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Orar

Domingo, 20 de agosto de 2028

20º domingo del Tiempo Ordinario

Tiempo Ordinario · Verde · Ciclo C

OFICIO DE LECTURA

Si esta es tu primera oración del día, comienza con el Invitatorio: se dice antes de el Oficio de lectura cuando con él se abre el día.

Como hoy el Salmo 23 se dijo en el Invitatorio, aquí se dice en su lugar el Salmo 94.

V. La palabra de Dios es viva y eficaz. R. Más penetrante que espada de doble filo.

Himno

Que doblen las campanas jubilosas,

y proclamen el triunfo del amor,

y llenen nuestras almas de aleluyas,

de gozo y esperanza en el Señor.

Los sellos de la muerte han sido rotos,

la vida para siempre es libertad,

ni la muerte ni el mal son para el hombre

su destino, su última verdad.

Derrotados la muerte y el pecado,

es de Dios toda historia y su final;

esperad con confianza su venida:

no temáis, con vosotros él está.

Volverán encrespadas tempestades

para hundir vuestra fe y vuestra verdad,

es más fuerte que el mal y que su embate

el poder del Señor, que os salvará.

Aleluyas cantemos a Dios Padre,

aleluyas al Hijo salvador,

su Espíritu corone la alegría

que su amor derramó en el corazón. Amén.

Salmodia

¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?

Salmo 94

INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Animaos unos a otros, día tras día,

mientras perdura el «hoy». (Hb 3, 13)

Venid, aclamemos al Señor,

demos vítores a la Roca que nos salva;

† entremos a su presencia dándole gracias,

aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,

soberano de todos los dioses,

tiene en su mano las simas de la tierra,

son suyas las cumbres de los montes.

Suyo es el mar, porque él lo hizo,

la tierra firme que modelaron sus manos.

Venid, postrémonos por tierra,

bendiciendo al Señor, creador nuestro.

Porque él es nuestro Dios,

y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:

«No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto:

cuando vuestros padres me pusieron a prueba,

y dudaron de mí, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años

aquella generación me repugnó, y dije:

“Es un pueblo de corazón extraviado,

que no reconoce mi camino;

por eso he jurado en mi cólera

que no entrarán en mi descanso”.»

Si para el Invitatorio se escoge el salmo 99, el 66 o el 23, y el salmo escogido formara ya parte de la salmodia del día, se diría entonces en su lugar, en la salmodia, el salmo 94.

¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?

Bendecid, pueblos, a nuestro Dios, porque él nos ha devuelto la vida. Aleluya.

Salmo 65

Este salmo habla de la resurrección de Cristo y de la conversión de los gentiles. (Hesiquio)

Aclama al Señor, tierra entera;

tocad en honor de su nombre,

cantad himnos a su gloria.

Decid a Dios: «¡Qué terribles son tus obras,

por tu inmenso poder tus enemigos se rinden!

Que se postre ante ti la tierra entera,

que toquen en tu honor,

que toquen para tu nombre.

Venid a ver las obras de Dios,

sus temibles proezas en favor de los hombres:

transformó el mar en tierra firme,

a pie atravesaron el río.

Alegrémonos con Dios,

que con su poder gobierna eternamente;

sus ojos vigilan a las naciones,

para que no se subleven los rebeldes.

Bendecid, pueblos, a nuestro Dios,

haced resonar sus alabanzas,

porque él nos ha devuelto la vida

y no dejó que tropezaran nuestros pies.

¡Oh Dios!, nos pusiste a prueba,

nos refinaste como refinan la plata;

nos empujaste a la trampa,

nos echaste a cuestas un fardo:

sobre nuestro cuello cabalgaban,

pasamos por fuego y por agua,

pero nos has dado respiro.

Bendecid, pueblos, a nuestro Dios, porque él nos ha devuelto la vida. Aleluya.

Fieles de Dios, venid a escuchar lo que el Señor ha hecho conmigo. Aleluya.

Salmo 65

Este salmo habla de la resurrección de Cristo y de la conversión de los gentiles. (Hesiquio)

Entraré en tu casa con víctimas,

para cumplirte mis votos:

los que pronunciaron mis labios

y prometió mi boca en el peligro.

Te ofreceré víctimas cebadas,

te quemaré carneros,

inmolaré bueyes y cabras

.

Fieles de Dios, venid a escuchar,

os contaré lo que ha hecho conmigo:

a él gritó mi boca

y lo ensalzó mi lengua.

Si hubiera tenido yo mala intención,

el Señor no me habría escuchado;

pero Dios me escuchó,

y atendió a mi voz suplicante.

Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica

ni me retiró su favor.

Fieles de Dios, venid a escuchar lo que el Señor ha hecho conmigo. Aleluya.

PRIMERA LECTURA (Año II)

Comienza el libro del Qohelet (o Predicador) · 1, 1-18

Palabras del Qohelet, hijo de David y rey de Jerusalén. ¡Vanidad de vanidades! —proclama el Qohelet—. ¡Vanidad de vanidades, todo es vanidad! ¿Qué saca el hombre de todo su fatigoso afán bajo el sol?

Una generación va, otra generación viene; pero la tierra sigue siempre subsistiendo. Sale el sol y se pone el sol, corre hacia su lugar y vuelve luego a salir de allí. Sopla hacia el sur el viento y gira luego hacia el norte, gira que te gira sigue el viento y vuelve el viento a girar. Todos los ríos van al mar y el mar nunca se llena; al lugar a donde van los ríos, allá mismo volverán luego a fluir.

Todo trabaja más de cuanto el hombre puede ponderar, y no se sacia el ojo de ver ni el oído de oír. Lo que fue, eso será; lo que se hizo, eso se hará; nada nuevo hay bajo el sol. Si algo hay de que se diga: «Mira, eso sí que es nuevo», aun eso ya existió en los siglos que nos precedieron. No hay recuerdo de las cosas pasadas ni tampoco quedará memoria de las futuras en los hombres que después vendrán.

Yo, el Qohelet, he sido rey de Israel en Jerusalén. He aplicado mi corazón a investigar y a explorar con sabiduría cuanto acaece bajo el cielo. ¡Es ésta una dura labor que Dios ha encomendado a los humanos para que en ella se ocupen! He observado cuanto sucede bajo el sol y he visto que todo es vanidad y atrapar vientos. Lo torcido no puede enderezarse, lo que falta no puede contarse.

Yo me había dicho en mi corazón: «Tengo una sabiduría grande y extensa, mayor que la de todos mis predecesores en Jerusalén; mi corazón ha contemplado mucha sabiduría y ciencia. He aplicado mi corazón a conocer la sabiduría, así corno también a conocer la locura y el desvarío.» Pero ya he comprendido que aun esto mismo es como atrapar vientos, pues: donde abunda la ciencia abundan las penas, y quien acumula saber acumula dolor.

SEGUNDA LECTURA

De los sermones de san Bernardo, abad, sobre el libro del Cantar de los cantares

El amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo por amar. Gran cosa es el amor, con tal de que recurra a su principio y origen, con tal de que vuelva siempre a su fuente y sea una continua emanación de la misma. Entre todas las mociones, sentimientos y afectos del alma, el amor es lo único con que la criatura puede corresponder a su Creador, aunque en un grado muy inferior, lo único con que puede restituirle algo semejante a lo que él le da. En efecto, cuando Dios ama, lo único que quiere es ser amado: si él ama, es para que nosotros lo amemos a él, sabiendo que el amor mismo hace felices a los que se aman entre sí.

El amor del Esposo, mejor dicho, el Esposo que es amor, sólo quiere a cambio amor y fidelidad. No se resista, pues, la amada en corresponder a su amor. ¿Puede la esposa dejar de amar, tratándose además de la esposa del Amor en persona? ¿Puede no ser amado el que es el Amor por esencia?

Con razón renuncia a cualquier otro afecto y se entrega de un modo total y exclusivo al amor el alma consciente de que la manera de responder al amor es amar ella a su vez. Porque, aunque se vuelque toda ella en el amor, ¿qué es ello en comparación con el manantial perenne de este amor? No manan con la misma abundancia el que ama y el que es el Amor por esencia, el alma y el Verbo, la esposa y el Esposo, el Creador y la criatura; hay la misma disparidad entre ellos que entre el sediento y la fuente.

Según esto, ¿no tendrá ningún valor ni eficacia el deseo nupcial, el anhelo del que suspira, el ardor del que ama, la seguridad del que confía, por el hecho de que no puede correr a la par con un gigante, de que no puede competir en dulzura con la miel, en mansedumbre con el cordero, en blancura con el lirio, en claridad con el sol, en amor con aquel que es el amor mismo? De ninguna manera. Porque, aunque la criatura, por ser inferior, ama menos, con todo, si ama con todo su ser, nada falta a su amor, porque pone en juego toda su facultad de amar. Por ello, este amor total equivale a las bodas místicas, porque es imposible que el que así ama sea poco amado, y en esta doble correspondencia de amor consiste el auténtico y perfecto matrimonio. Siempre en el caso de que se tenga por cierto que el Verbo es el primero en amar al alma, y que la ama con mayor intensidad.

R. ¡Qué bondad tan grande, Señor, * reservas para tus fieles!
V. Se nutren de lo sabroso de tu casa, les das a beber del torrente de tus delicias.

TE DEUM

Señor, Dios eterno, alegres te cantamos,

a ti nuestra alabanza,

a ti, Padre del cielo, te aclama la creación.

Postrados ante ti, los ángeles te adoran

y cantan sin cesar:

Santo, santo, santo es el Señor,

Dios del universo;

llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.

A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles,

la multitud de los profetas te enaltece,

y el ejército glorioso de los mártires te aclama.

A ti la Iglesia santa,

por todos los confines extendida,

con júbilo te adora y canta tu grandeza:

Padre, infinitamente santo,

Hijo eterno, unigénito de Dios,

Santo Espíritu de amor y de consuelo.

Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria,

tú el Hijo y Palabra del Padre,

tú el Rey de toda la creación.

Tú, para salvar al hombre,

tomaste la condición de esclavo

en el seno de una virgen.

Tú destruiste la muerte

y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.

Tú vives ahora,

inmortal y glorioso, en el reino del Padre.

Tú vendrás algún día,

como juez universal.

Muéstrate, pues, amigo y defensor

de los hombres que salvaste.

Y recíbelos por siempre allá en tu reino,

con tus santos y elegidos.

La parte que sigue puede omitirse, si se cree oportuno.

Salva a tu pueblo, Señor,

y bendice a tu heredad.

Sé su pastor,

y guíalos por siempre.

Día tras día te bendeciremos

y alabaremos tu nombre por siempre jamás.

Dígnate, Señor,

guardarnos de pecado en este día.

Ten piedad de nosotros, Señor,

ten piedad de nosotros.

Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,

como lo esperamos de ti.

A ti, Señor, me acojo,

no quede yo nunca defraudado.

Oración

Dios nuestro, que hiciste que el abad san Bernardo, encendido en el celo de tu casa, no sólo ardiera en tu amor, sino que resplandeciera en tu Iglesia para iluminarla, concédenos, por su intercesión, que, animados de ese mismo espíritu, vivamos siempre como hijos de la luz. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

Liturgia de las Horas. Publicada con autorización del Arzobispado de Santiago.