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Orar

Viernes, 11 de agosto de 2028

Santa Clara, virgen

Tiempo Ordinario · Blanco · Año par (II)

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

V. Mis ojos se consumen aguardando tu salvación. R. Y tu promesa de justicia.

Himno

¡Qué hermosos son los pies

del que anuncia la paz a sus hermanos!

¡Y qué hermosas las manos

maduras en el surco y en la mies!

Grita lleno de gozo,

pregonero, que traes noticias buenas:

se rompen las cadenas,

y el sol de Cristo brilla esplendoroso.

Grita sin miedo, grita,

y denuncia a mi pueblo sus pecados;

vivimos engañados,

pues la belleza humana se marchita.

Toda yerba es fugaz,

la flor del campo pierde sus colores;

levanta sin temores,

pregonero, tu voz dulce y tenaz.

Si dejas los pedazos

de tu alma enamorada en el sendero,

¡qué dulces, mensajero,

qué hermosos, qué divinos son tus pasos! Amén.

Salmodia

Señor, no me castigues con cólera.

Salmo 37

Todos sus conocidos se mantenían a distancia. (Lc 23, 49)

Señor, no me corrijas con ira,

no me castigues con cólera;

tus flechas se me han clavado,

tu mano pesa sobre mí;

no hay parte ilesa en mi carne

a causa de tu furor,

no tienen descanso mis huesos

a causa de mis pecados;

mis culpas sobrepasan mi cabeza,

son un peso superior a mis fuerzas.

Señor, no me castigues con cólera.

Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

Salmo 37

Todos sus conocidos se mantenían a distancia. (Lc 23, 49)

Mis llagas están podridas y supuran

por causa de mi insensatez;

voy encorvado y encogido,

todo el día camino sombrío;

tengo las espaldas ardiendo,

no hay parte ilesa en mi carne;

estoy agotado, deshecho del todo;

rujo con más fuerza que un león.

Señor mío, todas mis ansias están en tu presencia,

no se te ocultan mis gemidos;

siento palpitar mi corazón,

me abandonan las fuerzas,

y me falta hasta la luz de los ojos.

Mis amigos y compañeros se alejan de mí,

mis parientes se quedan a distancia;

me tienden lazos los que atentan contra mí,

los que desean mi daño me amenazan de muerte,

todo el día murmuran traiciones.

Señor, todas mis ansias están en tu presencia.

Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.

Salmo 37

Todos sus conocidos se mantenían a distancia. (Lc 23, 49)

Pero yo, como un sordo, no oigo;

como un mudo, no abro la boca;

soy como uno que no oye

y no puede replicar.

En ti, Señor, espero,

y tú me escucharás, Señor, Dios mío;

esto pido: que no se alegren por mi causa,

que, cuando resbale mi pie, no canten triunfo.

Porque yo estoy a punto de caer,

y mi pena no se aparta de mí:

yo confieso mi culpa,

me aflige mi pecado.

Mis enemigos mortales son poderosos,

son muchos los que me aborrecen sin razón,

los que me pagan males por bienes,

los que me atacan cuando procuro el bien.

No me abandones, Señor,

Dios mío, no te quedes lejos;

ven aprisa a socorrerme,

Señor mío, mi salvación.

Yo te confieso mi culpa, no me abandones, Señor, Dios mío.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Comienza el libro del profeta Malaquías 1, 1-14; 2, 13-16

Mensaje del Señor a Israel por medio de Malaquías:

«Os amo —dice el Señor— y vosotros preguntáis: “¿Cómo es que nos amas?” Oráculo del Señor: ¿No eran hermanos Esaú y Jacob? Y, sin embargo, amé a Jacob y tuve aversión a Esaú; hice de sus montes un desierto, heredad de los chacales de la estepa. Si Edom dice: “Estamos deshechos, pero reconstruiremos nuestras ruinas”, así responde el Señor de los ejércitos: Ellos construirán y yo derribaré; al país lo llamarán: “Tierra malvada”, y al pueblo: “Pueblo de la ira perpetua del Señor”. Cuando lo veáis con vuestros ojos, diréis: “Grande es el Señor más allá de las fronteras de Israel.”

El hijo honra a su padre, el esclavo a su señor; pues si yo soy Padre, ¿dónde queda mi honor? Si yo soy Señor, ¿dónde está mi respeto? Lo dice esto el Señor de los ejércitos a vosotros, sacerdotes, que despreciáis mi nombre. Vosotros replicáis: “¿Cómo es que despreciamos tu nombre?” Trayendo a mi altar pan impuro. Y todavía preguntáis: “¿Cómo es que te hemos profanado?” Cuando estimáis despreciable la mesa del Señor. Cuando ofrecéis víctimas ciegas o cojas o enfermas, ¿no obráis mal? Anda y ofrécelas a tu gobernador, a ver si le agradan y se congracia contigo —dice el Señor de los ejércitos—.

Y ahora implorad al Señor para que os sea benévolo. De vuestras manos vino tal ofrenda, ¿acaso os mirará con benevolencia? ¡Oh!, ¿quién de vosotros os cerrará las puertas para que no podáis encender mi altar en vano? Vosotros no me agradáis —dice el Señor de los ejércitos—, no me complazco en la ofrenda de vuestras manos. Desde el oriente hasta el poniente es grande mi nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrecerá incienso a mi nombre y una oblación pura, porque mi nombre es grande entre las naciones —dice el Señor de los ejércitos—.

Vosotros lo habéis profanado cuando decíais: “La mesa del Señor es despreciable, de ella se saca comida vil.” Decís: “¡Vaya un trabajo!”, y me despreciáis. Cuando ofrecéis víctimas robadas o cojas o enfermas, ¿podrá agradarme la ofrenda de vuestras manos? Maldito el tramposo que tiene un macho en su rebaño, ofrecido en voto, y trae al Señor una víctima defectuosa. Yo soy el Rey soberano —dice el Señor de los ejércitos—; mi nombre es temido entre las naciones.

Todavía hacéis otra cosa: cubrís de lágrimas el altar del Señor, de llanto y de gemidos, porque no mira vuestra ofrenda ni la acepta complacido de vuestras manos; y preguntáis: “¿Cómo es eso?”

Porque el Señor es testigo entre ti y la esposa de tu juventud, a la que tú has sido infiel, siendo así que ella era tu compañera y la mujer de tu alianza. ¿No ha hecho él un solo ser, que tiene carne y aliento de vida? Y ¿a qué tiende este único ser? A una posteridad dada por Dios. Guarda, pues, tu vida y no traiciones a la esposa de tu juventud. Pues yo odio el repudio —dice el Señor— y al que mancha su ropaje con violencias. Guardad, pues, vuestro espíritu y no cometáis tal traición.»

SEGUNDA LECTURA

De la carta de santa Clara, virgen, a la beata Inés de Praga

Dichoso, en verdad, aquel a quien le es dado alimentarse en el sagrado banquete y unirse en lo íntimo de su corazón a aquel cuya belleza admiran sin cesar las multitudes celestiales, cuyo afecto produce afecto, cuya contemplación da nueva fuerza, cuya benignidad sacia, cuya suavidad llena el alma, cuyo recuerdo ilumina suavemente, cuya fragancia retornará los muertos a la vida y cuya visión gloriosa hará felices a los ciudadanos de la Jerusalén celestial: él es el brillo de la gloria eterna, un reflejo de la luz eterna, un espejo sin mancha, el espejo que debes mirar cada día, oh reina, esposa de Jesucristo, y observar en él reflejada tu faz, para que así te vistas y adornes por dentro y por fuera con toda la variedad de flores de las diversas virtudes, que son las que han de constituir tu vestido y tu adorno, como conviene a una hija y esposa castísima del Rey supremo. En este espejo brilla la dichosa pobreza, la santa humildad y la inefable caridad, como puedes observar si, con la gracia de Dios vas recorriendo sus diversas partes.

Atiende al principio de este espejo, quiero decir a la pobreza de aquel que fue puesto en un pesebre y envuelto en pañales. ¡Oh admirable humildad, oh pasmosa pobreza! El Rey de los ángeles, el Señor del cielo y de la tierra es reclinado en un pesebre. En el medio del espejo, considera la humildad, al menos la dichosa pobreza, los innumerables trabajos y penalidades que sufrió por la redención del género humano. Al final de este mismo espejo, contempla la inefable caridad por la que quiso sufrir en la cruz y morir en ella con la clase de muerte más infamante. Este mismo espejo, clavado en la cruz, invitaba a los que pasaban a estas consideraciones, diciendo: Vosotros, los que pasáis por el camino, mirad, fijaos: ¿Hay dolor como mi dolor? Respondamos nosotros, a sus clamores y gemidos, con una sola voz y un solo espíritu: No hago más que pensar en ello, y estoy abatido. De este modo, tu caridad arderá con una fuerza siempre renovada, oh reina del Rey celestial.

Contemplando, además, sus inefables delicias, sus riquezas y honores perpetuos, y suspirando por el intenso deseo de tu corazón, proclamarás: «Arrástrame tras de ti, y correremos atraídos por el aroma de tus perfumes, esposo celestial. Correré sin desfallecer, hasta que me introduzcas en la sala del festín, hasta que tu mano izquierda esté bajo mi cabeza y tu diestra me abrace felizmente y me beses con los besos deliciosos de tu boca.» Contemplando estas cosas, dígnate acordarte de esta tu insignificante madre, y sabe que yo tengo tu agradable recuerdo grabado de modo imborrable en mi corazón, ya que te amo más que nadie.

R. Se consumen mi corazón y mi carne * por Dios, mi herencia eterna.
V. Lo perdí todo, con tal de ganar a Cristo y encontrarme unido a él.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.