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Orar

Jueves, 22 de junio de 2028

San Paulino de Nola, obispo

Tiempo Ordinario · Verde · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de San Paulino de Nola, obispo.

Del común de mártires: para varios mártires.

V. En ti, Señor, está la fuente viva. R. Y tu luz nos hace ver la luz.

Himno

Con gozo el corazón cante la vida,

presencia y maravilla del Señor,

de luz y de color bella armonía,

sinfónica cadencia de su amor.

Palabra esplendorosa de su Verbo,

cascada luminosa de verdad,

que fluye en todo ser que en él fue hecho

imagen de su ser y de su amor.

La fe cante al Señor, y su alabanza,

palabra mensajera del amor,

responda con ternura a su llamada

en himno agradecido a su gran don.

Dejemos que su amor nos llene el alma

en íntimo diálogo con Dios,

en puras claridades cara a cara,

bañadas por los rayos de su sol.

Al Padre subirá nuestra alabanza

por Cristo, nuestro vivo intercesor,

en alas de su Espíritu que inflama

en todo corazón su gran amor. Amén.

Salmodia

Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.

Salmo 88 · 88, 39-53

Nos ha suscitado una fuerza de salvación en la casa de David. (Lc 1, 69)

Tú, encolerizado con tu Ungido,

lo has rechazado y desechado;

has roto la alianza con tu siervo

y has profanado hasta el suelo su corona;

has derribado sus murallas

v derrocado sus fortalezas;

todo viandante lo saquea,

y es la burla de sus vecinos;

has sostenido la diestra de sus enemigos

y has dado el triunfo a sus adversarios;

pero a él le has embotado la espada

y no lo has confortado en la pelea;

has quebrado su cetro glorioso

y has derribado su trono;

has acortado los días de su juventud

y lo has cubierto de ignominia.

Mira, Señor, y contempla nuestro oprobio.

Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre.

Salmo 89

Para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. (2Pe 3, 8)

Señor, tú has sido nuestro refugio

de generación en generación.

Antes que naciesen los montes

o fuera engendrado el orbe de la tierra,

desde siempre y por siempre tú eres Dios.

Tú reduces el hombre a polvo,

diciendo: «Retornad, hijos de Adán.»

Mil años en tu presencia

son un ayer, que pasó;

una vigilia nocturna.

Los siembras año por año,

como hierba que se renueva:

que florece y se renueva por la mañana,

y por la tarde la siegan y se seca.

¡Cómo nos ha consumido tu cólera

y nos ha trastornado tu indignación!

Pusiste nuestras culpas ante ti,

nuestros secretos ante la luz de tu mirada:

y todos nuestros días pasaron bajo tu cólera,

y nuestros años se acabaron como un suspiro.

Aunque uno viva setenta años,

y el más robusto hasta ochenta,

la mayor parte son fatiga inútil,

porque pasan aprisa y vuelan.

¿Quién conoce la vehemencia de tu ira,

quién ha sentido el peso de tu cólera?

Enséñanos a calcular nuestros años,

para que adquiramos un corazón sensato.

Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?

Ten compasión de tus siervos;

por la mañana sácianos de tu misericordia,

y toda nuestra vida será alegría y júbilo.

Danos alegría, por los días en que nos afligiste,

por los años en que sufrimos desdichas.

Que tus siervos vean tu acción,

y sus hijos tu gloria.

Baje a nosotros la bondad del Señor

y haga prósperas las obras de nuestras manos.

Nuestros años se acaban como la hierba, pero tú, Señor, permaneces desde siempre y por siempre.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Del libro del profeta Ageo · 2, 11-24

El día veinticuatro del noveno mes, en el segundo año de Darío, vino la palabra del Señor por medio del profeta Ageo, en estos términos:

«Así dice el Señor de los ejércitos: Consulta a los sacerdotes el caso siguiente: “Si un hombre lleva en las haldas de su manto carne consagrada y toca con las haldas pan o guisado o vino o aceite o cualquier alimento: ¿Quedan estas cosas consagradas por el contacto?”»

Los sacerdotes respondieron que no. Ageo añadió:

«Y si toca con cualquiera de esas cosas un cadáver: ¿Quedan impuras?»

Los sacerdotes respondieron que sí. Entonces dijo Ageo:

«Así sucede con este pueblo y nación en mi presencia —oráculo del Señor—. Todas las obras de sus manos que me ofrecen son impuras.

Pero mirad ahora hacia atrás y recordad el tiempo anterior al día en que comenzasteis a construir el templo del Señor. ¿Cuál era vuestra situación? Veníais a un montón de trigo que pensabais que era de veinte medidas, y no hallabais más que diez; creíais poder sacar del lagar cincuenta cubos, y resultaban sólo veinte. Y yo castigaba con viento abrasador y con plagas y con granizo los trabajos de vuestras manos. Pero no os convertisteis a mí —oráculo del Señor—.

Y ahora mirad hacia atrás, recordad desde el día en que se pusieron los cimientos del templo del Señor. Recordad desde ese día en adelante. ¿Hay ahora grano en el granero? Pues si ni la vid ni la higuera ni el granado ni el olivo producían fruto, desde este día yo daré bendición.»

Fue dirigida la palabra del Señor por segunda vez a Ageo el día veinticuatro del mes, en estos términos:

«Di a Zorobabel, gobernador de Judá, lo siguiente: “Yo voy a sacudir los cielos y la tierra. Daré vuelta a los tronos de los reinos y destruiré el poder de los reinos de las naciones; volcaré carros y aurigas, perecerán caballos y jinetes, cada uno por la espada de su hermano. Aquel día —oráculo del Señor de los ejércitos— te tomaré a ti Zorobabel, hijo de Salatiel, siervo mío, y te haré como el anillo de mi sello, porque yo te he elegido a ti —palabra del Señor de los ejércitos—.”»

SEGUNDA LECTURA

De las cartas de san Paulino de Nola, obispo

Esta es la verdadera caridad, éste el amor perfecto, el que has demostrado tener para con nuestra pequeñez, señor verdaderamente santo y con razón bienaventurado y amable. En efecto, hemos recibido de manos de Juliano, uno de los de aquí, que volvía de Cartago, una carta tuya que nos revela tu santidad, tan elevada, que nos hace reconocer, más que conocer, tu caridad. Caridad que dimana de aquel que nos predestinó para sí desde el principio del mundo, en el cual fuimos hechos antes de nacer, ya que él nos hizo y somos suyos, y él hizo también lo que tiene que existir en el futuro. Formados, pues, por su presciencia y por su acción, fuimos unidos, antes de conocernos, por los lazos de la caridad, en un mismo sentir y en la unidad de la fe o en la fe de la unidad, de modo que, antes de vernos corporalmente, nos conocemos ya por una especie de revelación interna.

Por eso, nos congratulamos y nos gloriamos en el Señor, porque él, siendo el mismo y único, infunde su amor en los suyos por toda la tierra, por obra del Espíritu Santo, que ha derramado sobre todos los hombres, alegrando con el correr de las acequias su ciudad, sobre cuyos habitantes te ha puesto con toda justicia en la Sede apostólica, como jefe espiritual con los príncipes de su pueblo, como también a mí, que ha querido que tuviera parte en tu mismo ministerio, levantándome de mi bajeza y del polvo en que estaba. Pero nos congratulamos más aún por el don que nos ha hecho el Señor de habitar en tu corazón y de habernos él introducido en tus entrañas, de manera que podemos gloriarnos con seguridad de tu amor, que nos has demostrado con tus servicios y obsequios, obligándonos con ello a corresponderte con un amor semejante.

Para que nada ignores acerca de mí, has de saber que yo fui por mucho tiempo un pecador y que, si en otro tiempo fui sacado de las tinieblas y de la sombra de la muerte para respirar el hálito de vida y si puse la mano en el arado y tomé en mis manos la cruz del Señor, necesito, para perseverar hasta el fin, la ayuda de tus oraciones. Será un mérito más que añadir a los muchos que ya posees, si me ayudas a llevar mi carga. Porque el santo que ayuda al fatigado —y hablo así porque no me atrevo a llamarte hermano— será ensalzado como una gran ciudad.

En señal de unión, enviamos a tu santidad un pan, el cual es también signo de la unión indestructible de la santísima Trinidad. Tú lo convertirás en pan bendito si te dignas comerlo.

R. Dichoso el hombre que se conserva íntegro y no se pervierte por la riqueza. * Su dicha será consolidada por el Señor.
V. Pudo desviarse y no se desvió, hacer el mal y no lo hizo.

Oración

Señor, tú que nos has dado, en el obispo san Paulino de Nola un luminoso ejemplo de celo pastoral y de amor a la pobreza, concédenos a quienes celebramos hoy sus méritos imitar sus ejemplos de caridad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo. SANTOS JUAN FISHER, obispo, y TOMÁS MORO, mártires

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.