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Orar

Jueves, 3 de febrero de 2028

San Blás, obispo y mártir

Tiempo Ordinario · Verde · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Blás, obispo y mártir.

V. Haz brillar tu rostro, Señor, sobre tu siervo. R. Enséñame tus leyes.

Himno

Señor, ¿a quién iremos,

si tú eres la Palabra?

A la voz de tu aliento

se estremeció la nada:

la hermosura brilló

y amaneció la gracia.

Señor, ¿a quién iremos,

si tu voz no nos habla?

Nos hablas en las voces

de tu voz semejanza:

en los goces pequeños

y en las angustias largas.

Señor, ¿a quién iremos,

si tú eres la Palabra?

En los silencios íntimos

donde se siente el alma,

tu clara voz creadora

despierta la nostalgia.

¿A quién iremos, Verbo,

entre tantas palabras?

Al golpe de la vida,

perdemos la esperanza;

hemos roto el camino

y el roce de tu planta.

¿A dónde iremos, dinos,

Señor, si no nos hablas?

¡Verbo del Padre, Verbo

de todas las mañanas,

de las tardes serenas,

de las noches cansadas!

¿A dónde iremos, Verbo,

si tú eres la Palabra? Amén.

Salmodia

No fue su brazo el que les dio la victoria, sino tu diestra y la luz de tu rostro.

Salmo 43

En todo vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. (Rm 8, 37)

¡Oh Dios!, nuestros oídos lo oyeron,

nuestros padres nos lo han contado:

la obra que realizaste en sus días,

en los años remotos.

Tú mismo, con tu mano, desposeíste a los gentiles,

y los plantaste a ellos;

trituraste a las naciones,

y los hiciste crecer a ellos.

Porque no fue su espada la que ocupó la tierra,

ni su brazo el que les dio la victoria;

sino tu diestra y tu brazo y la luz de tu rostro,

porque tú los amabas.

Mi rey y mi Dios eres tú,

que das la victoria a Jacob:

con tu auxilio embestimos al enemigo,

en tu nombre pisoteamos al agresor.

Pues yo no confío en mi arco,

ni mi espada me da la victoria;

tú nos das la victoria sobre el enemigo

y derrotas a nuestros adversarios.

Dios ha sido siempre nuestro orgullo,

y siempre damos gracias a tu nombre.

No fue su brazo el que les dio la victoria, sino tu diestra y la luz de tu rostro.

No apartará el Señor su rostro de vosotros, si os convertís a él.

Salmo 43

En todo vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. (Rm 8, 37)

Ahora, en cambio,

nos rechazas y nos avergüenzas,

y ya no sales, Señor, con nuestras tropas:

nos haces retroceder ante el enemigo,

y nuestro adversario nos saquea.

Nos entregas como ovejas a la matanza

y nos has dispersado por las naciones;

vendes a tu pueblo por nada,

no lo tasas muy alto.

Nos haces el escarnio de nuestros vecinos,

irrisión y burla de los que nos rodean;

nos has hecho el refrán de los gentiles,

nos hacen muecas las naciones.

Tengo siempre delante mi deshonra,

y la vergüenza me cubre la cara

al oír insultos e injurias,

al ver a mi rival y a mi enemigo.

No apartará el Señor su rostro de vosotros, si os convertís a él.

Levántate, Señor, no nos rechaces más.

Salmo 43

En todo vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. (Rm 8, 37)

Todo esto nos viene encima,

sin haberte olvidado

ni haber violado tu alianza,

sin que se volviera atrás nuestro corazón

ni se desviaran de tu camino nuestros pasos;

y tú nos arrojaste a un lugar de chacales

y nos cubriste de tinieblas.

Si hubiéramos olvidado el nombre de nuestro Dios

y extendido las manos a un dios extraño,

el Señor lo habría averiguado,

pues él penetra los secretos del corazón.

Por tu causa nos degüellan cada día,

nos tratan como a ovejas de matanza.

Despierta, Señor, ¿por qué duermes?

Levántate, no nos rechaces más.

¿Por qué nos escondes tu rostro

y olvidas nuestra desgracia y opresión?

Nuestro aliento se hunde en el polvo,

nuestro vientre está pegado al suelo.

Levántate a socorrernos,

redímenos por tu misericordia.

Levántate, Señor, no nos rechaces más.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro del Génesis · 32, 2-29

En aquellos días, Jacob, al ver a los ángeles de Dios, dijo:

«Es el campamento de Dios.»

Y llamó a aquel lugar «Campamento». Jacob envió por delante mensajeros a Esaú, su hermano, al país de Seír, al campo de Edom, y les encargó:

«Así diréis a mi señor Esaú: “Esto dice tu siervo Jacob: He vivido con Labán y he estado con él hasta ahora; tengo vacas, asnos, ovejas, siervos y siervas; he enviado a informar a mi señor, para alcanzar su favor.”»

Los mensajeros volvieron a Jacob, diciendo:

«Nos acercamos a tu hermano Esaú, y él salió a nuestro encuentro con cuatrocientos hombres.»

Jacob se llenó de miedo y angustia, y dividió en dos campamentos su gente, sus posesiones, ovejas, vacas y camellos, calculando:

«Si Esaú ataca un campamento y lo destroza, se salvará el otro.»

Y rezó:

«Dios de mi padre Abraham, Dios de mi padre Isaac, Señor que me dijiste: “Vuelve a tu tierra nativa, que allí te haré beneficios”, no merezco los favores ni la lealtad con que has tratado a tu siervo, pues con un bastón pasé este Jordán y ahora llevo dos campamentos; líbrame del poder de mi hermano Esaú, pues temo que venga y mate a las madres con los hijos. Tú me dijiste: “Te daré bienes, haré tu descendencia como la arena de la playa, que no se puede contar.”»

Y pasó allí la noche. Luego, de lo que tenía a mano, escogió regalos para su hermano Esaú: doscientas cabras y veinte machos, doscientas ovejas y veinte carneros, treinta camellas de leche con sus crías, cuarenta vacas y diez toros, veinte borricas y diez asnos. Y se los confió a sus criados en rebaños aparte, y les encargó:

«Id por delante, dejando un trecho entre cada rebaño.»

Y dio instrucciones al primero:

«Cuando te encuentre mi hermano Esaú y te pregunte: “¿De quién eres, a dónde vas, para quién es eso que llevas?”, responderás: “Es de tu siervo Jacob, un regalo que envía a su señor Esaú; él viene detrás.”»

Lo mismo encargó al segundo y al tercero y a todos los que guiaban los rebaños:

«Esto diréis a Esaú cuando lo encontréis, y añadiréis:

“Mira, también tu siervo Jacob viene detrás de nosotros.”»

Pues se decía:

«Me lo ganaré con los regalos que van por delante.»

Y él pasó la noche en el campamento. Todavía de noche, se levantó, tomó a las dos mujeres, las dos siervas y los once hijos, y cruzó el vado de Yaboc; pasó con ellos el torrente e hizo pasar a sus posesiones. Y él se quedó solo.

Un hombre luchó con él hasta la aurora; y, viendo que no le podía, le tocó la articulación del muslo, y se la dejó tiesa mientras peleaba con él. Dijo:

«Suéltame, que llega la aurora.»

Respondió:

«No te soltaré hasta que me bendigas.» Y le preguntó:

«¿Cómo te llamas?»

Contestó:

«Jacob.»

Le replicó:

«Ya no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado con dioses y con hombres y has podido.» Jacob, a su vez, preguntó:

«Dime tu nombre.»

Respondió:

«¿Por qué me preguntas mi nombre?» Y lo bendijo.

SEGUNDA LECTURA

De los sermones de san Agustín, obispo

El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos. Tal es el modo como el Señor se puso a nuestro servicio, y como quiere que nosotros nos pongamos al servicio de los demás. Dio su vida en rescate por muchos: así es como nos redimió.

¿Quién de nosotros es capaz de redimir a otro? Fue su sangre y su muerte lo que nos redimió de la muerte, fue su abajamiento lo que nos levantó de nuestra postración; pero también nosotros debemos poner nuestra pequeña parte en favor de sus miembros, ya que hemos sido hechos miembros suyos: él es la cabeza, nosotros su cuerpo.

El Señor había dicho: El que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos. Por esto, el apóstol Juan nos exhorta a imitar su ejemplo, con estas palabras: Cristo dio su vida por nosotros; también nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos.

Y el mismo Señor, después de su resurrección, dijo a Pedro: ¿Me quieres? El respondió: Te quiero. Por tres veces se repitió la misma pregunta y respuesta, y las tres veces dijo el Señor: Apacienta mis ovejas.

«¿Cómo podrás demostrar que me quieres, sino apacentando mis ovejas? ¿Qué vas a darme con tu amor, si todo lo esperas de mí? Aquí tienes lo que has de hacer para quererme: apacienta mis ovejas.»

Por tres veces se repiten las mismas palabras: «Me quieres?» «Te quiero.» «Apacienta mis ovejas.» Tres veces lo había negado por temor; tres veces le hace profesión de amor.

Finalmente, después que el Señor ha encomendado por tercera vez sus ovejas a Pedro, al responderle éste con su profesión de amor, con la que condenaba y borraba su pasado temor, añade el Señor a continuación: «Cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero cuando seas viejo, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras.» Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Le anunciaba por adelantado la cruz, le predecía su martirio.

El Señor, pues, va más allá de lo que había dicho: Apacienta mis ovejas, ya que añade equivalentemente: «Sufre por mis ovejas.»

R. En ningún caso he de fracasar; * con toda seguridad, Cristo será enaltecido en mí, ya sea por mi vida o ya sea por mi muerte.
V. La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco.

Oración

Escucha, Señor, a tu familia, reunida hoy para recordar al mártir san Blas, y concédele la paz en la vida presente y la felicidad en la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.