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Orar

Viernes, 4 de febrero de 2028

Viernes de la 4ª semana del Tiempo Ordinario

Tiempo Ordinario · Verde · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Hijo mío, haz caso de mi sabiduría. R. Presta oído a mi inteligencia.

Himno

¡Qué hermosos son los pies

del que anuncia la paz a sus hermanos!

¡Y qué hermosas las manos

maduras en el surco y en la mies!

Grita lleno de gozo,

pregonero, que traes noticias buenas:

se rompen las cadenas,

y el sol de Cristo brilla esplendoroso.

Grita sin miedo, grita,

y denuncia a mi pueblo sus pecados;

vivimos engañados,

pues la belleza humana se marchita.

Toda yerba es fugaz,

la flor del campo pierde sus colores;

levanta sin temores,

pregonero, tu voz dulce y tenaz.

Si dejas los pedazos

de tu alma enamorada en el sendero,

¡qué dulces, mensajero,

qué hermosos, qué divinos son tus pasos! Amén.

Salmodia

Dios mío, no te cierres a mi súplica, pues me turba la voz del enemigo.

Salmo 54 · 54, 2-15. 17-24

Jesús empezó a sentir terror y angustia. (Mc 14, 33)

Dios mío, escucha mi oración,

no te cierres a mi súplica;

hazme caso y respóndeme,

me agitan mis ansiedades.

Me turba la voz del enemigo,

los gritos del malvado:

descargan sobre mí calamidades

y me atacan con furia.

Se estremece mi corazón,

me sobrecoge un pavor mortal,

me asalta el temor y el terror,

me cubre el espanto,

y pienso: «¡Quién me diera alas de paloma

para volar y posarme!

Emigraría lejos,

habitaría en el desierto,

me pondría en seguida a salvo de la tormenta,

del huracán que devora, Señor;

del torrente de sus lenguas.»

Dios mío, no te cierres a mi súplica, pues me turba la voz del enemigo.

El Señor nos librará del poder de nuestro enemigo y adversario.

Salmo 54 · 54, 2-15. 17-24

Jesús empezó a sentir terror y angustia. (Mc 14, 33)

Violencia y discordia veo en la ciudad:

día y noche hacen la ronda

sobre las murallas;

en su recinto, crimen e injusticia;

dentro de ella, calamidades;

no se apartan de su plaza

la crueldad y el engaño.

Si mi enemigo me injuriase,

lo aguantaría;

si mi adversario se alzase contra mí,

me escondería de él;

pero eres tú, mi compañero,

mi amigo y confidente,

a quien me unía una dulce intimidad:

juntos íbamos entre el bullicio

por la casa de Dios.

El Señor nos librará del poder de nuestro enemigo y adversario.

Encomienda a Dios tus afanes, que él te sustentará.

Salmo 54 · 54, 2-15. 17-24

Jesús empezó a sentir terror y angustia. (Mc 14, 33)

Pero yo invoco a Dios,

y el Señor me salva:

por la tarde, en la mañana, al mediodía,

me quejo gimiendo.

Dios escucha mi voz:

su paz rescata mi alma

de la guerra que me hacen,

porque son muchos contra mí.

Dios me escucha, los humilla

el que reina desde siempre,

porque no quieren enmendarse

ni temen a Dios.

Levantan la mano contra su aliado,

violando los pactos;

su boca es más blanda que la manteca,

pero desean la guerra;

sus palabras son más suaves que el aceite,

pero son puñales.

Encomienda a Dios tus afanes,

que él te sustentará;

no permitirá jamás

que el justo caiga.

Tú, Dios mío, los harás bajar a ellos

a la fosa profunda.

Los traidores y sanguinarios

no cumplirán ni la mitad de sus años.

Pero yo confío en ti.

Encomienda a Dios tus afanes, que él te sustentará.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro del Génesis · 35, 1-29

En aquellos días, Dios dijo a Jacob:

«Anda, sube a Betel, establécete allí y haz un altar il Dios que se te apareció cuando huías de tu hermano Esaú.»

Jacob dijo a toda su familia y a toda su gente:

«Retirad los dioses extraños que tengáis, purificaos cambiad de ropa; vamos a subir a Betel, donde haré in altar al Dios que me escuchó en el peligro y me acompañó en mi viaje.»

Ellos entregaron a Jacob los dioses extraños que tenían y los pendientes que llevaban; Jacob los enterró bajo la encina que hay junto a Siquem. Cuando marchaban, cayó el terror de Dios sobre las ciudades de la comarca, de modo que no persiguieron a los hijos de Jacob. Jacob, con toda su gente, llegó a Luz, en tierra de Canaán, que hoy es Betel; construyó allí un altar y llamó al lugar Betel, porque allí se le había revelado el Señor, mientras huía de su hermano. Débora, nodriza de Rebeca, murió y la enterraron junto a Betel, bajo la encina, a la que llamaron «Encina del llanto.»

Dios se apareció de nuevo a Jacob, al volver de Padán Aram, y lo bendijo, y le dijo:

«Tu nombre es Jacob, pero ya no será Jacob: tu nombre será Israel.»

Y lo llamó Israel, Dios añadió:

«Yo soy el Dios Todopoderoso, crece, multiplícate: un pueblo, un grupo de pueblos nacerá de ti, y saldrán reyes de tus entrañas. La tierra que di a Abraham y a Isaac, te la doy a ti, y a tus descendientes les daré la tierra.»

Dios se separó de donde había hablado con él. Jacob erigió una estela de piedra en el lugar donde había hablado con Dios, derramó sobre ella una libación y la ungió con aceite. Y llamó «Betel» al lugar donde había hablado con Dios.

Después se marchó de Betel y, cuando faltaba un buen trecho para llegar a Efrata, Raquel sintió los dolores del parto; y, cuando le apretaban los dolores, la comadrona le dijo:

«No tengas miedo, que tienes un niño.»

Estando para expirar, lo llamó «Hijo de mi pena», y su padre lo llamó Benjamín. Murió Raquel y la enterraron en el camino de Efrata, hoy Belén, y Jacob erigió una estela sobre el sepulcro, que es hoy la estela del sepulcro de Raquel. Israel marchó de allí y acampó al otro lado de Atalaya del Rebaño.

Mientras vivía Israel en aquella tierra, Rubén fue y se acostó con Bala, concubina de su padre; Israel se enteró y se disgustó mucho.

Los hijos de Jacob fueron doce. Hijos de Lía: Rubén, primogénito de Jacob, Simeón, Leví, Judá, Isacar y Zabulón. Hijos de Raquel: José y Benjamín. Hijos de Bala, la sierva de Raquel: Dan y Neftalí. Hijos de Zilfa, la sierva de Lía: Gad y Aser. Éstos son los hijos de Jacob nacidos en Padán Aram.

Jacob volvió a casa de Isaac, su padre, a Mambré, en Quiriat Arba, hoy Hebrón, donde habían residido Abraham e Isaac. Isaac vivió ciento ochenta años; expiró, murió y se reunió con los suyos, anciano y colmado de años; y lo enterraron Esaú y Jacob, sus hijos.

SEGUNDA LECTURA

De las Homilías de un autor espiritual del siglo cuarto

Los que han llegado a ser hijos de Dios y han sido hallados dignos de renacer de lo alto por el Espíritu Santo y poseen en sí a Cristo, que los ilumina y los crea de nuevo, son guiados por el Espíritu de varias y diversas maneras, y sus corazones son conducidos de manera invisible y suave por la acción de la gracia.

A veces, lloran y se lamentan por el género humano y ruegan por él con lágrimas y llanto, encendidos de amor espiritual hacia el mismo.

Otras veces, el Espíritu Santo los inflama con una alegría y un amor tan grandes que, si pudieran, abraza, rían en su corazón a todos los hombres, sin distinción de buenos o malos.

Otras veces, experimentan un sentimiento de humildad que los hace rebajarse por debajo de todos los demás hombres, teniéndose a sí mismos por los más abyectos y despreciables.

Otras veces, el Espíritu les comunica un gozo inefable.

Otras veces, son como un hombre valeroso que, equipado con toda la armadura regia y lanzándose al combate, pelea con valentía contra sus enemigos y los vence. Así también el hombre espiritual, tomando las armas celestiales del Espíritu, arremete contra el enemigo y lo somete bajo sus pies.

Otras veces, el alma descansa en un gran silencio, tranquilidad y paz, gozando de un excelente optimismo y bienestar espiritual y de un sosiego inefable.

Otras veces, el Espíritu le otorga una inteligencia, una sabiduría y un conocimiento inefables, superiores a todo lo que pueda hablarse o expresarse.

Otras veces, no experimenta nada en especial.

De este modo, el alma es conducida por la gracia a través de varios y diversos estados, según la voluntad de Dios que así la favorece, ejercitándola de diversas maneras, con el fin de hacerla íntegra, irreprensible y sin mancha ante el Padre celestial.

Pidamos también nosotros a Dios, y pidámoslo con gran amor y esperanza, que nos conceda la gracia celestial del don del Espíritu, para que también nosotros seamos gobernados y guiados por el mismo Espíritu, según disponga en cada momento la voluntad divina, y para que él nos reanime con su consuelo multiforme; así, con la ayuda de su dirección y ejercitación y de su moción espiritual, podremos llegar a la perfección de la plenitud de Cristo, como dice el Apóstol: Para que seáis colmados hasta poseer toda la plenitud de Cristo.

R. Dios me ha dado la gracia de ser un ministro de Cristo Jesús entre los gentiles, ministro que ejerce su sacerdocio de la Buena Nueva de Dios, * a fin de que el ofrecimiento que hago de los gentiles a Dios sea aceptado y santificado en el Espíritu Santo.
V. Sirvo a Dios Padre con toda mi alma, anunciando el mensaje evangélico de su Hijo.

R. En la fe murieron todos los padres, sin haber alcanzado la realización de las promesas, pero las vieron desde lejos y las saludaron, reconociendo que eran «forasteros y peregrinos sobre la tierra». * Aspiraban a una patria mejor, es decir, a la celestial.
V. Por eso Dios no se desdeña de llamarse su Dios, pues les tenía ya preparada una ciudad.

R. Vosotros poseéis la unción que viene del Santo; y la unción que de él habéis recibido permanece en vosotros, * y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe.
V. Alegraos y gozaos en el Señor vuestro Dios, porque os ha dado al Maestro de la justicia.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.