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Orar

Viernes, 30 de junio de 2028

Primeros mártires de la Iglesia de Roma

Tiempo Ordinario · Verde · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Hoy la memoria es libre

Puede rezarse el oficio de la feria o el de Primeros mártires de la Iglesia de Roma.

V. Hijo mío, haz caso de mi sabiduría. R. Presta oído a mi inteligencia.

Himno

¡Qué hermosos son los pies

del que anuncia la paz a sus hermanos!

¡Y qué hermosas las manos

maduras en el surco y en la mies!

Grita lleno de gozo,

pregonero, que traes noticias buenas:

se rompen las cadenas,

y el sol de Cristo brilla esplendoroso.

Grita sin miedo, grita,

y denuncia a mi pueblo sus pecados;

vivimos engañados,

pues la belleza humana se marchita.

Toda yerba es fugaz,

la flor del campo pierde sus colores;

levanta sin temores,

pregonero, tu voz dulce y tenaz.

Si dejas los pedazos

de tu alma enamorada en el sendero,

¡qué dulces, mensajero,

qué hermosos, qué divinos son tus pasos! Amén.

Salmodia

Dios mío, no te cierres a mi súplica, pues me turba la voz del enemigo.

Salmo 54 · 54, 2-15. 17-24

Jesús empezó a sentir terror y angustia. (Mc 14, 33)

Dios mío, escucha mi oración,

no te cierres a mi súplica;

hazme caso y respóndeme,

me agitan mis ansiedades.

Me turba la voz del enemigo,

los gritos del malvado:

descargan sobre mí calamidades

y me atacan con furia.

Se estremece mi corazón,

me sobrecoge un pavor mortal,

me asalta el temor y el terror,

me cubre el espanto,

y pienso: «¡Quién me diera alas de paloma

para volar y posarme!

Emigraría lejos,

habitaría en el desierto,

me pondría en seguida a salvo de la tormenta,

del huracán que devora, Señor;

del torrente de sus lenguas.»

Dios mío, no te cierres a mi súplica, pues me turba la voz del enemigo.

El Señor nos librará del poder de nuestro enemigo y adversario.

Salmo 54 · 54, 2-15. 17-24

Jesús empezó a sentir terror y angustia. (Mc 14, 33)

Violencia y discordia veo en la ciudad:

día y noche hacen la ronda

sobre las murallas;

en su recinto, crimen e injusticia;

dentro de ella, calamidades;

no se apartan de su plaza

la crueldad y el engaño.

Si mi enemigo me injuriase,

lo aguantaría;

si mi adversario se alzase contra mí,

me escondería de él;

pero eres tú, mi compañero,

mi amigo y confidente,

a quien me unía una dulce intimidad:

juntos íbamos entre el bullicio

por la casa de Dios.

El Señor nos librará del poder de nuestro enemigo y adversario.

Encomienda a Dios tus afanes, que él te sustentará.

Salmo 54 · 54, 2-15. 17-24

Jesús empezó a sentir terror y angustia. (Mc 14, 33)

Pero yo invoco a Dios,

y el Señor me salva:

por la tarde, en la mañana, al mediodía,

me quejo gimiendo.

Dios escucha mi voz:

su paz rescata mi alma

de la guerra que me hacen,

porque son muchos contra mí.

Dios me escucha, los humilla

el que reina desde siempre,

porque no quieren enmendarse

ni temen a Dios.

Levantan la mano contra su aliado,

violando los pactos;

su boca es más blanda que la manteca,

pero desean la guerra;

sus palabras son más suaves que el aceite,

pero son puñales.

Encomienda a Dios tus afanes,

que él te sustentará;

no permitirá jamás

que el justo caiga.

Tú, Dios mío, los harás bajar a ellos

a la fosa profunda.

Los traidores y sanguinarios

no cumplirán ni la mitad de sus años.

Pero yo confío en ti.

Encomienda a Dios tus afanes, que él te sustentará.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Comienza el libro de Nehemías · 1, 1-2, 8

Autobiografía de Nehemías, hijo de Jacalías:

El mes de Kisléu del año veinte, me encontraba yo en la ciudadela de Susa, cuando llegó mi hermano Jananí con unos hombres de Judá. Les pregunté por los judíos que se habían librado del destierro y por Jerusalén. Me respondieron:

«Los que se libraron del destierro están en la provincia, pasando grandes privaciones y humillaciones. La muralla de Jerusalén está en ruinas y sus puertas consumidas por el fuego.»

Al oír estas noticias, lloré e hice duelo durante unos días, ayunando y orando al Dios del cielo, con estas palabras:

«Señor, Dios del cielo, Dios grande y terrible, fiel a la alianza y misericordioso con los que te aman y guardan tus preceptos: ten los ojos abiertos y los oídos atentos a la oración de tu siervo, la oración que día y noche te dirijo por tus siervos, los israelitas, confesando los pecados que los israelitas hemos cometido contra ti, tanto yo como la casa de mi padre. Nos hemos portado muy mal

contigo, no hemos observado los preceptos, mandatos y decretos que ordenaste a tu siervo Moisés.

Pero acuérdate de lo que dijiste a tu siervo Moisés: “Si sois infieles, os dispersaré entre los pueblos; pero, si volvéis a mí y ponéis en práctica mis preceptos, aunque vuestros desterrados se encuentren en los confines del mundo, allá iré a reunirlos y los llevaré al lugar que elegí para morada de mi nombre.” Son tus siervos y tu pueblo, los que rescataste con tu gran poder y fuerte mano. Señor, mantén tus oídos atentos a la oración de tu siervo y a la oración de tus siervos que están deseosos de respetarte. Haz que tu siervo acierte y logre conmover a ese hombre.»

Yo era copero del rey. Era el mes de Nisán del año veinte del rey Artajerjes. Tenía el vino delante, y yo tomé la copa y se la serví. En su presencia no debía tener cara triste. El rey me preguntó:

«¿Qué te pasa que tienes mala cara? Tú no estás enfermo, sino triste.»

Me llevé un susto, pero contesté al rey:

«Viva su majestad eternamente. ¿Cómo no he de estar triste cuando la ciudad donde se hallan enterrados mis padres está en ruinas y sus puertas consumidas por el fuego?»

El rey me dijo:

«¿Qué es lo que pretendes?»

Me encomendé al Dios del cielo, y respondí:

«Si a su majestad le parece bien, y si está satisfecho de su siervo, déjeme ir a Judá a reconstruir la ciudad donde están enterrados mis padres.»

El rey y la reina, que estaba sentada a su lado, me preguntaron:

«¿Cuánto durará tu viaje y cuándo volverás?»

Al rey la pareció bien la fecha que le indiqué y me dejó ir. Pero añadí:

«Si a su majestad le parece bien, que me den cartas para los gobernadores de Transeufratina, a fin de que me -faciliten el viaje hasta Judá. Y una carta dirigida a Asaf, superintendente de los bosques reales, para que me suministren tablones para las puertas de la ciudadela del templo, para el muro de la ciudad y para la casa donde me instalaré.»

Gracias a Dios, el rey me lo concedió todo.

SEGUNDA LECTURA

De la carta de san Clemente primero, papa, a los Corintios

Dejemos el ejemplo de los antiguos y vengamos a considerar los luchadores más cercanos a nosotros; expongamos los ejemplos de magnanimidad que han tenido lugar en nuestros tiempos. Aquellos que eran las máximas y más legítimas columnas de la Iglesia sufrieron persecución por emulación y por envidia y lucharon hasta la muerte.

Pongamos ante nuestros ojos a los santos apóstoles. A Pedro, que, por una hostil emulación, tuvo que soportar no una o dos, sino innumerables dificultades, hasta sufrir el martirio y llegar así a la posesión de la gloria merecida. Esta misma envidia y rivalidad dio a Pablo ocasión de alcanzar el premio debido a la paciencia: en repetidas ocasiones, fue encarcelado, obligado a huir, apedreado y, habiéndose convertido en mensajero de la palabra en el Oriente y en el Occidente, su fe se hizo patente a todos, ya que, después de haber enseñado a todo el mundo el camino de la justicia, habiendo llegado hasta el extremo Occidente, sufrió el martirio de parte de las autoridades y, de este modo, partió de este mundo hacia el lugar santo, dejándonos un ejemplo perfecto de paciencia.

A estos hombres, maestros de una vida santa, vino a agregarse una gran multitud de elegidos que, habiendo sufrido muchos suplicios y tormentos también por emulación, se han convertido para nosotros en un magnífico ejemplo. Por envidia fueron perseguidas muchas mujeres que, cual nuevas Danaides y Dirces, sufriendo graves y nefandos suplicios, corrieron hasta el fin la ardua carrera de la fe y, superando la fragilidad de su sexo, obtuvieron un premio memorable. La envidia de los perseguidores hizo que los ánimos de las esposas se retrajesen de sus maridos, trastornando así aquella afirmaciónde nuestro padre Adán: ¡Ésta si que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! La emulación y la rivalidad destruyó grandes ciudades e hizo desaparecer totalmente poblaciones numerosas.

Todo esto, carísimos, os lo escribimos no sólo para recordaros vuestra obligación, sino también para recordarnos la nuestra, ya que todos nos hallamos en la misma palestra y tenemos que luchar el mismo combate. Por esto, debemos abandonar las preocupaciones inútiles y vanas y poner toda nuestra atención en la gloriosa y venerable regla de nuestra tradición, para que veamos qué es lo que complace y agrada a nuestro Hacedor.

Fijémonos atentamente en la sangre de Cristo y démonos cuenta de cuán valiosa es a los ojos de Dios y Padre suyo, ya que, derramada por nuestra salvación, ofreció a todo el mundo la gracia de la conversión.

R. Y han merecido la corona eterna.
V. Ésos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras con la sangre del Cordero.

Oración

Señor, tú que fecundaste con la sangre de numerosos mártires los primeros gérmenes de la Iglesia de Roma, haz que el testimonio que ellos dieron con tanta valentía en el combate fortalezca nuestra fe, para que también nosotros lleguemos a obtener el gozo de la victoria. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.