Saltar al contenido

Orar

Viernes, 9 de junio de 2028

San Efrén de Siria, Diácono y doctor de la Iglesia

Tiempo Ordinario · Verde · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Efrén de Siria, Diácono y doctor de la Iglesia.

V. Hijo mío, conserva mis palabras. R. Conserva mis mandatos y vivirás.

Himno

Delante de tus ojos

ya no enrojecemos

a causa del antiguo

pecado de tu pueblo.

Arrancarás de cuajo

el corazón soberbio

y harás un pueblo humilde

de corazón sincero.

En medio de los pueblos

nos guardas como un resto,

para cantar tus obras

y adelantar tu reino.

Seremos raza nueva

para los cielos nuevos;

sacerdotal estirpe,

según tu Primogénito.

Caerán los opresores

y exultarán los siervos;

los hijos del oprobio

serán tus herederos.

Señalarás entonces

el día del regreso

para los que comían

su pan en el destierro.

¡Exulten mis entrañas!

¡Alégrese mi pueblo!

Porque el Señor, que es justo,

revoca sus decretos:

la salvación se anuncia

donde acechó el infierno,

porque el Señor habita

en medio de su pueblo. Amén.

Salmodia

Levántate, Señor, y ven en mi auxilio.

Salmo 34 · 34, 1-2. 3c. 9-19. 22-24a. 27-28

Se reunieron… y se pusieron de acuerdo para detener a Jesús con engaño y matarlo. (Mt 26, 3-4)

Pelea, Señor, contra los que me atacan,

guerrea contra los que me hacen guerra;

empuña el escudo y la adarga,

levántate y ven en mi auxilio;

di a mi alma:

«Yo soy tu victoria.»

Y yo me alegraré con el Señor,

gozando de su victoria;

todo mi ser proclamará:

«Señor, ¿quién como tú,

que defiendes al débil del poderoso,

al pobre y humilde del explotador?»

Se presentaban testigos violentos:

me acusaban de cosas que ni sabía,

me pagaban mal por bien,

dejándome desamparado.

Levántate, Señor, y ven en mi auxilio.

Juzga, Señor, y defiende mi causa, tú que eres poderoso.

Salmo 34 · 34, 1-2. 3c. 9-19. 22-24a. 27-28

Se reunieron… y se pusieron de acuerdo para detener a Jesús con engaño y matarlo. (Mt 26, 3-4)

Yo, en cambio, cuando estaban enfermos,

me vestía de saco,

me mortificaba con ayunos

y desde dentro repetía mi oración.

Como por un amigo o por un hermano,

andaba triste,

cabizbajo y sombrío,

como quien llora a su madre.

Pero, cuando yo tropecé, se alegraron,

se juntaron contra mí

y me golpearon por sorpresa;

me laceraban sin cesar,

cruelmente se burlaban de mí,

rechinando los dientes de odio.

Juzga, Señor, y defiende mi causa, tú que eres poderoso.

Mi lengua anunciará tu justicia, todos los días te alabaré, Señor.

Salmo 34 · 34, 1-2. 3c. 9-19. 22-24a. 27-28

Se reunieron… y se pusieron de acuerdo para detener a Jesús con engaño y matarlo. (Mt 26, 3-4)

Señor, ¿cuándo vas a mirarlo?

Defiende mi vida de los que rugen,

mi único bien, de los leones,

y te daré gracias en la gran asamblea,

te alabaré entre la multitud del pueblo.

Que no canten victoria mis enemigos traidores,

que no se hagan guiños a mi costa

los que me odian sin razón.

Señor, tú lo has visto, no te calles;

Señor, no te quedes a distancia;

despierta, levántate, Dios mío;

Señor mío, defiende mi causa.

Júzgame tú según tu justicia.

Que canten y se alegren

los que desean mi victoria;

que repitan siempre: «Grande es el Señor»,

los que desean la paz a tu siervo.

Mi lengua anunciará tu justicia,

todos los días te alabaré.

Mi lengua anunciará tu justicia, todos los días te alabaré, Señor.

PRIMERA LECTURA (Año II)

De la carta a los Gálatas · 5, 1-25

Hermanos: Manteneos firmes y no os dejéis sujetar al yugo de la esclavitud. Yo mismo, Pablo, os lo digo: Si os hacéis circuncidar, Cristo de nada os aprovechará. Y vuelvo a declarar a todos cuantos se hacen circuncidar: Quedan obligados a cumplir toda la ley. Habéis roto con Cristo los que pretendéis alcanzar la justificación por la ley. Habéis desertado de la gracia. Nosotros, en cambio, esperamos ansiosamente por el Espíritu, en virtud de la fe, la salud que nos reportará la justificación. Porque para los de Cristo Jesús no vale nada ser o no ser circuncidado. Solamente la fe, actuada por la caridad.

Ibais tan bien: ¿quién se interpuso para que no creyeseis a la verdad? Esa sugestión no procede de aquel que os convoca. Un poco de levadura hace fermentar toda la masa. Yo confío en el Señor que pensaréis de la misma manera que yo. Y el que introduce enredos entre vosotros sufrirá su castigo, quienquiera que sea. En cuanto a mí, hermanos, si en realidad predico todavía la circuncisión, como pretenden, ¿por qué me persiguen aún? En este caso habrían de dar ya por terminado el escándalo de la cruz … ¡Ojalá que esos tales que os perturban se mutilasen del todo de una vez!

Hermanos, vuestra vocación es la libertad: no una libertad para que se aproveche el egoísmo; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Pues toda la ley se concentra en esta frase: amarás al prójimo como a ti mismo. Pero, si mutuamente os mordéis y os devoráis, mirad que acabaréis por destruiros unos a otros.

E insisto: Si vivís según el Espíritu, no daréis satisfacción a las apetencias de la carne. Pues la carne desea contra el espíritu, y el espíritu contra la carne, como que son entre sí antagónicos, de forma que no hacéis lo que quisierais.

Si os dejáis guiar por el Espíritu, ya no estáis bajo la ley. Todo el mundo sabe cuáles son las obras de la carne, tales como: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordias, celos, ira, contiendas, discusiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías, y otras semejantes. Respecto de ellas os prevengo ahora, como ya os previne antes: que quienes las practican no heredarán el reino de Dios.

En cambio, el fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí. Contra estas cosas no se levanta ninguna ley. Los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y tendencias. Si vivimos por el Espíritu marchemos tras el Espíritu.

SEGUNDA LECTURA

De los sermones de san Efrén, diácono

Señor, con la meridiana luz de tu sabiduría disipa las tinieblas nocturnas de nuestra mente, para que, iluminada, te sirva en la renovación de nuestra vida purificada. La salida del sol señala el comienzo de las obras de los mortales; prepara tú en nuestros corazones una mansión para aquel día que no tiene ocaso. Concédenos que en nuestra persona lleguemos a ver la vida resucitada y que nada aparte nuestras mentes de tus delicias. Imprime en nuestros corazones, por nuestra asidua búsqueda de ti, el sello de ese día sin fin que no comienza con el movimiento y el curso del sol.

A diario te abrazamos en tus sacramentos y te recibimos en nuestro cuerpo. Haznos dignos de sentir en nuestra persona la resurrección que esperamos. Con la gracia del bautismo hemos escondido tu tesoro en nuestros corazones; este mismo tesoro se acrecienta en la mesa de tus sacramentos; concédenos el gozo de tu gracia. Poseemos, Señor, en nuestra propia persona, tu memorial, tomado en la mesa espiritual; haz que lleguemos a poseerlo en toda su realidad en la renovación futura.

Que seamos capaces de comprender la belleza de nuestra condición mediante esa belleza espiritual que crea tu voluntad inmortal en las mismas criaturas mortales.

La crucifixión fue, Señor, el término de tu vida corporal; concédenos que nuestra mente quede también crucificada figuradamente en nuestra vida espiritual. Que tu resurrección, oh Jesús, preste su grandeza a nuestro hombre espiritual; que la contemplación de tus misterios nos sirva de espejo para conocerla.

Tus designios divinos, oh Salvador nuestro, son figura del mundo espiritual; concédenos la gracia de correr en él como corresponde al hombre espiritual.

No prives a nuestra mente de tu manifestación espiritual, ni apartes de nuestros miembros el calor de tu suavidad. La mortalidad latente en nuestro cuerpo nos lleva a la corrupción; que la difusión de tu amor espiritual repare sus efectos en nuestro corazón.

Concédenos, Señor, llegar cuanto antes a nuestra ciudad y, al igual que Moisés desde la cumbre del monte, poseerla ya por tu revelación.

R. Con todo su corazón amó a su Creador, entonándole himnos cada día; * trajo instrumentos musicales para servicio del altar y, con su acompañamiento, dio dulzura a los cantos. Aleluya.
V. Para alabar el nombre santo del Señor, haciendo resonar desde la aurora el santuario.

Oración

Señor, tú que, con la luz del Espíritu Santo, inspiraste himnos admirables a san Efrén, diácono, para cantar los santos misterios y, con la fuerza de este mismo espíritu, lo llevaste a entregar su vida a tu servicio, llénanos también a nosotros con la luz del Espíritu Santo, para que nuestra alma proclame tu grandeza y nuestro espíritu se alegre, cantándote a ti, nuestro Salvador. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.