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Orar

Sábado, 3 de junio de 2028

Santos Carlos Luanga y compañeros, mártires

Tiempo Pascual · Rojo

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Dios nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva. Aleluya. R. Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos. Aleluya.

Himno

¿Y dejas, Pastor santo,

tu grey en este valle hondo, oscuro,

en soledad y llanto;

y tú, rompiendo el puro

aire, te vas al inmortal seguro?

Los antes bienhadados

y los ahora tristes y afligidos,

a tus pechos criados,

de ti desposeídos,

¿a dónde volverán ya sus sentidos?

¿Qué mirarán los ojos

que vieron de tu rostro la hermosura

que no les sea enojos?

Quien gustó tu dulzura

¿qué no tendrá por llanto y amargura?

Y a este mar turbado

¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto

al fiero viento, airado, Estando tú encubierto?

¿Qué norte guiará la nave al puerto?

Ay, nube envidiosa

aun de este breve gozo, ¿qué te quejas?

¿Dónde vas presurosa?

¡Cuán rica tú te alejas!

¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas! Amén.

Salmodia

Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. Aleluya.

Salmo 106

Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo. (Hch 10, 36)

Dad gracias al Señor porque es bueno,

porque es eterna su misericordia.

Que lo confiesen los redimidos por el Señor,

los que él rescató de la mano del enemigo,

los que reunió de todos los países:

norte y sur, oriente y occidente.

Erraban por un desierto solitario,

no encontraban el camino de ciudad habitada;

pasaban hambre y sed,

se les iba agotando la vida;

pero gritaron al Señor en su angustia,

y los arrancó de la tribulación.

Los guió por un camino derecho,

para que llegaran a ciudad habitada.

Den gracias al Señor por su misericordia,

por las maravillas que hace con los hombres.

Calmó el ansia de los sedientos,

y a los hambrientos los colmó de bienes.

Yacían en oscuridad y tinieblas,

cautivos de hierros y miserias;

por haberse rebelado contra los mandamientos,

despreciando el plan del Altísimo.

Él humilló su corazón con trabajos,

sucumbían y nadie los socorría.

Pero gritaron al Señor en su angustia,

y los arrancó de la tribulación.

Los sacó de las sombrías tinieblas,

arrancó sus cadenas.

Den gracias al Señor por su misericordia,

por las maravillas que hace con los hombres.

Destrozó las puertas de bronce,

quebró los cerrojos de hierro.

Estaban enfermos, por sus maldades,

por sus culpas eran afligidos;

aborrecían todos los manjares,

y ya tocaban las puertas de la muerte.

Pero gritaron al Señor en su angustia,

y los arrancó de la tribulación.

Envió su palabra, para curarlos,

para salvarlos de la perdición.

Den gracias al Señor por su misericordia,

por las maravillas que hace con los hombres.

Ofrézcanle sacrificios de alabanza,

y cuenten con entusiasmo sus acciones.

Dad gracias al Señor por su misericordia, por las maravillas que hace con los hombres. Aleluya.

Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas. Aleluya.

Salmo 106

Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo. (Hch 10, 36)

Entraron en naves por el mar,

comerciando por las aguas inmensas.

Contemplaron las obras de Dios,

sus maravillas en el océano.

Él habló y levantó un viento tormentoso,

que alzaba las olas a lo alto:

subían al cielo, bajaban al abismo,

su vida se marchitaba por el mareo,

rodaban, se tambaleaban como ebrios,

y no les valía su pericia.

Pero gritaron al Señor en su angustia,

y los arrancó de la tribulación.

Apaciguó la tormenta en suave brisa,

y enmudecieron las olas del mar.

Se alegraron de aquella bonanza,

y él los condujo al ansiado puerto.

Den gracias al Señor por su misericordia,

por las maravillas que hace con los hombres.

Aclámenlo en la asamblea del pueblo,

alábenlo en el consejo de los ancianos.

Contemplaron las obras de Dios y sus maravillas. Aleluya.

Los rectos lo ven y se alegran y comprenden la misericordia del Señor. Aleluya.

Salmo 106

Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo. (Hch 10, 36)

El transforma los ríos en desierto,

los manantiales de agua en aridez;

la tierra fértil en marismas,

por la depravación de sus habitantes.

Transforma el desierto en estanques,

el erial en manantiales de agua.

Coloca allí a los hambrientos,

y fundan una ciudad para habitar.

Siembran campos, plantan huertos,

recogen cosechas.

Los bendice, y se multiplican,

y no les escatima el ganado.

Si menguan, abatidos por el peso

de infortunios y desgracias,

el mismo que arroja desprecio sobre los príncipes

y los descarría por una soledad sin caminos

levanta a los pobres de la miseria

y multiplica sus familias como rebaños.

Los rectos lo ven y se alegran,

a la maldad se le tapa la boca.

El que sea sabio, que recoja estos hechos

y comprenda la misericordia del Señor.

Los rectos lo ven y se alegran y comprenden la misericordia del Señor. Aleluya.

SEGUNDA LECTURA

De la homilía pronunciada por el papa Pablo sexto en la canonización de los mártires de Uganda

Estos mártires africanos vienen a añadir a este catálogo de vencedores, que es el martirologio, una página trágica y magnífica, verdaderamente digna de sumarse a aquellasmaravillosas de la antigua África, que nosotros, modernos hombres de poca fe, creíamos que no podrían tener jamás adecuada continuación.

¿Quién podría suponer, por ejemplo, que a las emocionantísimas historias de losmártires escilitanos, de los cartagineses, de los mártires de la «blanca multitud» de Útica, de quienes san Agustín y Prudencio nos han dejado el recuerdo, de los mártires de Egipto, cuyo elogio trazó san Juan Crisóstomo, de los mártires de la persecución de los vándalos, hubieran venido a añadirse nuevos episodios no menos heroicos, no menos espléndidos, en nuestros días?

¿Quién podía prever que, a las grandes figuras históricas de los santos mártires y confesores africanos, como Cipriano, Felicidad y Perpetua, y al gran Agustín, habríamos de asociar un día los nombres queridos de Carlos Luanga y de Matías Mulumba Kalemba, con sus veinte compañeros? Y no queremos olvidar tampoco a aquellos otros que, perteneciendo a la confesión anglicana, afrontaron la muerte por el nombre de Cristo.

Estos mártires africanos abren una nueva época, quiera Dios que no sea de persecuciones y de luchas religiosas, sino de regeneración cristiana y civil.

El África, bañada por la sangre de estos mártires, los primeros de la nueva era —y Dios quiera que sean los últimos, pues tan precioso y tan grande fue su holocausto—, resurge libre y dueña de sí misma.

La tragedia que los devoró fue tan inaudita y expresiva que ofrece elementos representativos suficientes para la formación moral de un pueblo nuevo, para la fundación de una nueva tradición espiritual, para simbolizar y promover el paso desde una civilización primitiva —no desprovista de magníficos valores humanos, pero contaminada y enferma, como esclava de sí misma— hacia una civilización abierta a las expresiones superiores del espíritu y a las formas superiores de la vida social.

R. Dios nos contempla, Cristo y sus ángeles nos miran, mientras luchamos por la fe. * Qué dignidad tan grande, qué felicidad tan plena es luchar bajo la mirada de Dios y ser coronados por Cristo. Aleluya.
V. Revistámonos de fuerza y preparémonos para la lucha con un espíritu indoblegable, con una fe sincera, con una total entrega.

Oración

Señor Dios, que has querido que la sangre de los mártires sea semilla de nuevos cristianos, haz que el campo de tu Iglesia, regado con la sangre de san Carlos Lwanga y de sus compañeros mártires, produzca abundante cosecha para tu reino. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.