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Orar

Sábado, 22 de enero de 2028

San Vicente de Zaragoza, diácono y mártir

Tiempo Ordinario · Verde · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Vicente de Zaragoza, diácono y mártir.

V. Señor, enséñame tus caminos. R. Instrúyeme en tus sendas.

Himno

A caminar sin ti, Señor, no atino;

tu palabra de fuego es mi sendero;

me encontraste cansado y prisionero

del desierto, del cardo y del espino.

Descansa aquí conmigo del camino,

que en Emaús hay trigo en el granero,

hay un poco de vino y un alero

que cobije tu sueño, Peregrino.

Yo contigo, Señor, herido y ciego;

tú conmigo, Señor, enfebrecido,

el aire quieto, el corazón en fuego.

Y en diálogo sediento y torturado

se encontrarán en un solo latido,

cara a cara, tu amor y mi pecado. Amén.

Salmodia

Sólo el Señor hizo grandes maravillas: es eterna su misericordia.

Salmo 135

Alabar a Dios es narrar sus maravillas. (Casiodoro)

Dad gracias al Señor porque es bueno:

porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios de los dioses:

porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Señor de los señores:

porque es eterna su misericordia.

Sólo él hizo grandes maravillas:

porque es eterna su misericordia.

Él hizo sabiamente los cielos:

porque es eterna su misericordia.

El afianzó sobre las aguas la tierra:

porque es eterna su misericordia.

Él hizo lumbreras gigantes:

porque es eterna su misericordia.

El sol que gobierna el día:

porque es eterna su misericordia.

La luna que gobierna la noche:

porque es eterna su misericordia.

Sólo el Señor hizo grandes maravillas: es eterna su misericordia.

Con mano poderosa, con brazo extendido, sacó a Israel de Egipto.

Salmo 135

Alabar a Dios es narrar sus maravillas. (Casiodoro)

El hirió a Egipto en sus primogénitos:

porque es eterna su misericordia.

Y sacó a Israel de aquel país:

porque es eterna su misericordia.

Con mano poderosa, con brazo extendido:

porque es eterna su misericordia.

Él dividió en dos partes el mar Rojo:

porque es eterna su misericordia.

Y condujo por en medio a Israel:

porque es eterna su misericordia.

Arrojó en el mar Rojo al Faraón:

porque es eterna su misericordia.

Con mano poderosa, con brazo extendido, sacó a Israel de Egipto.

Dad gracias al Dios del cielo: él nos libró de nuestros opresores.

Salmo 135

Alabar a Dios es narrar sus maravillas. (Casiodoro)

Guió por el desierto a su pueblo:

porque es eterna su misericordia.

Él hirió a reyes famosos:

porque es eterna su misericordia.

Dio muerte a reyes poderosos:

porque es eterna su misericordia.

A Sijón, rey de los amorreos:

porque es eterna su misericordia.

Y a Hog, rey de Basán:

porque es eterna su misericordia.

Les dio su tierra en heredad:

porque es eterna su misericordia.

En heredad a Israel, su siervo:

porque es eterna su misericordia.

En nuestra humillación se acordó de nosotros:

porque es eterna su misericordia.

Y nos libró de nuestros opresores:

porque es eterna su misericordia.

Él da alimento a todo viviente:

porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios del cielo:

porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios del cielo: él nos libró de nuestros opresores.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro del Génesis · 17, 1-27

Cuando Abram tenía noventa y nueve años, se le apareció el Señor y le dijo:

«Yo soy el Dios Todopoderoso. Camina en mi presencia con lealtad. Estableceré mi alianza contigo y te multiplicaré en modo extraordinariamente grande.»

Abram cayó de bruces, y Dios le dijo:

«Mira, éste es mi pacto contigo: Serás padre de muchedumbre de pueblos; ya no te llamarás Abram, sino Abraham, porque te hago padre de muchedumbre de pueblos. Te haré crecer sin medida, sacando pueblos de ti, y reyes nacerán de ti. Cumpliré mi pacto contigo y con tu descendencia en futuras generaciones, como pacto perpetuo. Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros. Os daré a ti y a tu descendencia futura la tierra en que peregrinas (la tierra de Canaán), como posesión perpetua; y seré su Dios.»

El Señor añadió a Abraham:

«Tú guarda mi pacto, que hago contigo y tus descendientes por generaciones. Éste es el pacto que hago con vosotros y con tus descendientes, y que habéis de guardar: circuncidad a todos vuestros varones; circuncidaréis la carne del prepucio, y será una señal de mi pacto con vosotros. A los ocho días de nacer, todos vuestros varones, de cada generación, serán circuncidados; también los esclavos nacidos en casa o comprados a extranjeros que no sean de vuestra raza. Circuncidad a los esclavos nacidos en casa o comprados. Así llevaréis en la carne mi pacto como pacto perpetuo. Todo varón incircunciso, que no ha circuncidado la carne de su prepucio, será apartado de su pueblo, por haber quebrantado mi pacto.»

El Señor dijo a Abraham:

«Saray, tu mujer, ya no se llamará Saray, sino que se llamará Sara. La bendeciré, y te dará un hijo, y lo bendeciré; de ella nacerán pueblos y reyes de naciones.»

Abraham cayó rostro en tierra y se dijo, sonriendo: «¿Un centenario va a tener un hijo, y Sara va a dar a luz a los noventa?»

Y Abraham dijo a Dios:

«Me contento con que conserves sano a Ismael en tu presencia.»

Dios replicó:

«No; es Sara quien te va a dar un hijo; lo llamarás Isaac; con él estableceré mi pacto y con sus descendientes, un pacto perpetuo. En cuanto a Ismael, escucho tu petición: lo bendeciré, lo haré fecundo, lo haré crecer en extremo, engendrará doce príncipes y se hará un pueblo numeroso. Pero mi pacto lo establezco con Isaac, el hijo que te dará Sara, el año que viene por estas fechas.»

Cuando el Señor terminó de hablar con Abraham, se retiró. Entonces, Abraham tomó a su hijo Ismael, a los esclavos nacidos en casa o comprados, a todos los varones de la casa de Abraham, y les circuncidó la carne del prepucio aquel mismo día, como se lo había mandado Dios.

Abraham tenía noventa y nueve años cuando circuncidó la carne de su prepucio; Ismael tenía trece años cuando se circuncidó la carne de su prepucio. Aquel mismo día, se circuncidaron Abraham y su hijo Ismael. Y todos los varones de casa, nacidos en casa o comprados a extranjeros, se circuncidaron con él.

SEGUNDA LECTURA

De los sermones de san Agustín, obispo

A vosotros se os ha concedido la gracia —dice el Apóstol— de estar del lado de Cristo, no sólo creyendo en él, sino sufriendo por él.

Una y otra gracia había recibido el diácono Vicente, las había recibido y, por esto, las tenía. Si no las hubiese recibido, ¿cómo hubiera podido tenerlas? En sus palabras tenía la fe, en sus sufrimientos la paciencia.

Nadie confíe en sí mismo al hablar; nadie confíe en sus propias fuerzas al sufrir la prueba, ya que, si hablamos con rectitud y prudencia, nuestra sabiduría proviene de Dios y, si sufrimos los males con fortaleza, nuestra paciencia es también don suyo.

Recordad qué advertencias da a los suyos Cristo, el Señor, en el Evangelio; recordad que el Rey de los mártires es quien equipa a sus huestes con las armas espirituales, quien les enseña el modo de luchar, quien les suministra su ayuda, quien les promete el remedio, quien, habiendo dicho a sus discípulos: En el mundo tendréis luchas, añade inmediatamente, para consolarlos y ayudarlos a vencer el temor: Pero tened valor: yo he vencido al mundo.

¿Por qué admirarnos, pues, amadísimos hermanos, de que Vicente venciera en aquel por quien había sido vencido el mundo? En el mundo —dice— tendréis luchas; se lo dice para que estas luchas no los abrumen, para que en el combate no sean vencidos. De dos maneras ataca el mundo a los soldados de Cristo: los halaga para seducirlos, los atemoriza para doblegarlos. No dejemos que nos domine el propio placer, no dejemos que nos atemorice la ajena crueldad, y habremos vencido al mundo.

En uno y otro ataque sale al encuentro Cristo, para que el cristiano no sea vencido. La constancia en el sufrimiento que contemplamos en el martirio que hoy conmemoramos es humanamente incomprensible, pero la vemos como algo natural si en este martirio reconocemos el poder divino.

Era tan grande la crueldad que se ejercitaba en el cuerpo del mártir y tan grande la tranquilidad con que él hablaba, era tan grande la dureza con que eran tratados sus miembros y tan grande la seguridad con que sonaban sus palabras, que parecía como si el Vicente que hablaba no fuera el mismo que sufría el tormento.

Es que, en realidad, hermanos, así era: era otro el que hablaba. Así lo había prometido Cristo a sus testigos, en el Evangelio, al prepararlos para semejante lucha. Había dicho, en efecto: No os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis. No seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros.

Era, pues, el cuerpo de Vicente el que sufría, pero era el Espíritu quien hablaba, y, por estas palabras del Espíritu, no sólo era redargüida la impiedad, sino también confortada la debilidad.

R. Me ha probado el Señor como el oro en el crisol; * mis pies pisaban sus huellas, seguían su camino sin desviarse.
V. Lo perdí todo a fin de tener una íntima experiencia de Cristo y de la comunión con sus padecimientos.

R. Me ha probado el Señor como el oro en el crisol; * mis pies pisaban sus huellas, seguían su camino sin desviarse.
V. Lo perdí todo a fin de tener una íntima experiencia de Cristo y de la comunión con sus padecimientos.

Oración

Señor Dios, fuente y origen de todos los dones, infunde en nuestros corazones el fuego de tu Espíritu, para que nos sintamos llenos de aquella misma fuerza de amor que hizo a san Vicente invencible en medio de sus tormentos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.