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Orar

Domingo, 27 de febrero de 2028

8º domingo del Tiempo Ordinario

Tiempo Ordinario · Verde · Ciclo C

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Como hoy el Salmo 23 se dijo en el Invitatorio, aquí se dice en su lugar el Salmo 94.

V. La palabra de Dios es viva y eficaz. R. Más penetrante que espada de doble filo.

Himno

Que doblen las campanas jubilosas,

y proclamen el triunfo del amor,

y llenen nuestras almas de aleluyas,

de gozo y esperanza en el Señor.

Los sellos de la muerte han sido rotos,

la vida para siempre es libertad,

ni la muerte ni el mal son para el hombre

su destino, su última verdad.

Derrotados la muerte y el pecado,

es de Dios toda historia y su final;

esperad con confianza su venida:

no temáis, con vosotros él está.

Volverán encrespadas tempestades

para hundir vuestra fe y vuestra verdad,

es más fuerte que el mal y que su embate

el poder del Señor, que os salvará.

Aleluyas cantemos a Dios Padre,

aleluyas al Hijo salvador,

su Espíritu corone la alegría

que su amor derramó en el corazón. Amén.

Salmodia

¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?

Salmo 94

INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Animaos unos a otros, día tras día,

mientras perdura el «hoy». (Hb 3, 13)

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

† entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses,

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes.

Suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto:

cuando vuestros padres me pusieron a prueba,

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

“Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso”.»

Si para el Invitatorio se escoge el salmo 99, el 66 o el 23, y el salmo escogido formara ya parte de la salmodia del día, se diría entonces en su lugar, en la salmodia, el salmo 94.

¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?

Bendecid, pueblos, a nuestro Dios, porque él nos ha devuelto la vida. Aleluya.

Salmo 65

Este salmo habla de la resurrección de Cristo y de la conversión de los gentiles. (Hesiquio)

Aclama al Señor, tierra entera;

tocad en honor de su nombre,

cantad himnos a su gloria.

Decid a Dios: «¡Qué terribles son tus obras,

por tu inmenso poder tus enemigos se rinden!

Que se postre ante ti la tierra entera,

que toquen en tu honor,

que toquen para tu nombre.

Venid a ver las obras de Dios,

sus temibles proezas en favor de los hombres:

transformó el mar en tierra firme,

a pie atravesaron el río.

Alegrémonos con Dios,

que con su poder gobierna eternamente;

sus ojos vigilan a las naciones,

para que no se subleven los rebeldes.

Bendecid, pueblos, a nuestro Dios,

haced resonar sus alabanzas,

porque él nos ha devuelto la vida

y no dejó que tropezaran nuestros pies.

¡Oh Dios!, nos pusiste a prueba,

nos refinaste como refinan la plata;

nos empujaste a la trampa,

nos echaste a cuestas un fardo:

sobre nuestro cuello cabalgaban,

pasamos por fuego y por agua,

pero nos has dado respiro.

Bendecid, pueblos, a nuestro Dios, porque él nos ha devuelto la vida. Aleluya.

Fieles de Dios, venid a escuchar lo que el Señor ha hecho conmigo. Aleluya.

Salmo 65

Este salmo habla de la resurrección de Cristo y de la conversión de los gentiles. (Hesiquio)

Entraré en tu casa con víctimas,

para cumplirte mis votos:

los que pronunciaron mis labios

y prometió mi boca en el peligro.

Te ofreceré víctimas cebadas,

te quemaré carneros,

inmolaré bueyes y cabras

.

Fieles de Dios, venid a escuchar,

os contaré lo que ha hecho conmigo:

a él gritó mi boca

y lo ensalzó mi lengua.

Si hubiera tenido yo mala intención,

el Señor no me habría escuchado;

pero Dios me escuchó,

y atendió a mi voz suplicante.

Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica

ni me retiró su favor.

Fieles de Dios, venid a escuchar lo que el Señor ha hecho conmigo. Aleluya.

PRIMERA LECTURA (Año II)

De la segunda carta a los Corintios · 7, 2-16

Hermanos: Dadnos amplio lugar en vuestro corazón. A nadie hemos agraviado, a nadie hemos perjudicado, de nadie nos hemos aprovechado. No lo digo para haceros ningún reproche. Ya antes os dije que os llevamos dentro de nuestro mismo corazón, unidos en vida y en muerte. Os hablo con toda franqueza: tengo grandes motivos para gloriarme de vosotros. Lleno estoy de consuelo, rebosante de gozo por encima de todas nuestras tribulaciones.

En efecto, cuando llegamos a Macedonia, no tuvimos un momento de tranquilidad, sino que todo fueron penalidades: conflictos por fuera, temores por dentro. Pero el Dios que consuela a los afligidos nos consoló con la llegada de Tito; y no sólo con su llegada, sino también por el consuelo que vosotros le habíais proporcionado; él mismo nos refirió los grandes deseos que teníais de verme, vuestro disgusto por lo que había pasado y vuestro amor por mí, todo lo cual acrecentó mi gozo.

Porque si os disgusté con aquella carta, no me pesa; y si antes me pesó —al ver que aquella carta os entristeció, aunque fuera por un momento—, ahora me alegro. Y me alegro no por el disgusto que tuvisteis, sino por el arrepentimiento que os trajo. Os afligisteis tal como agrada a Dios, de modo que no recibisteis daño alguno de nuestra parte. La aflicción según Dios produce, en efecto, un arrepentimiento firme y saludable; en cambio, la aflicción según el mundo produce la muerte.

Eso mismo de afligiros según agrada a Dios, ved qué gran interés ha suscitado entre vosotros. Y no sólo esto; también ha suscitado vuestras disculpas, vuestra indignación por lo sucedido, vuestro temor, vuestro afecto hacia mí, vuestro celo, vuestro castigo al culpable. En todo habéis demostrado ser inocentes en este asunto. Así que, si yo os escribí, no fue a causa del que injurió ni del que recibió la injuria, sino para que se viese entre vosotros el interés que nos mostráis delante de Dios. Esto nos ha, llenado de consuelo.

Y, además de esto, recibimos otro consuelo mayor con el gozo de Tito, que ha quedado encantado de vosotros. Si ante él me he jactado en algo acerca de vosotros, no he quedado avergonzado. Todo lo contrario: así como en todas las cosas os hemos dicho siempre la verdad, así también nuestro orgullo por vosotros resultó verdadero ante Tito. Su afecto por vosotros es ahora mucho mayor, cuando se acuerda de vuestra sumisión y de la religiosa solicitud con que lo recibisteis. Me alegro de poder confiar totalmente en vosotros.

SEGUNDA LECTURA

Comienza el Tratado de san Ambrosio, obispo, Sobre los misterios

Hasta ahora os hemos venido hablando cada día acerca de cuál ha de ser vuestra conducta. Os hemos ido leyendo los hechos de los patriarcas o los consejos del libro de los Proverbios a fin de que, instruidos y formados por estas enseñanzas, os fuerais acostumbrando a recorrer el mismo camino que nuestros antepasados y a obedecer los oráculos divinos, con lo cual, renovados por el bautismo, os comportéis como exige vuestra condición de bautizados. Mas ahora es tiempo ya de hablar de los sagrados misterios y de explicaros el significado de los sacramentos, cosa que, si hubiésemos hecho antes del bautismo, hubiese sido una violación de la disciplina del arcano más que una instrucción. Además de que, por el hecho de cogeros desprevenidos, la luz de los divinos misterios se introdujo en vosotros con más fuerza que si hubiese precedido una explicación.

Abrid, pues, vuestros oídos y percibid el buen olor de vida eterna que exhalan en vosotros los sacramentos. Esto es lo que significábamos cuando, al celebrar el rito de la apertura, decíamos: «Effatá», que quiere decir: «Ábrete», para que, al llegar el momento del bautismo, entendierais lo que se os preguntaba y la obligación de recordar lo que habíais respondido. Este mismo rito empleó Cristo, como leemos en el Evangelio, al curar al sordomudo.

Después de esto se te abrieron las puertas del santo de los santos, entraste en el lugar destinado a la regeneración. Recuerda lo que se te preguntó, ten presente lo que respondiste. Renunciaste al diablo y a sus obras, al mundo y a sus placeres pecaminosos. Tus palabras están conservadas, no en un túmulo de muertos, sino en el libro de los vivos.

Viste allí a los diáconos, los presbíteros, el obispo. No pienses sólo en lo visible de estas personas, sino en la gracia de su ministerio. En ellos hablaste a los ángeles, tal como está escrito: De la boca del sacerdote se espera instrucción, en sus labios se busca enseñanza, porque es un ángel del Señor de los ejércitos. No hay lugar a engaño ni retractación; es un ángel quien anuncia el reino de Cristo, la vida eterna. Lo que has de estimar en él no es su apariencia visible, sino su ministerio. Considera qué es lo que te ha dado, úsalo adecuadamente y reconoce su valor.

Al entrar, pues, para mirar de cara al enemigo y renunciar a él con tu boca, te volviste luego hacia el oriente, pues quien renuncia al diablo debe volverse a Cristo y mirarlo de frente.

R. No impidáis las manifestaciones del Espíritu, no despreciéis los discursos dichos por inspiración divina; * mirad y comprobadlo todo y quedaos con lo bueno.
V. Aspirad a los carismas, pero sobre todo al de profecía.

R. La aflicción según Dios produce un arrepentimiento firme para la salvación; * pero la aflicción según el mundo produce la muerte.
V. Nuestras aflicciones son según Dios, de modo que no recibimos daño alguno.

R. También nosotros fuimos en un tiempo insensatos, rebeldes a Dios, descarriados, sumergidos en maldad y envidia, aborrecibles a Dios y odiándonos unos a otros. * Pero, por su misericordia, Dios nos salvó mediante el baño bautismal de regeneración y renovación que obra el Espíritu Santo.
V. En otro tiempo vivíamos todos nosotros siguiendo las apetencias de nuestra carne, y estábamos, por naturaleza, destinados a la cólera.

TE DEUM

Señor, Dios eterno, alegres te cantamos,

a ti nuestra alabanza,

a ti, Padre del cielo, te aclama la creación.

Postrados ante ti, los ángeles te adoran

y cantan sin cesar:

Santo, santo, santo es el Señor,

Dios del universo;

llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles,

la multitud de los profetas te enaltece,

y el ejército glorioso de los mártires te aclama.

A ti la Iglesia santa,

por todos los confines extendida,

con júbilo te adora y canta tu grandeza:

Padre, infinitamente santo,

Hijo eterno, unigénito de Dios,

Santo Espíritu de amor y de consuelo.

Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria,

tú el Hijo y Palabra del Padre,

tú el Rey de toda la creación.

Tú, para salvar al hombre,

tomaste la condición de esclavo

en el seno de una virgen.

Tú destruiste la muerte

y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.

Tú vives ahora,

inmortal y glorioso, en el reino del Padre.

Tú vendrás algún día,

como juez universal.

Muéstrate, pues, amigo y defensor

de los hombres que salvaste.

Y recíbelos por siempre allá en tu reino,

con tus santos y elegidos.

La parte que sigue puede omitirse, si se cree oportuno.

Salva a tu pueblo, Señor,

y bendice a tu heredad.

Sé su pastor,

y guíalos por siempre.

Día tras día te bendeciremos

y alabaremos tu nombre por siempre jamás.

Dígnate, Señor,

guardarnos de pecado en este día.

Ten piedad de nosotros, Señor,

ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,

como lo esperamos de ti.

A ti, Señor, me acojo,

no quede yo nunca defraudado.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.