OFICIO DE LECTURA
Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.
La oración conclusiva como en las Laudes.
V. Ábreme, Señor, los ojos. R. Y contemplaré las maravillas de tu voluntad
Himno
Con gozo el corazón cante la vida,
presencia y maravilla del Señor,
de luz y de color bella armonía,
sinfónica cadencia de su amor.
Palabra esplendorosa de su Verbo,
cascada luminosa de verdad,
que fluye en todo ser que en él fue hecho
imagen de su ser y de su amor.
La fe cante al Señor, y su alabanza,
palabra mensajera del amor,
responda con ternura a su llamada
en himno agradecido a su gran don.
Dejemos que su amor nos llene el alma
en íntimo diálogo con Dios,
en puras claridades cara a cara,
bañadas por los rayos de su sol.
Al Padre subirá nuestra alabanza
por Cristo, nuestro vivo intercesor,
en alas de su Espíritu que inflama
en todo corazón su gran amor. Amén.
Salmodia
La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen.
Salmo 17 · 17, 31-51
Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (Rm 8, 31)
Perfecto es el camino de Dios,
acendrada es la promesa del Señor;
él es escudo para los que a él se acogen.
¿Quién es dios fuera del Señor?
¿Qué roca hay fuera de nuestro Dios?
Dios me ciñe de valor
y me enseña un camino perfecto;
él me da pies de ciervo
y me coloca en las alturas;
él adiestra mis manos para la guerra,
y mis brazos para tensar la ballesta.
La promesa del Señor es escudo para los que a ella se acogen.
PRIMERA LECTURA (Año II)
Del libro del Génesis · 44, 1-20. 30-34
En aquellos días, José encargó al mayordomo: «Llénales los sacos de víveres, todo lo que quepa, y pon el dinero en la boca de cada saco, y mi copa de plata la metes en el saco del menor, junto con su dinero.»
Él hizo lo que le mandaban. Al amanecer, los hombres se despidieron y salieron con los asnos. Apenas salidos, no se habían alejado de la ciudad, cuando José dijo al mayordomo:
«Sal en persecución de esos hombres y, cuando los alcances, diles: “¿Por qué me habéis pagado mal por bien?, ¿por qué habéis robado la copa de plata en que bebe mi señor y con la que suele adivinar? Os habéis portado mal.”»
Cuando él les dio alcance, les repitió estas palabras. Ellos replicaron:
«¿Por qué habla así nuestro señor? Lejos de tus siervos obrar de tal manera. Mira, el dinero que habíamos encontrado en los sacos te lo trajimos desde la tierra de Canaán; ¿por qué íbamos a robar en casa de tu amo oro y plata? Si se la encuentras a uno de tus siervos, que muera; y nosotros seremos esclavos de nuestro señor.»
Respondió él:
«De acuerdo. Aquel a quien se le encuentre la copa será mi esclavo, y los demás quedáis libres.»
Cada uno bajó aprisa su saco, lo puso en tierra y lo abrió. Él comenzó a examinarlos, empezando por el del mayor y terminando por el del menor; y encontró la copa en el saco de Benjamín. Ellos se rasgaron los vestidos, cargaron de nuevo los asnos y volvieron a la ciudad. Judá y sus hermanos entraron en casa de José —él estaba allí todavía— y se echaron por tierra ante él. José les dijo:
«¿Qué manera es esa de portarse? ¿No sabíais que uno como yo es capaz de adivinar?»
Judá le contestó:
«¿Qué podemos responder a nuestro señor? ¿Cómo probar nuestra inocencia? Dios ha descubierto la culpa de tus siervos. Esclavos somos de nuestro señor, lo mismo que aquel en cuyo poder se encontró la copa.»
Respondió José:
«Lejos de mí obrar de tal manera. Aquel en cuyo poder se encontró la copa será mi esclavo, los demás volveréis en paz a casa de vuestro padre.»
Entonces Judá se acercó y dijo:
«Permite a tu siervo hablar en presencia de su señor; no se enfade mi señor conmigo, pues eres como el Faraón. Mi señor interrogó a sus siervos: “¿Tenéis padre o algún hermano?”, y respondimos a mi señor: “Tenemos un padre anciano y un hijo pequeño que le ha nacido en la vejez; un hermano suyo murió, y sólo le queda éste de aquella mujer: su padre le adora”. Ahora, pues, si vuelvo a tu siervo, mi padre, sin llevar conmigo al muchacho, a quien quiere con toda el alma, cuando vea que falta el muchacho, morirá, y tu siervo habrá dado con las canas de tu siervo, mi padre, en el sepulcro, de pena. Además, tu siervo ha salido fiador por el muchacho ante mi padre, jurando: “Si no te lo traigo, rompes conmigo para siempre.” Ahora, pues, deja que tu siervo se quede como esclavo de mi señor, en lugar del muchacho, y que él vuelva con sus hermanos. ¿Cómo puedo yo volver a mi padre sin llevar conmigo al muchacho, y contemplar la desgracia que se abatirá sobre mi padre?»
SEGUNDA LECTURA
De los libros de los Diálogos de san Gregorio Magno, papa
Escolástica, hermana de Benito, dedicada desde su infancia al Señor todopoderoso, solía visitar a su hermano una vez al año. El varón de Dios se encontraba con ella fuera de las puertas del convento, en las posesiones del monasterio.
Cierto día, vino Escolástica, como de costumbre, y su venerable hermano bajó a verla con algunos discípulos, y pasaron el día entero entonando las alabanzas de Dios y entretenidos en santas conversaciones. Al anochecer, cenaron juntos.
Con el interés de la conversación se hizo tarde y entonces aquella santa mujer le dijo:
«Te ruego que no me dejes esta noche y que sigamos hablando de las delicias del cielo hasta mañana.»
A lo que respondió Benito:
«Qué es lo que dices, hermana? No me está permitido permanecer fuera del convento.»
Pero aquella santa, al oír la negativa de su hermano, cruzando sus manos, las puso sobre la mesa y, apoyando en ellas la cabeza, oró al Dios todopoderoso.
Al levantar la cabeza, comenzó a relampaguear, tronar y diluviar de tal modo, que ni Benito ni los hermanos que le acompañaban pudieron salir de aquel lugar.
Comenzó entonces el varón de Dios a lamentarse y entristecerse, diciendo:
«Que Dios te perdone, hermana. ¿Qué es lo que acabas de hacer?»
Respondió ella:
«Te lo pedí y no quisiste escucharme; rogué a mi Dios, y me escuchó. Ahora sal, si puedes, despídeme y vuelve al monasterio.»
Benito, que no había querido quedarse voluntariamente, no tuvo, al fin, más remedio que quedarse allí. Así pudieron pasar toda la noche en vela, en santas conversaciones sobre la vida espiritual, quedando cada uno gozoso de las palabras que escuchaba a su hermano.
No es de extrañar que al fin la mujer fuera más poderosa que el varón, ya que, como dice Juan: Dios es amor, y, por esto, pudo más porque amó más.
A los tres días, Benito, mirando al cielo, vio como el alma de su hermana salía de su cuerpo en figura de paloma y penetraba en el cielo. Él, congratulándose de su gran gloria, dio gracias al Dios todopoderoso con himnos y cánticos, y envió a unos hermanos a que trajeran su cuerpo al monasterio y lo depositaran en el sepulcro que había preparado para sí.
Así ocurrió que estas dos almas, siempre unidas en Dios, no vieron tampoco sus cuerpos separados ni siquiera en la sepultura.
R. Cuando aquella santa virgen suplicó a Dios que su hermano no partiese, * consiguió mucho del Señor, porque había amado mucho.
V. Ved qué paz y qué alegría, convivir los hermanos unidos.
Oración
Al celebrar la fiesta de santa Escolástica, virgen, te pedimos, Señor, que, siguiendo su ejemplo, te sirvamos con un amor puro y experimentemos las delicias de tu amistad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.
