a derramar mi aliento sobre tu estirpe y mi bendición sobre tus vástagos. Crecerán como hierba junto a la fuente, como sauces junto a las acequias. Uno dirá: “Soy del Señor”; otro se pondrá el nombre de Jacob; uno se tatuará en el brazo: “Del Señor”, y se apellidará Israel.»

Así dice el Señor, Rey de Israel, su redentor, el Señor de los ejércitos:

«Yo soy el primero y yo soy el último; fuera de mí no hay dios. ¿Quién se parece a mí? Que se levante y hable, que lo explique y me lo exponga. ¿Quién anunció de antemano el porvenir, quién nos predice lo que ha de suceder? No temáis, no tembléis: ¿no lo anuncié y lo predije por adelantado? Vosotros sois testigos: ¿hay un dios fuera de mí? No existe roca que yo no conozca.

Acuérdate de esto, Jacob; de que eres mi siervo, Israel. Yo te formé, siervo mío eres, Israel, no te olvidaré. He disipado como niebla tus rebeliones, como nube tus pecados: vuelve a mí, que yo soy tu redentor.»

Aclamad, cielos, porque el Señor ha actuado; vitoread, simas de la tierra; romped en aclamaciones, montañas, y tú, bosque, con todos tus árboles; porque el Señor ha redimido a Jacob y se gloría de Israel.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro del profeta Isaías · 51, 17-52, 2. 7-10

Despierta, despierta, ponte en pie, Jerusalén, que bebiste de la mano del Señor la copa de su ira y apuraste hasta el fondo el cáliz del vértigo. Entre los hijos que engendró, no hay quien la guíe; entre los hijos que crió, no hay quien la lleve de la mano.

Esos dos males te han sucedido: saqueo y destrucción, hambre y espada: ¿quién se compadece de ti?, ¿quién te consuela? Tus hijos yacen desfallecidos en las esquinas de las calles, como antílopes en la red, repletos de la ira del Señor, de la amenaza de tu Dios.

Por tanto, escucha esto, pobrecilla, embriagada, mas no de vino. Así dice el Señor, tu Dios, defensor de tu pueblo:

«Mira, yo quito de tu mano la copa del vértigo, no volverás a beber del vaso de mi ira; lo pondré en la mano de tus verdugos, que te decían: “Póstrate para que pasemos encima”; y tú presentabas la espalda como suelo, como calzada para los transeúntes.»

Despierta, despierta; revístete de fortaleza, Sión; vístete el traje de gala, Jerusalén, ciudad santa; porque no I volverán a entrar en ti incircuncisos ni impuros.

Sacúdete el polvo, ponte en pie, Jerusalén cautiva; desata las correas de tu cuello, cautiva hija de Sión.

¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la dicha, que anuncia la salvación, que dice a Sión: «Ya reina tu Dios»!

Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor que vuelve a Sión.

Prorrumpid a una en gritos de júbilo, soledades de Jerusalén, porque el Señor consuela a su pueblo y ha rescatado a Jerusalén: el Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios.

SEGUNDA LECTURA

De los Sermones de san Agustín, obispo

Despierta, hombre: por ti Dios se hizo hombre. Despierta, tú que duermes, surge de entre los muertos, y Cristo con su luz te alumbrará. Te lo repito: por ti Dios se hizo hombre.

Estarías muerto para siempre, si él no hubiera nacido en el tiempo. Nunca hubieras sido librado de la carne del pecado, si él no hubiera asumido una carne semejante a la del pecado. Estarías condenado a una miseria eterna, si no hubieras recibido tan gran misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si él no se hubiera sometido voluntariamente a tu muerte. Hubieras perecido, si él no te hubiera auxiliado. Estarías perdido sin remedio, si él no hubiera venido a salvarte.

Celebremos, pues, con alegría la venida de nuestra salvación y redención. Celebremos este día de fiesta, en el cual el grande y eterno Día, engendrado por el que también es grande y eterno Día, vino al día tan breve de esta nuestra vida temporal.

Él se ha hecho para nosotros justicia, santificación y redención. Y así —como dice la Escritura— «el que se gloria que se gloríe en el Señor.»

La verdad brota, realmente, de la tierra, pues Cristo, que dijo: Yo soy la verdad, nació de la Virgen. Y la justicia mira desde el cielo, pues nadie es justificado por sí mismo, sino por su fe en aquel que por nosotros ha nacido. La verdad brota de la tierra, porque la Palabra se hizo carne. Y la justicia mira desde el cielo, porque toda dádiva preciosa y todo don perfecto provienen de arriba. La verdad brota de la tierra, es decir, la carne de Cristo es engendrada en María. Y la justicia mira desde el cielo, porque nadie puede apropiarse nada, si no le es dado del cielo.

Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, porque la justicia y la paz se besan.

Por medio de nuestro Señor Jesucristo, porque la verdad brota de la tierra. Por él hemos obtenido el acceso a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de Dios. Fíjate que no dice «nuestra gloria», sino la gloria de Dios, porque la justicia no procede de nosotros, sino que mira desde el cielo. Por ello el que se gloria que se gloríe no en sí mismo, sino en el Señor.

Por eso también, cuando el Señor nació de la Virgen, los ángeles entonaron este himno: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.

¿Cómo vino la paz a la tierra? Sin duda porque la verdad brota de la tierra, es decir, Cristo nace de María. Él es nuestra paz, él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, para que todos seamos hombres de buena voluntad, unidos unos a los otros con el suave vínculo de la unidad. Alegrémonos, pues, por este don, para que nuestra gloria sea el testimonio que nos da nuestra conciencia; y así nos gloriaremos en el Señor, y no en nosotros. Por eso dice el salmista: Tú eres mi gloria, tú mantienes alta mi cabeza.

¿Qué mayor gracia pudo hacernos Dios? Teniendo un Hijo único lo hizo Hijo del hombre, para que el hijo del hombre se hiciera hijo de Dios.

Busca dónde está tu mérito, busca de dónde procede, busca cuál es tu justicia: y verás que no puedes encontrar otra cosa que no sea pura gracia de Dios.

R. Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión; * di a las ciudades de Judá: «Aquí está vuestro Dios.»
V. Alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén.

R. Purificaos, hijos de Israel: porque mañana descenderá el Señor, * y alejará de vosotros toda enfermedad.
V. Mañana quedará borrada la iniquidad de la tierra y sobre nosotros reinará el Salvador del mundo.

R. Saldrá un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz brotará un vástago. * La justicia será el ceñidor de su cintura, y la lealtad el cinturón de sus caderas.
V. Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza.

Oración

Jesús, Señor nuestro, ven pronto, no tardes más, para que se reanimen con tu venida los que confían en tu amor. Tú que vives y reinas.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.